22 junio 2026

Queridos amigos y amigas:

Las crisis aportan claridad.

Y aquí en Londres —la ciudad de Dickens— queda claro que nuestro mundo se enfrenta a una “Historia de dos crisis”.

Una crisis climática que nos empuja cada vez más hacia temperaturas más elevadas y nos acerca a puntos de inflexión catastróficos.

Y una crisis energética que pone de manifiesto la insensatez de un mundo adicto a los hidrocarburos.

A primera vista, estas crisis pueden parecer independientes.

Pero comparten la misma fuerza destructiva:

Los combustibles fósiles.

Y requieren la misma respuesta: Una transición rápida y justa hacia una energía limpia, así como un impulso a la adaptación, la resiliencia y la justicia climática para quienes ya están sufriendo daños climáticos.

Queridos amigos y amigas:

Crisis número 1: el caos climático se está acelerando ante nuestros ojos.

Acabamos de vivir los 11 años más calurosos de los que se tiene constancia.

Las catástrofes climáticas son cada vez más frecuentes, destructivas y costosas.

Y la Organización Meteorológica Mundial ha advertido de que esto es apenas el principio.

El Niño no solo está llamando a la puerta. Podría echar la casa abajo.

Subir la temperatura. Alterar los sistemas alimentarios e hídricos. Y afectar con mayor dureza a los más vulnerables.

Hace diez años, los líderes mundiales acordaron en París limitar el aumento de la temperatura global a 1,5 grados centígrados.

Ahora los científicos afirman que las temperaturas medias anuales superarán ese umbral en los próximos años.

La tarea que tenemos ante nosotros consiste en limitar estrictamente ese rebasamiento, acortar su duración y reducir las temperaturas a menos de 1,5 grados centígrados lo más rápido posible.

Cada fracción de grado es crucial.

Cada momento cuenta.

Porque cuanto más elevado y prolongado sea el rebasamiento, mayor será el riesgo de traspasar los puntos de inflexión planetarios que desencadenan cambios irreversibles.

Hoy, la Junta de Asesoramiento Científico de las Naciones Unidas publica un informe en el que se detalla exactamente lo que eso supondría.

Los sistemas de arrecifes de coral se verían empujados hacia el colapso.

Se acelerará la pérdida de los mantos de hielo de Groenlandia y la Antártida Occidental, lo que provocará un aumento del nivel del mar que transformará las costas, desplazará a millones de personas y amenazará la existencia de algunas naciones insulares.

Se debilitarán los principales sistemas de circulación oceánica que regulan el clima y las precipitaciones.

Y algunas zonas de la selva amazónica adoptarán condiciones similares a las de la sabana.

 

Queridos amigos y amigas:

Los puntos de inflexión de la Tierra son como los objetos que se ven en el espejo retrovisor de un coche:

Están mucho más cerca de lo que parece.

Al mismo tiempo, nos enfrentamos a una segunda crisis.

El conflicto en Oriente Medio ha desencadenado un choque energético de enorme magnitud.

 

La Agencia Internacional de la Energía afirma que, por su magnitud, es comparable a las crisis petroleras de la década de 1970 … y a la agitación que siguió a la invasión rusa de Ucrania.

Combinadas.

Para muchos países en desarrollo, no es solo una crisis energética.

Es una crisis de deuda. Una crisis alimentaria. Una crisis para el desarrollo.

Y añadiría que cualquier acuerdo de paz es bienvenido y supondría un alivio muy necesario, pero —que no quepa duda— es probable que las repercusiones sean duraderas.

 

Queridos amigos y amigas:

Estas dos crisis han puesto de manifiesto una vez más los límites de un modelo de desarrollo obsoleto.

Un modelo basado en los combustibles fósiles, en el que un solo conflicto puede trastocar el suministro energético mundial y un solo cuello de botella puede disparar los precios.

Un modelo que considera que la naturaleza es inagotable, y que puede consumirse sin consecuencias.

Un modelo que ha generado una enorme riqueza, pero que también ha agravado la desigualdad y alimentado la inseguridad.

Un modelo en el que quienes menos han contribuido a provocar las crisis son los que pagan el precio más alto.

La lección es clara: este modelo no tiene futuro.

