El Secretario General
Discurso en la Conferencia Internacional de las Democracias Nuevas o Restauradas
Cotonú (Benin), 4 de diciembre de 2000
Señor Presidente,
Excelencias,
Señoras y señores:Es este un momento de gran orgullo para todos nosotros y para mí en particular.
Estoy orgulloso de que las Naciones Unidas hayan promovido y respaldado esta serie de conferencias. Estoy orgulloso de pertenecer a una generación que ha visto como la democracia se expandía por todo el mundo. Conforta pensar que, a lo largo de la historia, nunca ha habido tantas personas que, como ahora, disfrutasen de los derechos que se les prometían en el artículo 21 de la Declaración Universal de Derechos Humanos: el derecho a participar en el gobierno de su país, directamente o por medio de representantes libremente escogidos. Estoy orgulloso, como africano, del papel que este continente desempeña en ese movimiento mundial. Pertenezco a la generación de africanos que vio hacerse realidad su sueño de independencia, aunque se hizo añicos su sueño de dotarse de un gobierno democrático. Resulta especialmente alentador ver cómo la democracia se expande ahora por África y hecha raíces. En los últimos siglos, ningún continente ha tenido que sobrevivir a tan terribles experiencias ni superar tantas dificultades: desde el comercio de esclavos, pasando por los asentamientos y la explotación coloniales y la destrucción de numerosas instituciones indígenas a la degradación del apartheid, la imposición de fronteras que separan a hermanos y la creación de Estados en que los africanos de muy diferentes tradiciones culturales y religiosas tuvieron que unirse y construir nuevas naciones. La construcción de esas naciones africanas ha entrañado una larga lucha contra la pobreza, la ignorancia, las enfermedades y los conflictos. Apenas cabe sorprenderse de que la democracia africana haya sufrido tantos retrocesos. Lo que sorprende más bien es la sed implacable y cada vez mayor de democracia de la que dan muestra los africanos; su indomable valor desafiando a regímenes opresores; y los frutos que en muchos países ha dado su insistencia en contar con un gobierno responsable. Llegado a este punto, he de rendir homenaje a nuestro país anfitrión, Benin, por haber logrado a través de las urnas una transición sin problemas del anterior gobierno al actual. Es ese un brillante ejemplo para todos los habitantes de África y de otros continentes. Estas conferencias sirven para reunir a las democracias "nuevas o restauradas". Afortunadamente no tenemos que determinar cuáles son nuevas y cuáles son restauradas. De hecho, considero que incluso las democracias más recientes son realmente "restauradas", dado que el instinto democrático está profundamente enraizado en la naturaleza humana, razón por la que quienes aspiran a la libertad siempre tienen el convencimiento de que están luchando para restaurar el orden natural de las cosas. Ello resulta especialmente evidente en África, donde, empezando por las aldeas, los núcleos de población deciden tradicionalmente cómo actuar tras celebrar debates libres en los que se sopesan detenidamente los diferentes puntos de vista hasta que se logra un consenso. Ciertamente considero que los africanos tienen mucho que aprender de sus tradiciones y algo que enseñar a los demás acerca del verdadero significado y del espíritu de la democracia. Hay que tener en cuenta que la democracia es mucho más que limitarse a celebrar elecciones y decidir imparcialmente qué candidato o partido cuenta con un apoyo mayoritario. No cabe duda de que incluso esto no resulta siempre fácil, como se ha puesto de manifiesto recientemente en una de las democracias más avanzadas del mundo. Sin embargo, no creo que nadie tenga la insensatez de pensar que las dificultades con que han tropezado [con que están tropezando] los Estados Unidos ponen en tela de juicio el valor de la democracia. Por el contrario, esas dificultades muestran cuán importante es que las elecciones se celebren dentro de un marco más amplio de instituciones y cultura democráticas. La democracia y el estado de derecho están intrínsecamente unidos. La democracia refuerza el respeto del estado de derecho, dado que, merced a ella, el poder dimana en definitiva del pueblo. No obstante, la democracia también está supeditada al estado de derecho, ya que si no se respeta la ley es imposible que se celebren elecciones libres e imparciales o que se soluciones las controversias que suscite el proceso electoral. Por ello, es fundamental contar con un poder judicial independiente. La democracia entraña el gobierno de la mayoría, pero eso no significa que las minorías puedan o deban ser privadas de participar en el poder y en la adopción de decisiones. Hay ocasiones en que, después de celebrarse debidamente un debate, la opinión de la minoría ha de descartarse, ya que, una vez que está todo dicho, han de adoptarse decisiones. La democracia no entraña ni debe entrañar una parálisis. Sin embargo, las opiniones de la minoría nunca deben silenciarse. La minoría siempre ha de tener derecho a exponer sus argumentos, con objeto de que, después de haber oído a ambas partes, la población pueda decidir por sí misma cuál de ellas tiene la razón. Es frecuente