Una tóxica mezcla entre conflictos, inestabilidad regional y los efectos del cambio climático está frenando los avances que hemos conseguido de cara a la erradicación del hambre todo el mundo. A menos que nos comprometamos a retomar el buen camino, varios millones de personas más pasarán hambre y los lugares a los que llaman hogar serán todavía más peligrosos.

Desde que me nombraron Director Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (PMA) en abril del 2017, he viajado a los tres países y a la región que más peligro de hambruna corren: el noroeste de Nigeria, Somalia, Sudán del Sur y el Yemen. Estos lugares están repletos de personas extremadamente hambrientas debido a los conflictos. También he visto a los refugiados rohinyá de Myanmar heridos. He hablado con la gente que huyó de los combates en Burkina Faso y con todos aquellos que están desesperados por volver a sus pequeñas granjas en la República Democrática del Congo. He visitado zonas de Siria asoladas por la guerra a las que resulta difícil llegar y he hablado con refugiados sirios en el Líbano.

Las personas de todos estos lugares están preocupadas por los alimentos, pero también ansían desesperadamente la paz, un tipo de paz que les permita vivir unas vidas estables en las comunidades a las que siempre han llamado hogar. Su instinto les dice que la seguridad alimentaria conlleva menos tensiones comunitarias, menos extremismo violento y más cooperación mutua. Aunque las personas que pasan hambre no son necesariamente violentas, es evidente que el hambre persistente propicia el tipo de inestabilidad que da lugar a más conflictos.

El número de personas que padecen hambre crónica en todo el mundo alcanzó los 821 millones en 2018, una cifra que tan solo tres años antes se situaba en 777 millones de personas. Diez de las 13 mayores crisis de hambre en el mundo estuvieron provocadas por conflictos, y el 60 % de las personas que padecen inseguridad alimentaria viven en zonas de conflicto.[i] El hambre es el motor de las injusticias y las controversias persistentes sobre la tierra, el ganado y otros bienes.

Los países con los máximos niveles de inseguridad alimentaria y de conflicto armado también presentan las mayores cifras de migración hacia el exterior de refugiados. Las investigaciones llevabas a cabo por el PMA muestran que por cada aumento del 1 % en los niveles de hambre, se produce un incremento de casi un 2 % en la migración.[ii] Los refugiados y los solicitantes de asilo abandonan sus lugares de origen porque realmente creen que no tienen otra opción. La gran mayoría de sirios con los que hablamos para realizar nuestro estudio del 2017 “Los Orígenes del Éxodo” afirmaron que querían volver a Siria, siempre y cuando existiesen unas condiciones de seguridad y estabilidad en su hogar.[iii] Esto no es nada sorprendente. La gente quiere estar con sus familias en un entorno conocido, y muchas veces lo hacen asumiendo un gran riesgo para su propia seguridad. Sin embargo, también puede haber un punto de inflexión. A mediados de 2015, cuando se produjeron los recortes en la asistencia humanitaria, en Europa las solicitudes de asilo mensuales procedentes de Siria aumentaron de 10.000 a 60.000. Este hecho, sumado al conflicto, motivó a la gente a correr el riesgo de marcharse.

Los alimentos, entre otras formas de asistencia, ayudan a la gente a permanecer en sus países, a pesar de lo difícil que sea ganarse la vida allí y proporcionarles esperanza a sus hijos. La asistencia humanitaria realmente efectiva es aquella que también aborda las causas profundas del conflicto e intenta volver a implicar a las personas en actividades económicas productivas.

Un lugar en el que estos trabajos están dando frutos es el Níger. Allí, el PMA se ha asociado con diversas organizaciones para ayudar a más de 250.000 personas de aproximadamente 35 municipios o ciudades,[iv]a través de un enfoque multisectorial, y trabaja en estrecha colaboración con las comunidades locales para fomentar la resiliencia y la estabilidad. Entre los ejemplos, destacan los proyectos de regeneración de la tierra y de recogida de agua, los trabajos con grupos de mujeres para cultivar viveros y crear huertos comunitarios, los programas de alimentación escolar y el uso de las compras locales por parte del PMA para ayudar a los mercados locales. Las investigaciones llevabas a cabo por el PMA y por entidades externas señalan que la vegetación terrestre aumentó del 0 al 50 % y, en algunas zonas, hasta un 80 %.[v] La productividad agrícola se duplicó y, en algunos casos, llegó a triplicarse (de 500 kg a 1.000/1.500 kg por hectárea). Después del primer año, observamos un aumento del 35 % en las tierras cultivadas por hogares muy pobres.

