La resistencia de las Naciones Unidas es notable. Durante casi 70 años, el número de miembros de las Naciones Unidas se ha incrementado rápidamente después de que países recientemente independizados se hayan unido a sus filas. También resulta alentador el hecho de que ningún país haya sentido el deseo lo suficientemente fuerte de abandonar la organización, a pesar de sus deficiencias democráticas. En particular, la composición y los métodos de trabajo del Consejo de Seguridad son fuente de descontento para muchos, así como el fracaso de las Naciones Unidas para aplicar ciertas resoluciones de la Asamblea General. Sin embargo, en los últimos decenios, la adopción de decisiones internacionales nunca ha sido tan inclusiva, especialmente en la Asamblea, gracias en buena medida al papel fundamental que ha jugado el Grupo de los 77, el bloque más grande de las Naciones Unidas.

Con unos 130 miembros en el último decenio, el Grupo de los 77 abarca una mayoría considerable de los 193 Estados Miembros de las Naciones Unidas. La fortaleza numérica de este bloque de países en desarrollo, fundado hace 50 años con 77 miembros iniciales (lo que dio su nombre al grupo), ha funcionado como un contrapunto a la influencia de los países desarrollados que, debido a sus mayores recursos financieros y a su capacidad para financiar organizaciones internacionales, gozan también de una influencia considerable. Lamentablemente, las tensiones entre aquellos que tienen el “poder de la mayoría” y los que tienen el "poder del dinero” impiden con frecuencia un consenso puntual y significativo en cuestiones fundamentales.

A pesar de que algunos diplomáticos experimentados mantienen que la falta de acuerdo entre los países desarrollados y los países en desarrollo está más relacionada, a menudo, con el poder que con diferencias ideológicas reales, se pueden identificar fácilmente los puntos de vista esencialmente opuestos de las posiciones adoptadas por los países del Norte y del Sur. Los Estados Miembros tienen diferentes prioridades. Los países en desarrollo quieren claramente que la Asamblea General se implique mucho más en el desarrollo y en las cuestiones financieras mundiales, mientras que los países desarrollados ven a las Naciones Unidas en Nueva York principalmente como un lugar para tratar la paz, la seguridad y las cuestiones humanitarias urgentes, argumentando que las instituciones de Bretton Woods y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) se crearon específicamente para ocuparse del desarrollo. Los países del Sur tienden a contrarrestar este argumento señalando que estos organismos están demasiado influidos por sus principales donantes. Por ejemplo, mediante las contribuciones voluntarias y las contribuciones para fines específicos, los países desarrollados tienen mucho más poder de decisión en el funcionamiento del PNUD.

Curiosamente, la división Norte-Sur es mucho menos pronunciada en la esfera de los derechos humanos, porque muchos países del Sur, al igual que los países del Norte consideran el respeto a los derechos humanos como una condición clave para que una nación prospere política y económicamente.

La Secretaría de las Naciones Unidas, atrapada entre las prioridades opuestas de los bloques de los Estados Miembros, suele argumentar que la paz y la seguridad, el desarrollo y los derechos humanos están interrelacionados, y que son pilares igualmente importantes del Sistema de las Naciones Unidas.

A menudo, debido a las claras y profundas diferencias de las prioridades Norte/Sur, muchas de las victorias anunciadas por cada parte tienen una vida corta y no se ponen en práctica, o quedan lejos de alcanzar los objetivos pretendidos. Algunos éxitos iniciales del Grupo de los 77 nunca se realizaron plenamente. Un ejemplo notable es la resolución de 1970 que dispuso que “cada país económicamente adelantado aumentará progresivamente su asistencia oficial a los países en desarrollo y hará los mayores esfuerzos para alcanzar una cantidad neta mínima equivalente al 0,7% de su producto interno bruto”. Los Estados Unidos de América manifestaron su resistencia desde el inicio y nunca tuvieron la intención de lograr este objetivo. E incluso los pocos países que lograron este objetivo durante decenios recientemente han reducido su asistencia, o están incluyendo los costos relativos al mantenimiento de la paz, la ayuda humanitaria e incluso las misiones comerciales en el cálculo de su ayuda. La actual recesión mundial está contribuyendo sin duda a la reducción global de la asistencia al desarrollo, golpeando a los países más vulnerables y a aquellos que se enfrentan doblemente a una reducción de la demanda y del precio de sus materias primas.

Los esfuerzos de los países ricos para establecer reformas de la gestión también han tenido un éxito limitado. Un ejemplo típico es el destino de la decisión de 2005 de la Asamblea General de examinar los 9.000 mandatos provenientes de las resoluciones (se añaden más de un centenar cada año) para determinar si algunos están desfasados o duplicados. El examen se encontró inmediatamente con tácticas dilatorias por parte de los países en desarrollo, lo que llevó finalmente al carpetazo después de unos años de negociaciones intensas, aunque oficialmente se culpó al proceso del presupuesto de las Naciones Unidas, ya que este proceso impide vincular los recursos con mandatos específicos. En una línea similar, las recientes negociaciones sobre la coherencia general del sistema, en un esfuerzo para mejorar la coordinación y la efectividad de la amplia multitud de entidades de las Naciones Unidas, se encontraron con una gran resistencia por parte del Sur. Dicho simplemente, el Sur desconfía de las medidas de ahorro y eficiencia, que considera intentos velados de fortalecer aún más el control del Norte sobre las Naciones Unidas. Por su parte, los principales donantes de las Naciones Unidas  ̶ los países desarrollados contribuyen aproximadamente con tres cuartas partes del presupuesto ordinario ̶ consideran que las reservas del Sur están impidiendo una buena gobernanza.

