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Declaraciones del Secretario General en la ceremonia conmemorativa en honor de los muertos en el terremoto de Haití

Nueva York, 9 de marzo de 2010

Excelencias,
Queridos colegas,
Queridos amigos,
Y ante todo, queridas familias de quienes despedimos con tristeza:

Agradezcamos en primer lugar a las familias y amigos que han viajado desde lejos para estar con nosotros. A quienes no pudieron estar aquí, les decimos que compartimos su dolor.

Se suma a nosotros el personal de las oficinas de las Naciones Unidas situadas alrededor del mundo, los hombres y las mujeres que enorgullecen a las Naciones Unidas.

Entre ellos están los miembros de nuestra misión en Haití, que han seguido cumpliendo sus funciones a pesar del dolor y las penurias.

Hoy conmemoramos la mayor pérdida que hayan sufrido las Naciones Unidas en toda su historia.

Recordamos a 101 vidas trascendentes.

Rendimos homenaje a la trayectoria singular de 101 personas que aunaron esfuerzos en Haití para escribir la historia mayor de las Naciones Unidas.

Esas mujeres y hombres eran de los nuestros. Fueron nuestra familia.

Llegaron a Haití desde todos los rincones del mundo, de todas las profesiones.

Sin embargo, compartían una convicción común: la creencia en un futuro mejor para el pueblo de Haití, y una determinación común para ayudar a construirlo.

Ahora esas trayectorias se reúnen por última vez, aquí en esta sala, a través de nosotros, las familias y los amigos, los colegas y los seres queridos.

El mundo los conoció en calidad de diplomáticos leales, trabajadores humanitarios abnegados y profesionales responsables.

Fueron médicos y chóferes, agentes de policía y asesores políticos, militares y abogados, cada uno de ellos hizo una contribución a la misión, cada uno a su manera.

Para nosotros eran incluso más que eso.

Los conocíamos y en forma muy personal. Conocíamos sus sonrisas, sus canciones, sus sueños.

Ahora no podemos olvidar el último mensaje de correo electrónico, la última conversación, la última comida compartida, la última despedida.

Sus palabras aún resuenan: «No te preocupes por mí. Aquí es donde tengo que estar».

En las Naciones Unidas, no solo compartimos oficinas, compartimos una pasión por un mundo mejor.

Por ello no es de extrañar que muchas de esas 101 trayectorias se desplegaron con el correr de los años a lo largo y a lo ancho del mundo.

En Camboya y la República Democrática del Congo, en Eritrea y Timor Oriental, en Kosovo y Sierra Leona.

Ya sea que llegaran a Haití o vinieran de Haití, sabían que la esperanza brilla incluso en los rincones más oscuros.

Por ello fueron los portadores de una antorcha y dondequiera que fueron llevaron la luz de la esperanza.

Al cumplir su misión en Haití, iluminaron una profunda verdad:

Los terremotos son una fuerza de la naturaleza, pero es la gente la que mueve el mundo.

Hoy nuestros corazones están abrumados por una carga demasiado difícil de soportar.

Sin embargo, quizá como ustedes, siento ante todo gratitud.

Gratitud hacia la comunidad internacional por el apoyo espontáneo, pleno e incondicional frente a esta tragedia.

Gratitud hacia los equipos de rescate, los trabajadores de asistencia humanitaria y los gobiernos que nos acompañaron en la determinación de ayudar a Haití a recuperarse y, con el tiempo, a reconstruir mejor.

Gratitud hacia el pueblo de Haití, por su fortaleza, resiliencia y fe, la fe del espíritu humano, el espíritu que arde en todos nosotros en el día de hoy.

La gratitud reina en esta sala, un profundo agradecimiento por que nuestro mundo y nuestras vidas fueron tocadas por la gracia y la nobleza de estos 101 héroes de las Naciones Unidas.

Señoras y señores,

En la vida se nos mide por quienes nos acompañan.

Para quienes están aquí hoy, sepamos que esta es nuestra medida. Esas son nuestras compañías.

A quienes hemos perdido, digámosles que nunca los olvidaremos y que proseguiremos su labor.

En instantes daremos lectura a sus nombres en la lista del más alto honor.

Miren sus fotos. Miren sus ojos. Recuerden sus sonrisas y sus sueños.

Juntos honramos a las víctimas y expresamos nuestra más profunda solidaridad a los deudos.

Les pido ahora que se pongan de pie y que hagamos un minuto de silencio.