FRANCIA
 

Intervención

de

Paulette Guinchard-Kunstler
Secretaria de Estado para la Tercera Edad
 

II Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento
 

Madrid, España
8 de Abril de 2002





Señoras y señores,

La 11 Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento que nos reúne en Madrid bajo el patrocinio de la ONU va a aprobar dentro de unos días la estrategia de acción internacional sobre el envejecimiento. Sin embargo, no es ése un plan destinado sólo a las personas mayores, sino que es para toda la humanidad, de los más jóvenes a los más mayores, ya que el envejecimiento debe ser el horizonte de todo ser humano desde el momento de su nacimiento, así como la preocupación de todos nosotros.

Afortunadamente la vejez ha dejado ya de ser una carga. No es ninguna carga para las personas que envejecen, siempre que se les reconozcan sus derechos. No es ninguna carga para la sociedad, sino que, por lo contrario, es una oportunidad para conseguir un desarrollo social armonioso y sostenible, siempre que se sepan utilizar los conocimientos de las personas que envejecen y se reconozca la función económica, civil y social de los mayores.

Quisiera ahora mostrar mi acuerdo con el discurso pronunciado por el delegado español en nombre de la Unión Europea. Tal como se afirma en el discurso de la Presidencia de la Unión Europea, "las personas mayores son un recurso fundamental para el desarrollo de todas las sociedades".
 En la actualidad, al hacer frente a la revolución demográfica que vivimos debemos reafirmar el compromiso colectivo de todas las naciones para evitar dejar de lado a la población de la tercera edad, con el pretexto de que es menos productiva. Debemos proclamar conjuntamente un ideal sencillo y fundamental, esto es, la garantía de la dignidad de todas las personas mayores.

Primer punto: la dignidad gracias a la salud y a la protección social

En primer lugar debemos preocuparnos de las condiciones de acceso a los sistemas de atención sanitaria de calidad. La longevidad no es un fin en sí mismo si supone un mal envejecimiento.

Tenemos que empezar luchando para disminuir las diferencias existentes en las experiencias vividas por cada uno. Además, debemos procurar que el aumento de la longevidad no genere una vejez a dos velocidades, en la que por un lado estén aquellas personas que tienen acceso a medicamentos y a tratamientos médicos costosos y que envejecen bien porque son ricas y, por otro, estén aquellas otras personas que sufran la vejez viviendo cada vez peor y cada vez más tiempo.

Mi experiencia profesional anterior así como mis responsabilidades actuales como ministra encargada de las personas de la tercera edad hacen que sea especialmente sensible a la importancia que se otorga, en el Plan de Acción, a la formación y la capacitación del personal sanitario y de todos aquéllos que pueden contribuir a que las personas mayores mantengan su autonomía. Tenemos que crear profesiones relacionadas con el envejecimiento y el cuidado de las personas mayores. Asimismo, el Plan de Acción reconoce muy acertadamente la complementariedad existente entre, por una parte, el apoyo de la familia, de la comunidad o del entorno próximo y, por otra, la participación de personal cualificado.

En el plan que vamos a aprobar establecemos la siguiente serie de objetivos ambiciosos en el ámbito de la protección social: la garantía de unos recursos mínimos dignos para los mayores; la ampliación de la protección social, incluyendo medidas innovadoras que permitan asegurar mejor la protección de los trabajadores de los sectores no reconocidos oficialmente; la búsqueda de condiciones mejores de transparencia y de viabilidad para los sistemas de pensiones de jubilación; y la lucha contra la pobreza de los más mayores, en particular de las mujeres.

Mi gobierno, tanto en sus actuaciones de cooperación bilateral como en su participación en programas multilaterales, está dispuesto a apoyar iniciativas dirigidas a la creación de nuevos mecanismos de protección social o de seguridad social, que estén adaptados al contexto económico y cultural de los países en desarrollo.

Segundo punto de mi intervención: la dignidad gracias a la solidaridad entre las generaciones

Toda civilización, toda cultura crea de manera especifica las relaciones entre las distintas generaciones. Sin embargo, la humanidad exige que esas relaciones se caractericen por el reconocimiento del lugar que ocupa cada una de las generaciones. El contrato social que une a los seres humanos les obliga a respetar a los que les han precedido, a los que tanto deben.

Ahora es más necesario que nunca reafirmar la solidaridad esencial entre las generaciones, fundamento de toda sociedad justa y equitativa. Para conseguir que en el futuro no surja una "guerra de edades" o una ruptura violenta de edades, debemos fomentar todo aquello que contribuya a acercar a las generaciones, lo cual es precisamente el objetivo básico de la estrategia de acción internacional sobre el envejecimiento.

La solidaridad entre las generaciones tiene necesariamente un contenido económico y financiero. En Francia, contamos con sistemas de pensiones de mediante reparto de cotizaciones, que forman parte fundamental de nuestra sociedad y que constituyen la base de un sistema de protección social equitativo y sostenible.

La solidaridad entre las generaciones es también una cultura y una voluntad que debe dirigir las políticas públicas, el comportamiento de los actores sociales y, en definitiva, el de todos los ciudadanos.

Con objeto de facilitar la solidaridad entre las generaciones, es preciso dar el valor justo a ese tesoro que todo ser humano posee, es decir, su propia historia, la suma de experiencias y de recuerdos que quiere compartir, transmitir, legar. Precisamente, es en esa transmisión de los saberes y las experiencias donde se tejen los lazos más estrechos entre los más jóvenes y los más mayores y donde se sientan las bases auténticas de la educación.