La comunidad internacional reconoció sus límites al adoptar la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible.

El mundo no puede volver atrás.

No podemos seguir apostando por un sistema basado en los combustibles fósiles que alimenta tanto la crisis climática como la crisis energética.

Lo que necesitamos, con carácter de urgencia, es la voluntad de aplicar plenamente los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Combinar prosperidad con resiliencia.

Crecimiento con sostenibilidad.

Y oportunidad con justicia.

La buena noticia es que, a diferencia de todas las crisis energéticas anteriores, ahora tenemos una salida clara.

Una salida limpia.

Las energías renovables son la fuente de electricidad nueva más barata, más rápida y más escalable en la mayor parte del mundo.

Desde 2010, el costo de la energía solar se ha desplomado casi un 90 %, el de la energía eólica terrestre más de un 70 % y el del almacenamiento en baterías un 95 %.

El año pasado, la energía eólica y la solar superaron todo el crecimiento de la demanda de electricidad nueva a nivel mundial.

La energía solar registró el mayor incremento anual de todas las fuentes de electricidad de la historia.

Más del 90 % de la nueva capacidad renovable añadida a nivel mundial ya es más barata que las alternativas de combustibles fósiles más económicas.

Según la Agencia Internacional de Energías Renovables, la capacidad actual de energías renovables supuso un ahorro para la economía mundial de 480.000 millones de dólares en costos evitados de combustibles fósiles solo en 2025.

Además, las energías renovables evitaron unas emisiones de dióxido de carbono superiores a las anuales de los Estados Unidos, la Unión Europea y el Japón juntos.

Mientras tanto, la inversión en energías limpias está atrayendo casi el doble de capital que los combustibles fósiles.

Gran parte de este impulso proviene de los países importadores de combustibles fósiles, decididos a liberarse de unos mercados energéticos inestables e impredecibles.

Porque entienden una verdad fundamental:

Cada unidad de energía que un país produce por sí mismo es una unidad menos que debe comprar en un mercado que no puede controlar … por una vía que no puede proteger … a un precio determinado por circunstancias que no ha elegido.

No hay embargos sobre la luz solar ni bloqueos sobre el viento.

        

Queridos amigos y amigas:

Ya se ha dictado el veredicto:

La independencia energética no puede basarse en la dependencia de los combustibles fósiles.

Las energías renovables son la piedra angular de la verdadera seguridad energética.

La electrificación del transporte, los edificios y la industria es una de las formas más rápidas de reducir las emisiones y acabar con la dependencia de los combustibles fósiles importados.

Cuanto más se alimenten las economías de electricidad limpia, más seguras, resilientes y competitivas serán.

Entonces, ¿cómo podemos dar el salto definitivo hacia una energía limpia?

Permítanme señalar siete medidas.

 

En primer lugar, debemos actuar con mucha más urgencia para limitar estrictamente la magnitud y duración de cualquier aumento de la temperatura por encima de 1,5 grados.

La ciencia ha trazado una hoja de ruta clara:

Las emisiones deben alcanzar su nivel máximo de inmediato… descender drásticamente durante este decenio… y alcanzar el cero neto a nivel mundial para 2050.

Sin embargo, el mundo sigue peligrosamente desviado de su rumbo.

Los planes climáticos nacionales más recientes reducirían las emisiones mundiales solo en torno a un 10 % para 2035.

La ciencia nos indica que las emisiones deben reducirse en un 60 % durante ese mismo período para que la meta de 1,5 grados siga estando a nuestro alcance.

Los países del G20 deben tomar la iniciativa, pues sus miembros producen alrededor del 80 % de las emisiones mundiales.

Todos los principales emisores deben acelerar sus medidas.

Y cada país debe ir más allá de sus compromisos.

Acelerando la transición de los combustibles fósiles hacia las energías limpias, tal y como se comprometieron los gobiernos en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2023.

Poniendo fin a la deforestación y restaurando la naturaleza.

Y reduciendo rápidamente las emisiones de dióxido de carbono derivadas de la producción y el consumo de carbón, petróleo y gas.

El CO₂ sigue siendo el principal factor que provoca el calentamiento a largo plazo.

Pero también es hora de dar prioridad a la reducción de las emisiones de metano.

