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En los 20 años que han transcurrido desde que el mundo escuchó hablar del SIDA por primera vez, la epidemia se ha propagado a todos los rincones del Planeta. Ha matado a casi 22 millones de personas y ha dejado huérfanos a 13 millones de niños.

Hoy en día, más de 36 millones de personas están viviendo con el VIH/SIDA y sólo el año pasado, se infectaron más de cinco millones. Todos los días contraen el virus otras 15.000 personas.

En algunos países africanos, el VIH/SIDA ha postergado el desarrollo una década o más. Y ahora se está propagando con una velocidad temible en Europa Oriental, Asia y el Caribe.

Hasta ahora, el mundo no ha respondido a la altura del desafío, pero este año, ha comenzado a despertar.

Lo hemos visto en los medios y en la opinión pública, en la persona de médicos y trabajadores sociales, activistas y economistas, personas que viven con la enfermedad.

Lo hemos visto en los gobiernos y en el sector privado.

Nunca, desde que comenzó esta pesadilla, ha habido un momento como éste en que el propósito es común. Nunca hemos sentido una necesidad tal de combinar el liderazgo, la asociación y la solidaridad.

El liderazgo debe ser internacional, donde todo el sistema de las Naciones Unidas hace su labor.

La asociación debe producirse entre los gobiernos, las empresas privadas, las fundaciones, las organizaciones internacionales y, por supuesto, la sociedad civil. Las organizaciones no gubernamentales han estado a la vanguardia de la lucha contra el SIDA desde el comienzo mismo. Todos nosotros debemos aprender de su experiencia y seguir su ejemplo.

Finalmente, la solidaridad debe producirse entre sanos y enfermos, las naciones más ricas y las más pobres. Es necesario que el gasto en la batalla contra el SIDA en el mundo en desarrollo se multiplique por cinco con respecto a su nivel actual. Los países en desarrollo están dispuestos a dar de su parte, como prometieron los dirigentes africanos en la cumbre de Abuja, pero solos no pueden.

La gente común de los países desarrollados está demostrando que comprende. Insto a sus dirigentes a actuar en consecuencia.

Debemos conseguir el dinero necesario para este esfuerzo excepcional y debemos asegurarnos de que se utiliza efectivamente. Es por eso que hemos convocado al establecimiento de un fondo mundial contra el SIDA y por la salud, abierto a los gobiernos y los donantes privados, para ayudarnos a financiar la estrategia global, coherente y coordinada que necesitamos.

Nuestra meta es que el fondo esté en funcionamiento a fines de este año. Seguiré trabajando con todos los interesados para asegurarnos de alcanzar esa meta.

Cuando instamos a otros a cambiar su conducta y protegerse contra la infección, debemos estar dispuestos a cambiar nuestro propio comportamiento en la esfera pública. No podemos abordar el SIDA emitiendo juicios morales o negándonos a enfrentar hechos desagradables y, mucho menos, estigmatizando a quienes están infectados, y dando a entender que es por su culpa.

Sólo podemos hacerlo hablando clara y abiertamente, tanto sobre las formas en que se produce la infección, como sobre lo que se puede hacer para evitar la infección.

Y recordemos que cada persona infectada - cualquiera sea la razón - comparte nuestra condición humana, con los consiguientes derechos y necesidades. No imaginemos que podemos protegernos construyendo barreras entre nosotros y ellos. En el despiadado mundo del SIDA, no existe la distinción entre nosotros y ellos.

Para lograr todo esto, debemos cambiar, si no es por nuestro propio bien al menos por el de nuestros hijos.

Este artículo apareció originalmente en el New York Times.

Para obtener más información sobre cómo luchan las Naciones Unidas y sus asociados para detener la propagación del VIH/SIDA, pulse en los enlaces cercanos a la fotografía de Kofi Annan.

Fotografía: UN