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DISCURSO DEL SECRETARIO GENERAL CON MOTIVO DE LA 159a REUNIÓN ANUAL DE LOS
MIEMBROS DE LA ACADEMIA DE MEDICINA DE NUEVA YORK


Nueva York, 9 de mayo de 2006

Gracias, Dr. Barondess, por sus amables palabras.

Distinguidos miembros de la Academia de Medicina,
          Señoras y Señores:

Es para mí un placer y un privilegio estar aquí. Cuando su institución celebra, en esta reunión anual de primavera, su 159° aniversario, las Naciones Unidas acaban de celebrar tan sólo su 60° aniversario. Claramente mi Organización tiene aún un largo camino por recorrer hasta llegar adonde han llegado ustedes.

El hecho de encontrarme entre los miembros de la Academia de Medicina de Nueva York me hace sentir humilde en muchos sentidos. El análisis del tipo de problemas políticos a que me enfrento requiere cierta capacidad de diagnóstico. Sin embargo, no sé nada sobre la forma de utilizar un microscopio, y mis conocimientos de anatomía son bastante limitados, así es que mis credenciales para participar en esta reunión son bastante modestas.

En mi trabajo, las medidas preventivas son las que aplicamos para tratar de evitar un conflicto armado y las operaciones tienen más que ver con las tropas de mantenimiento de la paz y los cascos azules que con los escalpelos y la anestesia. Si se mencionara a Hipócrates ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, muchos de los embajadores probablemente creerían que estaban siendo acusados, una vez más, de hipocresía. De hecho, algunos tal vez dirían que podríamos hacer mucho más para cumplir la máxima principal de Hipócrates: "en primer lugar, no causar daño".

No obstante, en la familia de las Naciones Unidas sabemos que la salud humana es fundamental para llevar a cabo nuestra misión de desarrollo y seguridad en todo el mundo.

Siempre he sido muy consciente de esto desde que comencé mi carrera en la familia de las Naciones Unidas. Tal vez algunos de ustedes no lo sepan, pero mi primer trabajo fue realmente en la Organización Mundial de la Salud (en la noche de los tiempos, no mucho después del descubrimiento de los cuatro humores; aproximadamente cuando empezaba a utilizarse la píldora anticonceptiva; mucho antes de que se erradicara la viruela; y más de dos décadas antes de que la palabra SIDA entrara en nuestro vocabulario).

Los miembros de la Academia de Medicina de Nueva York han sido testigos de primera mano de la evolución del tiempo y de su repercusión en la salud de la humanidad. Desde que se creó esta institución, la esperanza de vida en este país se ha duplicado literalmente, en gran medida gracias a la derrota de las enfermedades infecciosas. Los progresos continúan. Pero si bien los avances han ido mucho más allá de lo que pudiéramos haber imaginado hace tan sólo algunas décadas, también ha ocurrido así con algunos problemas.

Ustedes han sido testigos presenciales de ello al realizar su trabajo de mejorar la salud de la población, y en particular de las personas menos favorecidas que viven en las ciudades.

La concentración de su trabajo en la salud de las zonas urbanas constituye también una valiosa ventaja para entender los problemas de la salud que existen en todo el mundo. Los problemas a los que ustedes se enfrentan, desde las diferencias en materia de salud al VIH/SIDA y el acceso a la atención sanitaria, son los mismos a los que nosotros nos enfrentamos en general, a nivel mundial.

Hoy día, más de la mitad de la humanidad vive en ciudades. Es decir, más de 3.000 millones de personas. Cerca de 1.000 millones, uno de cada seis seres humanos, vive en una chabola urbana, sin alojamiento adecuado ni servicios básicos y se espera que esta cifra llegue a los 2.000 millones en los próximos 25 años. A medida que la pobreza se haga cada vez más urbana, el impacto mayor se sentirá en los países más pobres.

A su vez, la pobreza urbana propicia las enfermedades y los problemas de salud. Millones de personas carecen de hogar. Los más vulnerables, entre ellos las mujeres y los niños, son las primeras víctimas de la violencia, la delincuencia, la superpoblación y todos los problemas de salud relacionados con las condiciones inhumanas de vida de las ciudades en rápido crecimiento.

Es en estos campos de exterminio urbanos en donde las epidemias se cobran el mayor número de víctimas. Y esto es aplicable a las principales enfermedades mortales de nuestro tiempo: la malaria, la tuberculosis y el VIH/SIDA.

Consideremos por tanto estas tres enfermedades y los efectos de cada una de ellas.

Hay al menos unos 300 millones de casos agudos de malaria al año, que provocan más de un millón de muertes anuales. Nueve de estas muertes se producen en África, la mayoría de ellas entre niños pequeños. La malaria es la principal causa de mortalidad de menores de 5 años en África. A ella se dedica el 40% del ya sobrecargado presupuesto de salud pública, del continente.

Cinco mil personas mueren de tuberculosis al día. La tuberculosis produce anualmente más de 1 millón y medio de víctimas y se detectan más de 8 millones de nuevos casos cada año. África es el único continente en el que siguen aumentando los casos. El año pasado, los ministros africanos de salud declararon que la tuberculosis constituía una situación de emergencia.