El metano es responsable de aproximadamente un tercio del calentamiento global.

Es unas 80 veces más potente que el dióxido de carbono.

Pero, a diferencia del CO₂, el metano se descompone en la atmósfera en el plazo de una o dos décadas.

Eso significa que unos recortes drásticos podrían traducirse en una reducción notable de las temperaturas en el plazo de una generación.

Por eso, hoy lanzo un Llamamiento Mundial a la Acción sobre el Metano.

En el Llamamiento se destacan tres sectores.

El sector de los desechos: esto incluye medidas decisivas para reducir el desperdicio de alimentos, poner fin al vertido abierto y capturar las emisiones procedentes de los vertederos y las aguas residuales.

El sector agrícola: es preciso reducir las emisiones mediante soluciones probadas para fomentar la seguridad alimentaria y proteger los medios de vida de los agricultores.

Y, especialmente, el sector que constituye la causa fundamental de las dos crisis a las que se enfrenta nuestro mundo … y en el que se pueden obtener los beneficios más inmediatos: el carbón, el petróleo y el gas.

Insto a la industria de los combustibles fósiles a que dé un paso al frente y haga lo que debería haber hecho hace mucho tiempo.

La Agencia Internacional de la Energía ha constatado que alrededor del 70 % de las emisiones de metano procedentes del petróleo y el gas pueden eliminarse utilizando la tecnología existente, en gran parte con un costo neto bajo o nulo.

Sin embargo, solo en 2025 se quemaron unos 167.000 millones de metros cúbicos de gas, lo que equivale al consumo anual de África.

El Sistema de Alerta y Respuesta al Metano del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente ha emitido más de 5.000 alertas en 33 países.

Sin embargo, la tasa de respuesta a nivel mundial se sitúa en torno al 12 %.

Por eso, las medidas voluntarias ya no son suficientes.

El mundo eliminó gradualmente la gasolina con plomo.

Eliminamos las sustancias químicas que agotan la capa de ozono.

El próximo paso debe ser la contaminación por metano.

Hago un llamamiento tanto a los gobiernos de los países productores como a los de los países consumidores para que establezcan una nueva norma mundial para el sector del petróleo y el gas: emisiones de metano próximas a cero en toda la cadena de valor

 

En segundo lugar, debemos hacer frente a la crisis energética actual sin aumentar nuestra dependencia de los combustibles que la provocan.

En todo el mundo, voces influyentes siguen insistiendo en más minas de carbón, más yacimientos petrolíferos y mayor ampliación del gas.

Y esto, en un momento en que el mundo ni siquiera podrá aprovechar todos los combustibles fósiles a los que ya tiene acceso, por no hablar de apostar por nuevos suministros e infraestructura que corren el riesgo de quedar obsoletos mucho antes de que finalice su vida económica.

Y seamos claros: no serán solo los activos los que queden sin valor, sino economías enteras.

El motor del crecimiento de hoy y de mañana funciona con energía limpia.

Entiendo el impulso de aferrarse a lo que nos resulta familiar, sobre todo en épocas de agitación.

La promesa de que “todo seguirá igual” puede resultar tranquilizadora para algunas personas.

Pero eso significa pagar más a cambio de menos seguridad.

Significa ceder a otros las industrias y los puestos de trabajo del siglo XXI, mientras los riesgos aumentan dentro del propio país.

Eso no es liderazgo. Es una retirada.

Y debemos tener igual de claro quién asume el costo:

Los trabajadores.

Las familias que están pasando apuros debido al aumento de las facturas, a la mayor incertidumbre y a la sensación de que el sistema no las favorece, mientras que los gigantes de los combustibles fósiles siguen obteniendo ganancias extraordinarias.

Las ocho mayores empresas de combustibles fósiles declararon haber obtenido unos beneficios adicionales de 6.500 millones de dólares solo en el primer trimestre de este año, y esa cifra solo incluye un mes de la crisis de Oriente Medio, mientras los precios del petróleo seguían subiendo y los beneficios aumentaban.

Se trata de ganancias inesperadas fruto del sufrimiento; de la inestabilidad, las penurias y la dependencia.

Insto a los gobiernos a que les apliquen impuestos.

