Durante mi presidencia del sexagésimo primer periodo de sesiones de la Asamblea General, pronto me di cuenta de que, para actuar con eficacia, un presidente debe ser capaz de abordar numerosas cuestiones y mantenerse en contacto con los grupos de negociación y las circunscripciones regionales clave. Son muchos los temas del programa que la Asamblea debe examinar cada año y muy diversos los conflictos de intereses y las cuestiones entre los Estados Miembros que han de resolverse a fin de lograr el consenso.
Durante el periodo de sesiones, la Asamblea se reunió en sesión plenaria 83 veces y la Mesa 5 veces. Se celebraron cuatro reuniones del décimo periodo extraordinario de sesiones de emergencia a fin de tratar la situación en Israel y en los territorios palestinos, al tiempo que se celebraron 20 consultas oficiosas; en marzo de 2007, se aprobaron 258 resoluciones. Además, he realizado numerosos viajes y se me ha invitado a realizar visitas oficiales a varios países. Con un programa tan apretado, mis días son muy largos y tengo una confianza absoluta en mi excelente equipo de funcionarios públicos internacionales y diplomáticos.
Una de las actividades más destacadas y memorables de mi presidencia fue la de presidir el cambio histórico en el liderazgo de las Naciones Unidas: rendir homenaje a los logros sin precedentes que constituirán el legado de Kofi Annan y tomar juramento en el cargo a su competente sucesor, Ban Ki-moon. He entablado una relación estrecha con ambos Secretarios Generales. A mi juicio, si trabajamos unidos, estaremos en mejores condiciones de adaptar los intereses de los Estados Miembros a los de la burocracia de las Naciones Unidas y de cumplir con mayor eficacia nuestro programa de trabajo común.
Cuando, en el mes de septiembre de 2006, asumí la presidencia, contábamos con un programa de trabajo claro que debíamos seguir. En la Cumbre del Milenio de 2000 y en la Cumbre Mundial de 2005, los Jefes de Estado y de Gobierno establecieron y propusieron una hoja de ruta que condujera hacia la visión de unas Naciones Unidas más coherentes y eficaces, capaces de abordar los nuevos problemas mundiales. Nuestros esfuerzos colectivos se han centrado en el resultado de estos momentos cruciales de la historia de la Organización y ello nos ha dado un nuevo impulso para embarcarnos en una amplia serie de reformas que nos permitirán alcanzar más fácilmente nuestros objetivos. Unas Naciones Unidas capaces de responder con eficacia al cambio climático y a las cuestiones relativas a la paz y la seguridad, así como a los desastres naturales y humanos, y que se esfuerzan para lograr el cumplimiento de los objetivos de desarrollo del Milenio, pueden contribuir a proporcionar prosperidad y justicia para todos.
Jan Eliasson, Presidente del sexagésimo periodo de sesiones de la Asamblea General, logró avanzar en temas concretos con los Estados Miembros y estableció nuevos mecanismos institucionales: la Comisión de Consolidación de la Paz y el Fondo para la Consolidación de la Paz, para responder a las necesidades especiales de los países que salen de situaciones de conflicto; el Consejo de Derechos Humanos; el Fondo central para la acción en casos de emergencia; y una ambiciosa estrategia mundial de lucha contra el terrorismo.
Durante la primera mitad de mi presidencia, los Estados Miembros concertaron largas negociaciones encaminadas a fortalecer el Consejo Económico y Social, y a aprobar por unanimidad las propuestas del Secretario General para reorganizar el Departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz y el Departamento de Asuntos de Desarme. Se aprobaron las históricas convenciones para proteger y promover los derechos y la dignidad de las personas con discapacidad, y para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas. Asimismo, se logró aprobar una nueva escala de cuotas para el prorrateo de los gastos de las Naciones Unidas. Del mismo modo, con la adopción del Plan Maestro de Mejoras de Infraestructura, por fin podemos comenzar a preparar el proyecto de renovación del complejo de la Sede de las Naciones Unidas en Nueva York.
