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El Secretario General

     Discurso pronunciado en el Foro para el Desarrollo de África

       Addis Abeba, 16 de noviembre de 2006



Excelentísimos señores, estimados amigos:
       

En estos últimos 10 años ha habido muchos altibajos en el desarrollo, pero una extraordinaria evolución del papel de las Naciones Unidas en ese ámbito.

Cuando asumí el cargo de Secretario General en 1997, la asistencia oficial para el desarrollo había estado disminuyendo desde hacía más de una década. La financiación para el sistema de las Naciones Unidas se había reducido vertiginosamente en medio de intensos debates ideológicos con las instituciones de Bretton Woods y otras instituciones asociadas acerca de la mejor forma de encarar el desarrollo. Y el mundo estaba perdiendo terreno rápidamente en los esfuerzos por hacer frente a nuevos desafíos, en particular el VIH/SIDA.

Hoy día, sobre todo gracias a la visión y a la voluntad política emanadas de cuatro cumbres de las Naciones Unidas celebradas en los últimos seis años -la Cumbre del Milenio en 2000, la Cumbre de Monterrey y de Johannesburgo en 2002 y la Cumbre Mundial el año pasado- la AOD está por sobrepasar los 100.000 millones de dólares, y las principales instituciones de desarrollo han convenido en apoyar un conjunto de metas, a saber, los objetivos de desarrollo del Milenio. No menos importante es el hecho de que actualmente contamos con estrategias comunes para alcanzar esas metas, consignadas en el informe sobre el Proyecto del Milenio que se publicó a principios del año pasado.

También en lo que respecta al VIH/SIDA hay indicios positivos en medio del pesimismo general. Hace cinco años decidí asignar prioridad a esta cuestión e hice un llamamiento para que se creara un fondo de 7.000 a 10.000 millones de dólares adicionales por año. El Fondo Mundial, del que tengo el orgullo de ser patrocinador, ha encauzado más de 2.800 millones de dólares hacia programas en todo el mundo, en su mayoría para la lucha contra el SIDA. Recientemente hemos recibido financiación adicional de donantes bilaterales, gobiernos nacionales, la sociedad civil y otras fuentes.

En la actualidad disponemos de más de 8.300 millones de dólares por año para la lucha contra el SIDA en los países de ingresos bajos y medios. Pero necesitamos mucho más: para el año 2010, el total de fondos necesarios para combatir el VIH/SIDA en todos los frentes sobrepasará los 20.000 millones de dólares por año. No obstante, con el apoyo del ONUSIDA y otras instituciones asociadas, hemos dado al menos el primer paso para obtener los recursos estratégicos necesarios que nos permitan hacer frente al mayor desafío para nuestra generación. El resultado puede verse en el éxito que han tenido varios países africanos para contener la propagación de la epidemia o lograr que se repliegue.

Tenemos por tanto muchas razones para enorgullecernos, pero no podemos ni por un instante sentirnos satisfechos. Hemos sentado las bases para el desarrollo, pero nada más. En realidad, no sabremos si estos logros habrán servido de algo hasta que hayan transcurridos 10 años y podamos hacer un balance para ver si hemos alcanzado los objetivos de desarrollo del Milenio, si la prosperidad ha ido aumentando equitativamente en todos los países y todas las regiones y si todos los niños y niñas del mundo asisten a la escuela, están bien alimentados y pueden aspirar a un futuro en que tengan trabajo, buena salud y una vivienda digna y puedan satisfacer otras necesidades básicas.

Para ser sinceros, las perspectivas en el mejor de los casos son inciertas. Es posible que se alcance la meta de la reducción de la pobreza a nivel mundial gracias a los notables progresos logrados en Asia. Pero incluso en esa región están flaqueando los esfuerzos para alcanzar otros objetivos, en particular el séptimo, que es asegurar la estabilidad del medio ambiente. Es más, como se ha señalado en la Conferencia de Nairobi, a la que asistí ayer, es posible que, como consecuencia del cambio climático, todos nuestros pronósticos resulten absurdos si no tomamos firmes medidas preventivas de alcance mundial en los próximos años.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático nos ha dicho que África ya es el continente más afectado por el calentamiento de la atmósfera y que lo será aún más. Y si bien muchos países africanos han hecho progresos espectaculares en algunos ámbitos, el continente africano en su conjunto se está quedando atrás en la carrera por alcanzar los objetivos de desarrollo del Milenio antes del año 2015.

No es demasiado tarde para cambiar de rumbo. Pero se requerirá determinación, perseverancia y tenacidad. Como dije en Montevideo la semana antepasada, será necesario tomar medidas en muchas esferas, desde el comercio hasta la política sobre las migraciones. En particular, un requisito indispensable será el éxito de la Ronda de Doha sobre el desarrollo.

Pero no olvidemos que el desarrollo ha de producirse en los propios países en desarrollo. El desarrollo nunca es un don que recibe un país desde el exterior. Debe lograrse con el esfuerzo y el empuje de sus ciudadanos.

