DISCURSO DEL SEÑOR HUGO, TOLENTINO DIPP,

SECRETARIO DE ESTADO DE RELACIONES EXTERIORES

DE LA REPÚBLICA DOMINICANA


Señor Presidente
Señor Secretario General
Excelencias

En representación y en nombre de¡ Gobierno de la República Dominicana, presidido desde el 16 de agosto de este año 2000 por el Señor Hipólito Mejía en virtud de¡ voto expresado por nuestro pueblo en favor de¡ Partido Revolucionario Dominicano, queremos reiterar nuestro profundo apego a los principios que han dado vigencia a esta Organización y a las perspectivas que encaminan sus pasos hacia un nuevo milenio.

Deseamos expresar nuestras felicitaciones al Secretario General, Señor Kofi Annan, por haber convocado la histórica Cumbre del Milenio sobre la base del informe acerca de la función de las Naciones Unidas en el siglo XXI, en el cual se analizaban de manera inteligente y precisa los problemas más acuciantes del presente y del devenir de la sociedad internacional.

La República Dominicana está convencida de que la libertad y la igualdad de todos los Estados y de todos los seres humanos, sin distinción alguna, constituyen el fundamento de una paz verdadera y de un armonioso y democrático desarrollo de la comunidad internacional.

El balance sobre la situación mundial que arrojó la Cumbre del Milenio puso en evidencia que muy a pesar de los extraordinarios avances científicos y tecnológicos, del desarrollo de los medios de comunicación y de la multiplicación de las riquezas en algunos paises, las dos terceras partes de la humanidad viven en condiciones que impiden que la libertad y la igualdad sea un común denominador en todos los pueblos de la Tierra.

Es por demás sabido que la globalización no surge como una fórmula mágica o como una panacea dedicada a restañar heridas, ni tampoco como un invento producto de la taumaturgia de determinados sectores de los países ricos.

La globalización es la continuidad de un proceso que se remonta siglos en la historia de la humanidad y que, por desgracia, mientras por un lado contribuye al progreso y al enriquecimiento de algunos, por otra parte persiste en la permanencia de un mundo desarrollado y un mundo subdesarrollado. Y es precisamente por su desigual efecto sobre los pueblos que en el seno de la Cumbre del Sur de los 77, celebrada en La Habana, y en la Cumbre del Milenio, cuya sede lo fue este augusto recinto, se ha escuchado con renovada fuerza un justo reclamo de libertad e igualdad.

La amplitud y la vertiginosidad de los cambios que en estos últimos años ha provocado la globalización han conmovido la sana conciencia de la humanidad y, aunque parezca paradójico, una rebeldía pacífica se manifiesta de manera desconfiada para protestar contra lo que en ellos se advierte como una forma más M tradicional dominio de los poderosos sobre los más débiles.

Los pueblos que hemos sido colonias y que al lograr la independencia hemos tenido que vivir en permanente defensa de nuestra soberanía y de nuestra identidad cultural hemos desarrollado una sensibilidad que nos permite desentrañar las reales consecuencias de determinados procesos históricos. De allí, que frente a los efectos de esta globalización ineludible, hemos reaccionado con actitud crítica, decididos a no seguir viviendo en la marginalidad y a no aceptar que se nos arrincone en la incapacidad de alcanzar mediante el ejercicio de nuestro libre albedrío la seguridad de un futuro esperanzador.

La globalización debe ser animada por la convicción de que la aspiración de un mundo sin sobresaltos sólo puede lograrse mediante una equitativa interdependencia, capaz de comprender que los desequilibrios que actualmente provocan las exigencias y el condicionamiento que determinados organismos imponen, sólo puedan ser satisfechos por los países subdesarrollados mediante la aplicación gradual de los acuerdos de libre comercio y la eliminación de un proteccionismo que impide el libre acceso de bienes y servicios a los mercados de los países desarrollados.

Un solo ejemplo es suficiente para ilustrar las consecuencias de una apertura indiscriminada del mercado de un país subdesarrollado. En la República Dominicana miles y miles de medianas y pequeñas empresas han ido a la quiebra por no tener un respiro para poder competir con la avalancha de productos provenientes de países grandemente industrializados.