La Asamblea General ha venido revisando su programa de trabajo a fin de reflejar las cambiantes realidades económicas y políticas. Como parte de esta revitalización, he iniciado tres debates temáticos en los que participan organizaciones no gubernamentales, círculos académicos y el sector privado a fin de ampliar nuestra perspectiva con respecto a las cuestiones más urgentes de nuestro tiempo. Estos debates abordan cuestiones relevantes para los Estados Miembros a través de un círculo más amplio de partes interesadas. Sus repercusiones van más allá de las “operaciones habituales” y forman parte de la conexión que mantienen las Naciones Unidas con las personas sobre el terreno.
En noviembre de 2006, durante el debate temático sobre el desarrollo y los objetivos de desarrollo del Milenio, el Banco Islámico de Desarrollo anunció la creación de un fondo de 10.000 millones de dólares de los EE.UU. para combatir la pobreza y proporcionar educación y atención sanitaria, particularmente a las niñas. El segundo debate, recientemente concluido, sobre la importancia de la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de la mujer, había despertado un gran interés político en todo el mundo. En el debate final, que comenzará el día 10 de mayo, se intentará desarrollar ideas tangibles que puedan fomentar el diálogo entre las diferentes culturas y civilizaciones, en una época en la que la diferencia es cada vez más un motivo de desconfianza. Al abordar estas cuestiones, he tratado de seguir un estilo de liderazgo que anime a aumentar la cooperación y la confianza entre los Estados Miembros. Creo en la idea de “un único sistema de las Naciones Unidas”, porque trabajando juntos somos más fuertes y tenemos más posibilidades de lograr nuestros objetivos comunes.
También siento un profundo interés personal por el Consejo de Derechos Humanos y por garantizar que funcione con mayor eficacia. He instado a los Estados Miembros a prestar su pleno apoyo al Fondo para la Consolidación de la Paz de manera que la Comisión de Consolidación de la Paz pueda disponer de los recursos necesarios para desarrollar sus funciones. Asimismo, a raíz de la aprobación de una resolución reciente, confío en que el personal de las Naciones Unidas pueda beneficiarse en gran medida de la primera reforma seria en 60 años a la que se ha sometido el sistema de administración de la justicia de las Naciones Unidas. Durante el tiempo restante de mi mandato anual, me ocuparé, en estrecha colaboración con los Estados Miembros, de los puntos más destacados de la Cumbre Mundial de 2005, como son el fortalecimiento de la gestión de los asuntos ambientales en el plano internacional, la reforma del Consejo de Seguridad y el mejoramiento de la coherencia en todo el sistema de las Naciones Unidas.
En cuanto a la reforma del Consejo de Seguridad, confío en que en la actual ronda de consultas se logre identificar ámbitos de acuerdo y alumbrar posibles compromisos que permitan sentar las bases para un resultado negociado. Es bien sabido que la reforma resulta fundamental para dar más legitimidad a las decisiones del Consejo y reflejar mejor las realidades geopolíticas. Asimismo, pronto comenzarán las consultas sobre la preparación para el proceso de seguimiento de la Conferencia Internacional de Doha sobre la Financiación para el Desarrollo en 2008. Espero igualmente que los miembros puedan concluir las deliberaciones en torno a la declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de las poblaciones indígenas. Por otra parte, ya no podemos rebatir las pruebas científicas. El cambio climático y el deterioro del medio ambiente ponen en peligro los objetivos de desarrollo para varios millones de personas entre las más pobres del mundo, y causan los mayores estragos en aquellos países que menos responsabilidad tienen en estas cuestiones. La magnitud del problema requiere objetivos claros, una gobernabilidad ecológica sólida a nivel mundial y medidas urgentes. Si logramos alcanzar un consenso en torno a estas cuestiones fundamentales, tendremos la oportunidad de marcar realmente una diferencia y fortalecer el marco institucional de las actividades de las Naciones Unidas relacionadas con el medio ambiente.
La promoción de la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de la mujer son cuestiones que tienen mucho que ver con mi forma de sentir y con mi lugar de origen. He trabajado para promover los derechos de la mujer en una región en la que ciertas tradiciones culturales y religiosas siguen perpetuando las desigualdades entre hombres y mujeres, lo que conlleva una restricción de los derechos humanos y de las libertades civiles de estas últimas. Asimismo, creo que debemos plantearnos honestamente la situación de la mujer en cuanto refiere a su representación en las Naciones Unidas. En nuestra calidad de integrantes de una organización internacional, hemos de dar ejemplo. Debemos establecer un plan de acción real para lograr un equilibrio entre los géneros del 50% de hombres y 50% de mujeres, objetivo que nos habíamos propuesto alcanzar en 2000. La Unión Africana ha puesto de relieve lo que pueden conseguir la voluntad política y el liderazgo, al lograr prácticamente de la noche a la mañana un equilibrio entre los géneros del 50% de hombres y 50% de mujeres, y, además, en el nivel más alto de adopción de decisiones. Por tanto, es posible –¡y quizás ni siquiera sea tan difícil! –.
