Gracias, Tim [Wirth],Sra. Ridings [Presidenta del Consejo],
Señoras y Señores,
Queridos amigos:
Es un gran honor para mí hacer uso de la palabra en esta reunión. Veo aquí a varios viejos amigos. Y, lo que es más importante, veo a muchos buenos amigos de las Naciones Unidas. Si este es el Estado de la Filantropía, me parece que podemos afirmar que goza de muy buena salud.
Por supuesto, me resulta especialmente alentador que cada año concedan ustedes subvenciones mayores y más numerosas a causas internacionales. Ello demuestra que han comprendido la naturaleza de nuestros tiempos, una época en que ya no es posible separar lo mundial de lo local y en que los gobiernos ya no pueden tratar de resolver solos los problemas mundiales. Necesitan asociados nuevos.
En esas asociaciones, ustedes desempeñan una función esencial. Son un vínculo tanto entre lo mundial y lo local como entre las fuerzas del mercado y las necesidades sociales. Esa función se ha puesto de relieve en el lema de la Conferencia: "Uso responsable del patrimonio privado en pro del bien público".
Y es el ámbito de la salud pública donde ese lema es más pertinente. En el mundo de hoy no existen cotos de salud, ya no hay separación entre infecciones "extranjeras" y "nacionales", entre "nosotros" y "ellos".
Sólo mediante asociaciones mundiales eficaces podemos hacer frente a las en-fermedades endémicas y epidémicas. Y sólo aunando las fuerzas de todos podemos responder de forma efectiva a la más nueva de esas enfermedades, que no sólo ha provocado la mayor crisis de la salud pública mundial sino que, en algunos países, se ha convertido también en el mayor obstáculo para el desarrollo: el VIH/SIDA.
Hace 20 años, éramos pocos los que habíamos oído hablar del SIDA.
Hace 10 años, éramos pocos los que teníamos alguna idea de la escala del desastre.
Incluso hace dos años, la mayoría de los habitantes de los países occidentales seguían pensando que el SIDA era un problema interno y que lo estaban resolviendo.
Pero ahora, buena parte de la comunidad internacional empieza a darse cuenta de la magnitud de la crisis.
Más de 36 millones de personas en todo el mundo viven actualmente con el VIH o el SIDA, la vasta mayoría de ellos en el África al sur del Sáhara, pero la pandemia se propaga actualmente a un ritmo alarmante también por Asia y Europa oriental.
El año pasado solamente murieron del SIDA tres millones de personas, la cifra anual más alta hasta la fecha, y cinco millones quedaron infectados, o sea 13.000 personas por día.
Es como si en un solo año la población de dos ciudades del tamaño de Filadelfia hubieran sido borradas del mapa.
Es una verdadera catástrofe. Pero no somos impotentes. Se puede hacer algo y -lo que es más- la gente está empezando a hacerlo.
Acabo de regresar de una importante reunión en Abuja (Nigeria), donde dirigentes africanos se reunieron y declararon colectivamente que el SIDA creaba un estado de emergencia para todo el continente.
Prometieron un considerable aumento en la parte de sus presupuestos destinada a la salud pública y se comprometieron a utilizar exenciones fiscales y otros incentivos para reducir el precio de los fármacos y de otros insumos de los servicios sanitarios.
Lo que es igualmente importante, prometieron eliminar todas las barreras arancelarias y de otra índole que impiden actualmente que los fondos lleguen a los que libran la lucha contra el SIDA.
Aún más notable, a mi juicio, fue el compromiso y la energía de los jóvenes activistas africanos que conocí, incluidos algunos de ellos afectados con el VIH y el SIDA. Sentí que los hombres, mujeres y jóvenes africanos se están realmente levantando contra este mal y los sufrimientos que causa. Su fortaleza me llenó de esperanza aun en medio de la tragedia.
Pero necesitan ayuda desesperadamente y debemos cerciorarnos de que la obtengan.
Hace ya cierto tiempo convertí la batalla contra el SIDA en una de mis prioridades personales. Y desde Abuja, la semana pasada, hice un llamamiento a la unión del mundo entero y enuncié cinco objetivos claros que considero aceptables para los numerosos grupos e individuos heroicos que participan en esta batalla.
El primer objetivo es la prevención, detener e invertir la tendencia a la propagación del virus, en especial movilizando a los jóvenes, que son los que corren mayor riesgo de infección, en su propia defensa.
