Secretario General Sr. Ban Ki-moon

Nombramiento del Secretario General de las Naciones Unidas

Discurso del Sr. Ban Ki-moon

13 de octubre de 2006

Sr. Ban Ki-moon (habla en inglés): Me encuentro ante los miembros de la Asamblea General profundamente conmovido e inspirado por sus generosas expresiones de felicitación y de aliento. Con inmensa gratitud por la confianza que han depositado en mí los Estados Miembros y con la inquebrantable determinación de honrar esa confianza, acepto humildemente el nombramiento como octavo Secretario General de esta gran Organización, nuestras Naciones Unidas. Deseo expresar mi más profundo respeto y agradecimiento a todos los dirigentes y pueblos de los Estados Miembros por su firme respaldo.

Sra. Presidenta: Muchas gracias por haber organizado y orientado gentilmente la sesión que celebramos hoy. Espero con gran interés respaldar sus esfuerzos y trabajar con usted a medida que dirija la Asamblea hacia un exitoso período de sesiones.

Soy el sucesor de una serie de dirigentes notables. Ellos también enfrentaron este momento en una coyuntura crítica de la historia de la Organización. Como yo en este momento, deben haber reflexionado sobre lo que le depararían los próximos años al mando de esta dinámica institución. Todos aportaron contribuciones importantes y duraderas a nuestra empresa común de defender los valores más profundos y las aspiraciones más elevadas de la humanidad.

En particular, el Secretario General, Sr. Kofi Annan, ha guiado sagazmente nuestra Organización en el siglo XXI. Ha definido un programa ambicioso que ha logrado que las Naciones Unidas sean verdaderamente indispensables para la paz, la prosperidad y la dignidad humanas en todo el mundo. Nuestra deuda con su coraje y visión es inconmensurable. He decidido continuar su legado.

El hecho de que los miembros hayan concluido el nombramiento del siguiente Secretario General con tal presteza ha constituido una oportunidad sin precedentes. Nunca antes se ha dado tiempo suficiente para preparase a un Secretario General entrante; ellos me han dado más de dos meses. Emplearé estas semanas para celebrar amplias consultas sobre la mejor manera de proceder con nuestro programa común de reforma y revitalización. Escucharé atentamente las preocupaciones, expectativas y advertencias de los miembros.

Me honra profundamente haber pasado a ser el segundo asiático que dirige la Organización, después del Sr. U Thant, quien hace cuatro decenios prestó servicios al mundo de manera tan competente. Resulta muy adecuado que los miembros se hayan volcado hacia Asia para elegir al próximo Secretario General que orientara el sistema de las Naciones Unidas en su séptimo decenio. Asia es dinámica y diversa y aspira asumir mayores responsabilidades. Habida cuenta de lo lejos que ha llegado y de sus aspiraciones pendientes, en la región se está viviendo y forjando una amplia gama de logros y desafíos de nuestros tiempos actuales.

Asia es también una región en la que la modestia es una virtud, pero la modestia está relacionada con la conducta y no con la visión y los logros. No significa falta de compromiso o de liderazgo. Más bien, es determinación serena y dinámica para lograr que se realicen las cosas sin demasiada ostentación. Esa puede ser la clave del éxito de Asia y de las Naciones Unidas en el futuro. De hecho, nuestra Organización es modesta en sus medios pero no en sus valores. Debemos ser más modestos en nuestras palabras, pero no en nuestro desempeño. La verdadera medida del éxito de las Naciones Unidas no es cuánto prometemos, sino cuánto brindamos a los más necesitados. Dados los propósitos perdurables y los principios inspiradores de nuestra Organización, no debemos proclamar sus alabanzas ni preconizar sus virtudes. Sencillamente tenemos que experimentarlas todos los días, paso a paso, programa por programa, mandato por mandato.

