MISIÓN PERMANENTE DEL PRINCIPADO DE ANDORRA ANTE LAS NACIONES UNIDES

QUINCUAGESIMO OCTAVA SESION DE LA ASAMBLEA GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS

DISCURSO DEL EXCMO. D. MARC FORMÉ MOLA

PRESIDENTE DEL GOBIERNO DEL PRINCIPADO DE ANDORRA

Nueva York, jueves, 25 de septiembre de 2003

Original en Catalán

Two United Nations Plaza, 25th Floor - New York, N.Y. 10017

Tel (212) 750 8064, Fax (212) 750 6630


Señor Presidente, Señor Secretario General, Excelencias, señoras y señores,

Durante los últimos dos años los ataques del 11 de septiembre, las guerras en Afganistán, en Irak y también en África han conmocionado al mundo.

Las Naciones Unidas nunca habían sido tan necesarias y a la vez nunca se había cuestionado tanto su eficacia. Tampoco nunca hasta el mes pasado, en Bagdad, su gente había sido el objetivo directo de un atentado tan grave.

En el Principado de Andorra, rodeados por las altas montañas de los Pirineos, hemos vivido en paz y democracia entre nuestros vecinos durante más de setecientos años. Desde 1419, nuestro Parlamento se reúne para debatir sobre los problemas de nuestra gente. No fue sólo el hecho de ser pequeños y nuestro aislamiento lo que nos mantuvo apartados de las guerras que devastaron Europa. Más bien fue nuestro deseo de independencia, la unidad de nuestro pueblo y también nuestra habilidad en saber avenirnos con nuestros poderosos vecinos lo que hizo de Andorra uno de los más antiguos países democráticos del mundo.

En el último medio siglo, desde la creación de las Naciones Unidas, el mundo ha cambiado y Andorra, también. Hace menos de un siglo, a Andorra sólo se podía llegar a caballo. Ahora, las carreteras nos traen más de 12 millones de turistas al año. Los teléfonos, los ordenadores, los satélites y, muy pronto, los aviones, traen el mundo a Andorra y a la vez nosotros también hemos salido al mundo. En los tiempos de mis abuelos, los andorranos nunca se iban lejos de sus montañas; ahora viajamos por todo el mundo. Uno de los momentos de satisfacción de la larga historia de nuestro país fue aquel día de 1993 -ahora hace diez años- en el que nos convertimos en estado miembro de la Organización de las Naciones Unidas. Entramos en la Organización con ilusión y durante todos estos años hemos creído en su papel fundamental, a pesar de que las crisis puedan haber debilitado para muchos aquel convencimiento.

El ataque a los Estados Unidos de América ha sido el inicio de una etapa de mucha complejidad en las relaciones entre los países y los difíciles equilibrios entre las diversas zonas del planeta.. Dicho ataque puso en marcha las invasiones de Afganistán y de Irak La primera contaba con el apoyo de las Naciones Unidas, la segunda, no. Aunque ya no sirve de nada volver a este debate, debemos plantearnos dos preguntas.

La primera: ¿pueden las Naciones Unidas responder de forma efectiva a las amenazas contra la estabilidad mundial?

Y la segunda: ¿hasta qué punto sus países miembros están dispuestos a trabajar en el marco de las Naciones Unidas?

Quizá si enfriáramos el apasionamiento nos resultaría más fácil tratar estas dos cuestiones.

Todos somos muy conscientes de las dificultades y los peligros que asedian tanto a los ciudadanos de aquellos países como a las tropas de las naciones miembros que trabajan para llevar la estabilidad a aquellos lugares.

Deseamos que se encuentre una solución rápida a los miles de obstáculos que han aparecido, y también a los que desgraciadamente aún han de surgir para que pueda ponerse fin a estos acontecimientos tristes y dolorosos que han tenido lugar en esos países durante los últimos años. Las Naciones Unidas tienen una importante responsabilidad en ayudar a encontrar una salida constructiva para los pueblos afgano e iraquí y resolver las tensiones en todo Oriente Medio. Por eso quiero expresar nuestra confianza en que en este complejo y cruel conflicto, tan crucial para la estabilidad de la zona y el futuro de la humanidad las Naciones Unidas sabrán encontrar nuevas vías para llegar a las soluciones adecuadas y tendrán un papel protagonista en la puesta en práctica de estos nuevos caminos.