Debido al rápido desarrollo y enriquecimiento de algunos países en desarrollo (p. ej., Brasil, China e India, entre otros), ciertos diplomáticos y otros actores suponen que coaliciones como el Grupo de los 77 serán menos relevantes o influyentes en el futuro. Sin embargo, cabe señalar que el Grupo de los 77 desde los años noventa solo ha perdido un puñado de sus miembros porque se unieron “al otro lado”. De ellos, los antiguos miembros del Grupo de los 77 Chipre, Malta y Rumania lo dejaron para unirse a la Unión Europea, y México y la República de Corea abandonaron el grupo después de unirse a la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE). Como la República de Corea explicó después de dejar el Grupo de los 77 en 1997, las reglas básicas de la OCDE no le permitían seguir siendo miembro del Grupo de los 77.

Sin embargo, parece que no existe una política oficial del Grupo de los 77 relativa a lo que se ha denominado explícitamente como “doble pertenencia”. Por ejemplo, cuando Chile se unió a la OCDE en 2010 decidió permanecer en el Grupo de los 77 ya que no considera a la OCDE como un bloque negociador. Pero en algunas cuestiones tales como el cambio climático, por ejemplo, los dos grupos adoptan frecuentemente posiciones encontradas. Hasta ahora, los esfuerzos para empujar a Chile fuera del Grupo de los 77 no han tenido éxito. Evidentemente, la OCDE tampoco ha insistido en la retirada de Chile del Grupo de los 77. Hasta la fecha, no está claro si la posición de Chile está perjudicando la efectividad del Grupo de los 77 o de la OCDE. Teniendo en cuenta el gran tamaño de las coaliciones del Norte y del Sur, las divisiones internas y las “filtraciones” sobre estrategias y posiciones particulares son probablemente inevitables de todas maneras.

Sin duda, la noción de que el interés de los países en desarrollo tiende a ser marginalizado en las Naciones Unidas es la cuestión principal que une a los miembros del Grupo de los 77, así como la comprensión de que la brecha entre la mayor parte de los miembros del Grupo de los 77 y los países ricos no se ha acortado de manera significativa. Mientras el Norte acusa a menudo al Sur de quedarse rezagado desde el punto de vista del desarrollo, e identifica la mala gobernanza y la corrupción como causas principales, los países en desarrollo insisten en que el principal freno viene de las políticas proteccionistas y los aranceles de los países ricos que obstaculizan el comercio justo, del fracaso en el cumplimiento de sus obligaciones financieras y de su negativa a aprobar reformas sustanciales de la gobernanza económica y financiera mundial.

Pero, como en cualquier grupo grande, las diferencias internas son inevitables. Los 133 miembros del Grupo de los 77 se enfrentan a diferentes realidades económicas, geopolíticas, históricas, culturales y religiosas. En las primeras posiciones del grupo se reflejaron especialmente los intereses específicos de los países sin litoral, los menos adelantados y los pequeños Estados insulares. Debido a que casi todas las cuestiones del programa del Grupo de los 77 tienen su propia circunscripción, resulta inherentemente difícil para el Grupo de los 77 ser flexible, incluso cuando el compromiso puede tener sentido para muchos de sus miembros. Además de las facciones mencionadas anteriormente, África, los países productores de petróleo, los países con grandes bosques, las potencias económicas emergentes y los países con un programa anticapitalista aportan cada uno sus prioridades a la forma definitiva de la amplia plataforma del Grupo de los 77.

A pesar de su diversidad, cuando no se puede alcanzar el consenso en la Asamblea General en temas prioritarios del programa del Grupo de los 77, los votos indican que, la mayoría de las veces, el Sur actúa al unísono. Sin embargo, un promedio de 40 Estados Miembros en desarrollo no participan en tales votaciones. Pero la impresión es que esto no es tanto un indicador de disensión interna, desinterés o influencia indebida del Norte, como una cuestión de capacidad. Misiones más pequeñas tampoco logran seguir todos los temas de su programa, y su pertenencia al Grupo de los 77 les permite delegar la adopción de algunas decisiones en el grupo.

Está de moda, especialmente en los gobiernos del Norte, desdeñar a la Asamblea General considerándola una charla que no produce muchos resultados concretos. Sin embargo, cualquier reflexión cuidadosa u objetiva sobre el papel de la Asamblea en el desarrollo de los pilares clave de las Naciones Unidas en los últimos 50 años revelará que ha sido el órgano principal en el establecimiento de nuevas leyes, instituciones, organizaciones y programas. Sin duda alguna, el Grupo de los 77 ha sido indispensable para impedir la dominación de las grandes potencias en la adopción de decisiones de las Naciones Unidas, o los procesos de votación de “un dólar, un voto" preferidos por muchos en el Norte. Si esta hubiera sido la única contribución del Grupo de los 77, ya merecería grandes elogios, ya que las Naciones Unidas se derrumbarían si se volvieran menos democráticas.