logo

Discurso del Secretario General en la 30a reunión anual de los Ministros de Relaciones Exteriores del Grupo de los 77,
celebrada durante el sexagésimo primer período de sesiones de la Asamblea General


Nueva York, 22 de septiembre de 2006



Señor Presidente,
Excelencias,
Señoras y señores:

Quiero ante todo saludar respetuosamente al distinguido Primer Ministro de Sudáfrica, Sr. Nkosazana Dlamini Zuma, y al Embajador Kumalo, y felicitarlos por el liderazgo que ha proporcionado Sudáfrica al Grupo de los 77. Al dirigir al Grupo, Sudáfrica ha contribuido de manera importante al logro de progresos con respecto a los resultados de la Cumbre Mundial de 2005.

Al mismo tiempo, ustedes han puesto de relieve los peligros de la exclusión y la marginación de los países en desarrollo. Han procurado fortalecer la cooperación Sur-Sur y han tratado de dar a los países en desarrollo más influencia para alcanzar con más celeridad los objetivos de todas las principales conferencias y cumbres de las Naciones Unidas, cuyos resultados son críticos para la vida de los miles de millones de personas que el Grupo representa.

Los logros derivados de la Cumbre Mundial constituyen auténticos hitos para el cambio. El Grupo de los 77 propició las negociaciones para el establecimiento de la Comisión de Consolidación de la Paz, instrumento que permitirá administrar mejor el período decisivo y difícil de la transición entre la guerra y la paz. Al mismo tiempo, el Fondo central para la acción en casos de emergencia garantizará que, en el ámbito crítico de la asistencia humanitaria, la aportación de las Naciones Unidas sea más amplia y rápida. El Fondo para la Democracia ayudará a fortalecer las instituciones y a asegurar que los pueblos puedan ejercer sus derechos democráticos. Además, los Estados Miembros han adoptado un marco estratégico amplio contra el terrorismo y hace poco se dio inicio al segundo período de sesiones del Consejo de Derechos Humanos, en el que continuará su labor de reforma y revitalización de los mecanismos de derechos humanos de las Naciones Unidas.

En conjunto, estas medidas ofrecen la esperanza de lograr una Organización más dinámica y más comprometida en los ámbitos de la paz y la seguridad, los derechos humanos y el socorro humanitario. Nuestra Organización puede y debe enorgullecerse de esos adelantos.

En lo que concierne al desarrollo, hemos logrado también algún progreso, pero aún queda mucho por hacer.

Amigos míos, no hace falta que les recuerde las estadísticas inquietantes. Cada día mueren 30.000 niños, víctimas de enfermedades que podrían prevenirse, y cada minuto muere una mujer por complicaciones del embarazo y el parto. En el decenio de 1990, la pobreza se agudizó en unos 60 países de diversas regiones del mundo. Cerca de 3.000 millones de personas subsisten actualmente con menos de 2 dólares al día, y esa cifra no se ha modificado en 10 años. Más de 1.000 millones de personas siguen careciendo de agua potable y la degradación ambiental sigue siendo causa de que suelos que fueron fértiles hoy no estén en condiciones de proveer a las necesidades fundamentales de las familias.

Tampoco hace falta que les diga que esta realidad exige una respuesta enérgica de las Naciones Unidas.

Así lo reconocieron los gobiernos en el Consenso de Monterrey y en la Cumbre Mundial. En esas ocasiones históricas, afirmaron y confirmaron su adhesión a una alianza mundial para el desarrollo.

En junio pasado reiteraron su adhesión a esa alianza, al aprobar la Asamblea General una resolución sobre el seguimiento de los resultados de la Cumbre relativos al desarrollo.

Esa resolución fue un hecho importante que, según espero, generará un nuevo impulso. En particular, espero que dé nuevo ímpetu a la labor dirigida a mejorar el funcionamiento del Consejo Económico y Social.