Expreso mi agradecimiento a las organizaciones no gubernamentales y a los grupos de mujeres que han trabajado sin descanso para llamar la atención sobre estas cuestiones. Reconozco que muchos Estados Miembros consideran que las estructuras internacionales actuales orientadas a promover la igualdad entre los géneros son demasiado débiles para hacer frente a la magnitud y la urgencia de los problemas a los que nos enfrentamos hoy en día. La importancia política y práctica de la acción dirigida a fortalecer la arquitectura de las cuestiones de género en las Naciones Unidas ha sido expuesta de manera convincente por el Grupo de Alto Nivel sobre la coherencia del sistema de las Naciones Unidas. En vista de la necesidad urgente de avanzar, debería considerarse de manera positiva y constructiva toda propuesta que nos permita centrarnos de forma sistemática y prolongada en lograr los objetivos que figuran en la Carta de las Naciones Unidas, los objetivos de desarrollo del Milenio, la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer y la Plataforma de Acción de Beijing.
A lo largo de la historia de éxitos y fracasos de los 60 últimos años, las Naciones Unidas han alcanzado grandes logros y han realizado un buen trabajo. Hemos sido una fuerza indispensable, que ha impulsado el discurso del desarrollo humano definiendo y creando un consenso mundial en torno a los objetivos de desarrollo del Milenio. Hemos desempeñado una función rectora en la definición del concepto de desarrollo sostenible, hemos respondido de inmediato a numerosos desastres humanitarios, hemos movilizado la acción internacional para proteger el medio ambiente y hemos ampliado las operaciones de mantenimiento de la paz –de 5 a finales de los años ochenta a 20 en la actualidad–, factores que han resultado determinantes para la reducción de los conflictos armados. Hemos de tener siempre presente que la creación de las Naciones Unidas representó la gran esperanza de una generación que soñaba con un mundo mejor tras las cenizas de la segunda guerra mundial. Representa un cambio paradigmático de una cultura de guerra a una cultura de paz: la sustitución de las bombas y las balas por la cooperación y el acuerdo. Asimismo, al enfrentarse a los retos de su tiempo, los dirigentes mundiales reconocieron que la prosperidad y la paz son inseparables y, para que ambas sean duraderas, han de ser compartidas por todos.
Hoy más que nunca, combatir la desigualdad y lograr los objetivos de desarrollo del Milenio y otros objetivos de desarrollo más amplios resulta crucial para alcanzar prosperidad y estabilidad económica en todo el mundo. No obstante, si nos falta la voluntad política necesaria para aplicar el programa de reforma, las Naciones Unidas no podrán cumplir sus promesas. A largo plazo, esto menoscabará la posición central que con toda legitimidad ocupamos en el sistema multilateral. La credibilidad de las Naciones Unidas dependerá de nuestra capacidad para transformar la Organización, para continuar trabajando unidos para lograr nuestros objetivos y para responder a las altas expectativas de millones de personas, particularmente las más pobres y vulnerables.
Ya tenemos una visión clara de cómo sería un mundo mejor, así como una hoja de ruta también clara encaminada a conseguir dicho objetivo. Ya tenemos la responsabilidad compartida de fortalecer y renovar los valores y las instituciones, que representan nuestra única y mayor esperanza de construir ese mundo. Lo único que necesitamos es voluntad política –nuestra propia supervivencia depende de que emprendamos esta tarea juntos–. No obstante, al igual que el mundo ha cambiado, también deberán cambiar los medios que utilicemos para intentar lograr nuestras metas. Debemos garantizar que el sistema de las Naciones Unidas siga siendo acorde con sus objetivos y que pueda hacer frente a los retos futuros del siglo XXI. Sólo entonces habremos cumplido con nuestro deber. Sólo entonces podremos legar nuestro mundo en condiciones seguras a la próxima generación.