Discurso pronunciado por el Secretario General en la cena ofrecida con motivo de la entrega de premios de Médicos del Mundo a líderes en las esferas de la salud y los derechos humanos
 
(Nueva York, 16 de junio de 2005)

Gracias, David, por esa amable presentación.

Señor Demsey,

Imán:

Es un privilegio y un placer encontrarme aquí esta noche. Me conmueve el honor que se me ha conferido. Permítanme felicitar a los otros dos premiados de esta noche. Me siento feliz por estar en su compañía.

Ante todo, deseo rendir homenaje a Médicos del Mundo y sus asociados por la maravillosa labor que realizan en todo el globo, y expresarles mis más cálidos deseos en este decimoquinto aniversario. Al concentrarse en aquellos lugares donde la salud se ve amenazada por violaciones de los derechos humanos, y al llegar hasta las poblaciones más vulnerables y marginadas, la labor de ustedes y de sus asociados locales se dirige a la esencia misma de los ideales que defienden las Naciones Unidas.

Este es un año especial para las Naciones Unidas. No sólo se conmemora nuestro sexagésimo aniversario, sino que además estamos pensando a largo plazo e iniciando un debate constructivo sobre el futuro: cómo derrotar la pobreza y cumplir los objetivos de desarrollo del Milenio; cómo construir un sistema de seguridad colectiva capaz de hacer frente a nuestras amenazas comunes; y cómo acrecentar el respeto por los derechos humanos en todas partes.

La salud es esencial para nuestra misión en todos sus aspectos. Esto es algo de lo que he sido plenamente consciente desde que comencé mi carrera en el sistema de las Naciones Unidas. Tal vez algunos de ustedes no lo sepan, pero mi primer empleo fue con la Organización Mundial de la Salud hace ya mucho tiempo, cuando se daba a conocer la vacuna oral Salk contra la poliomielitis, 18 años antes de que se erradicara la viruela en el mundo y no menos de 20 años antes de que la palabra SIDA entrara en el vocabulario mundial.

Desde entonces, con el transcurso de los decenios se han ido haciendo cada vez más claras las relaciones que existen entre la salud, el desarrollo y la seguridad. También ha quedado igualmente claro que los sistemas de salud del mundo no están ni remotamente preparados para lidiar con los desafíos que tienen ante sí.

La crisis ha alcanzado su mayor magnitud en África. Hoy día, un niño nacido en algunos de los países subsaharianos no puede abrigar la esperanza de vivir hasta los 40 años. Todos los años mueren casi 11 millones de niños a causa de enfermedades prevenibles, incluidos 1 millón por año que mueren de paludismo. El año pasado el SIDA mató más personas que nunca antes, y está cobrando un número de víctimas desproporcionado y cada vez mayor entre las mujeres. Sigue dejando una estela de destrucción en la mayor parte de los países afectados, que sufren un constante deterioro de los servicios públicos, desde la policía hasta la educación y el gobierno local y, desde luego, la salud pública.

Sin embargo, los retos que enfrentamos en materia de salud son globales y no respetan las fronteras. Las experiencias de los últimos años han obligado a gobiernos de todas partes a aceptar el hecho de que ningún país es inmune.

El síndrome respiratorio agudo y grave infectó a más de 8.000 personas de 30 países en el curso de tres meses del año 2003, y consiguió poner en riesgo a sistemas de salud tanto rudimentarios como avanzados de países en desarrollo y países desarrollados.

Desde entonces, la gripe aviar ha obligado a sacrificar más de 100 millones de animales en Asia. Los expertos advierten que podría estar a punto de desencadenarse una nueva epidemia mundial de gripe. La última, que comenzó en 1918, mató a 50 millones de personas, y ello ocurrió antes de la era de los viajes en avión. Los expertos coinciden en que actualmente no estamos mejor preparados que nuestros abuelos entonces.

Las consecuencias podrían ser similares o más dramáticas si se produjera una liberación accidental o deliberada de agentes biológicos letales. Tales riesgos crecerán a medida que los avances de la biotecnología sigan superando nuestra capacidad para establecer las salvaguardias y los reglamentos necesarios.

Todas estas amenazas contra nuestra seguridad biológica, por dispersas que parezcan, están conectadas entre sí. No nos queda más remedio que enfrentarlas todas.

Para ello será necesario tomar medidas respecto de varias prioridades:

En primer lugar, debemos abandonar la idea errónea de que la salud es, de manera exclusiva, o bien "una cuestión de desarrollo" o bien "una cuestión de seguridad". En realidad trasciende toda compartimentación de las políticas y las respuestas. Debemos abandonar los criterios burocráticos tradicionales y emprender una labor intersectorial entre los ministerios y departamentos para crear un enfoque holista que esté a la altura de ese desafío tan abarcador.

En segundo lugar, debemos dedicar más recursos a la vigilancia de las enfermedades y a la respuesta. Considero alentador el hecho de que, apenas el mes pasado, la Asamblea Mundial de la Salud aprobara una nueva versión revisada del Reglamento Sanitario Internacional, medida ésta audaz y necesaria para mejorar los esfuerzos que se despliegan a nivel mundial con miras a contener los brotes. Los gobiernos deben dedicar más atención y recursos a la creación de capacidad a nivel local y nacional. Los donantes, aunque sólo sea en interés propio, deberían colaborar con los países en desarrollo y prestarles asistencia.

En tercer lugar, y lo más importante, debemos emprender nuevos y decididos esfuerzos por crear sistemas de salud en los países en desarrollo. En este sentido, una de las necesidades más importantes es subsanar la grave escasez de trabajadores sanitarios en numerosos países en desarrollo que proporcionan un acceso universal.

También es preciso desistir del tipo de intervenciones de salud que encuentro parecidas a un establecimiento de la paz sin consolidación de la paz, o sea, intervenciones humanas y esenciales, pero que suelen carecer del esfuerzo necesario a más largo plazo para consolidar los resultados y hacerlos sostenibles.

Señoras y señores:

Médicos del Mundo fue fundada por un grupo de médicos voluntarios a quienes unía una visión común. Me gustaría recordar esta noche a uno de ellos en particular: el Dr. Jonathan Mann.

Hasta su trágica muerte en un accidente de aviación ocurrido en 1998, Jonathan Mann constituyó un vínculo fuerte y vital entre nuestras dos organizaciones. No sólo ayudó a fundar Médicos del Mundo, sino que además creó el primer programa de lucha contra el SIDA del sistema de las Naciones Unidas.

Si el Dr. Mann tenía un lema, era el siguiente: la manera de definir un problema determinará lo que se haga para resolverlo.

También afirmaba a veces: "Dicen que no vale la pena tratar de cambiar el mundo. Pero si no lo intentamos, ¿cambiará alguna vez?"

Señoras y señores, así es como quisiera que pensáramos sobre la salud en el siglo XXI. Doy las gracias a todos y cada uno de ustedes por su dedicación a nuestra misión común.

Muchas gracias.