Como políticos nos enorgullecemos de conocer las necesidades de nuestros ciudadanos. Somos estudiantes en la universidad de la voluntad nacional. Aquellos entre nosotros que han tenido más éxito han cultivado un segundo sentido para los deseos, las frustraciones y los hitos que son importantes para los ciudadanos. Si vivimos en un estado democrático e ignoramos estas necesidades, los votantes irán rápidamente a buscar a otros que las tengan en cuenta.

Las Naciones Unidas son una universidad diferente. Aquí las lecciones sobre el interés nacional deben dar paso a un entendimiento internacional. En esta universidad del mundo, nuestros estudios anteriores, es decir, nuestras carreras políticas propias, sólo nos pueden ayudar a corto plazo. Pero lo que aprendemos aquí todos juntos son lecciones de largo plazo que puedan garantizarnos la supervivencia del mundo que compartimos.

A pesar de que Andorra es pequeña en su tamaño, al igual que muchos otros miembros de las Naciones Unidas, aquello con lo que las naciones pequeñas tenemos que contribuir es mucho más que la proporción de nuestra escala geográfica, o el tamaño relativo de nuestra población. En efecto, nuestro pequeño tamaño nos ha convertido, por necesidad, en unos observadores atentos de las necesidades de los demás. Y nuestros siglos de independencia nos han enseñado la responsabilidad que tenemos para con los ciudadanos y nuestros países vecinos. Nunca hemos olvidado los vínculos que nos unen al mundo. Nuestra historia nos lo enseña.

Según la leyenda, Andorra fue fundada por Carlomagno, que -hay que recordarlo- fue uno de los personajes históricos en las luchas entre el Islam y el Cristianismo de entonces. Pero fue en el siglo XIII cuando las tensiones religiosas entre el conde de Foix, partidario de los cátaros, y el obispo católico de Urgel acabaron con un acuerdo de equilibrio que resultó en la independencia de Andorra. Andorra nació, en parte, como un estado de unión entre los dos poderosos señores, separados también por dos concepciones distintas del cristianismo: la ortodoxa y la de los cátaros.

Los cátaros ya sólo son algo muy lejano en nuestra memoria histórica. Pero los cito aquí, porque nos llevan al campo de batalla de las creencias. Si en un tiempo la iglesia convocaba concilios para luchar contra los problemas de la herejía, nosotros ahora nos reunimos en las Naciones Unidas no para insistir en ninguna forma de creencia, sino para reconocer y confirmar las bases éticas comunes que unen a todas las ideologías, bajo la Declaración de los Derechos Humanos de 1948.

El caso es que estamos en el siglo XXI y no en la Edad Media. Pero aquellos que entonces eran integristas cristianos y todo lo resolvían a base de anatemas, cruzadas y expulsiones, han dado paso ahora a otras formas de intolerancia religiosa de distintos signos. Por eso es lamentable constatar que aún hay gente que se hace matar o se mata invocando el nombre de su dios.

El trabajo que llevan a cabo las Naciones Unidas no es sólo de hablar por hablar de la diversidad. Debemos avanzar, con todo rigor moral, en una ética de la diversidad que vaya más allá del reconocimiento del valor de la tolerancia y el multiculturalismo y nos haga luchar para aplicar los principios éticos compartidos, al servicio del entendimiento mundial.

Excelencias, señoras y señores,

En el año 1278, la importancia estratégica de Andorra era su proximidad a la frontera entre la Europa católica y Al-Andalus, la España islámica. El camino que llevaba a la ciudad de Córdoba donde la filosofía de Aristóteles fue retraducida del griego y el árabe al latín, volviendo a formar parte del pensamiento en el occidente cristiano en el renacimiento del siglo XII- pasaba cerca de nuestro país.

En el centro de esta ciudad, los gobernantes musulmanes construyeron una sorprendente mezquita con un bosque de columnas, y la hicieron aún más maravillosa con la presencia, en su interior, de una sinagoga. Su belleza era tan grande que cuando los cristianos conquistaron la ciudad no la destruyeron, sino que la convirtieron en catedral, como la gran basílica de Constantinopla, que se convirtió en la mezquita más grande de Estambul cuando la ciudad cayó en manos del Imperio Otomano un siglo más tarde.

