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RIO+20 El futuro que queremos

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Jeremy Rifkin: El futuro que queremos

Jeremy Rifkin

La Segunda Revolución Industrial, alimentada por el petróleo y otros combustibles fósiles, está entrando en una espiral que conduce a un final peligroso, los precios de la energía y los alimentos están subiendo, el desempleo se mantiene alto, las deudas de los consumidores y el gobierno están disparándose y la recuperación se está ralentizando. Y lo que es peor, el cambio climático derivado de la actividad industrial basada en los combustibles fósiles se cierne sobre el horizonte. Mientras nos enfrentamos a la posibilidad de un segundo colapso de la economía global, la humanidad está desesperada por una nueva visión económica y un plan de desarrollo económico sostenible que nos lleve hacia el futuro.

Hoy en día, la tecnología de Internet y las energías renovables están a punto de fundirse para crear una potente nueva infraestructura para una Tercera Revolución Industrial (TRI) que cambiará el mundo en el siglo XXI. En la era que viene, cientos de millones de personas producirán su propia energía no contaminante en sus hogares, oficinas y fábricas y la compartirán unos con otros en un «Internet de la energía», al igual que ahora generamos y compartimos información en línea. La creación de un régimen de energía renovable, cargada de construcciones, parcialmente almacenadas en forma de hidrógeno, distribuidas vía un Internet de la energía y conectada a un transporte enchufado que no produce emisiones, establece una estructura de 5 pilares que producirá miles de negocios y millones de trabajos sostenibles. La democratización de la energía también traerá con ello una reorganización fundamental de las relaciones humanas, que repercutirá en todas las maneras de gestionar las empresas, el gobierno de la sociedad, la educación de nuestros hijos e hijas y los compromisos en la vida cívica.

Las compañías musicales no entendieron el poder distribuido hasta que millones de personas jóvenes empezaron a compartir música en línea y los beneficios de las corporaciones se derrumbaron en menos de una década. La Enciclopedia Británica no apreció el poder distribuido y colaborativo que convirtió a la Wikipedia en la primera fuente de referencia del mundo. Tampoco se tomaron en serio los periódicos el poder distribuido de la blogosfera; ahora muchas publicaciones están dejando el negocio o transfiriendo en línea muchas de sus actividades. Las implicaciones de la gente que comparte energía distribuida en un sistema común abierto son aún más profundas.

Para apreciar cuán disruptiva es la Tercera Revolución Industrial en cuanto a la forma existente de cómo organizamos la vida económica, considerad los cambios de gran alcance que tuvieron lugar en tan solo los últimos 20 años con la introducción de la revolución de Internet. La democratización de la información y la comunicación ha alterado la propia naturaleza del comercio global y las relaciones sociales de una manera tan significativa como lo hizo la revolución de la imprenta a principios de la era moderna. Ahora, imaginad el impacto que podría tener la democratización de la energía a lo largo de toda la sociedad si fuese administrada por la tecnología de Internet. La Tercera Revolución Industrial cambia el propio concepto de las relaciones de poder en la sociedad. La noción tradicional de un poder de arriba y abajo centralizado, está dando paso a un poder lateral, con unas consecuencias profundas para la sociedad.

La expansión de la Tercera Revolución Industrial es particularmente relevante para los países más pobres del mundo en vías de desarrollo. Tenemos que pensar que el 40% de la raza humana todavía vive con menos de dos dólares al día o menos, en total pobreza, y la vasta mayoría no tiene electricidad. Sin acceso a la electricidad permanecen «sin potencia», tanto de forma literal como figurada. El factor más importante para sacar a millones de personas de la pobreza es tener una electricidad no contaminante barata y confiable. Cualquier otro desarrollo económico es imposible en su ausencia. Un acceso universal a la electricidad es un punto de partida indispensable para mejorar las vidas de las poblaciones más pobres del mundo.

Debido a que la energía renovable (solar, eólica, térmica, hidráulica y de biomasa) está ampliamente distribuida, una Tercera Revolución Industrial es más proclive a despegar más rápido en los países en desarrollo. Aunque la carencia de infraestructuras se ve a menudo como un impedimento para el desarrollo, lo que estamos encontrando es que debido a que muchas naciones en vías de desarrollo no están sometidas a una red eléctrica envejecida, pueden potencialmente pegar un salto hacia una Tercera Revolución Industrial. En otras palabras, construyendo un nuevo sistema de distribución de energía desde cero, en vez de continuar parcheando una red de suministro vieja y desgastada, los países en vías de desarrollo reducirían significativamente el tiempo y el dinero que costaría realizar una transición hacia una nueva era de la energía. Además, debido a la naturaleza distribuida de la infraestructura de la Tercera Revolución Industrial, el riesgo puede ser difundido más ampliamente, con localidades y regiones agrupando recursos para establecer redes de suministro locales y luego conectarse con otros nodos a lo largo de las regiones. Ésta es la propia esencia del poder lateral.

La tercera revolución industrial ofrece la esperanza de que podemos llegar a una era sostenible post-carbón a mediados de siglo. Tenemos la ciencia, la tecnología, y el plan de acción para hacer que suceda. Ahora el problema está relacionado con cuándo reconoceremos las posibilidades económicas que yacen delante de nosotros y con reunir la voluntad para llegar a tiempo.

Jeremy Rifkin es el autor del libro más vendido del The New York Times, The Third Industrial Revolution, How Lateral Power is Transforming Energy, the Economy, and the World. El señor Rifkin es consejero de la Unión Europea y de líderes estatales de todo el mundo. Es profesor en la Wharton School’s Executive Education Program en la Universidad de Pennsylvania y el presidente de la Foundation on Economic Trends con sede en Washington, D.C.