Realización de los derechos humanos:
"Con valor y responsabilidad ..."

Mary Robinson, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos Conferencia Romanes de 1997, Universidad de Oxford, 11 de noviembre de 1997

El día que salí de Dublín, hace sólo dos meses, para comenzar mi trabajo como Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Seamus Heaney me regaló un bello ejemplar de "La Rama Dorada" en el que estaban inscritas estas palabras de aliento:

"Acéptalo con valor y responsabilidad ..."

Parece apropiado repetir estas palabras aquí en Oxford, aprovechando la primera oportunidad que se me ofrece para reflexionar públicamente sobre mis nuevas responsabilidades. Hasta ahora había estado ocupada aprendiendo y haciendo y reconozco que había tenido poco tiempo para detenerme a pensar. El honor de pronunciar la Conferencia Romanes de 1997 me ha dejado sin excusas para seguir aplazando esta reflexión.

Para mí es un placer especial volver a esta Universidad y seguir los pasos de su distinguido Presidente Honorario, quien se me describió como "el del año pasado". Me gustaría recordar la advertencia que hizo en su Conferencia Romanes:

"Como entidad geográfica y como una de las comunidades académicas más importantes del mundo, Oxford es un tesoro nacional (e internacional) irremplazable que todos tenemos el deber de tratar con cuidado e imaginación."

Les agradezco que hayan puesto esta institución a mi disposición en los primeros momentos de lo que he descrito como un reto inquietante.

La profunda sensación de pérdida que sintió el mundo entero tras la muerte de Sir Isaiah Berlin revela en qué reside el verdadero valor de esta comunidad académica. Lo evoco también porque fue, como nos recordó Bernard Crick, usando las palabras con las que el propio Berlin describió a Pasternak, "un soldado en la lucha por la libertad humana".

La libertad humana es ese espacio precioso garantizado por un conjunto de ideales, leyes y procedimientos que defienden, protegen y promueven los derechos humanos. Todos somos guardianes de estos ideales. Tal y como reza la Declaración de Viena de 1993, "los derechos humanos y las libertades fundamentales son patrimonio innato de todos los seres humanos". No pretendo detallar aquí todos los documentos y mecanismos establecidos desde 1948, pero ese cuerpo de normas internacionales sustantivas sobre derechos humanos surgió porque la protección a nivel nacional de las personas y grupos vulnerables es inexistente o insuficiente. Hoy en día las noticias nos llegan más rápido que nunca y muchas de ellas se refieren a violaciones de los derechos humanos. Elegí el título "Realización de los derechos humanos" porque quería insistir en el problema que afecta a la comunidad internacional, y sobre el cual ahora tengo cierta responsabilidad, de cómo hacer que la protección de los derechos humanos funcione.

No va a ser una tarea fácil, sobre todo porque la expresión "derechos humanos" tiene distintos significados y connotaciones en distintas partes del mundo, y dentro de cada país, en función de las preferencias políticas, el origen étnico y las creencias religiosas, sin olvidar el importante factor de la situación económica.

Mi propio concepto de los derechos humanos se basa en un profundo sentido de la justicia. Tal se deba a que soy irlandesa y tengo mis raíces en un pasado de lucha por la libertad, hambruna y dispersión de un pueblo. Quizás se deba también a mis experiencias en la abogacía y la política y, más recientemente, a mi experiencia como Presidenta, que me ha permitido visitar y presenciar la pobreza y el sufrimiento más profundos en países como Somalia y Rwanda.

Durante los últimos dos meses no he hecho más que escuchar. En Ginebra y, posteriormente, en Nueva York me reuní con los Representantes Permanentes de gobiernos pertenecientes a los cinco grupos regionales y tuve la oportunidad de entrevistarme con altos funcionarios de distintos gobiernos. También he estado en contacto con representantes de organizaciones no gubernamentales y con la comunidad académica, en su carácter de sectores de una sociedad civil más amplia dedicados a cuestiones de derechos humanos. Al escuchar a todos estos interlocutores me di cuenta de que la disparidad entre lo que cada uno entiende por derechos humanos era más amplia de lo que pensaba. Esta disparidad hay que reducirla si queremos que exista un compromiso común a nivel internacional de seguir promoviendo y protegiendo los derechos humanos.