Esto significa que la condición más importante para alcanzar los objetivos de desarrollo del Milenio es el cumplimiento, por los propios países en desarrollo, del compromiso que todos los Estados asumieron en la Cumbre Mundial del año pasado. Esos países deberán adoptar estrategias nacionales amplias para alcanzar esos objetivos y aplicarlas en forma transparente y de modo que beneficien a toda la población.

En el Documento Final todos los países en desarrollo se comprometieron a elaborar esas estrategias antes del fin del año en curso. Ésta tal vez parezca una tarea sencilla, pero en realidad es extremadamente compleja. Una estrategia nacional de desarrollo no es una mera declaración de intención. Es un plan detallado y de amplio alcance para introducir cambios que debe elaborar cada país, con el cual éste se debe sentir identificado y que debe poner en práctica no sólo el Estado sino también la sociedad civil, desempeñando plenamente la función que le corresponde. Esa estrategia debe contener parámetros claramente definidos para medir el progreso en todas las esferas. Debe ser un sólido marco para orientar la política y los gastos internos, atraer el apoyo de donantes y generar una corriente sostenida de inversiones privadas tanto nacionales como extranjeras.

Lo cierto es que son muy pocos los países, en África o en cualquier otro lugar del mundo, que han elaborado esa estrategia como corresponde. Es absolutamente necesario que esto se haga ahora y sin pérdida de tiempo. No habrá desarrollo si nosotros los africanos, y los ciudadanos del mundo en desarrollo en general, no hacemos lo necesario para resolver nuestros problemas.

No digo esto con la intención de subestimar todo lo que ya se ha logrado. África es consciente de que el desarrollo es ante todo una prioridad para el continente africano. También es consciente de que para tener éxito es necesario seguir avanzando, actuando en forma abierta y transparente y tomando iniciativas innovadoras, como el Mecanismo de examen entre los propios países africanos. Pero mucho me temo que los países que verdaderamente practican lo que predican siguen siendo la excepción más que la regla.

Todos nuestros dirigentes tienen para con sus conciudadanos el deber de marcar un nuevo rumbo. El desafío a que se enfrentan es asegurar que todos los países africanos se esfuercen por elaborar las políticas y adoptar las medidas que beneficien a todos. Y los jóvenes africanos -el tema de este foro y la esperanza de este continente- son los que deben dar la talla.

No obstante, cabe recordar que, cuando los países en desarrollo adoptan estrategias bien fundadas para alcanzar los objetivos de desarrollo del Milenio, es igualmente importante que los países desarrollados y los de ingresos medios también cumplan sus compromisos y aporten los recursos necesarios para que esas estrategias tengan éxito. Sabemos que muchos países en desarrollo sencillamente no estarán en condiciones de atraer inversiones comerciales si no hacen antes una inversión pública en la infraestructura física y humana, para lo cual no cuentan con recursos suficientes. Muchos de esos países se encuentran en África. Esta es la razón por la que el mundo tiene la obligación moral y estratégica de enfrentar el desafío común de la pobreza, las enfermedades y la desesperanza en este continente, obligación que se ha reconocido reiteradamente y que se ha consignado en acuerdos concretos en los últimos años, desde el aprobado en la Conferencia de Monterrey hasta los del Grupo de los 8 y la Cumbre Mundial.

Fundamentalmente, esta visión del desarrollo es un pacto: si los países en desarrollo efectivamente elaboran estrategias nacionales amplias y detalladas, los donantes se comprometen a atender a las necesidades que esos países no pueden satisfacer sólo con sus propios recursos.

También en este caso ha habido hechos alentadores, pero aún queda mucho por hacer. Muchos donantes ya han dejado de cumplir sus compromisos de aumentar la ayuda, y cuanto más dure esta situación, más difícil será rectificarla. Los donantes deben asumir su responsabilidad a este respecto.

Ninguna de las partes en este pacto pueden eludir la obligación de cumplir los compromisos que han asumido. Pero los países en desarrollo, en particular, tienen derecho a recibir apoyo del sistema de las Naciones Unidas. Las Naciones Unidas deben respaldar sus aspiraciones y sus planes y ayudarlos a crear la capacidad necesaria -conocimientos, instituciones y sistemas- para proporcionar a sus poblaciones los puestos de trabajo, las viviendas y escuelas y los servicios de salud que necesitan.

Esto es particularmente cierto en África, que, como todos sabemos, tiene necesidades especiales y problemas especiales. No sólo abarca a casi todos los países menos adelantados, sino que, como he señalado, es el continente más amenazado por el calentamiento de la atmósfera. También sufre más que cualquier otro continente las consecuencias de la mala gestión pública, la debilidad de las instituciones y los conflictos, muchos de los cuales son un legado de la guerra fría. Algunas partes de África tienen la incidencia más alta del VIH/SIDA del mundo, y entre las mujeres ha habido un aumento aterrador de las tasas de infección. Todos estos males tienden a perpetuar la pobreza y a obstaculizar el desarrollo.

Por todas esas razones, el sistema de las Naciones Unidas no sólo tiene una relación especial con África sino también una responsabilidad especial hacia ella. Me complace observar que la nueva directora de la Organización Mundial de la Salud, Margaret Chang, lo ha reconocido anunciando que en el futuro la salud de los africanos y de las mujeres serán indicadores de importancia clave para la organización.

