PERMANENT MISSION OF THE REPUBLIC OF CUBA TO THE UNITED NATIONS

                    

 

 

INTERVENCION DEL EXCMO SR.

FELIPE PEREZ ROQUE, MINISTRO

DE RELACIONES EXTERIORES DE

LA REPUBLICA DE CUBA EN EL

DEBATE GENERAL DE LAS

NACIONES UNIDAS

 

15 DE SEPTIEMBRE DE 2000

NEW YORK

 

INTERVENCION DEL EXCMO SR. FELIPE PEREZ ROQUE, MINISTRO DE RELACIONES EXTERIORES DE LA REPÚBLICA DE CUBA EN EL DEBATE GENERAL DEL 55 PERIODO DE SESIONES DE LA ASAMBLEA GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS

 

15 DE SEPTIEMBRE DEL AÑO 2000

 

Señor Presidente:

 

Vivimos un momento decisivo en la historia de la humanidad. Más de medio siglo después de la creación de las Naciones Unidas, a las puertas de¡ nuevo milenio que hubiera debido significar una era de paz entre los hombres, solidaridad entre las naciones y mayor bienestar para los pueblos más pobres, nos enfrentamos, en cambio, a la crisis económica, social, política y ambiental más grave y compleja que recuerde el género humano.

 

Distan mucho de haberse materializado las expectativas de paz, estabilidad y colaboración que despertó en el mundo el fin de la guerra fría. El surgimiento de un mundo unipolar, en el que una sola superpotencia mantiene la capacidad militar de dominar la escena internacional, lejos de haber significado mayor seguridad para nuestros pueblos, ha instaurado una etapa en la que prevalece el hegemonismo de esa única superpotencia, el intervencionismo directo o encubierto bajo el manto de acciones multilaterales, la inseguridad para los países pequeños, el egoísmo como norma de conducta en las relaciones internacionales, el intento de desconocer los principios de la igualdad entre los Estados, la soberanía nacional, la autodeterminación, la no intervención, la no amenaza ni el uso de la fuerza y la solución de controversias por medios pacíficos, principios que han constituido el fundamento de existencia de la Organización de las Naciones Unidas.

 

Vivimos, ademas, en un mundo marcado por la explotación y por la espantosa miseria de más de 1.300 millones de seres humanos que, mientras sufren cada día sin renunciar a la esperanza de una vida mejor para sus hijos, se preguntan si seguimos teniendo razones para "reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana", como proclamaron hace más de cinco décadas los fundadores de las Naciones Unidas.

 

La pretensión de imponer por la fuerza y bajo presión el llamado "derecho de injerencia humanitaria", es hoy la mayor amenaza a la paz y la seguridad internacionales. Todos sabemos que el grupo reducido de países desarrollados que, lidereados por Estados Unidos y aliados a fuerzas poderosas, intentan imponer este peligroso concepto en las discusiones y decisiones de nuestra Organización, no tendrían que temer las consecuencias del reconocimiento de ese pretendido derecho en las relaciones internacionales. Ellos no son, como nosotros, la periferia euroatlántica definida por la OTAN como el escenario probable de sus agresiones, y no es contra ellos, sino contra nosotros, los países pobres, contra los que está dirigida la nueva doctrina estratégica de esta alianza.

 

Los intentos de fragmentar países y naciones, de recolonizar territorios y restablecer zonas de influencia, deben cesar. Los precedentes recientes de desatar mortíferas guerras contra poblaciones indefensas, sin siquiera consultar al Consejo de Seguridad, constituyen no sólo una violación flagrante de la Carta de las Naciones Unidas, sino que arrastran al mundo de nuevo a situaciones como las que ya una vez nos costaron más de 40 millones de vidas en una sola guerra.

 

¿Cuántas otras guerras contra países pequeños y pobres deberán ocurrir para que entendamos la necesidad de respetar la Carta y producir una profunda democratización en las relaciones Internacionales?

 

¿Acaso los que hoy alientan con lenguaje amenazante la pretensión de intervenir en los asuntos internos de otros países, se ilusionan con la idea de que los graves problemas de¡ subdesarrollo, las secuelas de¡ colonialismo, el hambre, las enfermedades, las consecuencias de¡ saqueo permanente a que son sometidos los países de¡ Tercer Mundo ‑causas verdaderas de los conflictos actuales‑, puedan resolverse mediante el empleo de bombas inteligentes?

 

¿No es realmente paradójico el hecho de que las potencias occidentales, al tiempo que desarrollan nuevos y cada vez más sofisticados artefactos para matar, intenten impedirnos a los países pobres el empleo de armamento convencional ligero, esencial para los países que, como Cuba, sufren la amenaza permanente de una agresión militar? Basta ya de hipocresía y fariseísmo. El mundo será más seguro realmente si se produce el desarme general y completo, incluido especialmente el desarme nuclear. Hay que llegar un día a eliminar el armamento ligero, sí, pero hay que eliminar también, y cuanto antes mejor, otros tipos de armamento convencional, mucho más mortíferos y peligrosos, de los que hoy disponen solamente los países desarrollados. Hay que eliminar las minas, sí, pero antes hay que eliminar las amenazas de agresión contra los países pobres.

