En Defensa de los Derechos Humanos


Ginebra, 7 de abril 1999

Discurso pronunciado ante la Comisión para los Derechos Humanos
de las Naciones Unidas



Es para mí un placer especial compartir con ustedes la última sesión del Siglo XX de la Comisión para los Derechos Humanos. Sea cual fuere el año, la labor de la Comisión en su lucha contra las violaciones de los derechos humanos y el establecimiento de las normas para protegerlos conforman la historia y contribuyen a salvar vidas.

Este año, sin embargo, ante la perspectiva de un nuevo siglo de derechos humanos ¾ y, lamentablemente, de nuevas amenazas a esos derechos¾ aplaudo su determinación por sentar una base sólida para garantizar los derechos de las generaciones futuras.

Como Secretario General de las Naciones Unidas, he hecho que los derechos humanos sean el tema de prioridad de todos los programas de las Naciones Unidas y en todas las misiones que llevamos a cabo. Y ello se debe a que la promoción y la defensa de los derechos humanos está en lo más hondo de todos los aspectos de nuestro trabajo y de cada uno de los artículos de nuestra Carta.

Creo, sobre todo, que los derechos humanos son el núcleo de nuestro sagrado vínculo con los pueblos de las Naciones Unidas.

Cuando la población civil es atacada y masacrada por motivos étnicos, como en Kosovo, el mundo dirige su mirada a las Naciones Unidas para que hable por ellos. Cuando los hombres, mujeres y niños son agredidos y sus miembros hechos pedazos, como en Sierra Leona, el mundo mira de nuevo a las Naciones Unidas. Cuando mujeres y niñas se ven privadas de su derecho de igualdad, como en Afganistán, el mundo mira a las Naciones Unidas pidiendo que adopte una posición.

La lucha por los derechos humanos resuena quizás con más fuerza que cualquier otro aspecto de nuestro trabajo en el ámbito de nuestra circunscripción global, y tiene una profunda relevancia en la vida de los más necesitados ¾ los torturados, oprimidos, los acallados, las víctimas de la "limpieza étnica" y de la injusticia.

Si ante tales abusos, no alzamos la voz y no hablamos con claridad, si no actuamos en defensa, y abogamos por la universalidad de los derechos humanos, ¿cómo podemos responder ante esa circunscripción global?.

¿Acaso diremos que los derechos son relativos, o que ocurra lo que ocurra dentro de las fronteras no es asunto de una organización de Estados soberanos?. Nadie que yo conozca defiende hoy esta posición. A nivel colectivo, deberíamos decir no. No aceptaremos, ni podemos aceptar, una situación en la que las personas sean brutalmente tratadas al otro lado de las fronteras nacionales. Al final del siglo XX, algo está claro: unas Naciones Unidas que no salgan en defensa de los derechos humanos no pueden defenderse a sí mismas.

A las puertas de un nuevo milenio, sabemos donde comienza y termina nuestra misión sobre los derechos humanos: con el individuo y sus derechos universales e inalienables ¾ para manifestarse, actuar, crecer, aprender y vivir de acuerdo con su propia conciencia.

Por cada derecho proclamado, cientos de abusos se comenten a diario. Por cada voz cuya libertad aseguramos, son muchas más las que continúan amenazadas. Por cada mujer o niña cuyo derecho de igualdad defendemos, millares más sufren a causa de la discriminación o la violencia. Por cada niño cuyo derecho a la educación y a vivir una infancia en paz tratamos de conseguir, son muchos más a los que no llegamos. En realidad, nuestra tarea nunca termina.

No aceptaremos, ni podemos aceptar, una situación en la que las personas sean brutalmente tratadas al otro lado de las fronteras nacionales. Al final del siglo XX, algo está claro: unas Naciones Unidas que no salgan en defensa de los derechos humanos no pueden defenderse a sí mismas.

La Comisión de Derechos Humanos puede afirmar con orgullo que ha sido el arquitecto de la estructura internacional de los derechos que tenemos hoy en día. A esta Comisión le debemos la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los tratados vinculantes que, conjuntamente, han creado un código internacional de derechos humanos.

Se trate de luchar por la igualdad de géneros y los derechos de la mujer, de eliminar la discriminación racial, o de proteger los derechos de las minorías y de los pueblos indígenas, la Comisión ha desempeñado una labor pionera en el establecimiento de normas y avances relacionados con la justicia.