que ambas partes tengan ideas acertadas, que pueden conjugarse de manera creativa. ¿Cómo conocerá la población esas ideas para poder así optar con conocimiento de causa entre partidos o programas rivales? En las aldeas, la población las conoce de manera directa mediante los contactos personales. Sin embargo, las sociedades de masas actuales dependen principalmente de los medios de comunicación. Así pues, nada hay más importante para la democracia que los medios de comunicaciones libres y dinámicos. Para que unas elecciones sean verdaderamente imparciales, los diferentes partidos y candidatos deben tener acceso a los medios de comunicación en igualdad de condiciones. El poder del Estado y el poder del dinero no deben influir en que se permita hacer oír su voz a un partido y se le deniegue a otro. De todos modos, es asimismo importante que el gobierno y la oposición se sometan al escrutinio de periodistas verdaderamente independientes. En una democracia, los medios de comunicaciones no pueden ser pasivos, sino que han de desempeñar un papel activo de búsqueda de la verdad en nombre de la opinión pública y tener libertad para exponerla tal como la perciben. Con frecuencia, y particularmente en las épocas de conflictos, ello exige correr riesgos reales a los periodistas. Muchos de ellos han perdido la vida en la búsqueda de la verdad. Otros han sido heridos, encarcelados, torturados o privados de medios para subvenir a las necesidades de sus familias. Todos tenemos una enorme deuda con ellos. Incluso tenemos la obligación de brindarles una protección más adecuada, ya que velan por nuestros intereses y nuestra libertad. En las democracias asentadas, los partidos ejercen en ocasiones el poder y en otras se encuentran en la oposición a medida que cambia la opinión pública y los partidos que se encontraban en minoría pasan a estar en mayoría. Quienes pierden las elecciones tal vez se sientan frustrados, pero tienen la esperanza de ganar en la próxima ocasión y saben que no les ocurrirá nada demasiado terrible mientras tanto. Después de todo, los ganadores son compatriotas suyos, es decir, hermanos y hermanas suyos, quienes pueden tener opiniones diferentes, pero forman parte de la misma comunidad. Sin embargo, no todas las sociedades son así. No todas las minorías están integradas simplemente por personas cuyas opiniones no prevalecen. Muchas de ellas son minorías estructurales, esto es, personas quienes, en algún sentido, constituyen un grupo separado, definido por la raza, el color, la cultura o las convicciones o por varias de esas características. Cuando los integrantes de ese grupo se ven superados en número por otros grupos dentro de su sociedad, pueden llegar a creer que sus opiniones e intereses nunca serán tenidos en cuenta porque, por muchas elecciones que se celebren, siempre se encontrarán en una situación desventajosa. Las investigaciones realizadas por la Universidad de las Naciones Unidas han puesto de manifiesto que las desigualdades entre grupos de ese tipo —que los investigadores denominan desigualdades "horizontales"— tienen muchas más posibilidades de generar conflictos que las meras desigualdades entre ricos y pobres. Cuando se reflexiona, ello no resulta sorprendente. Cuando los ricos y pobres tienen la misma religión, el mismo idioma y el mismo color de piel, los pobres siempre tienen la esperanza de que algún día serán ricos o de que, por lo menos, lo serán sus hijos. No obstante, quienes se consideran excluidos permanentemente de la riqueza y del poder a causa de su identidad como grupo pronto comenzarán a pensar que no pertenecen realmente a la misma sociedad que los demás grupos y que las elecciones no tendrán ninguna utilidad. Por ello, optarán por otros medios para promover cambios políticos y sociales. En otros casos, tal vez haya una minoría que sea renuente a ceder el poder porque teme que, una vez que lo haga, se verá arrollada por la mayoría o incluso perseguida por genocidio. Así pues, la democracia sólo funciona cuando todos los grupos de una sociedad consideran que forman parte de ella y que se respetarán sus derechos. Frecuentemente eso entraña el rechazo de los sistemas políticos en que el ganador acapara el poder. Ello entraña asegurarse, por algún medio u otro, de que las minorías participarán permanentemente en el ejercicio del poder. En algunos lugares eso puede lograrse mediante una descentralización geográfica, lo que permite que las minorías nacionales tengan acceso al poder a nivel local en las regiones en que constituyen una mayoría. En otros lugares puede lograrse adoptando medidas que garanticen a las minorías una representación a nivel nacional en el parlamento o en el gobierno o en ambas instituciones Lo importante es no el medio que se utilice, sino el resultado. Todos los grupos de una sociedad han de sentir que pertenecen a ella y, que, a su vez ella les pertenece. Esa es la esencia de la democracia, sin la cual, la democracia está condenada al fracaso. No cabe duda de que es mucho más fácil enunciar esos principios desde un podio, como hago yo ahora, que ponerlos en la práctica en la vida política real. Es especialmente difícil ponerlos en práctica en los países que acaban de salir de un conflicto, ya