El terrorismo no comenzó el 11 de septiembre de 2001, pero ese día terrible cambió el mundo. Los ataques perpetrados contra los Estados Unidos, que cobraron las vidas de casi 3.000 personas inocentes, nos demostraron que el terrorismo se ha transformado en un fenómeno mundial capaz de causar dolor y destrucción en gran escala dondequiera. La magnitud de aquellos ataques significó que ya nadie puede permanecer al margen. La lucha pasó a ser mundial porque el impacto del terrorismo se hacía sentir en todas partes.

Los terroristas menosprecian los valores humanos que compartimos y que nos esforzamos por proteger. El fomento de la paz, la igualdad, la tolerancia y la dignidad para todos son valores universales que trascienden nuestras diferencias nacionales. Son el pegamento que nos aglutina. Unidos como naciones y pueblos del mundo, debemos actuar de consuno para proteger nuestra humanidad.
El marco mundial de la lucha contra el terrorismo

Las Naciones Unidas se venían ocupando de la cuestión del terrorismo mucho antes de aquella desastrosa mañana de septiembre. Durante decenios, la Organización ha reunido a la comunidad internacional para condenar los actos terroristas y crear un marco jurídico internacional que permita a los Estados luchar contra esa amenaza colectivamente. En las Naciones Unidas y otros foros conexos se han negociado dieciséis tratados internacionales que abordan cuestiones tan diversas como el secuestro de aeronaves, la toma de rehenes, la financiación del terrorismo, la marcación de explosivos y la amenaza del terrorismo nuclear.
Además, en respuesta a letales ataques perpetrados en África Oriental y al deterioro de la situación en el Afganistán, en 1999 el Consejo de Seguridad decidió imponer sanciones contra los talibanes y más tarde contra Al-Qaida. El Consejo creó una lista de personas y entidades asociadas a estas organizaciones que están sujetas a la prohibición de viajar, la congelación de sus activos y el embargo de armamentos.

Poco después del 11 de septiembre de 2001, el Consejo de Seguridad tomó más medidas directas, consciente de que el terrorismo seguiría planteando una grave amenaza contra la paz y la seguridad internacionales en el nuevo milenio. El Consejo aprobó una resolución de amplio alcance en la que trazaba la dirección de la lucha contra el terrorismo. En esa resolución se pide a todos los Estados Miembros, por separado y colectivamente, que denieguen cobijo y apoyo financiero a los terroristas y que cooperen para hacerlos comparecer ante la justicia.

En resoluciones subsiguientes, el Consejo de Seguridad prestó una atención cada vez mayor a la adopción de medidas preventivas, observando, por ejemplo, que los extremistas estaban usando Internet para reclutar personas e incitar a la comisión de actos terroristas. El Consejo comenzó a destacar sistemáticamente la necesidad de que las medidas de lucha contra el terrorismo estuvieran en consonancia con las obligaciones jurídicas internacionales de los Estados, incluidas las normas de derechos humanos. También consideró vital que agentes no estatales, como los grupos terroristas, no tuvieran acceso a las armas de destrucción en masa. Entretanto, en 2006 la Asamblea General aprobó la Estrategia global de las Naciones Unidas contra el terrorismo, en la que subrayó la importancia de hacer frente a las condiciones que podían dar lugar al terrorismo. Entre estas figuran los conflictos prolongados sin resolver, la deshumanización de las víctimas, la discriminación, las infracciones de los derechos humanos y la falta de buena gobernanza.

Una respuesta general al terrorismo

Durante el pasado decenio, los funcionarios de las Naciones Unidas tomamos como base las experiencias anteriores y estamos ayudando a los Estados a adaptarse a una amenaza que evoluciona y a menudo entraña la utilización de nuevas tecnologías. Aunque creo que avanzamos en la dirección correcta, todavía es necesario hacer importantes progresos a nivel nacional, regional e internacional.

Los diferentes países han hecho avances notables, pero el éxito se mide en términos relativos y aún existen grandes disparidades. Mientras que algunos países pueden gastar miles de millones de dólares en la lucha contra el terrorismo, otros tienen dificultades para poner en práctica siquiera las medidas básicas necesarias para proteger sus fronteras y llevar a los terroristas ante la justicia. Cuando una gran proporción de los habitantes de un país viven en la pobreza, no debe extrañar que ese país dedique sus escasos recursos al desarrollo y no a la lucha contra el terrorismo. Comprendemos esa realidad y a menudo sugerimos enfoques que tienen el doble beneficio de proteger los intereses económicos y de desarrollo de un país, y a la vez mejorar su seguridad.

Francamente, prevenir los ataques terroristas es un desafío para todos, incluso para los países que poseen cuantiosos recursos y personal calificado. Si hemos de ser realistas, admitamos que para la mayoría de los países la aplicación de la larga lista de medidas previstas en las resoluciones del Consejo de Seguridad y la Estrategia global va a ser, en el mejor de los casos, irregular. La tarea es sobrecogedora: asegurar las fronteras, hacer más estrictos los controles financieros, fortalecer el papel de la policía, mejorar los sistemas de justicia penal y prestar asistencia jurídica mutua a otros países que traten de condenar a terroristas en sus tribunales.

Este es un proceso gradual que podría comenzar con la ratificación por los gobiernos de las convenciones pertinentes y la promulgación de leyes más enérgicas relacionadas con el terrorismo. Sin embargo, no pueden detenerse ahí.