En la tarea vital de la puesta en práctica, ustedes han contribuido enormemente en la promoción de los derechos económicos y socioculturales, y su labor sobre el derecho al desarrollo ha abierto nuevos horizontes en el campo de los derechos humanos.

Reconociendo la interrelación existente entre los derechos humanos, que son indivisibles e interdependientes, ustedes han contribuido a garantizar que la aplicación de los derechos sociales y culturales vayan de la mano con los derechos políticos y civiles.

A través de la cooperación técnica en el área de derechos humanos a nivel local, nacional y regional, ustedes han contribuido a devolver los derechos humanos al lugar al que pertenecen: la vida de los más débiles y vulnerables de nuestro mundo.

Y en la importante labor de poner en práctica la Convención sobre los Derechos del Niño, cuyo décimo aniversario conmemoraremos este año, ustedes han reafirmado el principio de que los derechos humanos comienzan cuando se nace.

Logros todos ellos de los que pueden sentirse orgullosos. Si, como dijo Eleanor Roosevelt, los derechos humanos empiezan en lugares pequeños, es igualmente cierto que deben ser apoyados, consolidados, renovados y aplicados por grandes instituciones como las Naciones Unidas.

Sólo de este modo podemos estar seguros de que la red de los derechos humanos que hemos creado garantizarán la dignidad y humanidad de todos y cada uno de los hombres, mujeres y niños.

Y sin embargo, como saben muy bien todos ustedes, en el mundo se cometen diariamente brutales y espantosas violaciones de los derechos humanos ¾ atentando contra la conciencia global, ultrajando a todas las personas de buena voluntad y socavando en lo más hondo nuestros sentimientos de una humanidad compartida. Si no podemos responder ante estas acciones, si no podemos intervenir allí donde el sufrimiento es mayor, los cimientos que hemos colocado se desmoronarán bajo el peso de estas violaciones.

La Comisión para los Derechos Humanos ha reconocido desde hace tiempo esta realidad. Con su entrada en las Naciones Unidas, los países en vías de desarrollo en particular buscaban incrementar la capacidad de la Organización para dar respuesta a las brutales violaciones de derechos humanos. Desde entonces, un gran número de grupos de trabajo, Relatores Especiales, representantes, enviados y expertos en derechos humanos han viajado a todos los lugares del mundo ¾ enarbolando la bandera de los derechos humanos, extendiendo el alcance de la Comisión y transmitiendo a las víctimas la esperanza de un futuro mejor, más libre y menos represivo.

Los logros conseguidos en los últimos 50 años están enraizados en la aceptación universal de los derechos enunciados en la Declaración Universal, y en el aborrecimiento igualmente universal de prácticas inexcusables, en cualquier cultura, y bajo cualquier circunstancia. ¿Quién en esta sala ¾ o en cualquier otra parte del mundo¾ negaría la maldad de la tortura? ¿Quién justificaría la práctica incalificable de la "limpieza étnica? ¿Quién defendería la esclavitud o la defensa de la discriminación racial, sexual o religiosa? ¿Quién abogaría por una justicia arbitraria o extrajudicial?.

Deberíamos conseguir que nadie dude de que para los asesinos de masas, los "autores de la limpieza étnica", los culpables de las brutales y espantosas violaciones de los derechos humanos, la impunidad es inaceptable.

Quizás estén pensando ¾ "bien es verdad que existe este tipo de personas"¾ pero digamos todos unánimemente: no prevalecerán.

Aún así, creo que no es suficiente que se nos conozca por lo que estamos en contra. El mundo necesita saber contra quién estamos en contra, no menos de eso. En la era de los derechos humanos, las Naciones Unidas deben tener el coraje de reconocer que igual que existen objetivos comunes, hay también enemigos comunes. Deberíamos conseguir que nadie dude de que para los asesinos de masas, los "autores de la limpieza étnica", los culpables de las brutales y espantosas violaciones de los derechos humanos, la impunidad es inaceptable.

Las Naciones Unidas no serán nunca su refugio, ni su Carta fuente de consuelo o justificación alguna.

Ellos son nuestros enemigos, sea cual sea su raza, religión o país, y únicamente derrotándolos podemos cumplir la promesa de esta gran Organización.

