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Señor Presidente,
Excelentísimas Señoras, Excelentísimos Señores,
Señoras y Señores:
No lejos de esta sala de conferencias, en Lesotho, Malawi, Mozambique,
Swazilandia, Zambia y Zimbabwe, 13 millones de personas están
amenazadas por el hambre.
Si hiciese falta un recordatorio de lo que sucede cuando no conseguimos
planear ni proteger el futuro a largo plazo de nuestro planeta, podemos
escucharlo en las llamadas de socorro de esos 13 millones de almas.
Y si hay una palabra que tendría que estar en labios de todos
los asistentes a esta cumbre, un concepto que encarna todo lo que esperamos
alcanzar aquí en Johannesburgo, es la palabra "responsabilidad".
Responsabilidad ante los demás -pero sobre todo los pobres, los
vulnerables y los oprimidos- en su condición de miembros de una
sola familia humana.
Responsabilidad para con nuestro planeta, cuya generosidad constituye
el fundamento mismo del bienestar y el progreso humanos.
Y, sobre todo, responsabilidad hacia el futuro: hacia nuestros hijos
y los hijos de éstos.
En el decenio último, en conferencias y reuniones en la cumbre
como ésta, el mundo ha elaborado un plan de amplio alcance con
miras a un siglo XXI estable y próspero. Esta cumbre, al igual
que las precedentes de Estocolmo y Río de Janeiro, que constituyeron
verdaderos hitos, tiene por tema un elemento fundamental de ese plan:
las relaciones entre los seres humanos y el medio natural.
Recurrimos al medio natural en busca de alimentos y combustible y de
las medicinas y materiales de que dependen nuestras sociedades.
Lo consideramos un reino de belleza y de sustento espiritual.
Ahora bien, no debemos engañarnos y, cuando contemplemos un cielo
azul claro, pensar que todo está bien. Todo no está bien.
La ciencia nos dice que, si no actuamos ahora como conviene,
el cambio climático provocará estragos, incluso en el
curso de nuestra vida.
No nos engañemos pensando que no avanza el desierto o que los
productos químicos tóxicos no están envenenando
el suelo cuando contemplemos una panorámica de tierras dilatadas
hasta perderse de vista.
Y cuando miremos un lago o un océano centelleantes, no olvidemos
la contaminación del agua ni el agotamiento de los recursos pesqueros
que ocurre bajo su superficie.
Ya es hora de que deje de disimularse la peligrosa situación
de la tierra o de asegurarse que la conservación es demasiado
cara, cuando sabemos perfectamente que es mucho mayor el costo que acarreará
la inacción.
Dejemos de estar a la defensiva económicamente y empecemos a
ser valerosos políticamente.
Afrontemos, por último, una incómoda verdad: el modelo
de desarrollo a que estamos acostumbrados ha sido fructuoso para unos
pocos, pero ha resultado deficiente para la mayoría. Una ruta
hacia la prosperidad que destroza el medio natural y deja a la mayoría
de la humanidad en la miseria no tardará en resultar un camino
sin salida para todos.
En la trama de la vida moderna hay firmemente entretejidas prácticas
insostenibles. Algunos dicen que deberíamos desgarrar esa trama,
mas yo digo que podemos y debemos tejer nuevas hebras de conocimiento
y cooperación.
Ya hemos adoptado medidas provisionales en esa dirección. Aquí,
en Johannesburgo, debemos hacer algo más. A partir de ahora,
hay que centrarse en poner en práctica los múltiples acuerdos
a que hemos llegado, entre ellos, los objetivos de desarrollo del milenio.
La sostenibilidad es uno de esos objetivos, pero también es requisito
previo indispensable para alcanzar todos los demás.
La acción debe empezar por los gobiernos. Los países más
ricos deben ponerse al frente. Poseen la riqueza, poseen la tecnología
y en una medida desproporcionada los problemas medioambientales del
mundo se deben a ellos.
Mas los gobiernos no pueden hacerlo por sí solos.
A los grupos de la sociedad civil corresponde desempeñar un papel
crítico, en su condición de asociados, propulsores y vigilantes.
Otro tanto sucede con las empresas comerciales. Sin el sector privado,
el desarrollo sostenible no será más que un sueño
distante. No pedimos a las empresas que hagan algo distinto a su actividad
comercial normal, sino que lleven a cabo sus actividades normales de
manera diferente.
El desarrollo sostenible no debe esperar a los grandes avances tecnológicos
del mañana. Pueden iniciar esta labor las políticas, la
ciencia y las tecnologías verdes que hoy tenemos a nuestra disposición.
Mediante una acción concertada en cinco terrenos -el agua, la
energía, la salud, la agricultura y la diversidad biológica-,
el progreso podría ser mucho más rápido de lo que
se suele creer.
Señoras y señores:
Se dice que para todo hay un momento oportuno. Hoy día, el mundo
necesita entrar en una época de transformación, una época
de buena administración. Consigamos que sea una época
en la que hagamos una inversión, durante demasiado tiempo demorada,
en la supervivencia y la seguridad de las generaciones futuras.
Para concluir, deseo dar las gracias al Presidente Mbeki, su Gobierno
y el pueblo de Sudáfrica por haber abierto sus corazones y sus
hogares al mundo. Espero que, a su vez, esta cumbre sea para todos nosotros
la apertura de un nuevo capítulo, un capítulo de
responsabilidad, asociación y puesta en práctica.
Muchas gracias.
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