Como principal órgano de las Naciones Unidas encargado de la coordinación y el fomento de las políticas de desarrollo, el Consejo Económico y Social debe tener una misión fundamental que oriente su labor. Por fortuna, ahora la tiene: los objetivos de desarrollo del Milenio ofrecen al Consejo la oportunidad de concentrar sus esfuerzos en torno a un conjunto concreto de objetivos claros, universalmente aclamados y alcanzables.

Meta por meta, región por región, los miembros del Consejo Económico y Social deben examinar el progreso alcanzado, corregir las deficiencias, encomiar los adelantos, recabar nuevos recursos y estimular reformas futuras para ayudar a mantener al mundo firmemente encauzado hacia las metas que ha de alcanzar para el año 2015.

Si así lo hacen, podrán cumplir una función decisiva en la vida diaria de la gente de todo el mundo. Y si consiguen implantar debidamente instrumentos tales como los exámenes anuales a nivel ministerial y el foro bienal sobre la cooperación para el desarrollo, el Consejo Económico y Social podrá comenzar a cumplir su promesa.

Sin embargo, cualesquiera que sean las reformas institucionales que consigamos implantar, poco significarán si no conseguimos también transformar a las Naciones Unidas en una organización más funcional y mejor administrada.

La legitimidad y la eficacia de las Naciones Unidas dependen de la integridad y la eficacia de la Secretaría. El documento final de la Cumbre proporciona una guía a ese respecto, así como la autoridad para efectuar una amplia reforma administrativa que haga a la Secretaría más eficaz, más eficiente y más responsable. Cuento con su ayuda para poner en práctica ese documento final, que los Jefes de Estado y de Gobierno de sus países suscribieron.

Cuento también con ustedes para que actúen en consonancia con su determinación, expresada también en el documento final de la Cumbre, de "consolidar y actualizar el programa de trabajo de las Naciones Unidas de forma que responda a las necesidades actuales de los Estados Miembros".

Los mandatos que ustedes y sus predecesores han aprobado a lo largo de los últimos 60 años reflejan la aspiración de todos sus países de que esta Organización contribuya eficazmente a resolver los problemas del mundo. Sin embargo, pese a su composición universal y por mucho que se esfuercen sus funcionarios, la Organización no puede hacerlo todo. Así lo reconocieron los gobiernos de sus países cuando decidieron examinar todos los mandatos que tuvieran más de cinco años de antigüedad.

Señoras y señores:

Esta es la última vez que me dirigiré a ustedes como Secretario General de las Naciones Unidas. Cuando me disponía a asumir el cargo hace casi 10 años, prometí trabajar para asegurar que los recursos y medios del sistema de las Naciones Unidas se encauzaran efectivamente hacia quienes más los necesitaran, esto es, hacia los pueblos de sus países que, como no debemos olvidar nunca, representan la mayoría de los Miembros de las Naciones Unidas.

Dejo la Organización cuando mi labor queda aún en gran parte inconclusa. No estoy seguro siquiera de que ésta pueda alguna vez cumplirse por completo. Como he dicho muchas veces, la reforma es un proceso y no un hecho aislado. Sin embargo, tengo la profunda convicción de que en estos 10 años hemos conseguido que este instrumento indispensable resulte hoy más eficaz y responsable y esté mejor coordinado que nunca, por el bien de los pueblos en cuyo servicio encuentra su razón de existir.

Tengo igualmente la profunda certeza de que debemos construir nuestro futuro con un criterio integral, en el que se dé igual importancia y atención a los tres pilares fundamentales del desarrollo, la seguridad y los derechos humanos, teniendo presente que esos tres pilares no son fines en sí mismos, sino requisitos indispensables para nuestro bienestar colectivo. Como todos hemos aprendido a lo largo de estos años, dependen el uno del otro y se refuerzan entre sí.

Hago votos por que ustedes continúen adelante, teniendo siempre en cuenta esa verdad, por el bien de las Naciones Unidas y de los pueblos de sus países.

Muchas gracias