Con demasiada frecuencia, la paz se entiende simplemente como la ausencia de guerra, una calma en medio del caos. Sin embargo, la paz no es pasiva. Es un estado activo y una responsabilidad compartida que exige un esfuerzo colectivo sostenido. La coexistencia pacífica es una elección consciente, que brinda espacio para ver nuestras diferencias —de raza, religión, idioma y cultura— no como amenazas, sino como fuentes de enriquecimiento y fortaleza. Nos llama a escuchar, a dialogar en lugar de monólogos, y a tender puentes cuando otros intentan erigir muros. En un mundo marcado por la creciente polarización, el resurgimiento del nacionalismo y el aumento de las tensiones sociales, esta elección ya no es opcional. Es imperativa e indispensable.
En este primer Día Internacional de la Coexistencia Pacífica, el 28 de enero de 2026, la comunidad mundial está llamada no solo a reflexionar sobre una noble aspiración, sino a reafirmar su compromiso con la exigente y transformadora labor de construir la paz mediante el entendimiento mutuo en todos los niveles de la sociedad. Establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas mediante la resolución 79/269, este Día ofrece la oportunidad de fomentar el respeto a la diversidad, el diálogo intercultural e interreligioso, y la solidaridad entre todos los seres humanos como fundamentos de un mundo más pacífico, justo e inclusivo.
Durante más de dos décadas, la Alianza de Civilizaciones de las Naciones Unidas (UNAOC por sus siglas en inglés) ha trabajado para promover la coexistencia pacífica, trascendiendo el discurso abstracto y traduciendo el diálogo en acción colectiva tangible. Creo firmemente que la convivencia pacífica es el antídoto contra el odio.
En el undécimo Foro Global de la UNAOC, organizado por el Reino de Arabia Saudita en Riad el pasado diciembre, una amplia coalición de Estados Miembros, organizaciones internacionales y regionales, líderes religiosos, el sector privado, jóvenes y representantes de la sociedad civil se reunieron en torno a la visión rectora de la UNAOC: “Muchas culturas, una sola humanidad”. Juntos, expresaron una convicción compartida: que el diálogo es más fuerte que la división, el respeto más poderoso que el odio y que la paz no es una aspiración lejana, sino una responsabilidad que compartimos hoy.
Aprovechando el impulso de los Foros Globales anteriores en Cascais, Portugal, en 2024, y Fez, Marruecos, en 2022, el Foro de Riad reafirmó el compromiso de la UNAOC con una Alianza por la Paz, un movimiento global que va más allá de las declaraciones para inspirar alianzas significativas entre gobiernos, sociedad civil, líderes religiosos, jóvenes y mujeres. Nuestra misión va más allá de la simple prevención de conflictos. Es la búsqueda activa de la empatía, el fomento del diálogo y la promoción de sociedades inclusivas donde las personas puedan convivir con dignidad, superando sus diferencias.
En 2025, la Alianza de Civilizaciones (UNOC) lanzó un Llamado a la Paz, el Fin de las Guerras y el Respeto del Derecho Internacional en Gernika (España) y Sarajevo (Bosnia y Herzegovina), dos ciudades que hablan con fuerza a la conciencia de la humanidad. En todas las comunidades, las voces de resiliencia y reconciliación se hicieron eco de una verdad simple pero profunda: la paz nos necesita tanto como nosotros necesitamos la paz. Este llamamiento global continuará en la tercera edición de la iniciativa en Luanda (Angola) para reafirmar la convicción de que la paz no es un privilegio, sino un derecho y una responsabilidad de todos.

Sin embargo, las reuniones simbólicas y los foros de alto nivel, por importantes que sean, deben traducirse en un impacto tangible sobre el terreno. La coexistencia pacífica comienza localmente: en las aulas, los vecindarios, los lugares de trabajo y los espacios digitales donde las semillas de la intolerancia pueden arraigar con la misma facilidad que las semillas de la solidaridad. Florece cuando los jóvenes se empoderan como agentes de paz, cuando las mujeres participan plenamente como constructoras de paz y cuando los actores religiosos y culturales sirven de puentes en lugar de barreras. Se fortalece cuando defendemos el estado de derecho, protegemos los derechos humanos y nos oponemos firmemente a la discriminación en todas sus formas. Predicamos con el ejemplo para garantizar que los principios globales se traduzcan en cambios mensurables. Nuestras iniciativas emblemáticas, como el Fondo de Solidaridad Juvenil, el programa Jóvenes Constructores de Paz, el Programa de Becas, la Alianza de Mujeres por la Paz, el Centro de Innovación Intercultural y el Festival de Video Juvenil PLURAL+ son un verdadero testimonio de ese fin.
Hoy recuerdo al escritor, filósofo y un hijo franco-argelino del Mediterráneo, Albert Camus, quien declaró con claridad y valentía: “La paz es la única batalla que vale la pena librar”.
Tras más de cuatro décadas de servicio político y diplomático, sigo guiado por esta convicción. Sigo librando esa batalla no con la fuerza, sino con el diálogo; no con el miedo, sino con la esperanza; no con la división, sino con la inquebrantable convicción de que nuestra humanidad compartida es más fuerte que cualquier cosa que intente desgarrarla.
Juntos podemos construir sociedades resilientes en su diversidad, fuertes en el diálogo y ricas en respeto mutuo: sociedades donde la coexistencia pacífica no sólo se celebre una vez al año, sino que se viva todos los días.
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