No podemos vencer a la tuberculosis si no avanzamos en la lucha contra la enfermedad que deja a tantas personas sin defensas: el VIH/SIDA. La pandemia del SIDA mató a casi 3 millones de personas el año pasado. Entre sus víctimas están aumentando de manera alarmante y desproporcionada el número de mujeres y de jóvenes. El SIDA sigue creando una senda de destrucción que, de nuevo, se siente especialmente en África, si bien es probablemente la epidemia más destructiva y global que se ha producido nunca. Dado que principalmente afecta a adultos, el SIDA da lugar a la pobreza, deja huérfanos a millones de niños y ocasiona una erosión continua de los servicios públicos: desde la policía y las fuerzas armadas a la educación y el gobierno local y, por supuesto, la salud pública. Así pues, no sólo es un obstáculo sin precedentes para el desarrollo, sino que también constituye una amenaza para la paz y la seguridad. Por ello, desde hace varios años la lucha contra el SIDA se ha convertido en mi prioridad personal.

Señoras y señores, las experiencias de los últimos años han obligado a los gobiernos de todo el mundo a aceptar que los problemas de salud a los que nos enfrentamos tienen carácter mundial y no respetan límites. Ningún país es inmune a ellos.

En 2003, el síndrome respiratorio agudo y grave afectó a más de 8.000 personas de 30 países en tres meses y puso en una grave situación a sistemas de salud rudimentarios y avanzados, de países en desarrollo y desarrollados.

El año pasado, la gripe aviar obligó a sacrificar a millones de animales en tres continentes, y los expertos advierten de que el virus podría mutar y dar lugar a una pandemia de gripe humana. La pandemia de la gripe que surgió en 1918 mató a 50 millones de personas, y eso fue antes de la era de la aviación.

Consecuencias iguales o incluso más dramáticas podrían derivarse de una liberación accidental o deliberada de agentes biológicos letales. Estos peligros van en aumento dado que los adelantos de la biotecnología sigue superando nuestra capacidad para establecer las normas y salvaguardias necesarias.

Todas estas amenazas a nuestra seguridad biológica, por muy dispares que puedan parecer, están relacionadas entre sí. No tenemos más remedio que hacerles frente. Debemos alejarnos del tipo de intervenciones de la salud que yo compararía con un mantenimiento de la paz sin consolidación de la paz; es decir, intervenciones humanas y esenciales, pero muy a menudo carentes de los esfuerzos necesarios a largo plazo para consolidar los resultados y lograr que sean perdurables.

Para ello sería necesario adoptar medidas respecto a una serie de prioridades:

En primer lugar, debemos descartar la idea de que los problemas de salud pública son simplemente cuestiones de salud pública. Los grandes problemas del SIDA, la supervivencia infantil, y la amenaza de una pandemia de gripe son también problemas de desarrollo y, a veces, problemas de seguridad. Por tanto, en la respuesta que les damos deben participar los niveles más altos del gobierno, de la sociedad civil, del mundo empresarial y de las finanzas. Debemos dejar a un lado el planteamiento burocrático tradicional y trabajar con ministerios y departamentos a fin de crear un enfoque global.

Para lograr un enfoque de ese tipo, podemos tomar como ejemplo la crisis del SIDA. Tras un trágico comienzo tardío, ha habido una respuesta al nivel necesario, incluidos períodos de sesiones del Consejo de Seguridad y de la Asamblea General de las Naciones Unidas, de la Organización Mundial del Comercio, de la Unión Africana y del Grupo de los Ocho. En la actualidad, hay muchos Jefes de Estado o de Gobierno que dirigen personalmente la reacción de sus países al problema del SIDA. Sólo de esta forma podrá el mundo, finalmente, tener una oportunidad de cambiar la evolución de esta pandemia.

En segundo lugar, debemos dedicar más recursos a la vigilancia de las enfermedades y la lucha contra ellas. El año pasado, la Asamblea Mundial de la Salud aprobó nuevas disposiciones internacionales en materia de salud, una medida determinante y necesaria para mejorar la labor mundial de contención de brotes. Los gobiernos deben prestar mayor atención y recursos a la creación de capacidad local y nacional de detección y respuesta tempranas. Los donantes, aunque sólo sea por interés propio, deben trabajar con los países en desarrollo y prestarles asistencia.

En tercer lugar, debemos actuar en el entendimiento de que la salud pública no sólo está relacionada con intervenciones y tecnologías médicas, sino que depende en igual medida de factores como la potenciación de la mujer, los derechos humanos, la educación, el entorno saludable y el trabajo digno. Esta es la base de los objetivos de desarrollo del Milenio, el conjunto de objetivos acordados por todos los gobiernos del mundo como programa para la creación de un mundo mejor en el siglo XXI.

En cuarto lugar, y de importancia crítica, debemos hacer nuevos y verdaderos esfuerzos por crear sistemas de salud de acceso universal en los países en desarrollo. Un aspecto esencial de esa cuestión es la necesidad de resolver el problema de la gran escasez de trabajadores del ámbito de la salud que existe en tantos países en desarrollo.

