La Unificación del Consejo de Seguridad
para la Defensa de los Derechos Humanos


La Haya, 18 de mayo 1999

Discurso pronunciado en el centenario
de la primera Conferencia Internacional de la Paz



Es un honor para mí compartir con ustedes esta conmemoración histórica.

Nos reunimos en un momento de guerra para reflexionar sobre la paz. Nos reunimos para rendir homenaje a esos hombres y mujeres soñadores que trataron de conseguir que el siglo XX fuera más pacífico que el anterior. Nos reunimos para honrar el poder de la esperanza sobre la experiencia humana.

Sin embargo, además de la esperanza, es también el miedo, lo que nos trae hoy aquí ¾ miedo a que se repitan los horrores de este siglo de guerra y genocidio, horrores que ninguno de los miembros de la Conferencia de La Haya de 1899 podrían haber imaginado nunca.

Sabemos que su causa ¾ hoy, cien años después¾ es aún más importante, necesaria y urgente. Y lo sabemos porque nos reunimos bajo la sombra de una guerra que nos hace rememorar lo peor de nuestro siglo ¾ crímenes contra la humanidad, matanzas en masa, y expulsión masiva de todo un pueblo simplemente por ser quiénes son. Resulta difícil ¾ en presencia de tales horrores¾ no perder por completo la fe en la humanidad.

Después de todo lo que ha soportado este siglo, si Europa puede ser aún testigo de los crímenes de Kosovo, ¿tiene alguna justificación hablar de progreso en la esfera de los derechos humanos? ¿Cómo decir que conferencias como las de La Haya nos han apartado del borde del desastre, cuando vemos el abismo ante nosotros en la pantalla del televisor a todas horas del día?.

Hoy quiero ofrecer una respuesta que podría traer cierta esperanza de futuro, pero que revela también cuán lejos nos encontramos de hacer realidad el sueño de las personas a las que hoy rendimos homenaje.

Cuando esas personas se reunieron en esta misma ciudad hace ya 100 años, su objetivo no era poner fin a una guerra, sino evitar que se produjera en el futuro. Fueron ellos los pioneros en la prevención de los conflictos. En la búsqueda de mecanismos para el arreglo pacífico de las controversias, prevención de las guerras y codificación de las normas de guerra, pretendían introducir principios básicos de humanidad dentro del aspecto más inhumano de la existencia.

Todos sus esfuerzos estuvieron inspirados, según palabras recogidas en el Preámbulo, por el "deseo de disminuir los males de la guerra, en la medida en que los requisitos militares lo permitieran". Estas palabras podrían captar a la perfección el éxito y las limitaciones de las Conferencias de La Haya.

A falta sobre todo de resultados en el área de la restricción de armamentos, realizaron una exitosa labor en el arreglo pacífico de controversias internacionales. Al definir la naturaleza del arbitraje y codificar las normas del procedimiento arbitral, lograron numerosos casos de arbitraje internacional con resultados satisfactorios. Fue suya la idea de crear un Tribunal Internacional Permanente que dio lugar al establecimiento del Tribunal de Justicia Internacional Permanente en 1922, predecesor del Tribunal Internacional de Justicia.

Pero si desde el final de la guerra fría se han producido profundos cambios en el mundo, creo que nuestros conceptos sobre el interés nacional han fracasado en seguir el ejemplo.

En un sentido amplio, el espíritu y las ideas que subyacen tras la Conferencia de La Haya prepararon el terreno para la creación de las Naciones Unidas propiamente dichas. La Carta de las Naciones Unidas institucionalizó un régimen jurídico de paz y seguridad internacionales, que obligaba a los Estados firmantes a acatar numerosas limitaciones en el uso de la fuerza.

Lo que está claro no solamente desde el estado de derecho internacional ¾ sino también desde la realidad de los conflictos de hoy en día¾ es que éste es un esfuerzo dinámico que requiere una continua determinación por parte de todos los que buscan una coexistencia pacífica entre las naciones.

Desde 1996, hemos sido testigos de la aprobación del Tratado de Prohibición completa de los Ensayos Nucleares, la entrada en vigor de la Convención sobre las Armas Químicas y la Convención sobre las Minas Terrestres, y, sobre todo, de la aprobación del Estatuto de Roma del Tribunal Penal Internacional.

El Tribunal Penal Internacional representa, en mi opinión, el mayor progreso individual reciente en materia de justicia, derechos humanos, y estado de derecho. La aprobación del Estatuto fue un paso gigantesco hacia la universalización de la lucha contra la impunidad incluyendo cada país, mandatario, y milicia culpable de crímenes contra la humanidad.

Sin embargo, el estado de derecho en las relaciones entre Estados no puede estar limitado únicamente a la elaboración de las leyes. El respeto a las obligaciones jurídicas internacionales es un aspecto indispensable del sistema que buscamos.

Es por ello que la renovación de la eficacia y relevancia del Consejo de Seguridad debe convertirse en la piedra angular de nuestros esfuerzos para promover la paz y la seguridad internacionales en el Siglo XXI.

