Está ampliamente documentado que es circular la relación entre conflicto armado y desarrollo. Por una parte, los conflictos han sido más frecuentes en países menos adelantados. Por otra, en el curso de un conflicto suelen deteriorarse las condiciones favorables al desarrollo, lo cual hace brotar conflictos nuevos y perpetúa otros antiguos (Collier y otros, 20031; Gates y otros, 2014). Incluso cuando acaba un conflicto armado, por medios militares o negociados, persiste el legado de la confrontación violenta. Ese legado se plasma en la atrofia de instituciones sociales cruciales, la debilidad de los regímenes democráticos, prácticas corruptas en la distribución de los recursos naturales, la perpetuación de la circulación de armas y la transformación de la proliferación de la delincuencia. En resumen, los conflictos tienen consecuencias negativas duraderas en la sociedad.

A la vez, el historial de consolidación de la paz no es tan sombrío como cabe inferir de este círculo vicioso. Algunos países salen efectivamente del conflicto y la inestabilidad política. De hecho, el número real de conflictos armados está disminuyendo a escala mundial (Marshall y Cole, 2014; Pinker, 2011). Contra todo pronóstico, algunos países han logrado consolidar una paz (es decir, ausencia de conflicto armado) imperfecta, aunque duradera, en contextos de desarrollo todavía deficiente. En consecuencia, parece que hemos de tratar de entender mejor los casos en que ni se ha superado la violencia imperante en la sociedad, aun habiendo cesado el conflicto armado, ni se han resuelto problemas sociales y económicos acuciantes de carácter estructural, pese a lo cual se ha conseguido que no se reproduzca el conflicto armado.

América Latina se presta especialmente bien al análisis de las tensas relaciones entre el conflicto armado y el desarrollo y los obstáculos que plantean a la paz duradera. La región, antes dominada por varios conflictos armados y guerras civiles en activo en países como Colombia, El Salvador, Guatemala, Nicaragua y el Perú, actualmente se encuentra a punto de asistir al fin del último conflicto armado, además del más antiguo, subsistente en el Hemisferio Occidental. Como consecuencia del éxito de las conversaciones de paz de Colombia, son muchas las probabilidades de que para fines de 2016 América Latina esté libre de conflictos armados por primera vez en más de 55 años.

Sin embargo, en toda la región se observan ampliamente los efectos del conflicto armado en las instituciones sociales y políticas, además de numerosos obstáculos al desarrollo. Pese a las mejoras registradas en el ingreso nacional bruto per cápita, la esperanza de vida, la educación, las tasas de pobreza, el tamaño de la clase media y el crecimiento económico (Banco Mundial, 2015), América Latina sigue siendo una de las regiones del mundo donde más impera la desigualdad. Además, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) la tasa de homicidio de la región es la más alta registrada a escala mundial en varios años (UNODC, 2013). La delincuencia organizada está generalizada. No sorprende que la seguridad domine las preocupaciones de los ciudadanos de América Latina. En combinación con la percepción generalizada de inseguridad, y a pesar de la traumática experiencia de muchos países con gobiernos autoritarios, los ciudadanos de América Latina hoy desconfían de la eficacia de los regímenes democráticos a la hora de resolver problemas básicos, mientras que están en auge los valores autoritarios (como la baja tolerancia política) frente a lo que ocurría hace 10 años (Carlin, Love y Singer, 2014).

