El cambio climático es un problema de tan amplio alcance y con una importancia potencial tan abrumadora que podría resultar útil que nos detengamos y centremos nuestra atención en las medidas prácticas que pueden ponerse en marcha para adaptarnos al calentamiento del planeta y reducir sus consecuencias negativas.


Consideremos los mecanismos de adaptación de dos mamíferos: los osos polares y los seres humanos. Los osos polares han evolucionado a lo largo de miles de años para adaptarse a un clima riguroso. En la actualidad, sin embargo, puede verse a estos magníficos animales abandonados a su suerte sobre témpanos de hielo que se derriten, luchando por mantenerse a flote. No tienen tiempo para adaptarse y pueden extinguirse en unas pocas décadas. ¿Y los seres humanos? ¿Cómo nos mantendremos a flote con el aumento del nivel del mar, un clima cada vez más extremo, fuertes tempestades, inundaciones, olas de calor y sequías, como los científicos anuncian que sucederá? A diferencia de los osos polares, podemos adaptarnos con mayor rapidez para protegernos de los desastres naturales, incluidos los múltiples efectos del calentamiento de la Tierra. Podemos emplear métodos sencillos y económicos que nos permitan salvar vidas, tierras y bienes. Disponemos de los conocimientos y la experiencia necesarios para marcar una diferencia fundamental en la reducción de los riesgos a los que nos enfrentamos. Lo que se necesita es la voluntad de hacerlo ahora, antes de que ocurra el próximo desastre.


De hecho, no hay tiempo que perder. En los últimos 30 años, según la Estrategia Internacional para la Reducción de los desastres, la cantidad de desastres (tempestades, inundaciones y sequías) se ha multiplicado por tres. Sólo en 2006, 134 millones de personas sufrieron catástrofes naturales que provocaron unos daños por valor de 35.000 millones de dólares, incluidas las devastadoras sequías de China y África, además de las masivas inundaciones que se produjeron en Asia y África. Estos desastres se cobraron muchas vidas, destruyeron familias, arruinaron bienes de subsistencia y retrasaron las actividades de desarrollo.


No sólo son cada vez más frecuentes los desastres naturales, sino que la rápida urbanización y el crecimiento de la población implican que el número de personas que se encuentran en peligro es cada vez mayor. Los desastres que provocan estas catástrofes han afectado a un número de personas cinco veces mayor al de hace tan solo una generación. Las megaciudades como Tokio, construidas sobre áreas sísmicas, o las ubicadas en zonas costeras como Shanghai se encuentran expuestas a grandes riesgos. En ciudades como Bombay, El Cairo, Ciudad de México o Lagos, todas ellas con más de 10 millones de habitantes, el deterioro de las infraestructuras, la erosión del terreno, las condiciones de hacinamiento y la escasez de servicios de rescate pueden traducirse en una calamidad potencial en caso de producirse un terremoto o una potente tempestad.


El calentamiento de la Tierra exacerbará nuestra creciente vulnerabilidad frente a los desastres. Tal como señaló el informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, centenares de millones de personas se verán expuestos a riesgos cada vez mayores relacionados con el clima. Los países con menor responsabilidad en el calentamiento de la Tierra-- los países en desarrollo más pobres --serán los más afectados por sus consecuencias, tanto desde un punto de vista humano como económico. Las inundaciones masivas, las sequías y tormentas, la propagación de enfermedades infecciosas, la alteración de los ciclos de las cosechas y la competencia por los recursos naturales supondrán una amenaza para las vidas de millones de personas. En torno a 200 millones de personas que viven en zonas costeras con riesgo de inundaciones-- 60 millones sólo en el Asia Meridional --están en peligro frente a las tempestades y el aumento del nivel de las aguas. El cruel cálculo de los desastres muestra que cuanto más pobre es una comunidad, mayor es su vulnerabilidad frente a las catástrofes naturales y más difícil resulta su recuperación.


Ante estos escenarios potenciales, la comunidad humanitaria está estudiando detalladamente cómo puede ayudar a reducir los riesgos, fomentar la preparación y responder con más eficacia a las consecuencias del cambio climático. Los posibles efectos humanitarios incluyen:

Riesgos para la salud humana. Es probable que las enfermedades como el cólera, la malaria o el dengue aumenten en determinadas regiones como consecuencia del cambio de las temperaturas; asimismo, es posible que crezca la incidencia de las enfermedades relacionadas con la diarrea.

