5 de abril de 2020

Nunca olvidaré aquella noche de 2006 en la que volví a mi localidad natal, Dois Riachos (con una población de 11.000 habitantes), situada en el noreste del Brasil, después de haber ganado por primera vez el premio a la mejor jugadora de fútbol del mundo. Cuando llegué, era casi media noche y todo el mundo estaba en la calle. Me monté en un camión de bomberos mientras la gente me saludaba y me vitoreaba por las calles. No me podía creer que esta fuese la misma gente que, solo unos años antes, me insultaba, me apartaba de los campeonatos de niños y le decía a mi madre que me debería prohibir que jugase a un deporte de hombres. Esa noche me di cuenta del poder que tienen las mujeres y las niñas en el mundo del deporte para cambiar el mundo.

Hasta ese momento, mi único objetivo era jugar al fútbol, no entraba en mis planes convertirme en una activista o un ejemplo a seguir, como soy ahora. No era consciente de que mi propia experiencia a la hora de luchar y de superar un sinfín de barreras relacionadas con el género en mi forma de actuar estaba revolucionando y remodelando las normas de género para los que me rodeaban. Cuando era pequeña, era una guerrera solitaria que terminó demostrando que las niñas podían jugar igual de bien o incluso mejor que los niños. Le enseñé a mi comunidad que las niñas también podían desafiar el “sentido común” con respecto a la feminidad y ser fuertes, rápidas y tenaces. Cuando a los 14 años dejé mi aldea para jugar al fútbol como profesional en Río de Janeiro, estaba transmitiendo el mensaje de que las mujeres y las niñas son valientes, independientes y capaces de mantenerse a sí mismas.

Aunque, en ocasiones, resulta frustrante la lentitud con la que se producen los cambios, las sociedades han evolucionado en su forma de ver a las mujeres y las niñas. Ahora, cuando vuelvo al Brasil a visitar a mi familia, resulta increíble ver cuántas niñas juegan en las calles, se asocian a los clubes de fútbol y sueñan con convertirse en jugadoras profesionales. Las mujeres y las niñas en el mundo del deporte han realizado importantes aportaciones para conseguir los cambios que podemos ver tanto dentro como fuera del campo. Cuando jugamos, desafiamos los estereotipos de género y logramos que la gente se cuestione esa idea falsa de que algunas actividades son solo para los hombres. Ejercemos nuestro derecho a ocupar el espacio público, un lugar que, lamentablemente, se sigue considerando dominio de los hombres con demasiada frecuencia. Y puesto que fomentamos la confianza y la resiliencia a través del deporte, tenemos mayores oportunidades de acabar con el ciclo de la violencia de género y de ayudar a que otras mujeres y niñas hagan lo mismo.

Cuando las deportistas tienen la oportunidad de situarse en el foco de atención, los resultados son inmensos. Y, por ese motivo, la Copa Mundial Femenina de 2019 supuso una auténtica revolución. En todo el mundo, la audiencia del torneo superó los 1.000 millones de espectadores. Estoy orgullosa de poder decir que 35 millones de personas vieron el partido que el Brasil disputó contra Francia, la mayor audiencia en un partido de fútbol femenino de toda la historia. Resultaba hermoso ver a tantas mujeres y niñas entre el público, así como a los hombres y los niños disfrutando del partido. Las jugadoras de fútbol, las entrenadoras, las árbitras y las periodistas desafiaron los estereotipos de género en la cobertura informativa, mostraron su respeto hacia la diversidad sexual y, evidentemente, lucharon por la igualdad salarial. Todas estas cuestiones se plantearon en frente de una audiencia enorme y, en consecuencia, adquirieron impulso dentro de la agenda global. Estas no solo se han transformado en acciones en el mundo del deporte, sino también entre una nueva generación que reclama sus derechos.

Retrato de Marta Vieira da Silva con una pelota con los ODS. Foto: ONU-Mujeres/Ryan Brown.

Me conmovió profundamente descubrir que las niñas que participan en la iniciativa Una victoria lleva a otra (OWLA), un programa deportivo conjunto entre ONU-Mujeres y el Comité Olímpico Internacional (COI) para niñas, estaban encontrando una gran aceptación y apoyo por parte de sus familias y comunidades para seguir practicando deporte después de la Copa Mundial Femenina. Recientemente, tuve la oportunidad de conocer a algunas de esas niñas en Río de Janeiro, y pude escuchar con total humildad cómo me contaban que tanto mis compañeras futbolistas como yo les habíamos servido de inspiración. Kathely Rosa, una portera de 19 años, me contó que ve muchas similitudes entre su historia y la mía. Al contemplar todas las batallas que yo logré vencer, cree que ella también podrá vencer en las suyas. Al igual que yo, muchas otras deportistas han inspirado a las mujeres y las niñas a creer en sí mismas y a expandir la percepción colectiva sobre lo que las niñas y las mujeres son capaces de hacer.

Lo que me resulta fascinante es que esta cadena de inspiración no para de crecer. Por ejemplo, Kathely quiere ser entrenadora profesional y entrenar a un equipo femenino de fútbol en su comunidad. Actualmente, está estudiando educación física y es tal su determinación para alcanzar su objetivo que no me cabe la menor duda de que lo conseguirá. Cuando lo consiga, le tocará a ella servir de inspiración a otras niñas transmitiéndoles los valores esenciales del deporte, tales como la disciplina, el respeto, la deportividad, el trabajo en equipo, la diversidad y la autosuficiencia, unos valores que se pueden extrapolar a muchos otros ámbitos de la vida.

También tenemos el ejemplo de Hingride, una jugadora de rugby que se graduó en el programa OWLA el año pasado. Actualmente, trabaja como facilitadora para un nuevo grupo de niñas que juegan al rugby en su comunidad, donde no solo se limita a enseñarles a marcar goles. También enseña a las niñas todo lo relacionado con las cuestiones de género, la autoestima y el liderazgo, los derechos en materia de salud sexual y reproductiva, la violencia de género y el empoderamiento económico. A su vez, estas jóvenes jugadoras de rugby compartirán sus conocimientos con sus amigos y su familia, lo que dará lugar a un círculo virtuoso de transformación positiva. Tal y como demuestran las investigaciones, cuando la práctica deportiva se combina con espacios seguros tanto desde el punto de vista físico como del emocional, se genera un efecto multiplicador en diferentes áreas de desarrollo, incluidas la salud, la educación y la reducción de las desigualdades. Hingride es una prueba viviente de ello.

Necesitamos aumentar la inversión en el acceso al deporte para las niñas y aplicar unas reglas de juego equitativas para las deportistas profesionales. Los dividendos están muy claros. Si queremos acelerar el ritmo de cambio para alcanzar la Generación Igualdad, debemos conseguir que haya más niñas en el campo y poner el foco de atención sobre los grandes logros de las deportistas. Porque es verdad que una victoria lleva a otra. Es evidente que las mujeres y las niñas en el mundo del deporte desempeñan una función muy importante a la hora de cambiar las reglas de juego en todo el mundo. Ha llegado la hora de la igualdad entre los géneros.

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