Concretamente, los países afectados por conflictos armados se encuentran entre los que presentan mayor preocupación pública en torno a la seguridad o la inseguridad, mayor frecuencia de denuncias de victimización (Hinton y Montalvo, 2014) y peores perspectivas económicas (Singer, Carlin y Love, 2014). Según datos del Banco Mundial, y en comparación con la media de la región, el producto interno bruto per cápita es inferior en estos países (Banco Mundial, 2015). Centroamérica, lastrada en los años setenta y ochenta por distintas formas de conflicto armado y violencia política, es actualmente la región más violenta del mundo. La delincuencia organizada ha convertido a países como Guatemala en un centro del comercio y la distribución de drogas ilícitas, en lo cual toma parte activa antiguo personal militar. En el Salvador, cuyo conflicto armado finalizó en 1992, se observó un aumento de los homicidios al término de la confrontación. Las bandas y las drogas ilícitas hacen estragos en zonas urbanas. En Colombia el conflicto armado prosperó gracias al comercio de cocaína, así como a otras actividades económicas ilícitas, como la extracción de petróleo y operaciones ilegales de extracción de oro. Pese a la inminente desmovilización de la principal guerrilla izquierdista del país, Colombia se enfrenta a la posibilidad de que algunas formas de violencia se perpetúen y transformen a raíz del actual atractivo de las lucrativas economías de guerra en un contexto de fragilidad estatal persistente. La alienación juvenil suministra constantemente a las organizaciones delictivas jóvenes dispuestos a ingresar en ellas. El carácter enrevesado y conflictivo de muchas controversias sociales, como las suscitadas por los papeles y los derechos de las industrias extractivas, la organización y estructura de la agricultura moderna y la prestación de servicios de atención médica y educación, viene a indicar que la atención prestada al conflicto armado ha aplazado en estos países el examen y la solución de muchos problemas de desarrollo importantes.

Con toda certeza, el conflicto armado librado en estos países latinoamericanos no fue la causa de la mayor parte de estos problemas. De hecho, la violencia social, la inseguridad y el desarrollo frustrado no son algo exclusivo de países antes afectados por conflictos. Sin embargo, parece que la sucesión de años de conflicto armado ha exacerbado estas condiciones como consecuencia de presupuestos militares inflados que han desviado recursos imprescindibles de tareas como la mejora de la atención sanitaria y la educación y han mermado la rendición de cuentas democrática en contextos en los que predominó el discurso antiinsurgente, tendente a “justificar” las medidas ejecutivas rápidas y una gobernanza negligente ante las cuestiones que no guardaban relación con el conflicto en nombre de poblaciones dominadas por la ansiedad que a menudo toleraban o incluso justificaban los excesos autoritarios. En este sentido, el legado del conflicto armado ha contribuido a la debilidad institucional crónica y al desequilibrio de los presupuestos públicos, lo cual ha generado un clima en el que ha podido prosperar la delincuencia, la justicia civil no arraiga y la democracia carece de la legitimidad de que goza en otros países. Está claro que ha acabado la era de las insurgencias guerrilleras, pero perduran las condiciones que prolongan la violencia y los disturbios sociales y políticos.

A la vez, parece que, en su mayor parte, los países no corren peligro inminente de recaer en un conflicto armado. Los grupos radicales decididos a derrocar gobiernos legítimos se han desmovilizado en gran medida y ya no plantean amenazas verosímiles a la seguridad de los ciudadanos y los Estados. Ninguno cuenta con asociados externos poderosos que, como ha ocurrido antes, podrían haber asumido los costos políticos y económicos de la rebelión. Los problemas planteados por las bandas delictivas y las mafias del mundo de la droga tienen carácter distinto y apuntan hacia una complejísima tarea inconclusa orientada a cumplir la promesa de desarrollo y aumento de la capacidad estatal.

La experiencia de los países latinoamericanos afectados por conflictos ilustra con precisión la difícil relación entre consolidación de la paz y desarrollo. Los estudios académicos y de ámbito profesional suelen corroborar la necesidad de separar agendas para no sobrecargar la paz de expectativas de profundas transformaciones sociales. Sin embargo, con el tiempo cada vez resulta más difícil mantener los límites claros. Concretamente, los casos examinados apuntan a la necesidad de determinar las intersecciones de paz y desarrollo que ayudarán a estos países, antes desgarrados por el conflicto, a seguir avanzando en ambos frentes a fin de salvar la brecha que los separa de algunos de sus vecinos latinoamericanos más prósperos y más estables desde el punto de vista social y político.