El segundo es eliminar la transmisión del VIH de madre a hijo, que es la infección más cruel e injusta de todas.
El tercero es poner los cuidados y el tratamiento al alcance de todos.
Hasta hace poco parecía un sueño inalcanzable. En los últimos meses han bajado drásticamente los precios a que se ofrecen los medicamentos fundamentales a los países en desarrollo, en parte gracias a una campaña de la opinión pública mundial y en parte a la competencia de los fabricantes de medicamentos "genéricos".
La reducción de los precios no bastará por sí sola y, en cualquier caso, su efecto tardará tiempo en notarse, pero por primera vez convierte el ideal del tratamiento para todos en una posibilidad real. Ya no tenemos que elegir entre prevención y tratamiento. Podemos y debemos ofrecer los dos.
El cuarto objetivo es, naturalmente, lograr avances científicos, una cura para el VIH/SIDA (cosa que no consigue ninguno de los medicamentos actuales) y también una vacuna. Y conviene dar especial prioridad a esta última. Quienes se beneficiarán de ella no constituyen un poderoso grupo de presión porque la mayoría de ellos viven en países pobres y ni siquiera conocen el riesgo que corren. En realidad, la mayoría no han nacido todavía. Es tarea nuestra hacer presión en su nombre.
El quinto objetivo es proteger a quienes la epidemia ha dejado más vulnerables, en especial a los huérfanos del SIDA, que son ya más de 13 millones en todo el mundo. Son más que todos los niños de Pennsylvania, Nueva York, Nueva Jersey, Connecticut, Maryland, Virginia y Carolina del Norte juntos.
Así pues, esos son los cinco objetivos. Para que los consigamos, deben ocurrir muchas cosas.
En primer lugar, los dirigentes nacionales de todos los países deben demostrar verdadero liderazgo, comprometerse a aplicar una estrategia y asignarle prioridad en sus presupuestos. La Cumbre de Abuja constituyó un comienzo auspicioso. Pero en África todavía queda un largo camino por recorrer, que es todavía mayor en Asia y Europa oriental.
En segundo lugar, es vital lograr que intervengan las comunidades locales. Los jóvenes necesitan el apoyo de su familia y de su comunidad para cambiar de comportamiento y protegerse a sí mismos. Y hay que considerar a quienes ya viven con el VIH/SIDA un recurso importante en esta lucha; ellos son los "máximos expertos".
En tercer lugar, debemos otorgar más poder a las mujeres para que estén en condiciones de protegerse a sí mismas y a sus hijos. Resulta profundamente perturbador y, como africano, me siento personalmente avergonzado de ello, que en la actualidad, en el África subsahariana, las muchachas adolescentes tengan seis veces más posibilidades de contraer el VIH que los muchachos. Esto tiene que cambiar.
En cuarto lugar, si vamos a poner los cuidados y el tratamiento al alcance de todos, en los países en desarrollo tiene que haber unos sistemas de salud pública mucho más sólidos. Sin ellos, los medicamentos antirretrovíricos asequibles podrían incluso resultar más perjudiciales que beneficiosos.
Por último, sí, necesitamos mucho más dinero. Si bien una gran parte de la responsabilidad recae en los gobiernos de los países en que la enfermedad se está extendiendo con rapidez, es evidente que éstos necesitan ayuda del exterior. Los países más afortunados pueden, y deben, proporcionar esa ayuda.
Como mínimo, necesitamos poder gastar entre 7.000 y 10.000 millones de dólares adicionales al año, durante un largo período, para sufragar todos los aspectos de la lucha mundial contra el VIH/SIDA.
Parece una cifra muy alta, o al menos lo pareció cuando mencioné en Nigeria la semana pasada. Pero en esta reunión no debería parecerlo tanto. En realidad, es menos de lo que ustedes, las fundaciones benéficas de un único país, donan cada año. Y los gobiernos del mundo gastan anualmente una suma más de 100 veces superior en sus fuerzas armadas.
No nos quepa duda, el mundo dispone de los recursos necesarios para vencer esta epidemia, si realmente lo desea. Pero en este momento está muy poco claro cómo debe reunirse ese dinero, a dónde debe dirigirse y quién puede garantizar que se gaste bien.
