Discurso del Secretario General ante la
Cumbre Mundial de 2005
 
Nueva York, 14 de septiembre de 2005
 


Sr. Presidente,
Majestades,
Jefes de Estado y de Gobierno,
Excelencias,
Señoras y señores:

Dos años atrás, hablando desde este estrado, dije que habíamos llegado a una bifurcación del camino.

No quise decir que las Naciones Unidas, que conmemoraron su sexagésimo aniversario este año, estuvieran en crisis existencial. La Organización sigue dedicada de lleno a la solución de conflictos, el mantenimiento de la paz, la asistencia humanitaria, la defensa de los derechos humanos y el desarrollo en todo el mundo.

No, lo que quise decir fue que las profundas divisiones entre Estados Miembros y el funcionamiento insatisfactorio de nuestras instituciones colectivas nos impedían unirnos para afrontar las amenazas que se nos planteaban y aprovechar las oportunidades que se nos presentaban.

El peligro evidente era que Estados de todo tipo pudieran recurrir cada vez en mayor medida a la autoayuda, provocando una proliferación de respuestas ad hoc que podían ser divisivas, desestabilizadoras y peligrosas.

Para ayudar a los Estados Miembros a trazar un rumbo más esperanzador establecí el Grupo de alto nivel y encargué el Proyecto del Milenio. Sus informes establecen el programa de la reforma.

Basándome en esos informes y en las primeras reacciones de los Estados Miembros, así como en mi propia convicción de que toda nuestra labor debe basarse en el respeto de los derechos humanos, seis meses atrás propuse un conjunto equilibrado de propuestas sobre las que se adoptarán decisiones en esta Cumbre.

Eran propuestas audaces pero a mi juicio necesarias, habida cuenta de que vivimos en una era de peligros y promesas. Me parecían propuestas viables, siempre que contaran con la voluntad política necesaria.

Desde entonces, bajo la hábil dirección del Presidente Ping, los representantes de los Estados Miembros han venido negociando un documento final para esta Cumbre. Han trabajado duramente hasta el último minuto, y ayer terminaron el documento que hoy llega a ustedes.

Incluso antes de que finalizaran su labor, esta Cumbre sirvió de acicate para avanzar en cuestiones críticas. En los últimos meses se creó el Fondo para la Democracia, y se concluyó una convención sobre el terrorismo nuclear.

Lo que es más importante, se han destinado otros 50.000 millones de dólares al año para luchar contra la pobreza hasta el año 2010. La meta del 0,7% ha cobrado renovado apoyo; están surgiendo fuentes innovadoras de financiación; y se han logrado progresos en el alivio de la deuda.

Cuando todos ustedes den su aprobación al documento final, estos logros quedarán sellados. Y los avances en materia de desarrollo se verán acompañados de compromisos de buen gobierno y planes nacionales para alcanzar los objetivos de desarrollo del Milenio para 2015.

Millones de vidas, y las esperanzas de miles de millones, dependen de la realización de éstas y otras promesas de lucha contra la pobreza, la enfermedad, el analfabetismo y la desigualdad, y de que el desarrollo siga en el centro de las negociaciones comerciales del año próximo.

La aprobación del documento final permitirá también lograr avances vitales en otras esferas.

Condenarán el terrorismo en todas sus formas y manifestaciones, sea quien sea el que lo cometa, dondequiera y para cualesquiera propósitos. Se comprometerán a procurar lograr un acuerdo sobre una convención amplia contra el terrorismo en el año venidero. E indicarán su apoyo a una estrategia para garantizar que luchemos contra el terrorismo de un modo que haga más fuerte a la comunidad internacional y más débiles a los terroristas, y no a la inversa.

Por primera vez, aceptarán, claramente y sin ambigüedades, que a ustedes les cabe la responsabilidad colectiva de proteger a los pueblos del genocidio, de los crímenes de guerra, de la depuración étnica y de los crímenes contra la humanidad. Pondrán en claro que están dispuestos a adoptar medidas colectivas oportunas y decisivas por intermedio del Consejo de Seguridad, cuando los medios pacíficos resulten inadecuados y sea manifiesto que las autoridades nacionales no están protegiendo a su propia población. Excelentísimos señores, ustedes se comprometerán a actuar si aparece otra Rwanda en el horizonte.

Ustedes acordarán establecer una Comisión de Consolidación de la Paz, respaldada por una oficina de apoyo y un fondo. Esto representaría un nuevo nivel de compromiso estratégico respecto de una de las contribuciones más importantes de las Naciones Unidas a la paz y la seguridad internacionales. Ustedes convendrán también en crear una capacidad de policía permanente para las operaciones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas.

Ustedes convendrán en reforzar la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos y duplicar su presupuesto. Convendrán asimismo en que las fallas de la Comisión de Derechos Humanos deben ser remediadas estableciendo un nuevo Consejo de Derechos Humanos, los detalles del cual deberán formularse ahora en el sexagésimo período de sesiones de la Asamblea General.

Reforzarán la financiación temprana en el sector humanitario, para evitar que las emergencias ocultas queden en el olvido, como ha ocurrido con demasiada frecuencia, en particular en África.

Asimismo, establecerán un marco para una reforma de vasto alcance de la Secretaría y la administración, a la que ahora es preciso poner en práctica y hacer el seguimiento. Un comité independiente de supervisión y una oficina de ética, sobre los que les daré mayores detalles en un futuro cercano, ayudarán a garantizar la responsabilidad y la integridad, en tanto que el examen de los antiguos mandatos, la actualización de las normas sobre el presupuesto y los recursos humanos y el ofrecimiento a los funcionarios, por una sola vez, de una gratificación por retiro voluntario, ayudará a reorientar a la Secretaría de acuerdo con las prioridades de la Organización en el siglo XXI.