El surgimiento de la demanda de los servicios que prestan las Naciones Unidas demuestra no sólo la relevancia perdurable de las Naciones Unidas, sino también su papel fundamental en la promoción de la dignidad humana. Las Naciones Unidas se necesitan ahora más que nunca antes. La misión primordial de las Naciones Unidas en el siglo pasado consistió en impedir que los países lucharan entre sí. En el nuevo siglo, el mandato definitorio es fortalecer el sistema interestatal para que se pueda servir mejor a la humanidad en medio de los nuevos problemas. Desde los Balcanes hasta África, desde África hasta el Oriente Medio, hemos comprobado el debilitamiento o la falta de una gobernabilidad eficaz que ha dado lugar a violaciones de derechos humanos y al abandono de principios humanitarios de larga data. Necesitamos Estados competentes y responsables que atiendan las necesidades de “nosotros los pueblos” para los que fueron creadas las Naciones Unidas; y no se servirá plenamente a los pueblos del mundo si no se promociona con igual firmeza la paz, el desarrollo y los derechos humanos: los tres pilares de las Naciones Unidas.

El camino que debemos allanar hacia un mundo de paz, prosperidad y dignidad para todos tiene muchos escollos. Como Secretario General, aprovecharé al máximo la autoridad que confiere a mi Oficina la Carta y el mandato que me otorgan los miembros. Trabajaré con diligencia para concretar nuestra responsabilidad de proteger a los miembros más vulnerables de la humanidad y para responder de manera pacífica a las amenazas a la seguridad internacional y a la estabilidad regional.

A fin de cumplir estos mandatos y satisfacer esas expectativas cada vez mayores, hemos emprendido la reforma más radical de la historia de la Organización. El alcance mismo de la reforma ha exigido la atención y las energías tanto de las delegaciones como de la Secretaría, pero debemos mantener el rumbo. Tenemos que reunir los recursos humanos, institucionales e intelectuales, y organizarlos adecuadamente. Debemos hacer lo que nos corresponde para hacer realidad los objetivos de desarrollo del Milenio, atender al aumento de las operaciones de mantenimiento de la paz, contrarrestar las amenazas planteadas por el terrorismo, controlar la proliferación de las armas de destrucción en masa, luchar contra el VIH/SIDA y otras pandemias, impedir el deterioro del medio ambiente y hacer respetar los derechos humanos.

Recordemos que no emprendemos la reforma para complacer a otros, sino porque valoramos lo que defiende esta Organización. Tenemos que reformar las Naciones Unidas porque creemos en su futuro. Revitalizar nuestros esfuerzos comunes implica renovar nuestra fe no sólo en los programas y propósitos de las Naciones Unidas, sino también en cada uno de nosotros. Debemos ser más exigentes con nosotros mismos, así como con nuestra Organización. Para abrirnos un camino entre la niebla de desconfianza se va a necesitar un diálogo más intenso. No podemos cambiarlo todo de una vez, pero si elegimos con sensatez y trabajamos juntos de manera transparente, flexible y honesta, el progreso en algunos ámbitos nos llevará al progreso en muchos otros. Sólo los Estados Miembros pueden revitalizar esta Organización, pero siempre estaré disponible para prestarles asistencia y facilitarles su labor, según se requiera.

(continúa en francés)

Como Secretario General, estoy decidido a administrar mi Oficina de forma abierta y responsable. Procuraré forjar un consenso en torno a un libre intercambio de ideas y de críticas. Únicamente mediante una gran sinceridad y un debate abierto sobre las ideas y propuestas podremos identificar la mejor manera de servir a los pueblos del mundo entero. Procuraré actuar con dinamismo para estar a disposición de todos los interesados, en particular para acercar más las Naciones Unidas a la humanidad. Voy a trabajar con ahínco para que la sociedad civil ingrese en la vía del diálogo. Trataré de coordinar la ayuda y la participación de las organizaciones que apoyan causas humanitarias, del mundo empresarial y de otros componentes de la sociedad civil en todo el mundo, por el bien de la Organización. Mi mandato estará caracterizado por los esfuerzos incesantes que haré para establecer puentes y superar diferencias. Un liderazgo de armonía y ejemplo en el que se rechace la división y se evite el exceso de directivas abruptas me ha servido muy bien hasta ahora. Como Secretario General, tengo la intención de mantenerme fiel a esos principios.

Seré totalmente responsable de la gestión de la Secretaría. Los Estados Miembros establecen los mandatos y proporcionan los recursos. Si los recursos me parecen insuficientes para hacer frente a los desafíos, no vacilaré en decirlo. No obstante, una vez que hayamos decidido asumir la tarea de nuestra misión, deberemos ser totalmente responsables de su aplicación.