La interdependencia entre paz y desarrollo quedó reconocida en la recién aprobada Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, según la cual “no puede haber desarrollo sostenible sin paz, ni paz sin desarrollo sostenible”. Como consecuencia de ello, el Objetivo de Desarrollo Sostenible 16 va dirigido a “promover sociedades más pacíficas e inclusivas”. La experiencia descrita de América Latina, que ilustra los problemas encontrados por sociedades empeñadas en superar el legado del conflicto armado en el desarrollo, subraya la pertinencia de este objetivo.

 

Notas

1               Los autores se refieren a este fenómeno con el nombre de “círculo vicioso del conflicto”.

 

Referencias

                Carlin, Ryan E., Gregory J. Love y Matthew M. Singer (2014). Una década de legitimidad democrática en las Américas. En Cultura política de la democracia en Colombia 2014: Dilemas de la democracia y desconfianza institucional en el marco del proceso de paz. Miguel García Sánchez y otros, eds. Nashville, Tennessee: Vanderbilt University, USAID, págs. 105 a 140. Disponible en http://obsdemocracia.org/uploads/publicacionesobd.pdf.

                Collier, Paul, y otros (2003). Breaking the conflict trap: civil war and development policy. Informe de investigación sobre políticas del Banco Mundial núm. 56793. Washington, DC.: Banco Mundial y Oxford University Press. Disponible en https://openknowledge.worldbank.org/ bitstream/handle/10986/13938/567930PUBObrea10Box353739B01PUBLIC1,pdf?sequence=1&isAllowed=y.

                Gates, Scott y otros (2014). “Development consequences of internal armed conflict”. Conflict Trends, núm. 3, Instituto Internacional de Oslo para la Investigación de la Paz. Disponible en http://file.prio.no/Publication_files/Prio/Gates,%20Hegre,%20Nyg%C3%A5rd... 20of%201nternai%20Armed%20Cont1ict.%20Conflict%20Trends%203-2014.pdf.

                Hinton, Nicole, y Daniel Montalvo (2014). “Crime and violence across the Americas”. En The Political Culture of Democracy in the Americas, 2014: Democratic Governance across 10 Years of the Americas Barometer, Elizabeth J. Zechmeister, ed. Nashville, Tennessee: Vanderbilt University, USAID, págs. 3 a 28. Disponible en http://www.vanderbilt.edu/lapop/ab2014/AB2014_Comparative_Report_English... revlsed_011315_W.pdf.

                Marshall, Monty G., y Benjamin R. Cole (2014). Global report 2014: conflict, governance and state fragility. Vienna, VA, Estados Unidos: Center for Systemic Peace. Disponible en http://www.systemicpeace.org/vlibrary/Globa1Report2014.pdf.

                Pinker, Steven (2012). Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones. Madrid: Paidós.

                Singer, Matthew M., Ryan E. Carlin y Gregory J. Love (2014). “Economic development and perceived economic performance in the Americas”. En The Political Culture of Democracy in the Americas, 2014: Democratic Governance across 10 Years of the Americas Barometer, Elizabeth J. Zechmeister, ed. Nashville, Tennessee: Vanderbilt University, USAID, págs. 119 a 138. Disponible en http://www.vanderbilt.edu/lapop/ab2014/ AB2014_Comparative_Report_English_V3_revised_011315_W.pdf.

                Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) (2014). Global Study on Homicide 2013: Trends, Contexts, Data (publicación de las Naciones Unidas, núm. de venta: 14.1V.1, Viena). Disponible en http://www.unodc.org/documents/gsh/pdfs/2014_GLOBAL_HOMICIDE_BOOK_web.pdf.

                Grupo Banco Mundial (2015). Indicadores del desarrollo mundial. Disponible en http://data.worldbank.org/data-catalog/world-development­indicators.