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PALABRAS PRONUNCIADAS POR EL SECRETARIO GENERAL TRAS
RECIBIR EL PREMIO "SEVILLA, NODO ENTRE CULTURAS"


Sevilla, 10 de abril de 2006

Quiero ante todo darles las gracias por reconocer la labor que las Naciones Unidas realizan para promover el diálogo entre civilizaciones. Me siento particularmente honrado por haber compartido la candidatura a este galardón con personalidades del ámbito humanitario de la categoría del Arzobispo Desmond Tutu, Shireen Ebadi, Amin Maaluf y el Profesor Márquez Villanueva.

Me parece especialmente apropiado que este premio se otorgue en Sevilla, ciudad imbuida de las tradiciones orientales y occidentales. De hecho, durante gran parte de su historia, Sevilla ha prosperado como mosaico de gentes, contribuyendo a la riqueza de la civilización de la Península Ibérica. Al igual que las Naciones Unidas, esta ciudad es verdaderamente, como sugiere el nombre de su Fundación, un nodo que conecta el Oriente con el Occidente, y el Norte con el Sur.

Hace un milenio, mientras Europa seguía estando sumida en las tinieblas de la Alta Edad Media, la Península Ibérica se enriquecía gracias a la interacción de las culturas y tradiciones cristianas, islámicas y judías. Aunque en ocasiones esta interacción dio lugar a hostilidades y conflictos, fueron la erudición y el crecimiento intelectual los que legaron una herencia más duradera, beneficiando así a toda la humanidad.

Por desgracia, siglos más tarde nuestra época supuestamente "ilustrada" se enfrenta a un aumento creciente del extremismo y la intolerancia. Todos ustedes conocen las recientes manifestaciones de estos fenómenos en muchas partes del mundo, a veces acompañadas de violencia, que han tensado las relaciones entre comunidades y naciones con distintas creencias y culturas. Existe el riesgo de que el diálogo esencial entre musulmanes, judíos y cristianos quede reducido a un airado intercambio entre sus polos opuestos, y así puede ocurrir si los moderados de cada una de las partes permiten a los extremistas hablar en su nombre y dan por sentado que los extremistas de la otra parte representan a toda su comunidad.

Obviamente es necesario que dejemos atrás nuestros prejuicios colectivos y promovamos un diálogo constante, basado en la premisa de que la diversidad, tanto en el pensamiento como en las creencias y en la acción, es un don preciado, no una amenaza. Debemos educarnos a nosotros mismos y a nuestras sociedades para superar los estereotipos que caracterizan al otro y evitar clasificaciones simplistas que exacerban los malentendidos e impiden resolver los auténticos problemas.

Los líderes mundiales reconocen esta necesidad fundamental. En el Documento Final de la Cumbre Mundial celebrada el año pasado, reconocieron colectivamente que era importante que en el mundo entero se respetara y comprendiera la diversidad religiosa y cultural. Declararon además que, para promover la paz y la seguridad internacionales, se comprometían a fomentar el bienestar, la libertad y el progreso de los seres humanos en todas partes, así como a alentar la tolerancia, el respeto, el diálogo y la cooperación entre diferentes culturas, civilizaciones y pueblos.

España ha asumido el liderazgo en esta empresa. El año pasado, junto con el Primer Ministro de Turquía, el Presidente del Gobierno anunció la Alianza de Civilizaciones en las Naciones Unidas. Esta oportuna iniciativa responde a la necesidad de que la comunidad internacional haga serios esfuerzos, tanto a nivel de las instituciones como de la sociedad civil, para superar los prejuicios, los conceptos erróneos y las polarizaciones que pueden poner en peligro la paz mundial.

El objetivo último de la Alianza es promover la aceptación de valores compartidos como la tolerancia, la igualdad y la dignidad individual con el apoyo del marco constituido por el Estado de derecho.

Sin duda son estos mismos valores los que motivan nuestra labor. Les agradezco que, a solicitud mía, vayan a destinar la parte pecuniaria de este premio al Fondo de Población de las Naciones Unidas. En concreto, el premio se dedicará a un proyecto cuyo objetivo es combatir la violencia sexual contra las mujeres y los niños en la República Democrática del Congo. Mi esposa Nane visitó recientemente este proyecto y se entrevistó con varias víctimas. Sería muy difícil transmitirles su experiencia, pero tanto Nane como yo estamos firmemente convencidos de que este tipo de proyectos ponen en práctica, en el plano local, nuestros esfuerzos más amplios por promover la igualdad y la dignidad humana en todo el mundo.

En la Sede de las Naciones Unidas en Nueva York está expuesta una hermosa obra del fallecido artista español José Vela-Zanetti. Se trata de un mural que representa "la lucha de la humanidad por lograr una paz duradera" y narra la historia de una familia de naciones que se han visto separadas por las circunstancias, pero también muestra a los miembros de esa misma familia construyendo las Naciones Unidas con la esperanza de que pueda restablecer la paz, y luego defenderla para que todas las personas puedan disfrutar de ella en todo momento.

Como los obreros del mural de Vela-Zanetti, siempre estaremos llevando a cabo un proceso de construcción, porque a nosotros nos corresponde reforzar los vínculos entre los pueblos de nuestro mundo. En este sentido, todos somos nodos entre nuestras civilizaciones, nuestras culturas, nuestras creencias y nuestras comunidades.

Este es el espíritu con el que acepto su premio y les doy las gracias, una vez más, por el honor que me han hecho al concedérmelo.