 

¿Acaso nuestro planeta será más seguro si Estados Unidos acaba por desplegar su alucinado y costoso proyecto de sistema defensivo contra misiles, con el que los gobernantes de ese país engañan a su propio pueblo, prometiéndole protección contra unos misiles que nadie sabe a ciencia cierta de dónde podrían ser lanzados?

 

¿Por qué la Organización de las Naciones Unidas, en vez de prestarse dócilmente al peligroso juego con la muerte de las potencias occidentales, no pone en el centro de su accionar el logro de¡ propósito, tantas veces proclamado y nunca cumplido, de dedicar una parte de los casi 800 mil millones de dólares que hoy se dedican a gastos militares a promover el desarrollo y tratar de salvar a las víctimas de la guerra silenciosa que hoy mata cada año de hambre y enfermedades en el Tercer Mundo a más de 11 millones de niños menores de 5 años?

 

En definitiva, la paz no será posible si no hay desarrollo para los más de cien países de¡ Tercer Mundo que hoy contemplan, como convidados de piedra, el derroche irresponsable de las opulentas y egoístas sociedades de consumo que devoran, con apetito insaciable, el futuro de nuestros hijos. Proponernos reducir a la mitad, dentro de quince años, el número de pobres que hoy tenemos, es un empeño sin duda encomiable, pero ¿qué juicio le merecerá nuestra meta a la otra mitad a la que condenamos a vivir como indigentes toda su vida?

 

¿En qué ha terminado el derecho al desarrollo una vez proclamado solemnemente por esta misma Asamblea General? ¿No creen, estimados colegas, que ha llegado el momento de proponernos, con serenidad y firmeza, el rescate del tema de¡ derecho al desarrollo como una prioridad de las Naciones Unidas? ¿No es precisamente ahora ‑cuando ya nadie discute el fracaso resonante de las políticas neoliberales que, para beneficio de las transnacionales, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial impusieron con obstinación fundamentalista a los países de¡ Tercer Mundo‑ la oportunidad en que nuestros pueblos, unidos en una gran alianza por los más elementales derechos, deben exigir un papel protagónico y decisivo en estos asuntos de¡ Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas y de esta Asamblea General?

 

¿Por qué debemos seguir permitiendo que la cooperación internacional prácticamente desaparezca justo ahora cuando es más necesaria? ¿Tenemos derecho a seguir discutiendo año tras año, sin llegar a nada concreto, sobre el derecho al desarrollo que reclaman nuestros pueblos, mientras contemplamos, dispersos y desorientados, cómo el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial continúan despojando a la Organización de las Naciones Unidas de las prerrogativas de que la dotó la Carta? Tanta responsabilidad tendrán ante sus hijos y la historia los que impusieron decisiones tan devastadoras como la prívatización desenfrenada de las riquezas nacionales de los países del Tercer Mundo, y la liberalización indiscriminada de la cuenta de capital, que permite la fuga de las escasas divisas de los países pobres, como los que, por conveniencia o temor, no han sido capaces de luchar por los derechos de sus pueblos.

 

           La Cumbre de¡ Milenio, que concluyó con resultados positivos, puso de manifiesto una vez más, que los efectos devastadores de la imposicion de¡ modelo neoliberal en un mundo globalizado golpean particularmente a los países de¡ Tercer Mundo, cuya situación económica y social, principalmente en África, es ya prácticamente insostenible. Asimismo, dejó claro que el unilateralismo y la imposición no tienen cabida en un mundo en el que la solidaridad y la cooperación son el único camino posible para la salvación de todos.

 

Después de la Cumbre ya no hay dudas: es la hora de actuar, de adoptar medidas concretas para luchar contra la miseria y el subdesarrollo que azotan actualmente a la mayoría de la población de¡ planeta. Cuba, país pobre pero poseedor de un importante capital humano, ya ha comenzado a actuar. Hechos y no palabras es lo que necesitamos hoy.

 

Hace ya dos años hemos puesto en marcha un Programa Integral de Salud, en el que casi dos mil trabajadores de la salud cubanos prestan servicios gratuitamente en dieciséis países de Centroamérica, el Caribe y África Subsahariana.

 

Ahora, ante el llamado urgente de los pueblos africanos, reiteramos el ofrecimiento que hiciera el Presidente Fidel Castro en la Cumbre del Milenio a las Naciones Unidas, a la Organización Mundial de la Salud y a los países desarrollados, de cooperar con África en la lucha contra el SIDA y otras terribles enfermedades que amenazan hoy con liquidar a un continente entero.

 

Cuba está dispuesta a destinar, adicionalmente, hasta 3000 médicos y paramédicos cubanos a ese empeño en África Subsahariana, quíenes además, contribuirían a formar personal de salud africano sobre el terreno. Pero es imprescindible que los países industrializados hagan su parte y suministren los medicamentos e insumos necesarios para el programa. África espera por nosotros. Cuba ya está lista. Los países desarrollados tienen ahora la palabra.