En los últimos 10 años, como Secretario General procedente de África, he hecho cuanto ha estado a mi alcance por promover y reforzar la relación de las Naciones Unidas con los países africanos. Un suceso ocurrido en ese decenio la creación de la Unión Africana también ha suscitado enormes esperanzas, y me complace decir que las Naciones Unidas y la Unión mantienen una estrecha relación que se fortalece día a día.

Las Naciones Unidas cumplen en África diferentes funciones: el mantenimiento de la paz y la promoción del desarrollo; el asesoramiento de los gobiernos africanos y la sociedad civil de los países africanos y la defensa de sus intereses en la comunidad mundial.

La consolidación de la paz -el término con que designamos la ayuda que prestan las Naciones Unidas a los países que se están recuperando de un conflicto- es la tarea que conjuga estas distintas funciones. Gran parte de nuestra labor de consolidación de la paz consiste en la práctica en el fortalecimiento de la capacidad. Se trata de ayudar a los países a reorientar sus esfuerzos hacia el desarrollo. En realidad, no deberíamos esperar a que se produjera un conflicto, con todo el sufrimiento y la destrucción que traen aparejados. Deberíamos ayudar a todos los países africanos a reforzar su capacidad hayan o no sufrido un conflicto.

Pero los gobiernos africanos saben muy bien que, pese a los enormes progresos logrados en los últimos años, las Naciones Unidas no cuentan todavía con el sistema debidamente estructurado y equipado que necesitan. Para muchos africanos, las Naciones Unidas son una organización confusa y frustrante, porque presenta tantos aspectos diferentes, con mandatos que se superponen o adolecen de grandes lagunas. En muchos casos, deben tratar con 10 o incluso 20 organismos diferentes que ofrecen apoyo mal coordinado, no estratégico e insuficientemente adaptado a sus necesidades.

Somos conscientes de que debemos simplificar el acceso de África a la comunidad de donantes y simplificar también sus tratos con esa comunidad, pero muchas veces parece que añadimos nuevos estratos de complejidad. En síntesis, el todo es menor que la suma de sus partes.

Esta es la razón por la que África tiene gran interés en la nueva Comisión de las Naciones Unidas de Consolidación de la Paz y en el Fondo para la Consolidación de la Paz, que acaban de iniciar sus operaciones, así como en los esfuerzos más amplios por aumentar la coherencia de nuestras actividades de desarrollo, a través del Grupo de alto nivel sobre la coherencia del sistema.

Este Grupo fue creado en respuesta al llamamiento formulado el año pasado en la Cumbre Mundial para estudiar la cuestión de cómo mejorar la labor humanitaria y en la esfera del medio ambiente y el desarrollo por medio de entidades administradas más eficazmente. El hecho de que la Primera Ministra de Mozambique, Luísa Dias Diogo, haya accedido a presidir el Grupo conjuntamente con Shaukat Aziz, del Pakistán y Jens Stoltenberg, de Noruega, indica que África, con toda razón, encara esta tarea con gran seriedad.

El Grupo presentó su informe la semana pasada. Mucho me complace decir que ese informe contiene una visión convincente del futuro del sistema de las Naciones Unidas como el promotor del desarrollo que puede y debe ser.

Los detalles son complejos pero la visión es clara: un sistema unificado de las Naciones Unidas, encabezado por un coordinador residente de las Naciones Unidas en cada país, con financiación consolidada, bajo la dirección de una única junta de desarrollo sostenible y supervisado estrictamente por una única dependencia de desarrollo, finanzas y examen del desempeño.

Es evidente que hay un amplio margen para analizar y debatir exactamente cómo habría que avanzar y a qué ritmo. Pero si estas importantes recomendaciones se ponen en práctica, creo que las Naciones Unidas podrán desempeñar al fin, en colaboración con el Banco Mundial y otros donantes multilaterales y bilaterales, el papel central que les corresponde en las actividades de desarrollo en todo el mundo, a nivel nacional y mundial.

Corresponderá a mi sucesor, y no a mí, hacer realidad esta visión, en colaboración con los Estados Miembros de las Naciones Unidas. Es más, tengo la firme esperanza de que las Naciones Unidas, bajo la dirección del nuevo Secretario General procedente de Asia, permitan que la inventiva, el espíritu de equipo y el dinamismo asiáticos contribuyan a la tarea de ayudar al continente africano. La mejor forma de lograrlo es que los Estados africanos participen plenamente, al más alto nivel, en las nuevas reuniones ministeriales anuales de examen y en el foro de cooperación para el desarrollo que ha de convocar el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas.

Entretanto, queridos amigos, ha llegado el momento de despedirme de todos ustedes como Secretario General de las Naciones Unidas. Pero al ceder mis funciones, prometo dedicarme más que nunca a promover el bienestar del continente africano.

Por ello me complace decirles, con sinceridad fraterna que mi despedida de hoy no es un adiós sino un hasta siempre.

Muchas gracias a todos y que Dios les acompañe. ¡Vivent les Nations Unies! ¡Vive l'Afrique!