En mi opinión, el amplio mandato de mi cargo, creado por una resolución de la Asamblea General de 20 de diciembre de 1993, me confía una responsabilidad especial en la reducción de esta disparidad. Los medios de que dispongo son modestos, siendo la promoción y la persuasión los instrumentos principales. No obstante, considero como punto de partida la propia amplitud del mandato, porque está claro que la divergencia de percepciones es más pronunciada cuando el término "derechos humanos" se refiere específicamente a los derechos civiles y políticos, por una parte, o cuando, por el contrario, insiste en la importancia del derecho al desarrollo. Mi responsabilidad como Alta Comisionada de las Naciones Unidas consiste en adoptar y fomentar un enfoque que abarque todo el espectro de los "derechos civiles, culturales, económicos, políticos y sociales", promover y proteger la realización del derecho al desarrollo e incluir expresamente los derechos de la mujer entre los derechos humanos, según nos recordó la Conferencia de Beijing. Es útil tener una ocasión oportuna para celebrar un debate abierto, y espero que franco, sobre todo esto. Esta ocasión se nos presenta ahora.

El año que viene se celebrará el cincuentenario de la Declaración Universal de Derechos Humanos. A mi juicio, este documento figura entre las grandes declaraciones de ideales de la historia de la humanidad. Encarna las esperanzas e incluso los sueños de unos pueblos todavía marcados por dos guerras mundiales, temerosos de una próxima guerra fría y a punto de iniciar la gran liberación de los pueblos que se produjo con el desmantelamiento de los imperios europeos.

La Declaración Universal proclama las libertades fundamentales de pensamiento, opinión, expresión y credo, y consagra el derecho básico a un gobierno representativo y el derecho de los ciudadanos a participar en él. Pero, con la misma firmeza y el mismo énfasis, proclama unos derechos económicos, sociales y culturales y el derecho a la igualdad de oportunidades. Este documento estaba destinado a ser un "ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse", y toda persona tendría los derechos y libertades proclamados en él "sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición". Veinte años después de su adopción, los principios básicos de la Declaración fueron refrendados en la Declaración de Teherán de 1968. Estos derechos y libertades se definieron con más detalle en dos Pactos de las Naciones Unidas - El Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales - que entraron en vigor en 1976.

La Declaración Universal es un documento que sigue vigente. Para conmemorarla en estos últimos años del milenio, el debate debe centrarse más en ciertos problemas que afectan actualmente a los derechos humanos y que son muy complejos: el derecho al desarrollo, el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, los derechos y la habilitación de los minusválidos, la desmarginación de la mujer y la cuestión de las pautas para evaluar el ejercicio de estos y otros derechos y de la responsabilidad en su promoción. Actualmente participan muchos más gobiernos de los que estuvieron presentes el 10 de diciembre de 1948 y muchas más voces provenientes de la sociedad civil en general. El reto será crear un acuerdo similar en el sentido de que estos derechos quedan comprendidos en el comienzo del preámbulo de la Declaración Universal:

"Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana ..." y de que forman parte de esa misma aspiración, renovada en nuestra época.

En vista de lo que ha logrado hasta la fecha el sistema internacional en cuanto al respeto de los derechos humanos, está claro que hacen falta urgentemente nuevas propuestas. Ahora que nos preparamos para el cincuentenario de la Declaración Universal, he manifestado a mis colegas que no creo que ésta sea una ocasión para celebrar. Tras 50 años de mecanismos de derechos humanos, 30 años de programas de desarrollo en los que se han invertido billones de dólares y un derroche de retórica al más alto nivel, los resultados en el plano mundial dejan mucho que desear.

Sigue habiendo discriminación generaliza por motivos de género, origen étnico, creencias religiosas o preferencia sexual. Sigue habiendo genocidio: en dos casos sólo en este decenio. Hay 48 países donde una quinta parte de la población vive en lo que nos hemos acostumbrado a llamar la "pobreza absoluta".

Esto implica un fracaso a una escala que nos deshonra a todos. Tanto esfuerzo y dinero y tantas esperanzas han producido unos resultados muy modestos. Ya no vale escudarse en el impacto de la guerra fría y en otros factores que limitaron la acción internacional en el pasado. Por el contrario, es hora de aplicar lo que hemos aprendido.