que casi todo el mundo ha perdido a un pariente próximo o a un amigo en los sangrientos enfrentamientos y tiene una idea muy clara de quiénes son los responsables. También resulta muy difícil cuando la población se encuentra en una situación desesperada de pobreza y hambre, que tal vez le impida ser menos paciente con los prolongados debates o trámites parlamentarios. Esa población resulta fácilmente manipulable por quienes recurren al uso de la fuerza para hacerse con el poder, so pretexto de que los derechos constitucionales constituyen un lujo que no se pueden permitir los países pobres. ¡Cuántas veces hemos oído esos argumentos! "No hay democracia sin el estómago lleno" o "los estómagos hambrientos no tienen oídos". De hecho, no cabe duda de que el derecho a "participar en el gobierno de su país" pueden sonar hueco para la población hambrienta. Sin embargo, hemos oído sin cesar que, sobre todo en África, el hambre de los pobres no se ve saciada por gobernantes que se imponen por la fuerza, que no se someten al veredicto del pueblo y que no permiten que éste tenga acceso a la opinión de la oposición. Permítame encomiar de nuevo a la Organización de la Unidad Africana por su valerosa decisión de prohibir que esos gobernantes asistan a sus reuniones en la cumbre. Sabemos que las personas con el estómago vacío necesitan tener no sólo oídos, sino, sobre todo, bocas para hacerse oír por sus gobernantes. De lo contrario, se seguirá haciendo caso omiso de sus necesidades. Sabemos que no hay democracia sin el estómago lleno, que el poder ha de compartirse desde el hogar, entre mujeres y hombres, hasta los más altos niveles del Estado. Los problemas sociales únicamente se resuelven cuando la población tiene libertad: libertad para hacer uso de sus aptitudes y energías individuales y libertad para tomar parte en la adopción de decisiones colectivas. La opresión no es una alternativa a la pobreza ni el desarrollo es una alternativa a la libertad. De hecho, la pobreza y la opresión están vinculadas entre sí, en tanto que el verdadero desarrollo significa liberarse de ambas. No puede considerarse realmente democrático a un Estado que no brinda a su pueblo la oportunidad de liberarse de la pobreza. Y ningún país puede desarrollarse realmente cuando su pueblo está excluido del acceso al poder. He dicho en numerosas ocasiones que la guerra es el peor enemigo del desarrollo y que el desarrollo de base amplia es la forma más idónea de evitar los conflictos a largo plazo. Casi toda la labor que realizan las Naciones Unidas está encaminada, de alguna manera u otra, a romper el círculo vicioso de las privaciones y los conflictos y a sustituirlo por el círculo virtuoso del desarrollo y la paz. La democratización es un factor esencial de ese proceso. Por ello, tenemos el convencimiento de que nuestra labor en pro del desarrollo ha de concentrarse en cuestiones relacionadas con el buen gobierno, al tiempo que nuestra labor en pro de la paz no puede hacer caso omiso de la economía. Esa es la razón de que cada vez nos concentremos más no simplemente en el establecimiento de la paz, sino también en la consolidación de la paz. Observamos que en muchos países de África la paz tan arduamente lograda se encuentra en peligro porque no se ha procedido a desmovilizar, desarmar o reintegrar plenamente en la economía de paz a las facciones beligerantes, lo que obedece, por decirlo sin rodeos, a que prácticamente no existe ninguna economía de paz en la que puedan participar. Además, observamos que hay muchos países —tanto en África como en otras partes del mundo— en que el gobierno surgido de elecciones corre peligro porque no ha propiciado la mejora tangible de la vida de la población que ésta tanto anhelaba. El anhelo de democracia es ferviente, pero los medios institucionales para hacerla realidad suelen ser deficientes, al tiempo que con demasiada frecuencia suscita recelos el compromiso de la elite dirigente de impulsar la democracia. Es necesario realizar una labor constante y sistemática para establecer instituciones adecuadas en ámbitos claves de la vida nacional, como la judicatura, el parlamento y la contabilidad y la administración públicas. Sin ese apoyo institucional, pocas posibilidades tiene de prosperar una democracia frágil. Gran parte de la labor que realizamos en los países en desarrollo y en transición, que abarca desde la asistencia electoral al desarrollo económico, pasando por los derechos humanos, está destinada a establecer esas instituciones y medios. No obstante, la triste realidad es que resulta incluso más difícil movilizar recursos para la consolidación de la paz y la democratización que para el mantenimiento de la paz y el socorro humanitario. En cualquier caso, en las Naciones Unidas seguimos intentando mejorar la orientación y la coherencia de nuestras actividades con objeto de que la consolidación de la paz y el desarrollo se consideren partes del mismo proceso, cuyo núcleo es la democracia. Además, debemos de tener presente el dicho akan que aprendí en mi juventud y que resume tan bien el espíritu de la democracia, tal como lo entienden los africanos: Etii baaku enko edjina! ("¡No basta con una sola cabeza para decidir!"). Muchas gracias.