 

Señor Presidente:

 

Se aspira a la democracia dentro de los países. Bien; propósito loable si se respeta la diversidad de culturas, identidades, experiencias históricas, realidades nacionales y modelos políticos; si efectivamente se respeta el derecho de cada pueblo a darse, con total independencia, el sistema que considere más apropiado. Pero ¿hay realmente hoy democracia en las relaciones internacionales? Desafortunadamente, no.

 

Para lograría, póngase fin al hegemonismo, promuévase el desarrollo, sustitúyase el egoísmo por la cooperación, respétense, en fin, los propósitos y principios de la Carta de San Francisco. Detengamos ya la arrogancia de unos pocos sí no queremos que sucumba la esperanza de un mundo de justicia y de paz para todos.

 

Para lograrla, garanticemos que la Organización de Naciones Unidas contribuya verdaderamente a la solidaridad entre las naciones, no al predominio de unas pocas sobre la inmensa mayoría. Enfrentemos el intento de algunos de presionar a la ONU mediante el no pago de las contribuciones establecidas. Rechacemos el empleo de las Naciones Unidas para imponer un nuevo orden colonial Exijamos que el Consejo de Seguridad actúe como representante de todos y no como siervo de uno. Impidamos que siga arrogándose atribuciones que no posee, violando la Carta de las Naciones Unidas y operando sin la debida transparencia, mientras decide sobre la vida y la muerte.

 

 

Democratizar las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad supone, como medidas indispensables, abolir el irritante y anacrónico privilegio de¡ veto, aumentar el número de miembros de¡ Consejo en correspondencia con la multiplicación en cuatro veces de la cantidad de Estados miembros de la Organización, aplicar en la composición de ese órgano el principio de la representación geográfica equitativa que rige para todos los demás, y exigir que cumpla con su obligación, consagrada en la Carta pero ignorada en la práctica, de rendir cuentas a la Asamblea General.

 

Ahora bien, seamos realistas. La reforma de¡ Consejo de Seguridad, vamos a decirlo sin ambages, está hoy tan lejana como al principio. Debemos reconocer que, tras siete años de esfuerzos infructuosos, sólo hemos podido ponernos de acuerdo en que es necesario ampliar el número de miembros de¡ Consejo.

 

Por lo tanto, en esta coyuntura creemos que al menos debemos trabajar por aumentar proporcionalmente la cantidad total de miembros de¡ Consejo, tanto permanentes como no permanentes, garantizando una representación adecuada de los países de¡ Tercer Mundo, lo que la Cumbre del Milenio reiteró con toda energía. ¿ Acaso podría ampliarse el Consejo de Seguridad sin la presencia de un número razonable de miembros permanentes provenientes del Tercer Mundo?

 

Señor Presidente:

 

Cuarenta años atrás, en nombre de Cuba, el líder de una Revolución triunfante proclamaba en esta misma tribuna los sueños de esperanza y justicia social por los que el pueblo cubano había luchado durante casi un siglo. La mayoría de los Estados que hoy están representados en esta Asamblea eran entonces colonias. No se hablaba, como hoy, de salvar a África mientras se le expolia brutalmente. No era todavía el momento en que cientos de miles de cubanos marcharían a las tierras africanas a luchar por los verdaderos derechos de sus pueblos, contra el apartheid, las enfermedades y el analfabetismo.

 

Fue el momento en, que el Gobierno de los Estados Unidos comenzaba sus intentos de destruir a la Revolución Cubana que, comprometida con la justicia social y la verdadera independencia de su pueblo, amenazaba con su ética, su moral y su ejemplo la dominación secular que los Estados Unidos habían ejercido sobre todo el Hemisferio Occidental. Fue el momento en que se inició el bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba, que a lo largo de estos 40 años de feroz guerra económica, ha engendrado legislaciones tan vergonzosas como la Ley Torricelli y la Ley Heims‑Burton. Se trata de¡ bloqueo que precisamente esta Asamblea General ha rechazado durante ocho años consecutivos, y que se mantiene hoy, pese a la repulsa mundial y la desaprobación evidente de¡ pueblo de los Estados Unidos.

 

En estas cuatro décadas nuestro pueblo ha resistido desde las presiones políticas e intentos de aislamiento diplomático hasta las más insidiosas campanas de mentiras, desde la subversión y el terrorismo hasta los intentos de asesinar a sus principales dirigentes, desde la guerra biológica hasta el más despiadado bloqueo y la guerra económica, desde el fomento de bandas armadas hasta la invasión militar y la amenaza de exterminio nuclear. Hoy, en nombre de ese mismo pueblo generoso y valiente, podemos decir otra vez a nuestros hermanos de¡ Tercer Mundo y a todos los que en cualquier rincón de la Tierra defienden nuestro derecho a la vida y al desarrollo, que la Cuba revolucionaria y socialista nunca dejará de luchar por los sueños de todos.

 

Muchas gracias.