Una lección que debemos aprender, y sobre la que debemos reflexionar, consiste en que la esencia de los derechos es que dan poder al que los posee. La pobreza en sí es una violación de varios derechos humanos básicos. Por otra parte, el creciente reconocimiento de la feminización de la pobreza hace que sea fundamental vincular la protección internacional de los derechos humanos con las energías y propuestas de los miles de redes internacionales y nacionales de asociaciones de mujeres. Esta relación entre los derechos y el poder para ejercerlos la estoy teniendo muy presente ahora que me dispongo a identificar mis propias prioridades. Una de estas prioridades debe ser dar cumplimiento a las directrices del programa de reforma presentado por el Secretario General, Kofi Annan, el pasado mes de julio. Según este programa, una de mis obligaciones como Alta Comisionada es "hacer un análisis de la asistencia técnica prestada por las entidades de las Naciones Unidas en esferas relacionadas con los derechos humanos y formular propuestas para aumentar la complementariedad de las actividades". El Secretario General se refería a los distintos programas de las Naciones Unidas que, por ejemplo, promocionan la gestión democrática de los asuntos públicos, el fortalecimiento del estado de derecho, la reforma del poder judicial y del sistema legal y el adiestramiento de las fuerzas de policía. Además, numerosos programas de las Naciones Unidas tienen que ver con los derechos económicos, sociales y culturales y con los derechos del niño. El informe señala que "la oficina del Alto Comisionado debería estar en condiciones de brindar asesoramiento para la elaboración de proyectos de asistencia técnica y participar en las misiones de evaluación de las necesidades".

Mis colegas ya han iniciado este análisis general, cuyo objetivo es dar cumplimiento a la Declaración y Programa de Acción de Viena, en la cual se "... insta a todos los órganos y organismos de las Naciones Unidas y a los organismos especializados cuyas actividades guardan relación con los derechos humanos a que cooperen con miras a fortalecer, racionalizar y simplificar sus actividades, teniendo en cuenta la necesidad de evitar toda duplicación innecesaria".

Esto nos lleva al otro acontecimiento internacional que tendrá lugar el año próximo: la revisión quinquenal de la Conferencia Mundial de Derechos Humanos celebrada en Viena en el verano de 1993. La Conferencia concluyó con la adopción de un Programa de Acción que identificaba a los individuos particularmente vulnerables y destacaba la necesidad de mantener en examen las medidas aplicadas para garantizar una protección adecuada de los derechos de estos sectores de la población. Las mujeres, las minorías, los pueblos indígenas, los niños, las personas con minusvalías, los refugiados, los trabajadores migrantes y los presos fueron considerados especialmente vulnerables. La Asamblea General hizo suya la Declaración y Programa de Acción de Viena en una resolución por la cual también estableció el cargo que ahora ocupo.

Uno de los que más contribuyeron a conseguir un consenso en Viena en lo referente a este cargo fue el Embajador y actual Ministro de Relaciones Exteriores del Ecuador, José Ayala Lasso, a quien fue encomendado el reto de se el primer Alto Comisionado. El Sr. Ayala Lasso actuó con prudencia, creando un consenso más sólido y duradero sobre las funciones de esta Oficina, emprendiendo una reforma de la secretaría de derechos humanos de Ginebra y ampliando las actividades de la nueva Oficina de manera de incluir una importante presencia sobre el terreno en Rwanda, Camboya y otros lugares donde se habían producido genocidios. Cuando la Asamblea General proclamó el Decenio de las Naciones Unidas para la Educación en la esfera de los derechos humanos, que comenzaría en 1995, el entonces Alto Comisionado inició un plan de acción que yo propongo ampliar. Mi antecesor también vio la necesidad de establecer unos vínculos más productivos con las organizaciones no gubernamentales.

Ahora bien, ¿qué papel cabe en este contexto a la sociedad civil?