En los últimos meses se ha producido un aluvión de iniciativas, de gobiernos, de eminentes eruditos y de ustedes, las fundaciones. Algunas estaban directamente relacionadas con el VIH/SIDA, otras eran más amplias y ambiciosas y tenían por objetivo aumentar el nivel general de salud de los países en desarrollo y erradicar todas las enfermedades infecciosas importantes.
Muchas personas me han pedido que intente reunir esas iniciativas en una propuesta clara. Así pues, he iniciado consultas intensivas y creo que estamos próximos a convenir en una fórmula.
Lo que propongo es un fondo mundial dedicado a la lucha contra el VIH/SIDA y otras enfermedades infecciosas. Es evidente que ese fondo debe organizarse de modo que esté en consonancia con las necesidades de los países y las personas afectadas. Y es igualmente evidente que debe aprovechar los conocimientos óptimos, se encuentren donde se encuentren, ya sea en el sistema de las Naciones Unidas, las instituciones nacionales o las organizaciones no gubernamentales, en especial las que representan a las personas que viven con el VIH/SIDA o que están directamente afectadas por él.
El fondo debe permitir que se haga llegar dinero con rapidez donde más falta haga. Su proceso de adopción de decisiones debe ser abierto y transparente. Su apoyo debe ir dirigido a todo tipo de organizaciones que verdaderamente luchen contra la epidemia y ayuden a los afectados por ella, y que estén dispuestas a trabajar dentro de un marco común, en cada país.
Los países o comunidades que reciban apoyo del fondo tendrán que demostrar que están obteniendo resultados para aquellos que corren el mayor riesgo. Una entidad independiente se encargará de hacer el seguimiento de esos resultados.
Hay que seguir estudiando los detalles. Me propongo continuar desarrollando la idea activamente con todos los interesados en las próximas semanas. Espero que el fondo esté en marcha en un futuro muy próximo y que antes del período extraordinario de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas dedicado al VIH/SIDA, que se celebrará a fines de junio, dispongamos de promesas firmes de recursos sustanciales.
¿De dónde saldrá el dinero?
Sin duda, como se trata de importantes sumas, la mayor carga habrán de soportarla los gobiernos y contribuyentes del mundo industrializado, que hace mucho tiempo que se han comprometido, en el papel, a gastar el 0,7% de su producto nacional bruto en ayuda para los países en desarrollo. Son muy pocos los países que han cumplido esa promesa y el mundo industrializado en su conjunto no ha llegado sino al 0,2%. Todos los gobiernos tendrían que darse cuenta de que, a menos que tomen ese compromiso más seriamente, es sumamente improbable que puedan cumplir los nuevos compromisos que asumieron el año pasado en la Cumbre del Milenio.
Déjenme recordarles que una de esas promesas del Milenio era detener y empezar a revertir la propagación del VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades para el año 2015.
Otra promesa era facilitar asistencia especial a los niños huérfanos a causa del SIDA.
Y una tercera promesa era ayudar a África a aumentar su capacidad de hacer frente a la difusión del VIH/SIDA y otras enfermedades infecciosas.
¿Estaban hablando en serio o no los Jefes de Estado y de Gobierno cuando asumieron esos compromisos? Si la respuesta es afirmativa, entonces un compromiso en firme y a largo plazo en favor del fondo que propongo sería una manera excelente de demostrarlo.
Naturalmente, nosotros en la familia de las Naciones Unidas tenemos también una función vital que desempeñar. Hemos de organizarnos mejor y acelerar el ritmo de nuestras actividades relacionadas con esta cuestión, de manera que nadie que nos conozca pueda dejar de ver la importancia que le atribuimos.
Nuestra tarea consiste en coordinar la lucha y ser sus promotores más elocuentes y apasionados. Todos nosotros debemos desempeñar nuestros papeles dentro de un marco coherente, dejando de lado los conflictos internos de competencias y las disputas doctrinales.
En esa labor, las organizaciones no gubernamentales serán unas colaboradoras esenciales. Colaboran con nosotros sobre el terreno en los países en desarrollo, donde a menudo son las ONG locales las que prestan efectivamente los servicios de salud y llevan a cabo campañas de prevención, al tiempo que dejan oír su voz en contra de la estigmatización y la discriminación. También colaboran con nosotros en los países donantes, promoviendo nuestra causa y contribuyendo de manera creativa a la formulación de políticas.
