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Mensaje del Secretario General con ocasión del primer Día Internacional de la Democracia

15 de septiembre de 2008

Me emociona unirme a ustedes en esta celebración del primer Día Internacional de la Democracia, proclamado por la Asamblea General para conmemorar la adopción de la Declaración Universal sobre la Democracia por la Unión Interparlamentaria en 1997.

Cuando, hace 11 años, la Unión Interparlamentaria emitió la Declaración como una guía amplia para los gobiernos y los parlamentos de todo el mundo, marcó un hito en la labor de promoción de la democracia. Igual que la Declaración Universal de Derechos Humanos, ejemplo duradero y luminoso, emitida más de 50 años antes, la Declaración Universal sobre la democracia suplió una deficiencia en el entramado normativo de nuestra época. En la actualidad, esa Declaración nos proporciona la información y el apoyo necesarios en lo que respecta a los principios básicos de la democracia, los elementos y las normas para el ejercicio del gobierno democrático, y la dimensión internacional de la democracia.

Es profundamente significativo que este día haya sido proclamado por iniciativa de países que a diario luchan intensamente por promover y consolidar sus propias jóvenes instituciones democráticas. Cuando la Conferencia Internacional de las Democracias Nuevas o Restauradas, por conducto de su Presidente, Qatar, presentó a la Asamblea General el proyecto de resolución por el que se proponía este Día, dio un ejemplo esclarecedor al resto del mundo.

Como Secretario General de las Naciones Unidas estoy decidido a que, cuando sea posible, las Naciones Unidas trabajen a nivel mundial para ayudar a los distintos pueblos y naciones a establecer y fortalecer sistemas democráticos. Una y otra vez la experiencia ha demostrado que la democracia es esencial para el logro de nuestros objetivos fundamentales de paz, respeto de los derechos humanos y desarrollo. Las democracias consolidadas no hacen la guerra unas a otras. Los derechos humanos y el estado de derecho están mejor protegidos en las sociedades democráticas. Y el afianzamiento del desarrollo es mucho más probable si se conceden al pueblo una capacidad auténtica de influir en su propia gobernanza y el derecho a participar de los frutos del progreso.

Nuestra misión reconoce una verdad fundamental sobre la democracia en todas partes del mundo, a saber, que en último término la democracia es el producto de una sociedad civil enérgica, activa y que se hace oír. Esa sociedad civil promueve una ciudadanía responsable y logra que las formas democráticas de gobierno funcionen debidamente.

En otras palabras, la democratización no es cuestión de un público pasivo. Es más análoga a un maratón que a una carrerilla. Es una larga lucha que deben librar los ciudadanos, miles de comunidades y naciones enteras. Asegurémonos de que cada uno de nosotros cumpla plenamente la función que le corresponde.