Tratándose de una cuestión tan compleja como esta, usualmente lo más difícil se encuentra en los detalles. Considérese, por ejemplo, la seguridad de los aeropuertos. En muchos aeropuertos la seguridad es más rigurosa que nunca, a menudo para fastidio de los viajeros, quienes piensan que son sometidos a medidas excesivamente intrusivas. Los terroristas del 11 de septiembre, y los portadores de explosivos en el calzado y en la ropa interior, provocaron revisiones de los procedimientos de seguridad que dieron por resultado nuevos enfoques. A medida que ponemos en vigor los más recientes y capacitamos al personal sobre su aplicación, debemos recordar en todo momento que Al-Qaida y los otros grupos probablemente están elaborando nuevos métodos de evasión. Todos estos procedimientos dependen de la información y la tecnología, que suelen escasear en aquellas partes del mundo donde la reparación de una máquina de rayos X puede demorar semanas.

Todos los días, en el mundo entero, un número incalculable de hombres y mujeres se mantienen vigilantes, decididos a evitar que los terroristas y otros delincuentes lleven a cabo sus planes. Pensemos en los guardias fronterizos, que patrullan largas y remotas fronteras en terrenos inhóspitos, los agentes de policía dedicados a seguir pistas que abarcan varios países, los fiscales que revisan montones interminables de pruebas. Sabemos que una capacitación adecuada, mejor equipo y acceso a más información serán de inestimable ayuda para ellos, y por eso trabajamos para dotarlos de esos instrumentos.

Cuando las defensas de un país son vulneradas y se lleva a cabo con éxito un ataque terrorista, ello nos recuerda de inmediato el costo real de este flagelo, sobre todo dolor, pérdidas y sufrimientos para los seres humanos. Las imágenes del último vehículo o edificio que se hizo volar con explosivos parpadeando en la pantalla del televisor pueden borrarse poco a poco de nuestra memoria, pero el dolor de los sobrevivientes, las familias de las víctimas y las comunidades afectadas no se olvida tan fácilmente. Es preciso no olvidar a estas personas, y en las Naciones Unidas debemos seguir defendiendo sus intereses y su dignidad. Sus historias son un llamado elocuente a la humanidad y la justicia, y constituyen una parte importante de la propaganda antiterrorista.

Es evidente que los gobiernos no pueden hacer frente a este desafío por sí solos. Los países que cuentan con estrategias verdaderamente eficaces de lucha contra el terrorismo reconocen el valor de la participación de las comunidades locales, el sector privado, los medios de difusión y otros grupos de la sociedad. También alientan el intercambio de inteligencia, información y conocimientos especializados entre los organismos nacionales y a través de las fronteras. Mientras más amplia sea la respuesta, probablemente será más eficaz.

El camino que queda por recorrer

Durante los diez últimos años hemos visto a los Estados ensayar diversos enfoques para reducir la posibilidad de que los terroristas cumplan sus objetivos. Las Naciones Unidas les han proporcionado orientación y apoyo en esos esfuerzos, concentrándose en aquellas esferas en las que tienen ventaja comparativa.

En su condición de líder de la lucha mundial contra el terrorismo, nuestra Organización seguirá presionando a los gobiernos para que adopten estrategias nacionales amplias en las que se equilibre el fortalecimiento de las medidas de seguridad con políticas sociales, económicas e impulsadas por la comunidad que se basen en el estado de derecho. Lo cierto es que las medidas a medias o las que no respetan las normas internacionales de derechos humanos, pueden de hecho socavar los esfuerzos colectivos al suscitar resentimiento en sectores de la comunidad y dar pábulo a la propaganda de los grupos terroristas.

En los próximos años haremos más para ayudar a los países a mejorar su coordinación interna y su cooperación con los vecinos. Ahora bien, se necesita tiempo para derribar las barreras institucionales y fomentar la confianza entre organismos competidores y a través de las fronteras. Las reuniones regionales y mundiales que organizamos tienen por objeto facilitar estos procesos al dar a los profesionales la oportunidad de conocerse personalmente e intercambiar ideas sobre buenas prácticas. Después que regresan a sus países pueden aplicar las enseñanzas adquiridas y recurrir a su red internacional para solicitar apoyo.

Trabajamos con organismos bilaterales y multilaterales que pueden compartir sus conocimientos especializados con los países que necesitan asistencia técnica. Los servicios disponibles incluyen la redacción de leyes nacionales, la capacitación de fiscales y magistrados y el enlace de las bases de datos nacionales con puestos fronterizos. Las Naciones Unidas pueden prestar apoyo también, por ejemplo, con programas de educación dirigidos a fomentar la tolerancia en las comunidades y proyectos de desarrollo para mejorar la gobernanza.

Nuestra visión de conjunto nos ha permitido seguir los acontecimientos antiterroristas en todo el globo, y de paso aprender lo que funciona y lo que no funciona. Cuando me detengo a considerar lo que ya hemos logrado, me siento optimista en cuanto a lo que podremos lograr juntos como naciones y como pueblos del mundo entero en el próximo decenio. Actuando de consuno podremos reducir de modo significativo el número de ataques y de víctimas, y, según esperamos, eliminar un día el terrorismo definitivamente.