Desde el final de la guerra fría, el mundo ha sido testigo de importantes ejemplos en los que el Consejo aceptó el reto y dio legitimidad tanto a las operaciones de mantenimiento de la paz como al uso de la fuerza cuando fuera justo y necesario. Centroamérica y el rechazo de la agresión Iraquí contra Kuwait son ejemplos clave del papel desempeñado por el Consejo de Seguridad pretendido por sus fundadores.

Más recientemente, sin embargo, ha existido una lamentable tendencia por parte del Consejo de Seguridad a no involucrarse en esfuerzos encaminados a mantener la paz y la seguridad internacionales.

El caso de Kosovo ha puesto de relieve el hecho de que los Estados Miembros y organizaciones regionales llevan a cabo a veces acciones coercitivas sin la autorización del Consejo de Seguridad.

Una tendencia paralela constituye el desacato a las sanciones internacionales impuestas por el Consejo de Seguridad, por los Estados Miembros individualmente, e incluso por organizaciones regionales.

Además, los Estados han dejado de cooperar con el Consejo de Seguridad en diversas áreas, desde el desarme y la no proliferación de armas a la cooperación con el Tribunal Internacional para la ex Yugoslavia y con las misiones de investigación de derechos humanos de las Naciones Unidas.

A menos que el Consejo de Seguridad se una en torno al objetivo de hacer frente a las violaciones masivas de los derechos humanos y crímenes contra la humanidad como los de Kosovo, traicionaremos esos mismos ideales que inspiraron la fundación de las Naciones Unidas.

Además, la proliferación de acuerdos regionales y subregionales, la preferencia de las llamadas "coalitions of the willing" coaliciones de aquellos que están dispuestos a participar, el aumento de opiniones divergentes en el seno del Consejo, y el surgimiento del super-Poder único y de nuevos Poderes regionales han contribuidos todos a la actual situación.

Lo más preocupante ha sido, desde mi punto de vista, la incapacidad de los Estados para reconciliar los intereses nacionales cuando hábiles y visionarias medidas diplomáticas hubieran hecho posible la unidad. El interés nacional es una característica permanente de las relaciones internacionales y de la vida y la labor del Consejo de Seguridad.

Pero si, desde el final de la guerra fría se han producido profundos cambios en el mundo, creo que nuestros conceptos sobre el interés nacional han fracasado en seguir el ejemplo.

Estoy convencido que una nueva definición del interés nacional para el nuevo siglo, más amplia y de mayor alcance, induciría a los Estados a buscar una unidad mucho mayor en la persecución de valores tan fundamentales de la Carta como la democracia, el pluralismo, los derechos humanos y el estado de derecho. Digo esto por no decir más, porque creo que nos encontramos ahora con este mismo caso en Kosovo.

Como recordarán, mi reacción ante la decisión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de emplear una acción coercitiva sin buscar explícitamente la autorización del Consejo de Seguridad fue doble: Identifiqué al Consejo de Seguridad como primer responsable del mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales. Y con el mismo énfasis, declaré también que era el rechazo por parte de las autoridades yugoslavas a alcanzar un arreglo político lo que hacía esta acción necesaria, y que, en efecto, existen "ocasiones en las que el uso de la fuerza puede ser legitimo para la búsqueda de la paz".

Mi pesar entonces ¾ y ahora¾ es que el Consejo fue incapaz de unificar estos dos intereses y prioridades, igualmente apremiantes de la comunidad internacional. Claramente, a menos que el Consejo de Seguridad vuelva a su posición destacada como única fuente de legitimidad sobre el uso de la fuerza, nos encontraremos en una peligrosa senda hacia la anarquía.

Y lo que es igualmente importante, a menos que el Consejo de Seguridad se una en torno al objetivo de hacer frente a las violaciones masivas de los derechos humanos y crímenes contra la humanidad como los de Kosovo, traicionaremos esos mismos ideales que inspiraron la fundación de las Naciones Unidas.

Este es el desafío central del Consejo de Seguridad y de las Naciones Unidas en su conjunto para el Siglo XXI: unirse tras el principio de que las violaciones masivas y sistemáticas de los derechos humanos contra todo un pueblo no pueden permitirse.

En un mundo en que la globalización ha limitado la capacidad de los Estados para controlar sus economías, regular sus políticas financieras, y aislarles del deterioro ambiental y la emigración humana, el último derecho de los Estados no puede y no debe ser el derecho a esclavizar, perseguir o torturar a sus propios ciudadanos.

La elección, en otras palabras, no debe estar entre la unidad del Consejo y la inacción ante el genocidio ¾ como en el caso de Ruanda, por un lado; o la división del Consejo, y la acción regional, como en el caso de Kosovo, por el otro. En ambos casos, los Estados Miembros de las Naciones Unidas deberán encontrar un terreno común en el mantenimiento de los principios de la Carta, y encontrar la unidad en la defensa de nuestra común humanidad.

En los albores de un nuevo milenio, son estas las Naciones Unidas que buscamos ¾ que sepan dar respuesta a un mundo dinámico y en constante evolución, respetuosas de la soberanía de los Estados, y fuertes en su determinación por hacer progresar los derechos y libertades de los pueblos del mundo.


* * *

Portada