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DISCURSO DEL SECRETARIO GENERAL ANTE LA XVI CUMBRE IBEROAMERICANA

Montevideo, 3 de noviembre de 2006



Señor Presidente,
Majestad,
Distinguidos Jefes de Estado y de Gobierno,
Secretario General Iglesias,
Excelencias, señoras y señores:

Es para mí un honor estar con todos ustedes. Quisiera dar las gracias a nuestros anfitriones, el Presidente Vázquez y el Gobierno y el pueblo del Uruguay, por la cálida acogida y la amable hospitalidad que nos han dispensado.

También quisiera felicitar a Enrique Iglesias, un buen amigo de las Naciones Unidas y mío, por haber tomado las riendas de la organización iberoamericana como Secretario General en unos momentos tan críticos.

Me complace especialmente estar con ustedes en un momento en que las Naciones Unidas se esfuerzan por forjar alianzas más sólidas con las organizaciones regionales y otras organizaciones intergubernamentales. El hecho de que hayan afianzado la Secretaría General Iberoamericana ayudará sin duda alguna a estrechar la cooperación entre nosotros.

Individualmente, muchos de sus países ya desempeñan una función crucial en el fortalecimiento y la renovación de las Naciones Unidas, desde integrar la nueva Comisión de Consolidación de la Paz y el Consejo de Derechos Humanos hasta participar en nuestras operaciones de mantenimiento de la paz en todo el mundo, por ejemplo en Haití, que presenta una de las situaciones más difíciles de las Américas.

Ahora, como organización, están empezando a hacer frente a retos que nuestras dos instituciones deberán abordar seriamente en el futuro.

Uno de esos retos es las desigualdades arraigadas. Todos esperábamos que la globalización nos acercaría; sin embargo, en algunos aspectos nos ha alejado aún más. Las corrientes financieras netas siguen fluyendo de países pobres a países ricos, como agua contra corriente. Incluso los países en desarrollo que se están poniendo a la altura con los demás en relación con el producto interno bruto total lo están haciendo a expensas de un gran aumento de las desigualdades en los ingresos y en la distribución de la riqueza de su población.

Aquí en Latinoamérica, la desigualdad y la pobreza son retos persistentes. La región tiene el grado de desigualdad más alto del mundo en la distribución de los ingresos, y 220 millones de personas viven en la pobreza.

Sin embargo, aunque la región continúa mostrando un dinamismo menor que otras regiones del mundo en desarrollo, hay indicios de verdaderos progresos. Según los cálculos de la CEPAL, la región registrará un crecimiento de un 5% en 2006, la segunda vez en 25 años que experimentará cuatro años consecutivos de crecimiento. El producto interno bruto regional refleja un aumento acumulativo de más de un 17%. El crecimiento económico ha repercutido favorablemente en el mercado de trabajo y en el empleo. Y aunque 18 millones de personas de la región están desempleadas, la tasa de desempleo a fines del pasado año fue la más baja de toda una década.

Sin embargo, debemos dejar en claro que cuatro de cada diez personas de la región viven en la pobreza, una pobreza que no sólo significa unos ingresos insuficientes para atender las necesidades básicas sino que también entraña la exclusión social. Aplaudo la energía y la urgencia con que sus gobiernos afrontan los retos del desarrollo social formulando programas para aliviar la pobreza y combatir sus causas estructurales. Y les felicito por haber aprobado aquí, el pasado mes de marzo, la resolución de Montevideo, en la que se comprometieron a armonizar los programas de derechos sociales a fin de promover la protección social y la solidaridad.

Para lograr un desarrollo equilibrado y sostenible deben abordarse las desigualdades mundiales. Para la mayoría de los países de esta región esto no está relacionado con la asistencia. Está relacionado en parte con la deuda y la volatilidad de las corrientes de capitales. Y sobre todo está relacionado con la distribución justa de los beneficios derivados del comercio internacional. Ello entraña los ingresos de la exportación de productos básicos y la libre circulación de bienes, personas e ideas.

Aquí en el Uruguay pensamos en la Ronda Uruguay, en la que se concertó un acuerdo que muchos países en desarrollo consideran injusto. Esto nos lleva a la Ronda de Doha, que colocó los intereses de los países en desarrollo en un lugar destacado de su programa. A pesar de ello, algunos reveses lamentables han hecho que algunos contemplen la posibilidad de conformarse con algo menos que una verdadera ronda de negociaciones para el desarrollo o con que no se celebre ninguna ronda. Esto no debe pasar. La Unión Europea tiene que cumplir una importante función y salvar la ronda de negociaciones: esperamos que España y Portugal tomen la iniciativa y logren que siga su curso.

Sobre todo, esperamos que la Conferencia Iberoamericana prosiga su valiosa labor para estrechar la cooperación y profundizar el entendimiento entre el Norte y el Sur. Esto es sumamente importante para el tema de esta cumbre. La migración internacional es uno de los mayores problemas de este siglo. La globalización, con los adelantos en las comunicaciones y los transportes, ha aumentado muchísimo el número de personas que quieren y pueden trasladarse a otros países. Hemos entrado en una nueva era de movilidad. Es imprescindible que entendamos sus ramificaciones.

El mundo está preparado para celebrar un debate mundial. Hace seis semanas pudimos abrir nuevos caminos con el primer Diálogo de alto nivel de las Naciones Unidas sobre la migración internacional y el desarrollo.

