New York

12/09/2017

Mensaje del Secretario General con motivo del Día para la Conmemoración y Dignificación de las Víctimas del Crimen de Genocidio y para su Prevención

A lo largo de la historia, y aún hoy, el genocidio ha causado profundas y dolorosas pérdidas a toda la humanidad. En 1948, con la aprobación unánime por la Asamblea General de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, los Estados Miembros reconocieron el interés y el deber comunes de proteger a los grupos de las amenazas a su propia existencia. Pasados pocos años del Holocausto y de la Segunda Guerra Mundial, la Convención representó la determinación colectiva de proteger a las personas de la brutalidad y de impedir cualquier horror semejante en el futuro.

El genocidio no surge por accidente: es deliberado y está precedido de señales de advertencia y precursores. A menudo es el corolario de años de exclusión, de negación de los derechos humanos y de otras injusticias. Puesto que el genocidio puede ocurrir en tiempos de guerra y en tiempos de paz, no podemos bajar la guardia.

A pesar de la clara definición de genocidio que figura en la Convención, así como de nuestra mejor comprensión de los riesgos, el genocidio ha reaparecido en múltiples ocasiones. Seguimos reaccionando en lugar de prevenir, y actuando solo cuando, muchas veces, ya es demasiado tarde. Debemos esforzarnos más por responder a tiempo y evitar un recrudecimiento de la violencia. Esa es la obligación de todos y cada uno de los Estados partes en la Convención.

Aunque en la Convención se prevé la posibilidad de imponer castigos, solo en los últimos dos decenios se ha juzgado a los autores individuales en un tribunal internacional de justicia. El 69º aniversario de la Convención contra el Genocidio coincide con la próxima clausura del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY), primer tribunal penal internacional con jurisdicción sobre el genocidio. Las condenas y la jurisprudencia del TPIY y del Tribunal Penal Internacional para Rwanda, así como la labor que están llevando a cabo las Salas Especiales de los Tribunales de Camboya y la Corte Penal Internacional, reflejan la encomiable determinación de castigar este delito, el más grave de todos los delitos.

Al mismo tiempo que conmemoramos la dignidad de las víctimas del genocidio, también debemos comprometernos a garantizar que las comunidades afectadas podrán contar sus vivencias, crear un registro histórico de lo ocurrido y, en los casos en que corresponda, ser indemnizadas. También debemos poner más empeño en resguardar y proteger a quienes huyen de los conflictos armados o la persecución, y denunciar el odio de todo tipo.

Exhorto a todos los Estados a que ratifiquen la Convención contra el Genocidio antes de su 70º aniversario en 2018 y, de ese modo, contribuyan a liberar a la humanidad de este delito cruel y odioso.