Disminución de la seguridad alimentaria y el suministro de agua. La desertización y la sequía pueden amenazar los medios de subsistencia de más de 1.000 millones de personas de más de 110 países, en especial en las regiones semiáridas.

Aumento del nivel del mar. Las ciudades costeras y los países con escasa superficie de costa pueden encontrarse en peligro; las Bahamas, Viet Nam, Egipto y Bangladesh se encuentran entre los países de alto riesgo.


Amenazas para la paz y la seguridad. La escasez de recursos clave, incluida el agua, podría exacerbar las tensiones entre los diversos grupos étnicos, países y regiones que compiten por ellos y tratan de adaptarse a diferentes entornos y recursos. Darfur y Sri Lanka constituyen dos ejemplos de este escenario potencial.
Aumento del fenómeno migratorio y los desplazamientos. Las poblaciones afectadas por el aumento del nivel del mar, las inundaciones, la sequía o la desertización abandonan las tierras a su suerte, ya sea de forma voluntaria o por obligación. Algunos expertos pronostican que, a finales de la presente década, existirán hasta 50 millones de refugiados por motivos ambientales. Las migraciones relacionadas con el medio ambiente han constituido la expresión más aguda de este fenómeno en el África subsahariana, pero afecta además a millones de personas en Asia y la India.


¿Qué podemos hacer? Para empezar, no quedarnos bloqueados por el temor ni permanecer quietos con un desesperante sentimiento de autocomplacencia. El mayor riesgo al que nos enfrentamos es, precisamente, el de no hacer nada. Ha llegado el momento de arrimar el hombro y ponerse a trabajar en la construcción de unas comunidades que sean más resistentes a los desastres. Las herramientas necesarias no son caras, sobre todo si se tienen en cuenta los costes potenciales. Los expertos calculan que un dólar invertido en la reducción de riesgo hoy puede ahorrar hasta 7 dólares en costes de ayuda y recuperación en el futuro. Muchos de los instrumentos más eficaces que tenemos a nuestra disposición para salvar vidas se basan en la movilización de personas, no en la utilización de costosas tecnologías. Muchos países están implementando con gran éxito sistemas de alerta temprana de base comunitaria, planes locales de educación y evacuación frente a desastres y técnicas más adecuadas de cosecha y gestión de la tierra.


Un ejemplo es Bangladesh, país que quedó devastado por los ciclones en 1970 y 1991, sufriendo la pérdida de medio millón de personas. En este país se estableció un "sistema de alerta humana temprana" de base comunitaria a lo largo de la bahía de Bengala, y se enseñó a los habitantes de los pueblos de la región a construir refugios contra ciclones, diseñar planes de evacuación y otras medidas sencillas. Como resultado, la cifra de muertes causadas por los monzones y las lluvias torrenciales ha disminuido drásticamente en los últimos años. O bien, tómese el caso de la isla Simeulue, en Indonesia, ubicada en una zona próxima al epicentro del tsunami. Durante generaciones, se había enseñado a sus habitantes qué debían hacer en caso de producirse un terremoto o de una repentina retirada del mar, como sucedió el 26 de diciembre de 2004: dirigirse a las colinas. Como resultado de ello, de los 78.000 habitantes en la isla, no llegó a 10 el número de muertos por las olas gigantes. En la cercana Aceh, donde no existía ningún tipo de sistema de alerta, hasta un 90% de la población pereció en algunas zonas.


Los ciudadanos de Toronto, en el Canadá, se beneficiarán de otro tipo de sistema de alerta temprana, diseñado para reducir el número de muertes provocadas por el calor. La ciudad ha instalado un mecanismo de emergencia que alertará a los funcionarios del sistema público de salud 60 horas antes del inicio de una ola de calor potencialmente letal, fenómeno cuya incidencia se espera que aumente a medida que la Tierra se caliente.


