Secretario General
Discurso inaugural en la Universidad de Pennsylvania: un futuro con "un concepto más amplio de la libertad"
Filadelfia, 16 de mayo de 2005

Señora Presidenta, le agradezco sus amables palabras y también le doy las gracias en nombre de todas las personas a las que, como a mí, se ha concedido hoy un título.

Queridos colegas, mi esposa Nane y yo nos sentimos muy honrados de encontrarnos entre ustedes y sus orgullosas familias en este feliz día, y deseamos expresarles nuestras más calurosas felicitaciones.

Tengo que reconocer que estoy un poco inquieto, porque sé que me están mirando y deben pensar: "¡Es imposible que pueda hablar tan bien como Bono!". Y tienen razón, pues el discurso del cantante de U2 es difícil de superar.

Queridos colegas,

En esta gran Universidad se les ha brindado una oportunidad de oro. Han podido explorar el mundo de las ideas, ideas sobre lo que es verdadero y falso, lo que está bien y está mal y lo que funciona y no funciona.

Ahora que se han graduado, comienza una nueva fase de su vida. Ha llegado el momento de poner en práctica las ideas y, de hecho, la historia de sus vidas será la historia de su lucha por ser fieles a las ideas en que creen.

Lo mismo ocurre con cada una de las naciones y con nuestro mundo.

Como dijo Bono el año pasado, los Estados Unidos de América no son sólo un país, son una idea. Es la idea descrita en la Declaración de Independencia, que Benjamín Franklin y otros firmaron aquí en Filadelfia, la idea de que todos los seres humanos han nacido iguales y tienen derechos inalienables.

Las Naciones Unidas también son una idea. No son sólo un edificio, o un engranaje de un mecanismo internacional. Representan la convicción de personas de todas partes de que vivimos en un planeta pequeño y de que nuestra seguridad, nuestra prosperidad, nuestros derechos y, desde luego, nuestras libertades, son indivisibles.

La generación de sus abuelos aprendió esa dura lección. Espero que algunos de ellos estén aquí con ustedes para compartir este momento de orgullo. En la década de los veinte y la década de los treinta, muchas personas de este país pensaban que los problemas de Europa tenían que resolverlos los europeos y que los peligros de Asia no tenían importancia para los Estados Unidos. Lo ocurrido en Pearl Harbour demostró que esa idea no se aplicaba en la práctica, y los horrores del holocausto demostraron que era totalmente equivocada desde el punto de vista de la responsabilidad ética.

Ustedes, la promoción de 2005, han aprendido esa lección de nuevo en su propia época. Han presenciado cómo un país pobre y mal gobernado, el Afganistán, se ha convertido en caldo de cultivo del terrorismo, lo que ha tenido consecuencias devastadoras aquí en los Estados Unidos. Y también han podido ver por televisión algunas de las horribles humillaciones que sufren nuestros semejantes a consecuencia de la guerra, el terrorismo, la tiranía, la injusticia, el hambre, la pobreza, la ignorancia y la enfermedad.

Cuando tenían más o menos su edad, sus abuelos, junto con sus aliados de muchos otros países, hicieron enormes sacrificios para defender la libertad y restablecer la paz en el mundo. Y llamaron a su alianza "las Naciones Unidas". Su victoria en 1945 llevó al establecimiento de las Naciones Unidas como organización permanente para garantizar la seguridad mundial.

La Carta de las Naciones Unidas es uno de los documentos punteros de la historia de la libertad humana. Habla de la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas, y de un mundo de progreso social y con condiciones de vida dentro de "un concepto más amplio de la libertad".

Para comprender lo que significa "un concepto más amplio de la libertad", deberíamos recordar la visión del Presidente Franklin D. Roosevelt, que hizo mucho más que cualquier otra persona para dar vida a las Naciones Unidas. Habló de un mundo en que todos los seres humanos disfrutarían de libertad política y religiosa, así como de lo que él llamaba "libertad para vivir sin miseria" y "libertad para vivir sin temor".

En otras palabras, la democracia, la paz y unas condiciones de vida decorosas deberían ser derechos innatos de todo ser humano. Por ello, los derechos humanos, la seguridad y el desarrollo, en su conjunto, conforman la idea de "un concepto más amplio de la libertad".

Después de todo, si una persona de su edad tiene el SIDA, no puede leer o escribir o vive prácticamente muerta de hambre, no es realmente libre, aunque puede votar para elegir a sus dirigentes. Del mismo modo, una mujer de su edad cuya vida cotidiana transcurre a la sombra de una guerra civil, o que no puede intervenir en la manera en que se gobierna su país, no es realmente libre, aunque tenga suficiente dinero para alimentarse y alimentar a su familia.

Las Naciones Unidas existen para ayudar a aliviar ese tipo de sufrimiento y ayudar a combatir sus causas más profundas.

Por ese motivo, todos los días hombres y mujeres valientes y entregados sirven, bajo la bandera azul de las Naciones Unidas, en zonas de guerra, en situaciones de emergencia humanitaria y en comunidades pobres del mundo entero.