Pueblos cuya asimetria frente a los países desarrollados se ha venido afirmando a través de los siglos no pueden y no podrán adaptarse como copartícipes beneficiarios de la globalización si no reciben el apoyo que les permita alcanzar los objetivos económicos y sociales capaces de contribuir a superar el subdesarrollo.

Hablar de globalizacíón y dejar que los países pobres, ellos sólos, hagan todo el esfuerzo para alcanzar el ritmo de los países ricos resulta una burla cruel o una tomadura de pelo. La globalización tiene que estar imbuída de un efectivo contenido de solidaridad y de justicia social. De no ser así, la humanidad subdesarrollada puede encontrarse frente a una nueva versión de la voracidad económica que ilustra la fábula de¡ tiburón y la sardina.

Creemos que estas preocupaciones son por demás legítimas y, sobre todo, previsoras, no vaya a ser que en el día de mañana estemos obligados a cambiarle el nombre a la mundialización para motejarla de la misma manera que lo hicimos con las políticas imperiales de¡ pasado.

Ahora bien, no sólo la globalización crea preocupaciones y agrava los problemas de los países pobres sino también esa insistente rémora de la deuda externa. Cuántas veces tendremos que pagarla? Cuándo terminaremos de pagarla? Estamos convencidos de que determinados aspectos de la globalizacíón y las consecuencias de la deuda externa son dos caras de la misma moneda. La indiferencia frente al daño que ocasiona esa ruinosa carga en la economía de los paises pobres hace pensar en la inexistencia de un verdadero espíritu de solidaridad y de una sincera voluntad de cooperacion. Sólo la condonación de esa deuda, hecha a través de lógicos y favorables condicionamientos y mediante mecanismos que garanticen su efectividad, puede darle a los paises subdesarrollados el aliento que precisan para tomar el curso de los nuevos tiempos.

Por otra parte, los precios actuales de¡ petróleo agregan mayores angustias en quienes dependen de ese insumo para la producción de energía. Más de quinientos millones de dólares será la factura petrolera de la República Dominicana este año, que es lo mismo que decir el quince por ciento de su presupesto nacional. Ante esta situación, que es común a tantos pueblos, también se impone una reflexión movida por la solidaridad y la cooperación internacionales.

Señor Presidente:

Cuando los dominicanos hablamos de solidaridad y de cooperación nos sentimos en la obligación de referirnos a Haití. Porque vivimos junto a este pueblo hermano conocemos la necesidad que tiene de encontrar en la comunidad internacional un apoyo generoso y sostenido.

Tal como el Presidente dominicano, Señor Hipólito Mejía, lo expresó en la Tribuna de la Cumbre de¡ Milenio, la República Dominicana no puede ella sóla soportar la carga social que le impone una inmigración que hoy día cuenta cientos de míles de ciudadano haitianos. La República Dominicana desea una solución en la que participe de manera activa la comunidad internacional, solución que debe ser apegada a los derechos humanos y llevada a cabo dentro de los criterios y principios que deben regir una sana política migratoria.

No se crea, sin embargo, que hemos venido a esta honorable Asamblea con actitud quejumbrosa para encontrar en ella un muro de lamentaciones. De ninguna manera. El actual Gobierno de República Dominicana está absolutamente convencido de que el mayor esfuerzo para incorporarse al desarrollo corresponde a la sociedad dominicana.

De allí que conociendo sus responsabilidades el Gobierno dominicano acepte el reto de la globalización, consciente de que lo primero es cumplir con las prioridades que exige el desarrollo, consciente, pues, de que su mayor esfuerzo debe dirigirse a poner en marcha una justicia social dirigida a resolver los problemas de educación, de salud, de medio ambiente, de la igualdad de hombres y mujeres, de la niñez, de la eliminación de la pobreza, de¡ tráfico de drogas, de la alimentación y de¡ perfeccionamiento continuo de¡ sistema de derechos humanos y libertades ciudadanas.

