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Alocución del Secretario General ante la Conferencia Internacional sobre el SIDA

México, D.F., 3 de agosto de 2008

Señor Presidente,
Señor Primer Ministro,
Distinguidos Ministros,
Excelencias,
Paladines de la sociedad civil

¡Hola México!

Para mí es un honor y un acto de modestia encontrarme entre tantos líderes de la respuesta frente al SIDA. Vuestra dedicación y resolución es lo que, en última instancia, hará que el acceso universal a la prevención y el tratamiento del VIH sea una realidad.

Resulta apropiado que esta Conferencia se celebre en América Latina, origen de algunas de las respuestas más dinámicas ante el SIDA, pero también donde se hace frente a algunos de los mayores desafíos.

También resulta alentador que el número de personas que pueden acceder a la prevención y el tratamiento del VIH en los países de ingresos bajos y medios, como los que integran esta región, sea mayor que nunca.

Este es el resultado de un esfuerzo ingente realizado por todos los presentes en esta Conferencia y por los millones de personas más que se han quedado trabajando en los hospitales y clínicas y en las comunidades.

No obstante, ahora es necesario empeñarse aún más a fondo.

La mayoría de los países tienen todavía un largo camino que recorrer para alcanzar el objetivo que establecieron hace dos años en la Asamblea General de las Naciones Unidas: avanzar hasta conseguir el acceso universal a la prevención, el tratamiento, la atención y el apoyo en relación con el VIH antes de 2010. En consecuencia, les será muy difícil alcanzar el objetivo de desarrollo del Milenio que nos emplaza a detener e invertir la propagación del SIDA antes de 2015.

Eso tendrá repercusiones en muchos frentes, porque detener e invertir la propagación del SIDA no es sólo uno de los objetivos de desarrollo del Milenio; los resultados de nuestra lucha contra el SIDA tendrán consecuencias en todas nuestras actividades destinadas a reducir la pobreza y mejorar la nutrición, reducir la mortalidad infantil y mejorar la salud materna, poner freno a la propagación de la malaria y la tuberculosis y fortalecer los sistemas de salud. A la inversa, los avances hacia la consecución de los demás objetivos, desde la educación hasta el empoderamiento de las mujeres y las niñas, son de importancia decisiva para los progresos con respecto al SIDA.

Señoras y señores,

Cuando la lucha contra el SIDA se acerca al final de su tercer decenio, todavía nos encontramos con un enorme déficit de recursos. Para dar respuesta al VIH y al SIDA se necesita una financiación sostenida y a largo plazo. A medida que aumente el número de personas que se sometan a tratamiento y que, por ende, vivan más años, los presupuestos tendrán que incrementarse de manera considerable en los próximos decenios. En los países más afectados, los donantes deberán proporcionar la mayoría de los fondos.

Felicito calurosamente al Gobierno de los Estados Unidos por la nueva ley que hará posible destinar la suma de 48.000 millones de dólares a la lucha contra el SIDA, la tuberculosis y la malaria durante cinco años. Celebro asimismo el compromiso del Grupo de los Ocho de no cejar en su empeño por alcanzar el objetivo del acceso universal a la prevención y el tratamiento del VIH antes de 2010.

Otra cuestión de igual importancia es que, en la mayoría de los países, persiste como un grave problema el estigma de quienes viven con el VIH. La tercera parte de los países del mundo todavía carecen de leyes que protejan a esas personas. En la mayoría de los países sigue siendo legal la discriminación contra las mujeres, los hombres que tienen relaciones sexuales con hombres, los trabajadores del sexo, los consumidores de drogas y las minorías étnicas. Esta situación tiene que cambiar.

Insto a todos los países a que asuman sus compromisos de promulgar o hacer cumplir leyes por las que se prohíba la discriminación contra las personas que viven con el VIH y contra los miembros de otros grupos vulnerables. Los insto a que sigan el ejemplo audaz de México y promulguen leyes contra la homofobia.

Desde que tomé posesión del puesto de Secretario General de las Naciones Unidas, algunas de las experiencias que más me han conmovido e inspirado son las reuniones que he tenido con colegas y otras personas que viven con el VIH. Son personas increíblemente valientes y motivadas que deberían servirnos a todos de ejemplo de cómo actuar con dignidad frente a la adversidad. El hecho de que se les discrimine, incluso imponiéndoles restricciones a su libertad para viajar de un país a otro, debería llenarnos de vergüenza.

Celebro que el Gobierno de los Estados Unidos haya adoptado la medida de eliminar las restricciones de ingreso a ese país a las personas que viven con el VIH.

Pido a los políticos de todo el mundo que se manifiesten en contra de la discriminación y protejan los derechos de las personas afectadas por el VIH o que viven con él, a las escuelas que enseñen a respetar, a los líderes religiosos que prediquen la tolerancia y a los medios de comunicación que condenen los prejuicios cualquiera que sea la forma que adopten.

En otras palabras, pido a todos los que ocupan una posición que les confiere poder e influencia que eliminen uno de los mayores obstáculos que se oponen al acceso universal.

Esa relación quedó claramente al descubierto en el Informe sobre la epidemia mundial de SIDA 2008, presentado por el ONUSIDA la semana pasada. Uno de los aspectos más sorprendentes es el impacto de las leyes contra la discriminación en la prevención del VIH. En los países donde no existen leyes que protejan a los trabajadores del sexo, los consumidores de drogas y los hombres que tienen relaciones sexuales con hombres, sólo una fracción de la población tiene acceso a la prevención.

A la inversa, en los países que cuentan con leyes que protegen a esas personas y que protegen también sus derechos humanos, son muchos más los que tienen acceso a esos servicios. El resultado es que hay menos infecciones, una menor demanda de tratamiento antirretroviral y un menor número de muertes.

No proteger a esos grupos no sólo va contra los valores éticos: tampoco tiene sentido desde una perspectiva del cuidado de la salud. Nos hace daño a todos.

Queridos amigos y amigas,

Cuando hablé por primera vez en la Asamblea General sobre el SIDA, prometí que las Naciones Unidas actuarían de común acuerdo frente a la pandemia. Haré todo lo que pueda para que así sea. Trabajaré para movilizar fondos y conseguir que el SIDA siga siendo una prioridad para todo el sistema de las Naciones Unidas. Podéis contar conmigo.

Muchas gracias.