Además, debemos fomentar la capacidad de disponibilidad para los demás que empieza a surgir entre los mayores. En la actualidad, son cada vez más los jubilados que, al mantenerse muy activos intelectual y físicamente, quieren participar en acciones de solidaridad, especialmente a través de asociaciones de voluntariado. Apoyo escolar y complementario de la enseñanza escolar, ayuda a la creación de empresas, apoyo a los proyectos de cooperación norte-sur, responsabilidades en las asociaciones de ayuda a domicilio, etc., etc., son unos cuantos ejemplos de una tendencia importante que debe extenderse por todo el mundo. Esa nueva dimensión del compromiso social de los jubilados es esencial, ya que a través de la conciencia de su utilidad se crea la imagen de su propia dignidad.

También es preciso promover y mantener la solidaridad de la población activa con respecto a las personas mayores, sobre todo a aquéllas cuya autonomía es cada vez menor. Debido a que la pérdida de autonomía hace a las personas más vulnerables y a que las condiciones de vida se hacen más difíciles, esa solidaridad natural puede echarse a perder. Debemos luchar contra todas las formas de maltrato de que puedan ser víctimas las personas mayores y especialmente aquéllas, a menudo insidiosas, que conllevan negligencia, abandono y aislamiento.

Simone de Beauvoir, hace cerca de cuarenta años, nos alertaba ya del peligro: "Si el adulto niega al viejo toda posibilidad de comunicación privando de sentido a sus palabras, a sus gestos y a sus llamadas, éste se encierra en si mismo, olvida el lenguaje aprendido y deja de formar parte de la especie humana". Es preciso no perder nunca de vista ese deber de humanidad que se impone a todos nosotros a medida que los demás se van haciendo más viejos y vulnerables.

Tercer y último punto de mi intervención: la dignidad gracias a la participación plena de las personas mayores en la sociedad civil y en la vida económica y social.

Tenemos que cambiar la manera de ver la vejez y el envejecimiento. Durante demasiado tiempo hemos asociado la vejez con la decadencia sin darnos cuenta de todo el potencial positivo de esa edad de la vida. En la mayoría de nuestras sociedades, el único valor de un ser humano se determina a través de su capacidad productiva, como trabajador, y tan pronto como se acaba la edad del trabajo profesional, ese valor se viene abajo y surge un vacío social en el que el sentimiento de inutilidad crece rápidamente.

Es necesario que rompamos esa imagen absurda y tan sumamente negativa de la existencia humana.

Es necesario preservar y aumentar la actividad de los trabajadores que envejecen, y evitar que la edad se convierta en un factor de exclusión del sistema productivo. Para lograr esos objetivos, el plan que vamos a aprobar incluye numerosas vías de acción.

Es necesario que hagamos compatibles, en nuestras legislaciones nacionales, dos exigencias que expresan una obligación de dignidad. Es preciso garantizar el derecho al trabajo o al mantenimiento en activo de las personas que envejecen, prevenir las bajas anticipadas o los despidos de los trabajadores que envejecen. Además, es preciso asegurar el derecho a la jubilación, en función de una edad legal que no sea una edad rígida.

 El horizonte que ahora debemos ofrecer a todo ser humano es la posibilidad de construir su vida durante todo el tiempo que dure, en toda su diversidad y a través de todas las funciones familiares y sociales que desempeñe.

Todas las edades tienen su valor y su riqueza. Cuando envejecemos, todos podemos poner nuestros conocimientos y, sobre todo, nuestra experiencia al servicio de los demás. La participación de las personas mayores en la vida política y social, en los organismos responsables de las decisiones locales, regionales o nacionales no debe ser una concesión política, sino que debe ser un principio fundamental al que toda persona tenga derecho y que toda sociedad debe garantizar.

Permítanme que les manifieste mi convencimiento de que las recomendaciones que se incluyen al final del Plan de Acción, respecto a la conveniencia de crear en todos los países comités nacionales sobre el envejecimiento que incluyan a representantes de la sociedad civil y especialmente de las organizaciones de personas mayores, constituyen un medio de acción muy importante para la creación de una sociedad para todas las edades.

Las épocas de la vida son variadas y distintas, y ello debe llevarnos a ofrecer una auténtica política de edades de la vida de forma que podamos crear conjuntamente una sociedad para todas las edades.

Conclusión:

Todos nos enfrentamos a los retos derivados del envejecimiento de la población. Sin embargo, vivimos en un mundo que sigue marcado por las enormes desigualdades de desarrollo económico. No somos todos iguales en cuanto a la esperanza de vida ni en cuanto al progreso de la medicina.

Los países más desarrollados deben asegurar la consolidación de sus sistemas de protección social e integrar mejor a un porcentaje cada vez más grande de personas mayores, en sociedades en las que pueden llegar a coexistir hasta cuatro o cinco generaciones. Los países más pobres deben sentar las bases de un sistema de protección social de los mayores y poner el máximo esfuerzo en lograr el acceso de todos a una atención primaria de calidad. Esa es precisamente la razón por la que me parece importante volver a afirmar que los trabajos que vamos a realizar esta semana forman parte inseparable del conjunto de objetivos del desarrollo y de los compromisos asumidos sobre esa cuestión en las grandes cumbres sociales o en las conferencias sobre el desarrollo.