Por suerte para muchos pueblos de la Tierra, importantes sectores de las naciones desarrolladas y de los organismos internacionales comprenden que el desenfreno de las fuerzas que controlan los mercados, el proteccionismo, los subsidios a la producción y las reglamentaciones técnicas, no deben constituirse en la razón de ser de la globalización puesto que tales trabas sólo contribuirán a ahondar la brecha entre ricos y pobres.

Esos países y esas organizaciones colaboran sinceramente para que los beneficios de todo este proceso sean compartidos mediante una cooperación que coadyuve M desarrollo integral de, los pueblos. Es en ese sentido y motivados por esas preocupaciones que las Naciones Unidas han propuesto, para el año próximo, una conferencia sobre el tema de¡ financiamiento de la cooperación.

Por otra parte, la República Dominicana ha afianzado sus lazos con el Caribe, con Centroamérica y con otros esquemas de integración, aunando esfuerzos a fin de acrecentar las posibilidades de negociación, la capacidad de acceso a los mercados extranjeros, el intercambio de tecnologías y el enriquecimiento cultural. Creemos, además, que es indispensable la cooperación Sur-Sur para complementar los programas de crecimiento con los países desarrollados.

Permítame ahora, Señor Presidente, referirnos a la necesaria reforma de la Carta de nuestra Organización. No pocos acontecimientos han tenido lugar después de 1945. Los organismos de aquellas Naciones Unidas cumplieron con innegables aciertos las encomiendas que les fueron atribuidas como consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Fue así hasta ayer, pero ya hoy no responden a la realidad de una comunidad internacional multiplicada en su número y en sus exigencias de desarrollo democrático.

Frente a la impostergable reforma de¡ Consejo de Seguridad, la República Dominícana considera que la misma debe hacerse tomando en cuenta la igualdad soberana de los Estados, la representación equitativa de las áreas geográficas y los diferentes niveles de desarrollo de los pueblos. Estamos convencidos de que un aumento de los miembros permanentes y no permanentes, hecho a partir de esos cnterios, permitirá que la Asamblea General pueda cumplir con el papel que le corresponde como verdadera representación de la democracia internacional.

Deseamos referirnos ahora a ese gran paso que constituye la creación de la Corte Pena¡ Internacional. Tenemos la esperanza de que ese organismo no sólo sea capaz de ejercer justicia frente a los Jefes de Estados, Gobiernos y funcionarios que incurran en crímenes de guerra, contra la humanidad o contra los simples ciudadanos, sino también frente a la corrupción administrativa, al robo de los bienes de¡ Estado, conducta que no deja de ser, y ya lo es en no pocos países, también un crimen, por el daño económico y el deterioro moral que ocasiona en los pueblos.

Señor Presidente:

Porque la República Dominicana quiere ser coherente en la tradición histórica de sus relaciones internacionales, desea ratificar su respaldo a la República de China en sus lógicas y justas aspiraciones de reincorporarse a esta Organización, de la cual fue miembro preponderante durante muchos años. Nuestra posición en este sentido responde a un deber de conciencia y no a una actitud tendiente a desmerecer el derecho que las Naciones Unidas les han reconocido a otros.

Igualmente ligado a nuestra tradición histórica lo es el principio de la soberanía nacional. Desde su independencia el 27 de febrero de 1844 la República Dominicana ha tenido como fe y credo inquebrantables el derecho a su autodeterminación. De ahí que cuando se habla de consagrar, también como un derecho, la intervención humanitaria, nos encontremos frente a una situación que nos exige definiciones claras y precisas. A este organismo le solicitamos dedicar la atención que el tema merece a, fin de que todos sus miembros participen en el esclarecimiento de tan preocupante asunto.

Por último, la República Dominicana desea expresar su convicción de que el diálogo abierto por la Cumbre de¡ Milenio y las posiciones expresadas en esta Asamblea General contribuirán de manera muy positiva a reforzar los objetivos de paz y de fraternidad que sustancian el espíritu de la Carta de las Naciones Unidas.

Muchas gracias.