Y los insto a que destinen los ingresos a lo que realmente corresponde: ayudar a las familias y comunidades vulnerables y acelerar la transición hacia una energía limpia y asequible.

Pero no basta con eliminar los subsidios e incentivos perjudiciales. También debemos eliminar los obstáculos estructurales que frenan los proyectos de energía limpia.

Con demasiada frecuencia, los proyectos se quedan esperando la conexión a la red eléctrica, a veces durante años.

La transmisión es insuficiente.

Los sistemas de distribución están obsoletos.

El almacenamiento se está quedando atrás.

Los sistemas digitales todavía no son lo suficientemente inteligentes ni flexibles.

Además, las conexiones regionales e interregionales siguen siendo demasiado limitadas.

Si nos tomamos en serio la transición, debemos considerar las redes eléctricas como infraestructura estratégica.

La era de la electrificación exigirá una enorme ampliación de las redes eléctricas, el almacenamiento y la flexibilidad del sistema.

Y necesitamos normas adecuadas para el siglo XXI.

Los gobiernos deben crear las condiciones necesarias para la inversión, mediante una planificación modernizada, la agilización de la concesión de permisos y la reforma regulatoria.

 

En tercer lugar, con el aumento constante de la demanda de energía, debemos hacer frente a uno de los sectores cuya demanda crece más rápido: los centros de datos de inteligencia artificial.

La inteligencia artificial puede acelerar las soluciones climáticas.

Puede ayudar a curar enfermedades, transformar la educación y permitir que la humanidad afronte retos que antes se consideraban fuera de nuestro alcance.

Debemos aprovechar ese potencial.

Pero la inteligencia artificial también demanda grandes cantidades de tierra, agua y energía.

Los centros de datos que la sustentan ya consumen más electricidad que la mayoría de los países.

Para 2030, podrían consumir más energía que todos los países, salvo cinco, y suficiente agua como para satisfacer las necesidades básicas de los 1.300 millones de habitantes de África Subsahariana durante todo un año.

Además, ocupan terreno, a menudo en comunidades que apenas se benefician de ello.

A pesar de estas evidentes inquietudes, las comunidades suelen desconocer el impacto ambiental de la infraestructura que se construye a su alrededor.

Por eso, hoy propongo la Iniciativa para la Transparencia Ambiental de la IA.

Hago un llamamiento a todas las grandes empresas de inteligencia artificial para que midan y hagan público el impacto ambiental total de sus sistemas —en cuanto a emisiones de carbono, consumo de agua y uso de la tierra— y se comprometan a que todos sus centros de datos funcionen con energía renovable para 2030.

Basta de costos ocultos.

Basta de trasladar la carga a quienes menos pueden soportarla.

Es hora de decir la verdad.

Para que la inteligencia artificial contribuya a construir un futuro mejor, debe ser sincera sobre lo que nos cuesta ahora.

 

En cuarto lugar, debemos lograr una transición justa.

La historia nos enseña una dura lección:

La mayor amenaza no es la transición en sí misma, sino la incapacidad para gestionarla.

Ese es el riesgo al que nos enfrentamos hoy en día.

La transición energética no avanza de forma coherente.

La inversión en combustibles fósiles continúa a pesar del crecimiento de las energías limpias.

Los países avanzan en direcciones opuestas.

Los productores preguntan: ¿Qué pasará con nuestros ingresos, nuestros puestos de trabajo y nuestras economías?

Los consumidores preguntan: ¿Seguirá siendo la energía asequible y fiable?

Los países en desarrollo preguntan: ¿Seremos capaces de competir o nos quedaremos atrás?

Y los trabajadores, las comunidades y los jóvenes preguntan: ¿Qué significa esta transición para nuestro futuro?

En estos momentos, las preguntas no se están respondiendo de forma coordinada.

Necesitamos un esfuerzo conjunto y práctico centrado en los resultados.

Un espacio que reúna a productores y consumidores, a países desarrollados y en desarrollo, al sector financiero, a la industria, a los trabajadores y a la sociedad civil.

Un espacio para prestar atención a las cuestiones fundamentales que determinarán el éxito o el fracaso de la transición.