En sus propuestas de reforma del pasado mes de julio, el Secretario General señaló que "la sociedad civil constituye una fuerza fundamental y cada vez más importante de la vida internacional", pero añadió que "... a pesar de estas manifestaciones crecientes de la existencia de una sociedad civil mundial cada vez más poderosa, las Naciones Unidas en la actualidad no están adecuadamente equipadas para trabajar con la sociedad civil y convertirla en una verdadera asociada de su labor". El Secretario General instó a todas las entidades de las Naciones Unidas a que "se abran y trabajen en estrecho contacto con las organizaciones de la sociedad civil activas en sus respectivos sectores ..."

Como encargada, en virtud de mi mandato, tanto de "ampliar la cooperación internacional para la protección y la promoción de todos los derechos humanos" como de "coordinar las actividades de promoción y protección de los derechos humanos en todo el sistema de las Naciones Unidas", me siento particularmente responsable del liderazgo, junto con mis colegas, a la hora de entablar relaciones de colaboración y de encauzar las energías y la eficacia de la amplia comunidad mundial de derechos humanos.

Esto no será fácil de hacer. Algunos han observado que el mandato del Alto Comisionado se formuló en términos muy cuidadosos y equilibrados, en vista de que algunos gobiernos temían que se estuviera creando un cargo que pudiera sacar a relucir inoportunamente cierta negligencia en la protección de los derechos de sus ciudadanos. En un artículo publicado recientemente en la European Journal of International Law, el profesor Philip Alston describía como "ni chicha ni limonada" el intento de definir el papel de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Señaló que aunque las tareas encomendadas al Alto Comisionado han seguido ampliándose, incluso con varias operaciones sobre el terreno, ha sido necesario complementar los insuficientes recursos del presupuesto ordinario de las Naciones Unidas con contribuciones voluntarias destinadas a fines específicos. Por lo general, comparto su análisis. En efecto, reconociendo que las contribuciones voluntarias de los gobiernos seguirán siendo una fuente importante de financiación de los programas y actividades, he decidido escribir a todos los gobiernos para que el apoyo a nuestras actividades sea lo más amplio posible. También soy muy consciente de lo difícil que resulta mantener un equilibrio adecuado entre la diplomacia de consenso y la voz ética que, en representación de las víctimas, se alza en defensa de los derechos humanos. Me ayuda el hecho de tener sólo un programa, el cumplimiento de mi mandato, y de saber que tenemos muchos amigos en la comunidad internacional de derechos humanos que están dispuestos y preparados para afrontar el reto.

Me gustaría dedicar un poco de atención al papel de coordinación, que ha recibido un nuevo impulso con las propuestas del programa de reforma del pasado mes de julio.

Empezaré citando la conocida frase atribuida a Ian Martin, ex Secretario General de Amnistía Internacional, quien dijo que el Alto Comisionado para los Derechos Humanos debería despertarse cada mañana pensando cómo proteger mejor los derechos humanos.

Estoy de acuerdo con él pero añadiría algo más. La protección de los derechos humanos exige que cada funcionario de las Naciones Unidas se despierte cada mañana con este mismo pensamiento y trabaje dedicado a este fin.

Casi por definición y, por supuesto, según su Carta, las Naciones Unidas existen para promover los derechos humanos. En algún momento, muchos en las Naciones Unidas han perdido el rumbo y han permitido que su trabajo responda a otros imperativos.

Esta es la raíz de muchas de las críticas que se han hecho a la Organización: se la acusa de estar pasada de sí, de ser burocrática, de haber perdido contacto con la realidad y, sobre todo, de resistirse al cambio.

Tenemos ahora la oportunidad de recuperar el objetivo de las Naciones Unidas. Espero contribuir a hacerlo, bajo el liderazgo del Secretario General, Kofi Annan, ayudando a establecer un marco para la acción que dé como resultado una Organización guiada por ideales de derechos humanos.

Creo sinceramente en la importancia que para nuestra comunidad mundial tienen los ideales de derechos humanos consagrados a lo largo de más de 50 años. No sólo es cierto que todos los derechos humanos son universales, indivisibles, interrelacionados e interdependientes, sino que son inherentes a la naturaleza humana y pertenecen a cada individuo. La realización de estos ideales de derechos humanos es un valor central de las propuestas de reforma del pasado mes de julio. El texto indica claramente que los derechos humanos son esenciales para la promoción de la paz y la seguridad, la prosperidad económica y la igualdad social y que, por lo tanto, una de las principales tareas de las Naciones Unidas es mejorar su programa de derechos humanos e integrarlo plenamente en la amplia variedad de actividades de la Organización.

