Memoria del Secretario General sobre la labor de la Organización: A. Promoción del crecimiento económico sostenido y del desarrollo sostenible

Un agricultor solar trabaja con la Fuerza Provisional de la ONU en el Líbano, limpia una fila de paneles solares b de las instalaciones de la FPNUL en Naqoura, Líbano. © ONU/Pasqual Gorriz

Este período representó el fin de una era en la labor encaminada a lograr el desarrollo sostenible y el comienzo de una fase nueva y aún más prometedora en que se nos ofrece una verdadera oportunidad de eliminar la pobreza, la desigualdad y la exclusión en todos los rincones del mundo. La movilización mundial en apoyo de los Objetivos de Desarrollo del Milenio contribuyó a sacar de la pobreza extrema a más de 1.000 millones de personas, realizar avances en la lucha contra el hambre, posibilitar que asistan a la escuela más niñas que nunca y proteger nuestro planeta. Esos Objetivos generaron alianzas nuevas e innovadoras, galvanizaron a la opinión pública y demostraron la enorme utilidad de fijar metas ambiciosas. Sin embargo, el histórico compromiso contraído por los dirigentes mundiales en el año 2000 de no escatimar «esfuerzos para liberar a nuestros semejantes, hombres, mujeres y niños, de las condiciones abyectas y deshumanizadoras de la pobreza extrema» no se cumplió plenamente antes de que concluyera el plazo fijado, en 2015.

Persisten las desigualdades y el progreso ha sido dispar entre las regiones, entre los países y dentro de ellos, dejando atrás a millones de personas. Esto es especialmente cierto en los lugares en que la violencia está destruyendo u obstaculizando los adelantos en materia de desarrollo. La drástica proliferación y reactivación de los conflictos que han ocurrido en el decenio pasado han reducido enormemente las mejoras conseguidas. En un momento de polarización y crisis crecientes, hacía falta una nueva era de desarrollo sostenible. Las experiencias y las pruebas del esfuerzo efectuado para lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio demostraron que sabemos lo que hay que hacer, pero también pusieron de manifiesto la necesidad de aplicar enfoques que penetren más hondo, que permitan acometer las causas fundamentales y sean más efectivos para integrar las dimensiones económica, social y ambiental del desarrollo sostenible.

Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible

El 25 de septiembre de 2015 los dirigentes del mundo se reunieron en Nueva York con el fin de aprobar la histórica Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Producto de uno de los procesos más incluyentes y holísticos de la historia de las Naciones Unidas, este marco mundial para los próximos 15 años, en que los Estados Miembros prometen «no dejar a nadie atrás», condensa la visión global del mundo donde queremos vivir.

La Agenda está vertebrada en torno a 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, que comprometen a todos los países y partes interesadas a 1) poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo; 2) poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible; 3) garantizar una vida sana y promover el bienestar de todos a todas las edades; 4) garantizar una educación inclusiva y equitativa de calidad y promover oportunidades de aprendizaje permanente para todos; 5) lograr la igualdad de género y empoderar a todas las mujeres y las niñas; 6) garantizar la disponibilidad y la gestión sostenible del agua y el saneamiento para todos; 7) garantizar el acceso a una energía asequible, fiable, sostenible y moderna para todos; 8) promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos; 9) construir infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible y fomentar la innovación; 10) reducir la desigualdad en los países y entre ellos; 11) lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles; 12) garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles; 13) adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos; 14) conservar y utilizar sosteniblemente los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible; 15) proteger, restablecer y promover el uso sostenible de los ecosistemas terrestres, gestionar sosteniblemente los bosques, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras y detener la pérdida de biodiversidad; 16) promover sociedades pacíficas e inclusivas para el desarrollo sostenible, facilitar el acceso a la justicia para todos y construir a todos los niveles instituciones eficaces e inclusivas que rindan cuentas; y, por último, 17) fortalecer los medios de implementación y revitalizar la Alianza Mundial para el Desarrollo Sostenible. Los Objetivos van acompañados de 169 metas.

La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible es ambiciosa, integra las dimensiones social, económica y ambiental del desarrollo sostenible y aborda la cuestión de los derechos humanos y la interrelación de las causas profundas de la pobreza, el hambre, las pandemias, la desigualdad, la degradación del medio ambiente, el cambio climático, las migraciones forzadas, la violencia y el extremismo. Se basa en las enseñanzas extraídas de los Objetivos de Desarrollo del Milenio y otros compromisos convenidos internacionalmente y los amplía. Asimismo se ve reforzada por otros acuerdos mundiales alcanzados en 2015 y en el período que abarca esta memoria, y, a su vez, los refuerza. Esos acuerdos incluyen el Acuerdo de París en virtud de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030 y la Agenda de Acción de Addis Abeba de la Tercera Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo.

El Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030 tiene por objeto orientar la gestión del riesgo de desastres como parte de la labor de desarrollo a todos los niveles. Se centra en prevenir la aparición de nuevos riesgos de desastres y reducir los existentes con medidas proactivas e inversiones en todos los sectores, incluidos los de la educación, la salud, la agricultura, el agua y la energía. El propósito de lograr que aumente el número de países que tienen estrategias de reducción del riesgo de desastres a nivel nacional y local para 2020 ofrece una clara oportunidad de complementar la planificación nacional relacionada con la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y el Acuerdo de París sobre el cambio climático.

Estas agendas, que se refuerzan mutuamente, representan un nuevo punto de partida. Ahora el desafío radica en su aplicación, que no puede lograr ninguna entidad por sí sola. La ambición a nivel mundial debe traducirse en actuaciones de todas las comunidades y naciones, basadas en estrategias de aplicación que se perciban como propias a nivel local y tengan en cuenta el género. La integración sistemática de la perspectiva de género en los planes, las estrategias y los presupuestos nacionales de desarrollo sostenible ha de ser prioritaria. A los Gobiernos corresponde dirigir el proceso, demostrar liderazgo y responsabilidad y armonizar las políticas, la legislación y los recursos con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Aprovechar las sinergias entre los objetivos ayudará a acelerar su consecución. En este sentido, en la Agenda de Acción de Addis Abeba los países se comprometen a establecer las políticas y marcos reglamentarios necesarios y se incentivan los cambios en las prácticas de consumo, producción e inversión. Asimismo, en ella se reitera que el cumplimiento de todos los compromisos de asistencia oficial para el desarrollo (AOD) sigue siendo crucial y se destaca el papel que desempeña ese tipo de asistencia para catalizar la movilización de recursos adicionales de fuentes públicas y privadas. También se acoge favorablemente que haya aumentado la contribución de la cooperación Sur-Sur al desarrollo sostenible.

Será necesario hacer un esfuerzo especial en los países menos adelantados, los países en desarrollo sin litoral y los pequeños Estados insulares en desarrollo. Estos países, junto con los Estados afectados por conflictos, son los segmentos de la comunidad mundial que se enfrentan a mayores obstáculos para lograr el crecimiento económico y el desarrollo sostenibles. Si bien el liderazgo y el sentido de la propiedad nacionales son fundamentales, dichos países dependen de las alianzas mundiales para obtener recursos financieros, asesoramiento sobre políticas y asistencia técnica. El Programa de Acción de Estambul, la declaración política aprobada en el examen de mitad de período de ese Programa de Acción, el Programa de Acción de Viena y la Trayectoria de Samoa son pactos que abordan los retos y las oportunidades de esos grupos de países. Dichos programas de acción específicos complementan la Agenda 2030. El Banco de Tecnología para los Países Menos Adelantados, que ha de comenzar a funcionar en 2017, puede fortalecer la capacidad nacional y proporcionar conocimientos especializados a los países menos adelantados para alcanzar los objetivos de desarrollo convenidos internacionalmente.

La financiación también será clave en la implementación. El foro del Consejo Económico y Social sobre la financiación para el desarrollo fue un primer paso fundamental a este respecto. Como contribución a ese importante debate, el Equipo de Tareas Interinstitucional sobre la Financiación para el Desarrollo elaboró un informe en el cual se analizan más de 300 compromisos y medidas que figuran en la Agenda de Addis Abeba, incluidas las metas relativas a los medios de implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. En el informe se establece un marco de supervisión y se presentan las fuentes de datos y herramientas que permitirán hacer el seguimiento de la implementación en el futuro. El primer Foro Mundial sobre Infraestructura, celebrado por los bancos multilaterales de desarrollo en Washington D.C., fue otra contribución importante.

La implementación —y la rendición de cuentas al respecto—, también se verá debilitada si no existen datos de calidad, accesibles y oportunos. La Comisión de Estadística del Consejo Económico y Social ha acordado un marco de indicadores mundiales, pero su aplicación para hacer el seguimiento del progreso y evaluarlo será dificultosa en muchos países y requerirá que se mejore la capacidad estadística nacional. En su 46º período de sesiones, la Comisión de Estadística estableció el Grupo de Alto Nivel de Colaboración, Coordinación y Fomento de la Capacidad en materia de Estadística para la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, cuyo cometido es proporcionar dirección estratégica al seguimiento y la presentación de informes estadísticos de la implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. La revolución de los datos es un fenómeno importante que posibilita el marco de indicadores mundiales. La Comisión de Estadística ya está trabajando para organizar un foro mundial de las Naciones Unidas sobre datos a fines de 2016 al objeto de fortalecer el diálogo con una amplia gama de asociados y partes interesadas.

