Secretario General

Mensaje en el Día de las Naciones Unidas

24 de octubre de 2005


Hoy, día en que celebramos el sexagésimo aniversario de nuestras Naciones Unidas, debemos reconocer que el mundo actual es muy distinto del que conocieron nuestros fundadores.

Las Naciones Unidas han de reflejar esta nueva era y responder a sus desafíos; primero y ante todo, la conciencia de que centenares de millones de personas se hallan indefensas frente al hambre, la enfermedad y la degradación del medio ambiente, a pesar de que el mundo dispone de los medios para rescatarlas.

El mes pasado, dirigentes de todo el mundo se reunieron en Nueva York para tratar de forjar una respuesta común a estos desafíos.

Dirigentes de países pobres y países ricos se comprometieron a adoptar políticas detalladas que, si se aplicaran en su totalidad, podrían reducir el hambre y la pobreza a la mitad en los próximos diez años.

Decidieron crear nuevos órganos de las Naciones Unidas para fomentar los derechos humanos y edificar una paz duradera en los países asolados por la guerra.

Prometieron luchar contra el terrorismo en todas sus formas y adoptar medidas colectivas, cuando fuera necesario, para salvar a las poblaciones del genocidio y otros crímenes abominables.

Y decidieron introducir importantes reformas en la Secretaría de las Naciones Unidas.

En cambio, acerca del cambio climático y la reforma del Consejo de Seguridad sólo pudieron formular débiles declaraciones. Y respecto a la proliferación nuclear y el desame no lograron llegar a acuerdo alguno.

Nos han dejado, pues, mucho por hacer. Hoy, día en que conmemoramos el sexagésimo aniversario de nuestra imprescindible institución, yo les prometo que cumpliré mi cometido. Y confío en que ustedes, como ciudadanos globales, habrán de cumplir el suyo.