(continúa en inglés)

Tengo mucho interés en incorporarme a las filas de la primera Secretaría del mundo. Respeto y admiro profundamente a los competentes, consagrados y valientes hombres y mujeres que prestan servicios a esta Organización día tras día, a menudo haciendo frente al peligro y con sacrificio personal. Les prometo a todos ellos que contarán con mi pleno respaldo, dedicación y solidaridad.

Un objetivo primordial de mi mandato será mantener el patrimonio del que ellos se enorgullecen, exigiéndoles al mismo tiempo atenerse a las normas más altas de profesionalismo e integridad. El objetivo de la reforma de la Secretaría no es sancionar sino recompensar, a fin de poder movilizar plenamente y utilizar adecuadamente su talento y sus capacidades, su experiencia y su dedicación. La reforma recompensará el trabajo arduo y la excelencia con el propósito de motivar al personal, exigiendo a todos cuentas por sus acciones u omisiones y promoviendo un mayor equilibrio entre los géneros, en particular en los niveles superiores de mando.

Esta será la línea de conducta que adoptaré para instar al personal de la Secretaría a servir a la Organización de la manera más eficaz posible. Como Secretario General, disto mucho de ser perfecto, y necesitaré el apoyo, la cooperación y la confianza plenos de todos los que están representados aquí, pero les prometo servirles con todo mi corazón y mis mejores capacidades. Buscaré la excelencia con humildad. Dirigiré con el ejemplo. Las promesas que se hacen se deben cumplir. Ese ha sido mi lema en la vida. Tengo la intención de atenerme a él en mi labor con todas las partes interesadas en pro de unas Naciones Unidas que cumplan sus promesas.

Mi corazón desborda de gratitud para con mi país y su pueblo que me han enviado aquí para prestar mis servicios. Ha sido un largo viaje desde mi juventud en una Corea paupérrima y asolada por la guerra hasta este podio y estas responsabilidades imponentes. He podido hacer este viaje porque las Naciones Unidas estuvieron con mi pueblo en nuestros días más aciagos. Nos dieron esperanza y sustento, seguridad y dignidad. Nos mostraron la vía hacia un mundo mejor. Así pues, a pesar de la larga distancia que he recorrido y de los muchos años que han transcurrido, me siento en casa hoy.

Para el pueblo coreano, la bandera de las Naciones Unidas fue y sigue siendo un faro que señalaba un futuro mejor. Hay innumerables historias de esa convicción. Una de ellas es personal. En 1956, cuando la guerra fría causaba estragos en todo el mundo y yo era un joven de apenas 12 años, me eligieron para leer, en nombre de mi escuela primaria, un mensaje público dirigido al Secretario General de las Naciones Unidas, Sr. Dag Hammarskjöld. Lo exhortamos a que ayudara a la población de un lejano país europeo en su lucha por la libertad y la democracia. Yo apenas comprendía el sentido profundo del mensaje, pero sabía que las Naciones Unidas estaban allí para ayudar en caso de necesidad.

Cincuenta años más tarde, el mundo se ha convertido en un lugar mucho más complejo y hay muchos más actores a los que recurrir. Durante estos años he viajado en muchas ocasiones alrededor del mundo y me ha entusiasmado ser testigo de los éxitos de las Naciones Unidas, que han mejorado la vida de innumerables personas. También me ha apenado contemplar sus fracasos. He podido sentir en muchos lugares la consternación ante la falta de acción de las Naciones Unidas o ante sus medidas insuficientes o que llegaban demasiado tarde. Estoy decidido a hacer que desaparezca la desilusión.

Espero de todo corazón que los niños y las niñas de hoy crezcan sabiendo que las Naciones Unidas están trabajando con empeño con el fin de labrar un futuro mejor para ellos. Como Secretario General, abrigaré sus esperanzas y escucharé sus peticiones. Soy optimista y tengo muchas esperanzas puestas en el futuro de nuestra Organización mundial. Trabajemos juntos por unas Naciones Unidas que cumplan con su función más y mejor.

 

 

- Discurso del Sr. Ban Ki-moon - 13 de octubre de 2006

 

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