Luego, también el sector empresarial tiene una importante responsabilidad. Desde hace dos años vengo instando a las empresas a que desempeñen un papel mayor en esta batalla. Me complace ver que mis llamamientos no han caído en saco roto, pero las empresas privadas podrían hacer mucho, mucho más.
Como ustedes saben, las grandes empresas farmacéuticas han sido últimamente noticia. Yo mismo he celebrado este mes conversaciones con los dirigentes de seis de ellas, que estuvieron de acuerdo en acelerar la reducción de los precios de los medicamentos contra el SIDA en los países menos adelantados, sobre todo en África, y en rebajar también los precios en otros países en desarrollo.
Pero las empresas farmacéuticas no son las únicas que tienen responsabilidades en este campo. Todas las empresas que trabajan en algún país en desarrollo deberían hacer lo posible por informar a sus empleados, y a la sociedad en general, sobre los peligros del VIH y los mejores medios de protección.
Todas las empresas deberían ofrecer voluntariamente servicios de análisis y asesoramiento a sus trabajadores, y a los familiares de éstos y prestar apoyo material y moral a los que tienen que vivir con la enfermedad.
Y todas las empresas deberían utilizar su capacidad de comercialización para apoyar campañas de educación a nivel local y nacional con el fin de detener la propagación del VIH/SIDA y de superar los prejuicios que existen contra quienes padecen esta enfermedad.
Además de esa responsabilidad directa, las empresas en general tienen también una función que desempeñar como benefactores públicos y contribuyentes al presupuesto de guerra mundial. Algunas prefieren desempeñar ese papel directamente, otras creando y apoyando fundaciones como las de ustedes.
Señoras y señores:
He dejado para el final el papel que les corresponde a ustedes, pues naturalmente no es ninguna casualidad que me dirija a un público como éste.
Varias fundaciones norteamericanas han demostrado ya verdadero liderazgo en la batalla contra el SIDA.
Anoche, algunos de ustedes oyeron a Tim Wirth explicar por qué la educación de las niñas constituye un arma clave en esa batalla y cómo ustedes pueden colaborar con las Naciones Unidas para templar y esgrimir esa arma. Muchos de ustedes hacen ya contribuciones imaginativas y generosas, tanto de carácter financiero como intelectual. La Fundación de Bill y Melinda Gates, especialmente, ha emprendido notables iniciativas en la esfera vital de la prevención, incluida la búsqueda de una vacuna.
Esas contribuciones se necesitan con urgencia y he venido hoy aquí para instarles a aumentarlas y multiplicarlas.
Ustedes tienen la flexibilidad necesaria para aportar fondos rápidamente y utilizarlos para tapar agujeros, cuando otras instituciones pueden verse frenadas por consideraciones políticas o por las condiciones de sus mandatos.
Al ser contribuyentes voluntarios, tienen también ustedes una gran autoridad moral. Pueden actuar como impulsores y promotores, estimulando a los demás a que emulen su generosidad y movilizando a la opinión pública para que afloje los cordones de la bolsa de las finanzas públicas. Si ustedes dan máxima prioridad a la lucha contra el SIDA, apuesto a que los gobiernos y la opinión pública en general no tardarán en seguirles.
Y muchos de ustedes han adquirido también importantes conocimientos sobre los problemas planteados. También ustedes pueden contribuir y contribuyen ya activamente a los debates sobre las políticas apropiadas y a tomar decisiones bien fundadas acerca del tipo de investigación que vale la pena financiar.
En pocas palabras, amigos míos, desde todos los puntos de vista ustedes son miembros esenciales de la Alianza Estratégica contra el VIH/SIDA que estoy intentando forjar. En África esa alianza lleva funcionando más de un año. Ha llegado el momento de darle una dimensión mundial.
Dentro de menos de dos meses, el 25 de junio, delegados de todos los países se reunirán en la Sede de las Naciones Unidas para celebrar el período extraordinario de sesiones dedicado al VIH/SIDA. Espero que para entonces estén ustedes dispuestos a acordar una estrategia general para acabar con este flagelo mundial y que dispongamos de promesas de contribuciones en firme para financiarla.
Pero no podemos hacerlo sin su ayuda. Así que espero verles allí.
Muchas gracias.
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