La participación en el Diálogo fue abrumadora. Todos estuvieron de acuerdo en que ofrecía una oportunidad única para determinar los medios y arbitrios de aumentar al máximo los beneficios de la migración internacional para el desarrollo y reducir sus efectos negativos. Los participantes acordaron que la migración podía y debía ser una fuerza positiva para el desarrollo, tanto en los países de origen como en los países de destino, siempre que fuera apoyada por políticas apropiadas. Reconocieron que las remesas de fondos constituían un beneficio apreciable para los países de origen; que la migración internacional, el desarrollo y los derechos humanos estaban relacionados intrínsicamente; que, para obtener todos los beneficios de la migración internacional, los países debían respetar los derechos fundamentales y las libertades de todos los migrantes; y que los grupos vulnerables, como las mujeres y los niños migrantes, necesitaban protección especial.

El Diálogo también dejó en claro que, para tener éxito, las estrategias nacionales debían complementarse con una mayor cooperación bilateral, regional y multilateral. Sólo con esa cooperación podemos promover una migración legal, segura y ordenada, reducir la migración irregular y obtener todos los beneficios de la migración internacional. Ya se han celebrado muchos procesos consultivos regionales tras los que se han adoptado medidas prácticas para la migración, lo cual prueba que la cooperación es particularmente efectiva en el plano regional.

Sobre todos estos aspectos, es evidente que el mundo tiene muchas lecciones que aprender de su región. Enrique, como dijiste en el Diálogo de alto nivel, las migraciones son un componente esencial de la experiencia iberoamericana. Durante toda la historia del continente, han contribuido a formar sus sociedades y a forjar sus identidades. Y todavía continúan haciéndolo.

Sólo el año pasado, América Latina y el Caribe generaron un total de 26 millones de migrantes internacionales, lo cual representa el 13% del total mundial. Por supuesto, los Estados Unidos continúan siendo el país de destino para la gran mayoría de los migrantes de la región, que se caracterizan por los firmes lazos que mantienen con sus países de origen. Pero al mismo tiempo, tres millones de migrantes internacionales se han trasladado entre países de América Latina. Ello coincide con las iniciativas encaminadas a facilitar la movilidad entre los países de la CARICOM, el MERCOSUR y la Comunidad Andina de Naciones. Y muchos de ellos parten para nuevos destinos, como España, que se ha convertido en el segundo país de destino de los migrantes de su región.

Su amplia experiencia ha dado lugar a políticas y prácticas recomendadas que pueden servir como valiosos puntos de referencia para la comunidad internacional. Han acumulado una experiencia muy valiosa en la gobernanza de la migración, las consecuencias de la migración para las mujeres y las familias, la necesidad de proteger los derechos humanos de los migrantes y la pérdida de capital humano causada por la migración de profesionales de países con economías pequeñas. Algunos de sus países han empezado a aplicar prácticas gubernamentales innovadoras al pasar la cuestión de la migración de los ministerios del interior a los ministerios de trabajo, vinculándola así al mercado de trabajo. Y al trabajar en pro de la legalización de los migrantes irregulares, algunos gobiernos están logrando que contribuyan a financiar los servicios sociales.

Excelencias, su experiencia y sus conocimientos serán cruciales al prepararnos para el primer foro mundial sobre migración internacional y desarrollo, iniciativa que propuse para continuar en una forma permanente el debate que iniciamos con el Diálogo de alto nivel. Muchos de ustedes desempeñaron una función decisiva al adoptar mi propuesta de celebrar el Foro y pedirme que ayude a organizarlo.

Espero que el foro mundial pueda ayudarnos a avanzar en tres frentes:

En primer lugar, ayudando a los gobiernos a entender debidamente la forma en que la migración puede impulsar sus objetivos de desarrollo. Esto se aplica tanto a los países de origen como a los de destino, ya que la migración puede ayudar incluso a los países desarrollados a lograr sus aspiraciones económicas, sociales y culturales. Una vez entiendan donde están las oportunidades, deberán organizarse (sus gabinetes, sus burocracias) para aprovecharlas.

En segundo lugar, ayudando a los gobiernos a examinar la migración internacional de una forma que no sea intimidatoria. Es evidente que tratar la cuestión en negociaciones oficiales orientadas al establecimiento de normas no es aceptable para la mayoría de los países. Nadie desea establecer una organización mundial para las migraciones. En vez de ello, creo que lo que procede es iniciar procesos consultivos voluntarios y oficiosos que no sean vinculantes y se desarrollen en un entorno participativo que inspire confianza. Esto es lo que espero para el Foro mundial.

Y por último, creo que el Foro puede ayudarnos a concentrarnos en las formas prácticas de aprovechar al máximo los aspectos positivos de la migración internacional. Por ejemplo, reduciendo las barreras para las remesas de fondos. O estableciendo alianzas que promuevan la educación de calidad en el mundo en desarrollo. O aprendiendo unos de otros cómo podemos conectarnos mejor con nuestras diásporas y beneficiarnos de ellas. La lista de temas constructivos es una lista muy larga. Hay temas sobre los que casi todos los Estados están de acuerdo en que tienen algo que ganar y muy poco que perder.

Me complace enormemente que el primer Foro mundial se celebre el próximo verano en Bruselas. Mi Representante Especial, Peter Sutherland, así como el sistema de las Naciones Unidas en su conjunto, cooperarán estrechamente con el Gobierno de Bélgica para asegurar su éxito. Sé que sus países harán lo mismo.

Si el Foro se desarrolla con éxito supondrá un gran cambio en la voluntad de los gobiernos de abordar esta cuestión complicada y volátil de una manera seria y constructiva.

Y puede contribuir decisivamente a ayudar a la comunidad internacional, finalmente, a ver realizado el deseo de que la globalización nos acerque.

Les doy las gracias a todos por la excelente colaboración con la que hemos trabajado durante los diez años que he sido Secretario General de las Naciones Unidas. No hubiera podido cumplir mi misión sin el apoyo de sus gobiernos y de sus pueblos. Les deseo suerte en sus actividades.

Muchas gracias. Muito obrigado.