Ojalá aprendiéramos de los acontecimientos de la historia, como lección de convivencia, evitando los errores y apreciando los momentos de apertura en los siglos que nos han precedido.

Excelencias, señoras y señores,

Vivimos en un mundo de grandes contrastes, donde algunos avances de la tecnología usados de manera perniciosa o simplemente sin precaución, lejos de aportar los beneficios tan duramente perseguidos han dado como resultado una vida más peligrosa y, eso, a escala mundial.

Si antiguamente la gran plaga necesitó años para atravesar Europa, las plagas modernas viajan a todo el mundo en cuestión de horas, sean virus de enfermedades, sean informáticos.

La contaminación y el efecto invernadero mundial nos preocupan a todos. Los extraños cambios climáticos de los últimos años, la contaminación de los grandes océanos y lagos amenazan nuestro entorno. Y lo que todavía es más peligroso: el armamento nuclear amenaza la vida de todos los que nos encontramos en el planeta. Todas estas calamidades reales o anunciadas exigen la cooperación internacional si queremos sobrevivir.

Lástima qué algunos de los que más podrían hacer para evitar la degradación de la vida en la Tierra sigan mirando hacia otro lado, hacia las cuentas de resultados de las grandes empresas que más contaminan, sigan aplicando una política de energía basada en el consumo desenfrenado y a bajo precio de los recursos limitados.

Señoras y señores,

Nos hemos convertido en un mundo pequeño.

Nos hemos convertido en un país pequeño, más bien como Andorra, donde todos saben lo que hacen los demás. Y al ser más pequeños, la necesidad de combatir la pobreza y el sufrimiento se ha vuelto más importante. No podemos olvidar que las imágenes de países más afortunados se meten en la vida de personas de todo el mundo que existen en medio de la dificultad o incluso en circunstancias que les amenazan la vida. No importa que estas imágenes sean propaganda y distorsiones de la realidad. La tecnología moderna, la fuente de tanto confort y ventajas, demuestra también toda la escala de nuestras diferencias.

Debemos aprender a tratar a todas las personas del mundo igual que querríamos tratar a nuestros ciudadanos. Debemos insistir en una vida decente para todos, para toda la humanidad.

Andorra se ha comprometido con la ayuda al desarrollo en todo el mundo. Desde 1995 hemos ido aumentando nuestra aportación presupuestaria y en dos años dedicaremos el 0,7% de nuestro presupuesto a la ayuda al tercer mundo. Nuestra filosofía de desarrollo apoya a instituciones de las Naciones Unidas, que buscan soluciones a pequeña escala que promueven la autoestima y la iniciativa local. Damos apoyo prioritario a los proyectos para la infancia, para la educación y a aquellos que ayudan a las mujeres a crear su propio negocio. También estamos comprometidos a ayudar a la agricultura sostenible, porque pensamos que las prácticas agrícolas propias son la mejor defensa contra las caídas catastróficas de los precios de los cultivos. Con este objetivo, Andorra se ha propuesto, para el año que viene, hacerse miembro de la FAO.

Señoras y señores,

El insignificante capítulo de gastos de armamento del presupuesto de Andorra, mi país, hizo que el cantautor Pete Seeger nos dedicara una canción en la década de los sesenta. Sus estrofas resuenan todavía ahora, igual que cuando él mismo nos hacía cantar "we shall overcome" a toda una generación.

Han pasado muchas cosas desde aquella década de prodigios. Andorra ni siquiera tiene los cuatro dólares y medio en su presupuesto de defensa; no nos gastamos ni un céntimo.

Pero en todo el mundo, con todo lo que se tira en nuevas y viejas armas, se podría hacer vivir dignamente a toda la humanidad.

Podríamos eliminar todas las enfermedades.

Podría haber educación y cultura para todos. Así se podría acabar con el fanatismo, y todos los brujos que abusan de la ignorancia de los pueblos se quedarían sin víctimas, sin corifeos.

Excelencias, señoras y señores,

Intentemos que estos largos debates y discursos que con cortesía diplomática nos aplaudimos los unos a los otros, a menudo sin escucharlos, sirvan para algo más. Todos nos jugamos demasiado.

Muchas gracias.