¿Cómo podemos eliminar gradualmente nuestra dependencia de los combustibles fósiles y, al mismo tiempo, impulsar rápidamente el uso de las energías limpias?

¿Cómo gestionamos los riesgos económicos de los países que dependen de los ingresos procedentes de los combustibles fósiles?

¿Cómo podemos apoyar a los trabajadores y a las comunidades mediante una transición justa?

¿Y cómo podemos movilizar la inversión a la velocidad y la escala necesarias?

En septiembre convocaré a los líderes para que contribuyan a impulsar esta labor de cara a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP31) que se celebrará en Türkiye.

Porque la transición en sí ya no se pone en duda.

Será una transición controlada o caótica … justa o desigual … una fuente de estabilidad o de mayor división.

Esas decisiones siguen estando en nuestras manos.

Y quiero subrayar que la energía limpia no puede basarse en prácticas sucias.

Una transición justa implica que los países y las comunidades cuyas tierras albergan los minerales esenciales para el futuro de la energía limpia deben participar plenamente de sus beneficios.

Se acabó la extracción sin desarrollo.

 

En quinto lugar —y esto es fundamental—, debemos hacer mucho más para proteger a las personas y a las comunidades de los efectos inmediatos del caos climático.

Porque, aunque corramos a toda velocidad, no podemos escapar del cambio climático.

Sus repercusiones ya se dejan sentir: se acumulan y se agravan en cascada.

Una sequía puede convertirse rápidamente en una crisis alimentaria.

Una tormenta puede convertirse en una crisis de deuda.

Una ola de calor puede convertirse en una emergencia de salud pública.

La adaptación es fundamental.

Salva vidas, protege los hogares y las comunidades, ayuda a las economías a absorber los choques y mantiene la cohesión de las sociedades.

Sin embargo, la adaptación se ha considerado durante mucho tiempo una cuestión de caridad.

Eso es un error.

Los efectos del cambio climático ya están transformando el desarrollo, la estabilidad y la seguridad.

Están poniendo a prueba los sistemas alimentarios e hídricos, alterando las cadenas de suministro, ejerciendo presión sobre las finanzas públicas y agravando la fragilidad.

Debemos actuar en consecuencia.

La adaptación debe integrarse en la planificación y la toma de decisiones a nivel nacional, desde las estrategias de desarrollo hasta la regulación.

Necesitamos sistemas de seguros y de riesgo compartido más eficaces.

Necesitamos sistemas de contingencia que puedan actuar antes de que las perturbaciones se conviertan en catástrofes humanitarias y económicas.

 Debemos prepararnos mejor antes de que se produzca un desastre y aplicar plenamente nuestra iniciativa de Alertas Tempranas para Todos.

Y los países desarrollados deben cumplir su compromiso de larga data de duplicar la financiación para la adaptación, con una trayectoria clara hacia su triplicación.

 

Esto nos lleva al sexto punto: todo esto requiere financiación con la envergadura, la rapidez y la equidad que exigen ambas crisis.

Hoy en día, el sistema financiero mundial está fallando a los países que más necesitan apoyo.

Sobrevalora el riesgo y subestima las oportunidades.

Muchos países en desarrollo se enfrentan a unos costos de endeudamiento para la energía limpia y la resiliencia que pueden ser entre dos y tres veces superiores a los de las economías más ricas.

Algunos países con inmenso potencial renovable están siendo excluidos de la revolución de la energía limpia.

Sin ir más lejos, podemos verlo en el vasto continente africano.

África alberga el 60 % de los mejores recursos solares del mundo. El 30 % de los minerales esenciales. Y una quinta parte de la humanidad.

Sin embargo, recibe apenas el 2 % de la inversión mundial en energía limpia.

Al mismo tiempo, más de 600 millones de africanos siguen sin tener acceso a la electricidad.

Esto es injusto y supone una oportunidad perdida para África y para el mundo.

Los países desarrollados deben cumplir sus promesas, en particular el apoyo al Fondo de Respuesta a las Pérdidas y los Daños y al Fondo Verde para el Clima.

Los 300.000 millones de dólares prometidos a los países en desarrollo deben hacerse realidad, con medidas concretas para movilizar 1,3 billones de dólares al año para 2035.