A raíz de la aprobación de la Agenda 2030, ya no se ha preparado el anexo anual de la presente memoria titulado «Objetivos de Desarrollo del Milenio, metas e indicadores: cuadros estadísticos»; en su lugar, de conformidad con la resolución 70/1 de la Asamblea General, párrafo 83, se preparará un informe anual sobre el progreso respecto de la Agenda 2030, basado en un marco de indicadores mundiales, como contribución al foro político de alto nivel. Ese informe incluirá un anexo titulado «Objetivos de Desarrollo Sostenible, metas e indicadores: cuadros estadísticos».

Necesidad de adoptar medidas relativas al cambio climático

En el período que se examina surgió una nueva sensación de urgencia, así como nuevas esperanzas para el ansia más existencial de nuestro tiempo, combatir el cambio climático y, cuando sea posible, eliminar sus efectos. El cambio climático representa la mayor amenaza para el logro del desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza extrema. El año 2015 fue el más caluroso desde que se comenzó a reunir datos con métodos modernos, y el quinquenio 2011-2015 fue el más caluroso de la historia. Por primera vez se han documentado unos niveles de dióxido de carbono —principal impulsor del cambio climático— superiores a 400 partes por millón a nivel mundial. La ciencia no da lugar a dudas, como tampoco los efectos cada vez más visibles en la vida de las personas. Las pruebas de esos efectos, en particular para los más pobres y las poblaciones del mundo en situación más precaria, se multiplican año tras año. Desde los vulnerables Estados insulares del Pacífico hasta las zonas afectadas por la sequía de todo el Cuerno de África, el impacto del cambio climático está socavando la capacidad de los países en desarrollo para lograr el desarrollo sostenible y, en algunos casos, poniendo en peligro su propia supervivencia. Las medidas sobre el clima reforzarán las medidas sobre el desarrollo sostenible; las inversiones en el clima son inversiones en el desarrollo. Para responder a este desafío es imprescindible que haya cooperación mundial en todos los sectores de la sociedad.

En el período que abarca esta memoria culminaron 10 años de esfuerzo por mi parte para contribuir a la concertación de un ambicioso acuerdo climático. Tras el éxito de mi Cumbre sobre el Clima, celebrada en 2014 en Nueva York, y el 20º período de sesiones de la Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que tuvo lugar en Lima, fijé dos objetivos principales: movilizar voluntad política para ultimar un nuevo acuerdo en París a fines de 2015 y acelerar la adopción de medidas trascendentales sobre el terreno para reducir las emisiones y aumentar la resiliencia. La participación de los Jefes de Estado y de Gobierno en 2015 era también esencial para finalizar un acuerdo ambicioso; por ello, convoqué a los líderes en dos ocasiones a fin de obtener un compromiso al más alto nivel en vísperas del 21er período de sesiones de la Conferencia de las Partes, que tendría lugar en París. Estos encuentros se tradujeron en un amplio consenso entre los principales países y dieron un fuerte impulso a la concertación del acuerdo en París.

La aprobación del Acuerdo de París el 12 de diciembre de 2015 y la ceremonia de firma al más alto nivel, que se celebró el 22 de abril de 2016, coronaron un año notable por los logros multilaterales para las personas y el planeta. El Acuerdo puso de manifiesto el compromiso y la ambición genuinos de todos los países del mundo de mitigar el cambio climático reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero para 2020 y continuar haciéndolo posteriormente, y sentó una base sólida para transformar la economía mundial de forma que sea resiliente al clima y tenga en cuenta los derechos humanos y la igualdad de género.

Ahora es fundamental traducir en hechos ese compromiso, ya que la transformación ayudará a garantizar un futuro más seguro, más saludable y más próspero para todos. Deben acelerarse las medidas a todos los niveles, desde el local hasta el mundial. No hay tiempo que perder y mucho que ganar si avanzamos rápidamente en la reducción de las emisiones de carbono. La financiación climática es esencial a la hora de catalizar la acción sobre el terreno y generar confianza política. Para lograr resultados en París fue crucial definir una trayectoria políticamente creíble que permita alcanzar el objetivo de movilizar 100.000 millones de dólares al año a más tardar en 2020, así como poner plenamente en marcha el Fondo Verde para el Clima y que la Junta del Fondo aprobara sus primeros proyectos en noviembre de 2015.

El éxito de las medidas contra el cambio climático constituye un reto mundial de facetas múltiples. Reconociendo la importancia que tienen la resiliencia y la capacidad de adaptación, también impulsé una nueva iniciativa mundial sobre la resiliencia al cambio climático: la Iniciativa de Resiliencia Climática: Anticipar, Absorber, Remodelar (A2R). Se trata de una alianza entre diversos interesados cuyo propósito es acelerar las medidas para fortalecer la resiliencia climática antes de 2020, en particular las destinadas a los países y personas más vulnerables.