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La idea del "diálogo entre civilizaciones" se funda en los valores básicos de las Naciones Unidas
Mensaje del Sr. Kofi Annan, Secretario General de las Naciones Unidas
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as Naciones Unidas se fundaron en la creencia de que el diálogo podía triunfar sobre la historia, de que la diversidad era una virtud universal y de que los pueblos del mundo estaban mucho más unidos por su destino común que separados por sus distintas identidades.Las Naciones Unidas -en su más alta manifestación- pueden ser el más auténtico hogar del diálogo entre civilizaciones, un foro en que el diálogo florezca y dé fruto en todos los ámbitos del quehacer humano. Si este diálogo no se lleva adelante día a día, con la participación de todas las naciones -dentro de las civilizaciones, las culturas y los grupos, y entre ellos- no habrá paz que dure ni prosperidad que sea segura. Es esa la lección del primer medio siglo de vida de las Naciones Unidas, lección que no se puede desoír sin que ello entrañe graves peligros.
Lo que debe enseñarnos esa misma historia es que, paralelamente a una infinita diversidad de culturas, existe una civilización mundial basada en valores comunes de tolerancia y libertad. La definen su tolerancia de las opiniones opuestas, su celebración de la diversidad de las culturas, su insistencia en unos derechos humanos universales y fundamentales y su fe en el derecho de todos los pueblos de expresar su opinión sobre cómo deben ser gobernados. Es una civilización basada en la creencia de que la diversidad de las culturas humanas, lejos de ser motivo de temor, debe ser celebrada. De hecho, muchas guerras se deben al temor que nos causan los que difieren de nosotros. Ese temor sólo puede disiparse por conducto del diálogo.
Es así que la diversidad es, por una parte, la base del diálogo entre civilizaciones y, por la otra, la realidad que hace necesario sostenerlo. Es esta civilización mundial lo que debemos defender y promover al trasponer los umbrales de un nuevo siglo.
Para cumplir debidamente este objetivo, debemos velar por promover el diálogo sin crear nuevas barreras y propugnar la cooperación sin por ello coartar la integración. Digo esto porque existe el peligro de que incluso la consideración del diálogo entre civilizaciones se lleve adelante de tal forma que en la práctica, en lugar de eliminar las barreras al diálogo, las refuerce.
En particular, no debemos olvidar que conceptos tales como los de civilizaciones y cultura no son hechos históricos constantes ni inmutables sino más bien organismos en constante evolución, siempre cambiando, creciendo, desarrollándose, y adaptándose a las nuevas épocas y las nuevas realidades por conducto de interacciones recíprocas. Tampoco coinciden forzosamente con una fe religiosa en especial. Es una simplificación burda y exagerada hablar de civilizaciones cristianas, musulmanas o budistas, fuera de que además ello sólo crea fronteras donde no hace falta que las haya.
Es indudable que estas generalizaciones exageradas, si es que alguna vez fueron válidas, no pueden resistir los embates de la era moderna, en que la integración, la migración y la mundialización ponen en un contacto más estrecho que nunca a diferentes razas, culturas y etnias, como se puede apreciar en muchas partes del mundo. De hecho, son hoy muy pocos los que pueden afirmar que pertenecen exclusivamente a una sola civilización. Lo cierto es que entendemos mejor que nunca que somos producto de muchas culturas e impulsos, que nuestra fuerza reside en combinar lo conocido con lo que nos es ajeno y que toda búsqueda de una civilización exclusiva, cerrada al mundo exterior, está condenada al fracaso.
Esto no significa que no tengamos perfecto derecho a enorgullecernos de nuestra fe o herencia cultural. Podemos y debemos hacerlo. Pero la idea de que lo nuestro por fuerza debe estar en conflicto con lo que es de otros es a la vez falsa y peligrosa. A diferencia de lo que sostienen algunos, podemos amar lo que somos sin odiar lo que no somos.
¿De qué forma, entonces, es el diálogo entre civilizaciones un concepto útil? En primer lugar, constituye una respuesta apropiada y necesaria a la idea de que es inevitable que se produzca un conflicto de civilizaciones. En ese contexto, nos brinda un entorno útil para propugnar la cooperación y rechazar el conflicto.
