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El Secretario General

Discurso ante la Conferencia de Desarme

Ginebra, 21 de junio de 2006

Señor Presidente,
          Excelencias,
          Señoras y Señores,

Es para mí un placer dirigirme a la Conferencia de Desarme.

El pasado mes, en la Universidad de Tokyo, hablé de la situación actual del régimen de no proliferación nuclear. Dije entonces que el mundo estaba en una encrucijada. Creo que la descripción se aplica con una claridad meridiana a este órgano, por lo que me gustaría aprovechar esta reunión de hoy para hacerles un llamamiento a ustedes y a través suyo a los gobiernos que representan.

Como miembros de la Conferencia de Desarme ustedes saben mejor que nadie que ante nosotros se abren dos caminos muy divergentes. Un camino, el camino de la participación activa, puede llevarnos a un mundo en que la tendencia a la proliferación de armas nucleares se limite y se invierta gracias a la confianza, el diálogo y el acuerdo negociado.

El otro nos conduce a un mundo en el que un creciente número de Estados se sienta obligado a dotarse de armas nucleares y en el que agentes no estatales adquieran los medios de practicar el terrorismo nuclear.

La comunidad internacional parece avanzar como un sonámbulo por el segundo camino, no por una decisión consciente sino más bien como consecuencia de errores de cálculo, de debates estériles y de la parálisis de los propios mecanismos multilaterales establecidos para crear confianza y resolver conflictos.

Pero, si hay algún grupo que tenga el poder colectivo de despertar al mundo ante tal peligro, es la Conferencia de Desarme, que desde hace muchos años sigue al frente de los esfuerzos mundiales por detener la multiplicación de las armas mortíferas. Y, si ha habido alguna vez un momento oportuno para salir del prolongado atolladero en que se encuentra su trabajo y asignar de nuevo prioridad al desarme en el programa internacional, es este momento, tras los dos fracasos muy recientes y sonados.

El año pasado, los gobiernos tuvieron dos oportunidades de reforzar la base del Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares: la primera en la Conferencia de Examen, en mayo, y la segunda en la Cumbre Mundial, en septiembre. Fracasaron en las dos ocasiones. Este fracaso fue una siniestra señal, tanto de disminución del respeto a la autoridad del Tratado como de peligrosa ruptura en relación con una amenaza directa a la paz y la prosperidad.

En estos momentos convendría recordar lo que ha conseguido el Tratado. Ratificado de una forma casi universal, ha consolidado una norma contra la proliferación nuclear. Y ha contribuido a desmentir la famosa predicción del Presidente Kennedy de que por estas fechas habría 25 países o más dotados de armas nucleares. El éxito del Tratado sobre la no proliferación, el apoyo mundial de que disfruta y su capacidad de resistencia pasan con demasiada frecuencia desapercibidos.

Pero ello no debe impedirnos ver la crisis a que se enfrenta el Tratado: una crisis doble, de cumplimiento y de confianza. En la actualidad se pone en tela de juicio el contrato entre los Estados dotados de armas nucleares y el resto de la comunidad internacional, que constituye la base del Tratado sobre la no proliferación. Si bien se han realizado algunos progresos hacia el desarme, las armas nucleares en el mundo, muchas de ellas en alerta instantánea, se siguen contando por millares. Si queremos evitar la proliferación nuclear en cascada, necesitamos un gran esfuerzo internacional.

Es necesario llegar a un entendimiento común de las amenazas nucleares más inmediatas. El debate entre quienes insisten en el desarme antes de introducir nuevas medidas de no proliferación y los que sostienen lo contrario está llamado al fracaso. Debería ser evidente que ambas cosas son esenciales para la seguridad.

Debemos asignar menos valor a las armas nucleares. El Japón es un país que ha demostrado que la seguridad y la categoría no se corresponden con la posesión de armas nucleares. Sudáfrica destruyó su arsenal y se adhirió al Tratado. Belarús, Ucrania y Kazajstán renunciaron a las armas nucleares del anterior arsenal soviético y se unieron al Tratado de no proliferación. Y en fecha reciente Libia ha abandonado sus programas de armas químicas y nucleares. Insto a otros países a que se resistan al imaginario atractivo de las armas nucleares.

También debemos resolver dos situaciones concretas. El estancamiento que afecta a la Península de Corea resulta especialmente decepcionante después del acuerdo alcanzado el mes de septiembre pasado en las conversaciones entre las seis partes, que incluía un conjunto de principios para desnuclearizar la Península. Espero que los dirigentes de la República Popular Democrática de Corea atiendan a lo que les está diciendo el mundo y procuren no complicar todavía más la situación de la Península.

El Irán, por su parte, debe permitir que el OIEA asegure al mundo que el carácter de sus actividades nucleares es exclusivamente pacífico. En ambos casos necesitamos soluciones que no sólo sean pacíficas sino que fortalezcan la integridad del Tratado sobre la no proliferación.