Este año he querido hacer hincapié no solamente en nuestros objetivos comunes, sino también en la magnitud de los abusos de los derechos humanos que estamos comprometidos a erradicar.

He tratado, en particular, de llamar su atención sobre la importancia de luchar contra las violaciones más flagrantes cometidas en el campo de los derechos humanos ¾ violaciones brutales que en demasiadas ocasiones incluyen ejecuciones sumariales, desplazamientos generales forzados, matanzas y ataques indiscriminados contra la población civil.

Y todo ello porque esta última Comisión para los Derechos Humanos del siglo XX tiene ante sí el desafío de hacer frente al sombrío panorama del crimen de genocidio.

De todas las violaciones, el genocidio no tiene parangón en la historia de la humanidad. La trágica ironía de esta era de derechos humanos ¾ en la que los que disfrutan de los derechos humanos son quizás más numerosos que nunca en la historia de la humanidad¾ es que se ha visto repetidamente ensombrecida por los brotes de violencia indiscriminados y las matanzas masivas organizadas. En Camboya, en el decenio de 1970, el régimen de Pol Pot mató unos 2 millones de personas. Y en la presente década, desde Bosnia a Ruanda, millares y millares de seres humanos fueron masacrados a causa de su origen étnico.

Aunque no tenemos observadores independientes sobre el terreno, todos los indicios hacen pensar que esto podría volver a ocurrir, una vez más, en Kosovo.

Cada vez, sin embargo, el mundo dice "nunca jamás". Y no obstante vuelve a ocurrir. La atroz y sistemática campaña de "limpieza étnica" dirigida por las autoridades serbias en Kosovo parece tener un objetivo: expulsar o matar al mayor número posible de la población de origen albanés que habita en Kosovo, negando a este pueblo con ello sus derechos más básicos a la vida, la libertad y la seguridad. El resultado es una catástrofe humanitaria en toda la región.

Todos lamentamos profundamente que la comunidad internacional, pese a los esfuerzos diplomáticos realizados durante meses, no haya logrado evitar este desastre. Lo que me alienta ¾ y debería hacer vacilar a todos los futuros "autores de la limpieza étnica" y a todo artífice de asesinatos en masa respaldados por el Estado¾ es que se ha provocado un sentimiento universal de ultraje.

Lentamente, lentamente pero de forma segura, está emergiendo una norma internacional contra la represión violenta de las minorías que tendrá y deberá tener prioridad sobre los asuntos de la soberanía del Estado.

Este es el principio que protege a las minorías ¾ y mayorías¾ frente a las violaciones brutales. Permítanme, por tanto, expresarme con toda claridad: aún siendo una organización de Estados Miembros, las Naciones Unidas existen para proteger los derechos e ideales de los pueblos. Mientras yo sea Secretario General, las Naciones Unidas como institución siempre tendrá a los seres humanos en el centro de todo lo que hagamos. Ningún gobierno tiene derecho a escudarse en la soberanía nacional para violar los derechos humanos y las libertades fundamentales de sus gentes. Se pertenezca a una minoría o a un grupo mayoritario, los derechos humanos y libertades fundamentales de la persona son sagrados.

Lentamente, pero de forma segura, está emergiendo una norma internacional contra la represión violenta de las minorías que tendrá y deberá tener prioridad sobre los asuntos de la soberanía del Estado.

Esta norma internacional en desarrollo planteará desafíos importantes a las Naciones Unidas. De esto no puede haber duda. Pero tampoco puede haber ninguna duda de que si fallamos esta prueba, si permitimos que las Naciones Unidas se conviertan en el refugio de los "autores de la limpieza étnica" o de los asesinos de masas, traicionaremos esos mismos ideales que inspiraron la fundación de las Naciones Unidas.

Esta esperanza para la humanidad puede que haya llegado demasiado tarde para millares de personas desesperadas que han sido expulsados por la fuerza de sus hogares en Kosovo, y para los cientos, sino miles, de personas que han sido asesinadas simplemente por ser quienes eran.

Pero no llegará demasiado tarde para las Naciones Unidas, si nos atrevemos a entrar en un nuevo siglo con un compromiso renovado para proteger los derechos de todos y cada uno de los hombres, mujeres, y niños ¾ independientemente de su origen étnico, nacional, o religioso.


* * *

Portada