Se trata de diplomáticos que negocian el acceso a civiles o acuerdos de cesación del fuego entre partes en conflicto; de soldados y policías que protegen a hombres, mujeres y niños de la violencia y contribuyen a que se apliquen los acuerdos de paz; de trabajadores de ayuda humanitaria que se ocupan de entregar alimentos y proteger a refugiados; de expertos en derechos humanos que ayudan a reforzar el Estado de derecho y de economistas y agrónomos que asesoran a las comunidades sobre cómo producir más alimentos y distribuirlos mejor.

Esas personas son las primeras en defender un concepto más amplio de la libertad. Espero que algunos de ustedes se sumen a ellas y que todos reconozcan el valor de su trabajo.

Hoy están trabajando para dar esperanzas a la población de Haití, Kosovo, Liberia, Sierra Leona, Côte d'Ivoire, la República Democrática del Congo, el Sudán y muchos otros países.

Están contribuyendo a la transición política en el Iraq, donde las Naciones Unidas ayudaron a redactar el marco jurídico para las elecciones del pasado mes de enero y a capacitar a miles de trabajadores para el día de la votación.

Están en el Afganistán, en el territorio palestino ocupado y en el Líbano, ayudando a organizar elecciones, a promover la creación de instituciones políticas estables e incluyentes y a alcanzar una paz a largo plazo.

Están impidiendo que mueran personas a causa del hambre y la enfermedad en Darfur, y trabajando con la Unión Africana para proteger a la población de los atroces crímenes que se han cometido en esa región y encontrar una solución política duradera al conflicto.

En la otra orilla del Océano Índico están ayudando a regiones devastadas de diez naciones en sus actividades de recuperación y reconstrucción después del tsunami del pasado diciembre.

Esos hombres y mujeres que prestan servicio en las Naciones Unidas están ejecutando los mandatos que les han encomendado los Estados soberanos Miembros de la Organización, bien por mediación del Consejo de Seguridad o de la Asamblea General, y están desempeñando una labor de la que ningún país puede, ni quiere, encargarse por sí solo.

Sin la enorme contribución diplomática y financiera de los Estados Unidos, esas personas podrían hacer muy poco. Tampoco podrían llevar a cabo su labor sin la contribución de otros muchos países, en particular de los que aportan los contingentes: actualmente hay casi 70.000 soldados desplegados en unas 18 operaciones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas en cuatro continentes.

No obstante, estoy lejos de caer en la complacencia con respecto a las Naciones Unidas tal como son hoy día.

Al igual que los Estados Unidos han tenido que luchar a lo largo de su historia para acercarse cada vez más a los ideales declarados por sus fundadores, las Naciones Unidas son un proceso en curso. Si deseamos mantener viva la idea que dio origen a la Organización y transmitirla con toda su fuerza a su generación, debemos asegurarnos de que las Naciones Unidas avancen al mismo ritmo que su época.

Por eso precisamente he presentado a los Estados Miembros, para que tomen una decisión al respecto, un proyecto denominado "Un concepto más amplio de la libertad" destinado a realizar una verdadera puesta a punto de las Naciones Unidas, y de preparar a la Organización para los desafíos del siglo XXI.

Las Naciones Unidas deben desempeñar su labor con la máxima integridad y responsabilidad y me comprometo personalmente a garantizar que así sea.

Pero las grandes decisiones sobre la reforma recaen en los Estados Miembros. En el programa de reforma se adopta una posición clara contra el terrorismo y se prevén medidas más estrictas para impedir la proliferación de las armas nucleares, un mayor apoyo a las democracias y el fortalecimiento de las capacidades de mantenimiento de la paz y humanitarias. Asimismo, se insta a que las naciones ricas aporten urgentemente un mayor nivel de recursos para reducir a la mitad la pobreza mundial en los próximos diez años y a que se cree un nuevo organismo de derechos humanos en el seno de las Naciones Unidas dedicado a la protección de todos los derechos humanos en todos los países.

Estos cambios no resolverán todos los problemas del mundo. Tampoco harán que las Naciones Unidas sean perfectas, pero sí permitirían que las Naciones Unidas llevaran a cabo con mucha más eficacia su labor en pro de la causa de una mayor libertad en todo el mundo.

Los líderes mundiales se van a reunir en Nueva York dentro de cuatro meses para abordar esas propuestas. Si son capaces de colaborar para hacer reformas de amplio alcance, ayudarán a legar a su generación unas Naciones Unidas que puedan llevar adelante los ideales para los cuales tanto se sacrificaron sus abuelos hace seis décadas.

Y confío en que, cuando les llegue el turno de tomar las riendas, mejorarán lo que ha hecho mi generación. No piensen que pueden dar la espalda a la injusticia, el sufrimiento y la falta de auténtica libertad que hoy en día padecen tantas personas en nuestro mundo. Su futuro depende del futuro de esas personas. La lucha por una libertad más amplia debe convertirse en su causa. Viéndolos aquí hoy, llenos de talento, y viendo su diversidad, su compromiso y su optimismo, no me cabe duda de que harán lo necesario para contribuir a que triunfe esa causa.

Enhorabuena y buena suerte a todos.