Ha quedado demostrado que el Tratado sobre la no proliferación es un instrumento eficaz. Es un logro que vale la pena consolidar. Y la Conferencia de Desarme tiene una función esencial que desempeñar en este esfuerzo.

La Conferencia y sus predecesores han registrado algunos éxitos verdaderamente importantes. De hecho, la arquitectura de la seguridad mundial descansa en los principales tratados sobre las armas de destrucción en masa negociados por este órgano. Pero el último de esos éxitos -el Tratado de prohibición completa de los ensayos- data de hace nueve años, y todavía no ha entrado en vigor. Insto una vez más a los Estados cuya ratificación todavía es necesaria a que actúen con la mayor prontitud posible.

Desde entonces la Conferencia no ha dado fruto alguno. Así, a las dos crisis que mencioné anteriormente añadiría una tercera: el punto muerto en que se encuentra la propia Conferencia.

Pero en ninguno de tales momentos ha habido falta de ideas o de esfuerzos destinados a reconsiderar los problemas actuales de seguridad y hallar la forma de superarlos.

El reciente informe de la Comisión Independiente presidida por Hans Blix merece la seria atención de la comunidad internacional. Este mismo año, el Grupo de expertos gubernamentales de las Naciones Unidas sobre la verificación, presidido por John Barrett, del Canadá, presentará su informe a la Asamblea General. Me congratulo de la labor que se realiza en el marco de la iniciativa de siete países dirigida por Noruega. Y mi propia Junta Consultiva en Asuntos de Desarme, presidida por el Profesor Joy Ogwu, de Nigeria, se reúne aquí en Ginebra esta semana. Debemos recoger juntos los frutos de estos esfuerzos separados para maximizar su impacto.

Me complace advertir que esta Conferencia parece mucho más dispuesta que en años anteriores a hacer una aportación. Se tiene la sensación de que está cobrando un nuevo impulso.

Por primera vez en un decenio trabajan ustedes con un programa convenido, con el resultado de que se han estructurado los debates sobre las cuestiones fundamentales. Los científicos y los expertos desempeñan un activo papel. Sus reuniones son más intensas y mucho más frecuentes, gracias a la continuidad y coherencia forjadas por los sucesivos presidentes de la Conferencia. Y ustedes se han esforzado particularmente por reflejar las preocupaciones de todos los Estados en materia de seguridad.

Sé que tienen ustedes propuestas e ideas presentadas por China y la Federación de Rusia para prevenir el emplazamiento de armas en el espacio ultraterrestre.

También van ustedes a examinar los elementos de un instrumento innovador para detener la producción de materiales fisionables para la fabricación de armas. Ayer, el Presidente Bush presentó tres importantes instrumentos para su ratificación por el Congreso de los Estados Unidos. La presentación de propuestas concretas sobre este tema por los Estados Unidos es un indicio prometedor al que doy la bienvenida. Podría también contribuir a reforzar el Tratado sobre la no proliferación.

Espero que estos pasos representen el comienzo de un nuevo período de productividad. Ha llegado el momento de que este órgano negociador deje de ocuparse de las vinculaciones que han dominado sus planteamientos de los últimos años y que tantos recursos han consumido e inicie un trabajo sustantivo. Me doy plena cuenta de las dificultades que se alzan ante ustedes al resolver diferencias persistentes, especialmente en materia de desarme nuclear y garantías negativas de seguridad. Sin embargo, esas dificultades resultan insignificantes si se comparan con los enormes desafíos con que se enfrenta la comunidad mundial en la esfera más amplia de la no proliferación, el desarme y el control de armamentos.

Para terminar, permítanme poner de relieve el telón de fondo de su trabajo. Las Naciones Unidas del siglo XXI están decididas a seguir avanzando simultáneamente en tres frentes: la seguridad, el desarrollo y los derechos humanos. Los tres frentes están íntimamente relacionados: dependen unos de otros y se refuerzan mutuamente.

Con tal fin, los Estados Miembros han creado el Consejo de Derechos Humanos, que ha iniciado sus trabajos esta semana, en otro lugar de este mismo palacio, para dar un nuevo principio a nuestra labor en pro de la dignidad humana. Los dirigentes de todo el mundo han hecho suyos los objetivos de desarrollo del Milenio como camino seguro hacia un mundo más justo y próspero. A ustedes corresponde asumir la parte de esa misión relacionada con la seguridad y contribuir a que las políticas de seguridad hagan realmente al mundo más seguro y más pacífico y no amenacen a sociedades enteras con la aniquilación sino que pongan los derechos humanos y el desarrollo más al alcance de todos.

Por ello les exhorto a que dejen de lado sus diferencias y sus repetidos argumentos y encaren la tarea. Ya es tarde, la opción es clara. Con voluntad política, esta Conferencia puede recuperar el lugar que le corresponde y generar beneficios tangibles que conformen el curso de la historia. Muchas gracias.