- Las desigualdades
en función del sexo constituyen un factor importante que impulsa
la epidemia de SIDA. Los diferentes atributos y papeles que las sociedades
asignan a los varones y mujeres influyen profundamente en su capacidad
para protegerse contra el VIH/SIDA y afrontar sus consecuencias. Para
contener la propagación del VIH es necesario, pues, que se
comprendan los derechos de las mujeres y que éstas pasen a
ocupar un lugar más preeminente en todas las esferas de la
vida.
- Las desigualdades
basadas en el sexo se solapan con otras desigualdades sociales, culturales,
económicas y políticas, y afectan a las mujeres y varones
de todas las edades.
- Diversos factores
incrementan la vulnerabilidad al VIH de las mujeres y muchachas jóvenes.
Entre ellos cabe citar las normas sociales que niegan a las mujeres
los conocimientos sobre salud sexual, así como las prácticas
que les impiden controlar su cuerpo o decidir los términos
en los que llevan a cabo sus relaciones sexuales. Otro elemento que
agrava la vulnerabilidad de las mujeres es su acceso limitado a oportunidades
e independencia económicas, junto con las múltiples
tareas con las que se las carga tanto en el hogar como en la comunidad.
- Los varones,
y especialmente los muchachos jóvenes, también son vulnerables.
Las normas sociales refuerzan su desconocimiento sobre cuestiones
de salud sexual y, al mismo tiempo, ensalzan la promiscuidad. Esta
vulnerabilidad aumenta todavía más a causa de la posibilidad
de que empiecen a abusar de sustancias (como alcohol y otras drogas)
u opten por tipos de trabajo que acarreen desplazamientos o ruptura
familiar (por ej., mano de obra migratoria o reclutas del ejército).
El impacto en
las mujeres
- En la mayoría
de las sociedades, las muchachas y mujeres, en comparación
con los varones, se enfrentan a riesgos más graves de infección
por el VIH, ya que su menor nivel económico y social compromete
su capacidad para elegir estrategias de vida más seguras y
saludables.
- La proporción
de mujeres que viven con el VIH/SIDA ha aumentado progresivamente
en los últimos años. En 1997, el 41% de los adultos
VIH-positivos eran mujeres. Tres años más tarde, esta
cifra se había elevado al 47%. Sólo en África
subsahariana, se estima que 12,2 millones de mujeres son portadoras
del virus, en comparación con 10,1 millones de varones.
- Las mujeres se
infectan a menudo a una edad más temprana que los varones.
Por ejemplo, en 1998 la mayoría de las mujeres VIH-positivas
de Namibia tenía entre 20 y 30 años, mientras que la
mayor parte de los varones portadores del virus pasaba ya de los 40
años de edad. En algunos de los países más afectados,
las muchachas adolescentes tienen una probabilidad de estar infectadas
entre cinco y seis veces mayor que los muchachos de la misma edad.
- Hay pruebas crecientes
de que una gran proporción de los nuevos casos de infección
por el VIH se debe a la violencia de género en el hogar, la
escuela, el lugar de trabajo u otras esferas sociales. Asimismo, en
el contexto de las guerras y conflictos civiles, es frecuente que
las mujeres y muchachas sean objeto de abuso sistemático (incluido
el abuso sexual). Esto incrementa notablemente su probabilidad de
contraer el VIH y otras infecciones de transmisión sexual,
aparte de tener embarazos no deseados.
- Las investigaciones
han demostrado que, en mujeres que mantienen relaciones estables a
largo plazo, hasta el 80% de las VIH-positivas contrajeron el virus
a través de sus parejas (que se habían infectado a causa
de sus actividades sexuales extramaritales o por consumo de drogas).
- Las mujeres,
si son VIH-positivas, también sufren discriminación
cuando intentan acceder a asistencia y apoyo. En muchos países,
los varones tienen mayores probabilidades que las mujeres de ser ingresados
en centros sanitarios. Asimismo, es más probable que los recursos
familiares se dediquen a comprar medicamentos y organizar la asistencia
para varones enfermos que para mujeres enfermas.
- Al mismo tiempo,
la carga de cuidar a los familiares enfermos recae principalmente
en las mujeres y las muchachas. A medida que crece el impacto de la
epidemia de SIDA, las muchachas tienden a dejar la escuela para encargarse
de las tareas de cuidar a los hermanos y padres enfermos.
Afrontar los
desafíos
- La experiencia
demuestra que el control de la epidemia depende en gran medida de
la capacidad de las comunidades y familias para afrontar los comportamientos
regidos por el género que incrementan las probabilidades de
infección de las muchachas y muchachos, mujeres y varones.
Esto, a su vez, exige políticas, estrategias y planes nacionales
sólidos y coherentes.
- El Convenio sobre
Eliminación de la Discriminación contra las Mujeres
(CEDM) constituye una base fundamental para introducir reformas jurídicas
y otras medidas dirigidas a luchar contra la violación de los
derechos humanos de las mujeres y proteger a las que estén
infectadas o afectadas por el VIH/SIDA.
- Las mejores expectativas
para frenar la epidemia radican en programas integrales de prevención
y asistencia que tengan en cuenta una amplia gama de factores sociales,
económicos, culturales y políticos. Tales programas
deberían caracterizarse por un compromiso político de
alto nivel para abordar de diferentes formas la dimensión de
género de la epidemia (por ej., reformas jurídicas,
como las estipuladas en el CEDM, y políticas, planes y estrategias
nacionales sobre el VIH/SIDA).
- Estos programas
también deberían garantizar la mejora de la información,
asistencia y demás servicios de salud, así como su suministro
a través de cauces culturalmente apropiados y sensibles a las
diferencias de sexo. Igualmente importante es el desarrollo de una
información sobre el VIH/SIDA y otras infecciones de transmisión
sexual que sea específica para cada sexo, esté equilibrada
en función del género y se dirija a diferentes audiencias
en distintos contextos (por ej., para jóvenes dentro y fuera
de la escuela, o para empleados en el hogar o el lugar de trabajo).
- Se requieren
actividades innovadoras enfocadas a los muchachos y muchachas con
el fin de promover actitudes y comportamientos más equitativos
y mutuamente respetuosos, especialmente en las relaciones sexuales.
También se necesitan programas orientados a la lucha contra
la pobreza que proporcionen créditos y otras formas de ayuda
a las mujeres y varones indigentes, así como medidas que aborden
las necesidades especiales de las viudas y los hogares encabezados
por niños
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