Cuba es un buen ejemplo en relación a la educación y la preparación frente a los desastres. En septiembre de 2004, el quinto huracán más potente que jamás había golpeado el Caribe llegó a la isla con vientos de 200 kilómetros por hora. Cerca de dos millones de personas-- más del 15% de la población total --fueron evacuados a lugares seguros y no hubo víctimas mortales. El verano siguiente, el huracán Dennis azotó a 12 de las 14 provincias de Cuba, afectando a unos 8 millones de personas (el 70% de la población) pero, gracias a los eficaces esfuerzos de evacuación y movilización de la comunidad, el número de fallecidos no llegó a 20 personas.


Las políticas encaminadas a promover un mejor uso de la tierra, en especial en las zonas superpobladas o fuertemente erosionadas también pueden salvar vidas. En 2004, un huracán mató a cerca de 3.000 personas en Haití, mientras en la otra mitad de la isla causaba solamente unas pocas muertes. ¿Dónde estaba la diferencia? En los manglares plantados a lo largo de la costa de la República Dominicana, que atenuaron los efectos de los fuertes vientos y las enormes olas, al tiempo que sus colinas, adecuadamente pobladas de bosques, evitaron los mortales corrimientos de tierras. En Nueva Zelanda, entretanto, los ingenieros trabajan con los gobiernos locales en el refuerzo de los sistemas de desagüe de las ciudades a fin de que sean capaces de soportar el aumento de intensidad de las lluvias torrenciales.


La reducción del riesgo es una de las mejores políticas que cabe adoptar para proteger las inversiones realizadas en desarrollo. Un gran desastre puede destruir varias décadas de logros en este ámbito. En el Pakistán, el valor de los daños que provocó el terremoto de 2005 ascendió a 5.000 millones de dólares, aproximadamente la misma cantidad que había prestado el Banco Mundial a este país a lo largo del último decenio. En 1998, el huracán Mitch produjo pérdidas equivalentes al 41% del producto interior bruto de Honduras, mientras en Maldivas vieron cómo se esfumaba el 66% de su PIB por el tsunami de 2004.
El mensaje es claro: los desastres naturales no tienen por qué traducirse en catástrofes humanas. Es preciso que redoblemos nuestros esfuerzos e invirtamos en la puesta en marcha de sencillas medidas de supervivencia que puedan reducir nuestra vulnerabilidad frente a los desastres derivados del cambio climático. En junio de 2007, la Plataforma Global, encabezada por la Estrategia Internacional para la Reducción de los Desastres, reunirá a gobiernos nacionales, científicos, organizaciones no gubernamentales, instituciones financieras así como a las Naciones Unidas para avanzar en esta dirección.


Pero la reducción de los riesgos de los desastres es demasiado importante como para dejarla exclusivamente en manos de los expertos. La reducción del riesgo empieza en el hogar, en las escuelas, en los lugares de trabajo y culto, y en las comunidades locales. Es en estos lugares donde podemos salvar vidas o perderlas, en función de los pasos que demos hoy hacia la reducción de nuestra vulnerabilidad frente a los peligros del mañana. Para que estas medidas consigan un impacto máximo, deben estar fundamentadas en los conocimientos locales y es necesario realizar una adecuada difusión, de modo que toda persona, desde el niño que asiste a la escuela local hasta la abuela de un pueblo o el alcalde de una ciudad sepan cómo protegerse de las vicisitudes de la naturaleza.


La educación es crucial, al igual que el intercambio de experiencias entre las comunidades y dentro de éstas. Igualmente importante es que los responsables de la gestión de los desastres escuchen y aprendan desde la raíz del problema, a fin de seguir construyendo sobre la base de ejemplos de reducción de riesgos ya probados y verificados a escala local.


Los osos polares están abandonados a su suerte. Evitemos abandonarnos a un destino similar.
*Las inundaciones en el Nordeste de Kenya causaron estragos en los tres campamentos del complejo de refugiados de Dadaab. Más de 100.000 de los 160.000 refugiados resultaron gravemente afectados por las inundaciones, sobre todo en el campamento de Ifo. Muchas casas fueron arrastradas y las letrinas se desbordaron y colapsaron. Se cortó la principal ruta de suministro que une Dadaab con el resto de Kenya, bloqueando toda posibilidad de ayuda por carretera. En algunas zonas, las rápidas inundaciones provocaron un aumento del nivel del agua de hasta medio metro en una hora.
Fotografía de ACNUR/ B. Bannon