El primer paso ya se ha dado, al asignar cada entidad del sistema de las Naciones Unidas, salvo mi Oficina, a uno de cuatro Comités Ejecutivos. Estos Comités son el mecanismo principal para garantizar la coordinación dentro del sistema y se centran en temas de paz y seguridad, asuntos humanitarios, asuntos económicos y sociales y actividades de desarrollo. El Secretario General me ha pedido que participe en los cuatro Comités y que decida, a su debido tiempo, si esta es una manera más eficaz de generalizar una perspectiva que tenga en cuenta los derechos humanos o si, por el contrario, haría falta un quinto comité.

En la práctica, los derechos humanos se han convertido, tal y como se pretendió siempre, en un valor central para el trabajo de las Naciones Unidas: los imperativos referentes a los derechos humanos pueden y deben estar presentes en todos los aspectos del trabajo de la Organización. Hará falta un enfoque integral, por ejemplo, trabajar con nuestros colegas en asuntos políticos y mantenimiento de la paz, para comprender que las violaciones de los derechos humanos cometidas hoy son las causas de los conflictos del mañana. Lo mismo se puede decir de la red de organismos especializados en desarrollo económico, actividades en materia de población, salud, mujeres y niños, educación, refugiados y personas desplazadas. Y no excluyo a los órganos que parecen puramente técnicos. La Unión Internacional de Telecomunicaciones puede contribuir en forma decisiva a que las personas en los países menos desarrollados participen en la revolución de la información. El artículo 19 de la Declaración Universal anticipa la llegada de la Internet, enunciando el derecho a "recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión".

Como Alta Comisionada, tengo la responsabilidad de estimular y coordinar la acción en favor de los derechos humanos en todo el sistema de las Naciones Unidas. Asimismo, tengo el deber de proporcionar educación, información, servicios de asesoramiento y asistencia técnica en la esfera de los derechos humanos. Estoy convencida de que esta labor requiere algo más que cambios estructurales y de organización: requiere un enfoque basado en la educación y la sensibilización del recurso más valioso de las Naciones Unidas, es decir, los que trabajan en este sistema. Todo el personal tiene que familiarizarse con los ideales de derechos humanos y saber cómo aplicar estos ideales en sus propias esferas de actividad. Tienen que entender los principios y la ética en la que se fundan estos ideales de derechos humanos y sentirse identificados de alguna manera con esta mentalidad. Debe comprometerse a promover los derechos humanos y ser capaz de comunicar y aplicar los ideales de derechos humanos en su trabajo diario.

Se están produciendo algunos cambios. Me he llevado una buena impresión de las nuevas ideas y propuestas sobre la necesidad de desarrollar un "marco de referencia estratégico" para nuestro trabajo en cada país. Se trata de un esfuerzo colectivo por animar a los elementos dispares de las Naciones Unidas a aceptar objetivos comunes y a coordinar sus acciones para lograr estos objetivos. Los derechos humanos pueden aportar a este debate un conjunto unificador de ideales: puntos de referencia comunes para establecer los objetivos, determinar el valor de las posibles intervenciones y evaluar los efectos de las acciones que se hayan acordado. Sin duda alguna, el hecho de que mi Oficina sea pequeña y mis recursos modestos me ayudarán a contribuir a este enfoque integral y a encajar en él. No faltan incentivos para coordinar.

El proceso interno de lo que equivale a crear una cultura de derechos humanos a través del sistema de las Naciones Unidas será nuestra contribución al examen de la aplicación de la Declaración y Programa de Acción de Viena, cinco años después de su aprobación. Esta revisión exige que los gobiernos evalúen hasta qué punto han aplicado los principios internacionales de derechos humanos. También participarán las instituciones nacionales e internacionales competentes en materia de derechos humanos. Asimismo, el proceso implicará un procedimiento de información a la Comisión de Derechos Humanos, que se reúne en Ginebra en la primavera, y a la Asamblea General, que se reúne en otoño. Soy consciente del calendario porque acabo de escribir a los Ministros de Asuntos Exteriores y a las instituciones regionales y nacionales para recordarles su contribución a este proceso.