Globalmente, esto representa un conjunto de cambios de gran alcance. Pero seamos francos entre nosotros y con los pueblos de las Naciones Unidas. Todavía no hemos logrado la reforma radical y fundamental que yo y muchos otros creemos necesaria. Han contribuido a impedirla marcadas diferencias que en algunos casos han sido sustantivas y legítimas.

Nuestro mayor desafío y nuestro mayor fracaso concierne a la no proliferación y el desarme nucleares. Dos veces en el presente año —en la conferencia de examen del TNP y ahora en esta Cumbre— hemos permitido que las poses obstruyeran los resultados. Esto es imperdonable. Las armas de destrucción en masa plantean un grave peligro para todos nosotros, particularmente en un mundo amenazado por terroristas con ambiciones globales y sin escrúpulos. Tenemos que llegar a un arreglo para reanudar las negociaciones sobre esta cuestión fundamental, y deberíamos apoyar los esfuerzos que ha estado haciendo Noruega para hallar una base que permita lograrlo.

De igual manera, la reforma del Consejo de Seguridad tampoco ha sido posible por el momento, aunque todos estamos de acuerdo, en líneas generales, en que hace mucho tiempo que es necesaria.

El hecho de que no hayan llegado ustedes a un acuerdo sobre éstas y otras cuestiones no significa que no sean urgentes.

De manera que este conjunto de medidas representa un buen comienzo. En algunas cuestiones, hemos hecho avances reales. En otras, hemos reducido nuestras diferencias e hicimos progresos. Pero es motivo de preocupación que en un tercer grupo de cuestiones nuestras posiciones sigan muy distantes entre sí.

Debemos referirnos ahora a las próximas etapas del proceso de reforma.

En primer lugar, debemos llevar a la práctica lo que se ha acordado. El próximo período de sesiones de la Asamblea General será uno de los más importantes, y debemos dar nuestro apoyo al Presidente Eliasson, que asume su cargo. Debemos establecer y poner en funcionamiento la Comisión de Consolidación de la Paz y el Consejo de Derechos Humanos, concertar una convención amplia sobre el terrorismo y asegurarnos de que el Fondo para la Democracia comience a funcionar de manera efectiva. Igualmente, los próximos años pondrán a prueba nuestra decisión de reducir a la mitad la pobreza extrema para el año 2015, actuar si el genocidio vuelve a aparecer en el horizonte y mejorar nuestro porcentaje de éxitos en el establecimiento de la paz en países desgarrados por la guerra.

Estas son las pruebas que realmente importan.

En segundo lugar, debemos seguir trabajando con determinación en las difíciles cuestiones en las que es urgente avanzar pero todavía no se ha logrado. Porque una cosa quedó clara en este proceso que iniciamos dos años atrás: sean cuales fueren nuestras diferencias, en nuestro mundo interdependiente, el triunfo o el fracaso será de todos nosotros.

Ya se trate de acometer el establecimiento de la paz, la construcción de naciones, la democratización o la respuesta a desastres de origen natural o humano, hemos observado que ni siquiera los más fuertes entre nosotros pueden salir adelante por sí solos.

Al mismo tiempo, ya se trate de luchar contra la pobreza, poner fin a la propagación de enfermedades o salvar vidas inocentes de asesinatos en masa, hemos observado que no llegaremos a feliz término sin el liderazgo de los fuertes y la participación de todos.

Y se nos ha recordado, una y otra vez, que ignorar por conveniencia principios básicos —relativos a la democracia, los derechos humanos o el imperio de la ley— menoscaba la confianza en nuestras instituciones colectivas en la construcción de un mundo más libre, más justo y más seguro para todos.

Por eso es tan vital que las Naciones Unidas sean una organización sana y efectiva. Si se utiliza debidamente, puede constituir una singular simbiosis de poderes y principios al servicio de todos los pueblos del mundo.

Por eso es importante este proceso de reforma que debe continuar. Por frustrantes que sean las circunstancias o por difícil que sea llegar a un acuerdo, es indudable que a los problemas de nuestro tiempo se ha de responder con la acción y que, hoy más que nunca, la acción ha de ser colectiva para ser efectiva.

Por mi parte, estoy dispuesto a colaborar con ustedes para resolver los problemas que restan, para poner en práctica lo que se ha acordado y para seguir reformando la cultura y la práctica de la Secretaría. Hemos de restablecer la confianza en la integridad, imparcialidad y eficacia de la Organización, por el bien de nuestro dedicado personal y por el bien de las personas vulnerables y necesitadas de todo el mundo que buscan apoyo en las Naciones Unidas.

Por el bien de ellos, no por el de ustedes ni por el mío, es tan importante este programa de reforma. Es para salvar sus vidas, proteger sus derechos, garantizar su seguridad y libertad, que tenemos la obligación de encontrar respuestas colectivas efectivas para los problemas de nuestro tiempo.

Los exhorto a todos ustedes, en su calidad de líderes mundiales, individual y colectivamente, a que sigan trabajando en este programa de reforma, a que tengan la paciencia de perseverar, y la visión necesaria para forjar un verdadero consenso.

Debemos encontrar lo que el Presidente Franklin D. Roosevelt llamó “el valor para cumplir nuestras responsabilidades en un mundo que hemos de reconocer imperfecto”. No estoy seguro de que lo hayamos hecho hasta ahora, pero sí estoy convencido de que todos hemos comprendido la necesidad de hacerlo. Precisamente porque nuestro mundo es imperfecto, necesitamos a las Naciones Unidas.

Muchas gracias.