En un mundo en que la ayuda se está reduciendo, también debemos aprovechar el papel catalizador de los bancos multilaterales de desarrollo y del sistema de financiación para el desarrollo en general a fin de contribuir a la financiación de infraestructuras a largo plazo, como las redes eléctricas, el transporte público y los sistemas de abastecimiento de agua.

Las recientes reformas y decisiones de política han incrementado la capacidad de préstamo de los bancos multilaterales de desarrollo en una cantidad de entre 600.000 y 800.000 millones de dólares.

Los bancos deben utilizar los fondos de forma decidida para financiar la infraestructura del futuro y la adaptación climática.

 Además, deben adaptar sus instrumentos para que se ajusten a la magnitud y al plazo del reto, lo que incluye proporcionar financiación a 50 años cuando sea necesario.

Y debemos ir más allá.

Los accionistas deben potenciar aún más la capacidad de préstamo de los bancos multilaterales de desarrollo, entre otras cosas mediante una recapitalización audaz y nuevas reformas.

Ante la reducción del margen fiscal, cada dólar público debe rendir más y utilizarse de forma más creativa para movilizar capitales privados.

Esto significa garantías ampliadas, financiación en moneda nacional, financiación combinada y otros instrumentos de riesgo compartido para reducir el costo del capital y atraer la inversión privada, especialmente en los países en desarrollo, donde los riesgos se perciben como elevados.

Significa recurrir a fuentes de financiación adicionales, desde impuestos solidarios a los sectores con altas emisiones hasta canjes de deuda por acción climática, pasando por ingresos del mercado del carbono y la movilización de la filantropía.

Y significa asegurar que todas las instituciones financieras —públicas y privadas— adapten sus operaciones al Acuerdo de París y a la realidad de un mundo que se calienta.

Al fin y al cabo, la prueba es sencilla:

Debemos canalizar capital hacia los países en desarrollo con la rapidez, la magnitud y la asequibilidad que exigen los tiempos actuales para hacer frente a la crisis climática, impulsar un crecimiento más sólido y resiliente, y avanzar en la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

 

En séptimo y último lugar, debemos proteger la ciencia y la verdad misma.

La ciencia ha dotado a la humanidad de la capacidad de comprender los riesgos antes de que se produzca una catástrofe.

Sin embargo, la desinformación se está extendiendo —de forma deliberada— para retrasar la acción climática, afianzar intereses creados y minar la confianza.

Debemos actuar para proteger la independencia científica;

Fomentar la confianza en los datos y en las instituciones;

Proteger a los defensores de los derechos humanos y a los periodistas que informan sobre el clima y el medio ambiente;

Y velar por que todo el mundo tenga acceso a información fiable, creíble y con base científica.

Las Naciones Unidas han puesto en marcha la Iniciativa Global para la Integridad de la Información sobre el Cambio Climático con el fin de contribuir precisamente a eso.

Los hechos son importantes. La ciencia es importante. La integridad de la información es importante.

 

Queridos amigos y amigas:

Permítanme terminar donde empecé: con Dickens.

En lo que respecta a la agenda climática, este es, sin duda, el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos.

El peor: porque los efectos del cambio climático se están intensificando, se avecinan puntos de inflexión y la crisis energética ha puesto de manifiesto los graves riesgos que conlleva la dependencia de los combustibles fósiles.

Pero también el mejor: porque la revolución de las energías renovables ya está en marcha.

Una revolución de energía limpia, electrificación, costos a la baja, aumento de las ambiciones … y enormes oportunidades.

Una revolución capaz de liberar a los países de la volatilidad de los mercados de combustibles fósiles, ampliar el acceso a la energía, reforzar la seguridad, crear puestos de trabajo, mejorar la calidad del aire, restaurar los ecosistemas y hacer posible un futuro más seguro.

Tenemos la enorme oportunidad —y la responsabilidad— de convertir esta “Historia de dos crisis” en una única historia de determinación, equidad y progreso compartido.

Podemos finalmente cerrar el capítulo de los combustibles fósiles y construir un futuro impulsado por las energías renovables y basado en la justicia climática.

Este es el momento de elegir. Nuestro momento de la verdad. Nuestro momento de oportunidad.

Tenemos que aprovecharlo.

Muchas gracias.