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RIO+20 El futuro que queremos

RIO+20 El futuro que queremos

Mark Kurlansky: El futuro que queremos

Mark Kurlansky

Es difícil no sentir cierto temor al contemplar el futuro. Pero mi optimismo es mucho más fuerte. Gran parte de ese optimismo es consecuencia de lo que observo en los jóvenes que estarán en la treintena en diez años. Son personas acostumbradas al libre flujo de información, aunque eso implique una cacofonía de demasiadas voces. Saben cómo hacerse oír. Desdeñan la intolerancia, y la consideran tal como Emile Zola consideraba el antisemitismo: sencillamente un retroceso.

Estos jóvenes que saben como hacerse oír se horrorizan antes lo que le está pasando a nuestro medioambiente y por nuestra intención de hacer algo al respecto. Así como muchas de las prácticas contaminantes de la Revolución Industrial son ampliamente inaceptables en el presente, muchas de las prácticas actuales serán rechazadas en el futuro.

El petróleo seguirá siendo un negocio internacional, pero será mucho más pequeño y tendrá menor relevancia de la que tiene hoy porque contaremos con muchas otras formas más limpias de suministrar energía. Los automóviles serán sometidos a la primera revisión importante en más de un siglo de uso. El motor de combustión interna estará pasado de moda. Los aviones comerciales también serán rediseñados por primera vez desde la década de 1950. Las principales empresas de servicios energéticos serán las que fabriquen los equipos para construir y mantener las nuevas energías, y los países líderes en el sector energético no serán los que cuenten con recursos sino aquellos con la imaginación para desarrollar esas industrias.

La energía nuclear no estará entre esas nuevas energías salvo que la tecnología desarrolle nuevas formas de eliminar los residuos y la vuelva segura frente a terremotos y tsunamis. En la era de la comunicación por Internet, y con una amplia selección de energía, la energía impopular no venderá. No hay futuro para una central nuclear junto a la que da miedo vivir.

Los océanos estarán más sanos. El riesgo de desastres en depósitos será menor al reducirse la demanda de petróleo. La mayor parte de la producción de petróleo en altamar simplemente no será viable. Se abandonará la utilización excesiva de plástico, volverán las botellas de vidrio y la sociedad estará mejor organizada para evitar que el plástico termine en los océanos. También se procurará con más empeño mantener los metales pesados tóxicos lejos del mar, aunque queda por resolver el misterio de cómo retirar los que ya están allí. Y el calentamiento global, con los deshielos y el aumento del nivel del mar, se habrá estabilizado (aunque, ciertamente, no se habrá revertido).

La gestión de los mares será mucho más sofisticada, de modo que la pesca sostenible se convierta en la práctica normal y eficiente. Sin embargo, queda la pregunta de si estará en manos de empresas familiares o si será absorbida por las grandes corporaciones. Afortunadamente, la mayoría de las ideas a favor de una industria pesquera sostenible favorecen las operaciones pequeñas.

El mundo estará más poblado y la demanda de alimentos será mayor. El cultivo orgánico a pequeña escala sobrevivirá, pero no será la principal fuente de alimentos salvo que sus productores encuentren la forma de hacerla más asequible. La agroindustria dejará de usar fertilizantes químicos y se orientará hacia la ingeniería genética salvo que se encuentre más evidencia de que tales prácticas son perjudiciales. Pero a medida que ese negocio aumente, es posible que las investigaciones revelen evidencia para detenerlo o alterarlo. La piscicultura también crecerá, pero se desarrollarán técnicas que la vuelvan menos amenazadora para el medioambiente. Los peces de piscicultura no pueden seguir alimentándose de la pesca de arrastre. Los criaderos de peces no pueden continuar alimentándose de comidas procesadas en barcos-fábrica pesqueros. Pero aquellos peces que no se alimentan de pescado fresco, que no son capturados con métodos contaminantes ni alimentados con sustancias químicas, podrían convertirse en una de las comidas del futuro.

Se establecerá una jerarquía en Internet. Algunas fuentes se forjarán la reputación de ser más confiables, y tendrán más seguidores y prestigio. Pero seguirá siendo una herramienta para las protestas populares. Los gobiernos oirán cada vez más y más a «la gente», y eso cambiará su forma de hacer las cosas. Muchas menos personas tendrán la clase de trabajo en la que pensamos hoy; muchos trabajarán por cuenta propia desde sus hogares o sus propias oficinas y se ganarán bien la vida. Esta combinación de realidades ejercerá una enorme presión sobre los gobiernos para que proporcionen redes de seguridad social tanto para los que tienen empleo como para los que no lo tienen. El movimiento actual de los gobiernos para reducir el gasto social en nombre del control fiscal queda completamente desfasado en esta visión, y deberá revertirse para evitar un desastre económico y social.

Un mundo en el que las personas puedan exigir lo que quieran será un mundo donde se alimente a los hambrientos, se eduque a los niños, las personas tengan acceso a las maravillas de la ciencia médica que nos permitirá vivir más tiempo, y la tierra se mantendrá limpia. Se reducirá el financiamiento de enormes ejércitos permanentes y de arsenales de armas que, desde 1940, han consumido el dinero para el gasto social (especialmente en los Estados Unidos), por considerarse uno de los pocos ahorros factibles en el presupuesto.

Cuento los días para ver todo esto.

Mark Kurlansky es un autor de éxito del New York Times.