En segundo lugar, nos ayuda a buscar en las raíces más profundas y antiguas de las culturas y las civilizaciones aquello que nos une, cualesquiera sean las barreras existentes, y nos demuestra que el pasado puede aportar elementos de unidad con la misma facilidad que elementos de enemistad.
En tercer lugar, y tal vez esto sea lo más importante, el diálogo puede ayudarnos a discernir el papel de la cultura y la civilización en los conflictos contemporáneos y a diferenciar la propaganda y la historia falseada, por una parte, de las verdaderas causas de las guerras, por la otra. Ello, a su vez, no puede menos de allanar el camino hacia la paz.
En los últimos tiempos, con demasiada frecuencia los caudillos y líderes obcecados por un afán de agresión y violencia han alentado a sus seguidores a que se identifiquen con las víctimas de atrocidades del pasado y que traten de vengarse, o de protegerse, de otros grupos a los que se identifica con los supuestos agresores en conflictos de otras épocas. En muchos casos aducen para ello que los grupos de que se trata pertenecen a civilizaciones diferentes e irreconciliables.
Ello ha hecho no sólo que se distorsione la historia y se la explote con los fines más ruines, sino también que se dejen de lado las verdaderas causas subyacentes de los conflictos, a las que debe hacerse frente para poder resolverlos.
En el último decenio los Balcanes nos han dado tristes y trágicos ejemplos de los usos y abusos de la historia para ahondar aún más las divisiones y los conflictos. En esa región, se destruyó violentamente un diálogo entre civilizaciones que se había venido desarrollando durante siglos. De un momento a otro, se motejó de "turcos" a los musulmanes de Bosnia y se justificó su persecución aduciendo lo que supuestamente habían hecho sus supuestos antepasados 500 años antes. En este caso, si se hubieran entendido mejor la historia, la cultura y la religión se habría facilitado la transición del comunismo a la democracia, y podrían haberse abordado cuestiones válidas de derechos y responsabilidades en un entorno pluralista basado en el respeto mutuo.
En el Oriente Medio, el conflicto, existente y diversas cuestiones complicadas de por sí, de territorio, nación y propiedad, se han hecho aún más complejas y espinosas debido a diferencias religiosas, centradas en una tierra considerada sagrada por tres credos. Lo que fundamentalmente había sido un conflicto entre naciones corre el peligro de transformarse, además, en un conflicto religioso. En este caso, con un diálogo honesto y constructivo podrían desvincularse las llamadas cuestiones de civilización y religión de las cuestiones políticas y territoriales y encontrar un camino para resolverlas que a la larga honrase a todas las creencias haciendo prevalecer la opción de una paz justa sobre la de una guerra interminable.
En ambos casos -en los Balcanes y en el Oriente Medio- la celebración de un diálogo genuino entre culturas y religiones, entre distintas apreciaciones del bien y del mal, y de la justicia y la necesidad, podría aún estar a tiempo de ayudar a los protagonistas a encontrar el camino de la paz. No quiero decir con esto que no estén en juego cuestiones profundas y muy reales de libre determinación, seguridad y dignidad.
Las palabras, por sí solas, no podrán resolver esas cuestiones. No obstante, un diálogo de palabras y de hechos -es decir, de actos recíprocos basados en el respeto y en una apreciación genuina de los agravios de la otra parte- puede ser decisivo, y de ello estoy totalmente seguro. No podemos esperar a que el conflicto haya llegado a un punto álgido para iniciar un diálogo de esta naturaleza. Es preciso que lo iniciemos dondequiera y cuando quiera podamos hacerlo; en la mayoría de los casos será más fácil entablar el diálogo antes de llegar al campo de batalla.
Adaptado de un discurso pronunciado por el Secretario General Kofi Annan en la Escuela de Diplomacia y Relaciones Internacionales de la Universidad Seton Hall, de South Orange, Nueva Jersey, el 5 de febrero de 2001.