También observamos una mayor cohesión social y un futuro más esperanzador. Los conflictos intercomunitarios permanecen inactivos porque, gracias al aumento del forraje y la vegetación que se ha cultivado, los animales ya no invaden las tierras agrícolas. El 60 % de los miembros de los hogares muy pobres han reducido la migración intensa a tres meses al año, mientras que el 10 % ha dejado de migrar por completo. Además, las mujeres ya no tienen que dejar atrás a sus hijos para salir a buscar forraje y leña. En su lugar, participan en la economía por sí mismas y ayudan a garantizar que sus hijos asisten a la escuela.

Este tipo de iniciativas conjuntas y enfocadas fomentan unas condiciones que ayudan a las familias, las comunidades y las regiones a cuidar de ellas mismas. El trabajo empieza con los alimentos, porque nada puede ocurrir cuando todo el mundo está hambriento, pero también supone mejoras en las escuelas, el agua, las carreteras, la gobernanza y el apoyo a las comunidades de muchas otras formas.

Para realizar este trabajo, el PMA no está solo. Para alcanzar el éxito, es fundamental la colaboración entre los tres organismos de las Naciones Unidas con sede en Roma, cuyo mandato se centra en mitigar el hambre y desarrollar economías basadas en la agricultura: el PMA, la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA). No paro de repetirle a mi equipo que, mientras podamos ser efectivos, nadie debería preocuparse por quién se lleva el mérito. Los responsables de los tres organismos han viajado dos veces a África, una de ellas, en el verano de 2018, al Níger para evaluar nuestros proyectos y programas.

Nuestros equipos saben que esperamos que los organismos trabajen de manera conjunta, junto con los gobiernos locales, y creo que esto está dando sus frutos. Por ejemplo, para respaldar el desarrollo agrícola en el Níger, el PMA ayuda a recuperar las tierras degradadas. La FAO y el FIDA colaboran con esta causa proporcionando mejores semillas, así como asesoramiento y capacitación para ayudar a los agricultores a mejorar la producción.

Para los programas de comidas escolares del PMA, compramos los productos a los pequeños agricultores que han sido capacitados por la FAO a través de un programa del FIDA de respaldo de la cadena de valor. Estas colaboraciones ayudan a desarrollar y a diversificar la economía agrícola en el Níger, así como a mejorar la nutrición y la seguridad alimentaria.

El PMA quiere investigar más sobre la manera en la que nuestras iniciativas contribuyen a la paz. Por este motivo, estamos trabajando con el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI) con el objetivo de encontrar y desarrollar una base empírica a través de estudios de caso en el campo. Existe gran cantidad de información sobre cómo afectan los conflictos a la seguridad alimentaria, pero hay muy poca información sobre cómo la inseguridad alimentaria puede impulsar los conflictos o cómo la seguridad alimentaria puede contribuir a la creación de unas sociedades más pacíficas. 

Evidentemente, las investigaciones son productivas, pero es importante recordar que este trabajo afecta a las vidas reales de personas reales, como Fazle, un hombre que conocí en el Pakistán el año pasado. Hacía ocho años que la guerra lo había obligado a él, a su mujer y a sus cuatro hijos a abandonar su hogar y su granja. Todos ellos amaban su hogar, pero con todos los tiroteos y los grupos extremistas armados que existían en su zona, Fazle y su familia se vieron obligados a irse. Siete años después, Fazle y su familia volvieron a su hogar y están bien. Durante seis meses, recibieron ayuda alimentaria del PMA y del Gobierno del Pakistán, lo que permitió a la familia reunir un colchón que les permitió entrar en un programa de la FAO que ayudó a Fazle a crear un vivero. Ahora, Fazle gana 130 dólares al mes, cuatro veces más de lo que cobraba antes. Fazle y su familia quieren vivir, trabajar y perseguir sus sueños. La seguridad alimentaria fue el pilar sobre el que se construyó el resto de su nuevo comienzo. No solo se trata de salvar vidas, sino de cambiarlas.

Notas

[1] Programa Mundial de Alimentos, hoja informativa “Hunger and conflict” (junio de 2019). Disponible en https://docs.wfp.org/api/documents/WFP-0000105972/download/?_ga=2.128824716.1450031486.1569440059-184252046.1569440059.

[2] Programa Mundial de Alimentos, “Los Orígenes del Éxodo: Inseguridad alimentaria, los conflictos y migración internacional”, estudio del PMA, (mayo de 2017), pág. 6. Disponible en https://docs.wfp.org/api/documents/WFP-0000015358/download/?_ga=2.170054...

[3] Ibídem.

[4] David Beasley, “A path to peace and stability through food aid”, World Food Programme Insight, 16 de abril del 2018. Disponible en https://insight.wfp.org/a-path-to-peace-and-stability-through-food-aid-4...

[5] Ibídem.

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