En los últimos años ha quedado claro que los sistemas de salud no están ni mucho menos bien equipados para resolver los problemas cada vez mayores a los que tienen que enfrentarse. En muchos lugares del mundo, los trabajadores del ámbito de la salud se encuentran en una situación de crisis aguda. La población mundial va en aumento mientras que va reduciéndose el número de trabajadores del campo de la salud en muchos de los países más pobres.

En todo el mundo en desarrollo, los trabajadores del ámbito de la salud se enfrentan con problemas económicos, con el deterioro de las estructuras de salud y con problemas de agitación social. Se trata de problemas complejos, que incluyen las condiciones de trabajo y el salario, la falta de formación adecuada, y el éxodo de profesionales de la salud bien formados y experimentados a países más ricos. El SIDA ha afectado también de forma especialmente dura a quienes trabajan en el ámbito de la salud, despojándolos de su propia salud y de sus vidas, así como de las de sus pacientes.

Tan sólo en África se requeriría un millón más de trabajadores de la salud para llegar al mínimo necesario a fin de lograr los objetivos de desarrollo del Milenio. Sin este incremento fundamental de la capacidad no se llevarán a cabo vacunaciones pediátricas, no se contendrán brotes infecciosos, seguirán sin tratamiento enfermedades que se curan, las mujeres seguirán muriendo innecesariamente al dar a luz y, desde luego, no podremos abrir las brechas necesarias para luchar contra el SIDA, la tuberculosis y la malaria.

Para resolver esta crisis de capacidad se requiere la colaboración a nivel nacional y mundial de todos los sectores, incluidos los de la educación, el transporte y las finanzas, así como en el seno de la propia fuerza laboral de los servicios de salud.

Es preciso crear coaliciones para la elaboración de planes nacionales de emergencia en materia de salud que integren conocimientos técnicos, estrategias innovadoras y apoyo político, tanto a nivel nacional como internacional.

Es preciso que abordemos de manera más directa los problemas de la fuerza laboral. Ello conlleva examinar nuevas políticas de recursos humanos para retener a los trabajadores de la salud, asegurándonos de que se resuelvan los problemas de su vida laboral.

Y es preciso contar con compromisos financieros sustanciales para formar y pagar a nuevos trabajadores.

Tenemos que partir de la riqueza de talentos que existe en los países en desarrollo a fin de crear una fuerza laboral capaz de hacerse cargo de las necesidades diarias de la población y de hacer frente a los grandes exterminadores de nuestra era. Ello supone una transformación de la misma envergadura que la que tuvo lugar en este país en los comienzos del siglo pasado, una transformación que hizo que el sistema de salud de los Estados Unidos pasase, de estar constituido por un grupo de ejercientes legos a contar con un cuadro de profesionales formados en facultades de medicina.

Hoy día, algunos países ricos importan hasta un 25% de médicos y enfermeras, en particular de países en desarrollo, lo que abre oportunidades para las personas, si bien debilita la capacidad de sus países de origen. No obstante, al mismo tiempo, muchos países desarrollados están comenzando a reconocer la dependencia que existe en el mundo en lo que respecta a la salud humana. Partiendo de ese reconocimiento, esos países pueden tomar medidas aumentando enormemente su inversión en el desarrollo de recursos humanos en otros países, lo que va en beneficio de todos.

Pueden también aumentar su apoyo al Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria, que en algunos años desde su fundación se ha convertido en la principal fuente de financiación de programas para luchar contra esas pandemias.

Asimismo, pueden reforzar su apoyo a la labor del ONUSIDA, el programa que auna la labor y los recursos de 10 sectores diferentes de la familia de las Naciones Unidas en la lucha contra la pandemia del SIDA.

Pueden invertir en el Programa Mundial de Lucha contra la Malaria de la Organización Mundial de la Salud, así como en estrategias nacionales para combatir esta enfermedad.

Pueden ayudar a la aplicación de las recomendaciones del Plan mundial para detener la propagación de la tuberculosis que la Organización Mundial de la Salud puso en marcha este año. Si el Plan se lleva a cabo en su totalidad, podrán salvarse 14 millones de vidas en los próximos 10 años, pero sólo se logrará si todo el mundo cumple la función que le corresponde.

Y pueden ayudar a cumplir con la responsabilidad colectiva que tenemos de asegurar que todos los países, los ricos y los pobres, estén protegidos y preparados en el supuesto de que se produzca una pandemia de gripe humana.

Este país es un asociado fundamental y un generoso contribuyente en todos estos ámbitos. No podemos ganar la guerra de la salud mundial sin la colaboración de los Estados Unidos. Organizaciones como la de ustedes han desempeñado un papel fundamental en el desarrollo de la conciencia y la vigilancia necesarias para apoyar dicha contribución.

Les agradezco la atención que me han dispensado hoy. Me conmueve sobre todo su compromiso con las salud humana en todo el mundo y espero que muchos más sigan su ejemplo.

Muchas gracias.