El momento es oportuno. Este examen, cinco años después de la Conferencia de Viena nos proporcionará puntos de referencia para evaluar lo que está funcionando bien y lo que podría funcionar mejor. Clarence Dias y James Paul acuñaron la expresión "desarrollo sin ley", en referencia a las normas internacionales de derechos humanos, como una escueta denuncia de las deficiencias de las intervenciones internacionales durante los últimos 30 años e insinuando claramente que la aplicación del derecho internacional resolvería parte del problema.

Espero haber dejado claro en mi introducción que estoy resuelta a dar la misma prioridad a los derechos económicos y sociales que a los derechos civiles y políticos. Estos dos conjuntos de derechos deben considerarse interdependientes e indivisibles si se quiere lograr cualquiera de ellos. Menciono esto porque me temo que los que trabajan en los órganos especializados en desarrollo no hayan cobrado aún suficiente conciencia de su papel en la realización de los derechos humanos.

Hace unas semanas, unos colegas de mi Oficina se reunieron con una organización no gubernamental australiana que, junto con otras organizaciones no gubernamentales del sureste de Asia, está formulando unas directrices para la aplicación de lo que llaman el "Desarrollo por vía de los Derechos". Sus ideas son muy interesantes.

Este grupo se está haciendo las preguntas adecuadas. Por ejemplo, ¿cuáles son los verdaderos objetivos de un préstamo del Banco Mundial para un proyecto de infraestructura o de una intervención por parte del Fondo Monetario Internacional para estabilizar una moneda? Durante demasiado tiempo, los objetivos y el éxito o el fracaso de las intervenciones se han medido desde un punto de vista muy estrecho, según los criterios de la macroeconomía. Esta noche sugiero, tal y como sugerí al Banco y al Fondo hace poco en Washington, que el verdadero propósito de ambos es contribuir a la realización de una serie de derechos humanos. En cierto modo, estas dos instituciones se están adaptando a este amplio objetivo utilizando términos como "desarrollo humano", "bienestar humano", "seguridad humana", "necesidades básicas" y "buen gobierno". Personalmente, prefiero el lenguaje de la Declaración Universal y de los dos Pactos. A diferencia de estos sucedáneos, el lenguaje empleado en estos documentos tiene la fuerza del derecho de los tratados y es una fuente directa de poder. Dice al común de la gente que tiene derechos ... derecho a la seguridad, a la dignidad, a la oportunidad económica y a una vida mejor para sus hijos, y no un derecho ambiguo e indefinido a una especie de favor concedido por un gobierno o un órgano internacional.

Permítanme recalcar que no estoy diciendo nada nuevo y que este no es el programa de ninguna ideología en particular. Simplemente estoy abogando por la aplicación, de manera uniforme, coordinada y coherente, de unas obligaciones jurídicas que ya estaban firmemente establecidas.

Rosalyn Higgins, una de las grandes juristas internacionales de este país y, actualmente, miembro de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, describió el derecho internacional como un sistema normativo dirigido a la consecución de unos valores comunes, valores que nos hablan a todos independientemente de que seamos ricos o pobres, negros o blancos, de que profesemos cualquier religión o ninguna, o de que vengamos de países industrializados o en desarrollo.

La labor normativa ya casi ha terminado. Las normas internacionales de derechos humanos ya se han fijado. Lo que nos queda por hacer a todos, con un nuevo impulso que nos dará el tema central del año que viene, es aplicarlas. Y deberemos aplicarlas basándonos en una perspectiva de "Derechos".

Para finalizar, permítanme volver a La Rama Dorada:

"Si el destino te ha llamado, la Rama caerá fácilmente, por su propia voluntad.

Si no es así, por más que te esfuerces, no conseguirás Dominarla nunca, y no podrás cortarla ni con la hoja más afilada."

Al despertarme cada mañana pensando en cómo proteger mejor los derechos humanos, también debo confiar, con humildad, en el destino.


Página del Cincuentenario de la
Declaración Universal de Derechos Humanos
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