Palabras del Secretario General
en la reunión de alto nivel de la Asamblea General sobre el VIH/SIDA

Nueva York, 2 de junio de 2005


Señor Presidente,

Excelencias, señoras y señores:

Hace cuatro años, la Asamblea General de las Naciones Unidas celebró un período extraordinario de sesiones y se comprometió en forma unánime a luchar contra el flagelo del VIH/SIDA.

En aquella ocasión dije que nos hallábamos ante una crisis sin precedentes que sin embargo, tenía una solución, a saber, una respuesta también sin precedentes de parte de todos nosotros.

Abrigué la esperanza de que la Declaración de Compromiso resultante anunciara el comienzo de una respuesta de dimensiones equivalentes a la de la epidemia.

Cuatro años después, la respuesta en cada una de las principales categorías ha sido considerable -en liderazgo político, en financiación, en la intensidad y el alcance de los programas de prevención y en la disponibilidad de terapias.

Sin embargo, ha sido también insuficiente. Como se señala en mi informe sobre los progresos en la aplicación de la Declaración de Compromiso, la respuesta ha sido satisfactoria en algunos de los aspectos, pero su magnitud no ha sido equivalente a la de la epidemia.

En el último año hubo más casos nuevos de infección y más muertes relacionadas con el SIDA que nunca antes.

En efecto, el VIH y el SIDA se propagaron a ritmo acelerado y en todos los continentes.

El tratamiento y las medidas de prevención no fueron suficientes ni con mucho.

Apenas el 12% de las personas necesitadas de terapias antirretrovirales en los países de ingreso bajo y mediano recibió esas terapias. Y aunque los jóvenes -especialmente las mujeres jóvenes- representan más de la mitad de los nuevos casos de infección, la mayoría de los jóvenes del mundo seguían careciendo de acceso eficaz a los servicios de prevención orientados a la juventud.

Señoras y señores:

Es evidente que la epidemia sigue superando a las medidas que adoptamos para contenerla. Si queremos alcanzar el objetivo de desarrollo del Milenio de haber detenido y comenzado a reducir, para el año 2015, la propagación del VIH/SIDA, debemos hacer mucho, pero mucho más.

Sabemos lo que da resultado. Sabemos que es posible romper el ciclo de nuevas infecciones.

Hemos visto lo que ocurre cuando los programas de prevención tienen éxito, como en el Brasil, Camboya y Tailandia.

Estamos viendo señales alentadoras en ese mismo sentido en varios países de todo el mundo, desde las Bahamas hasta el Camerún, Kenya y Zambia. Algunos de esos países han logrado detener la epidemia en sus comienzos. Otros han detenido su propagación después de que ya había logrado avanzar. Además, hemos presenciado verdaderos progresos en lo que respecta a proporcionar acceso al tratamiento. A fines del año pasado, más de 700.000 personas de países de ingreso bajo y mediano tenían acceso a la terapia antirretroviral, gracias a los esfuerzos mancomunados de iniciativas como la llamada "Tres millones para 2005", administrada por la OMS y el ONUSIDA; la labor del Fondo Mundial; el Plan de Emergencia del Presidente de los Estados Unidos para el Alivio del SIDA; y el Programa Multinacional de Lucha contra el VIH/SIDA del Banco Mundial.

Debemos reproducir y consolidar esos logros.

Para ello se necesitarán más recursos -de los donantes tradicionales, del sector privado y de los propios países más afectados. Ello significa la plena financiación del Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria, así como un fuerte aumento de la financiación procedente de organizaciones que proporcionan servicios directos a quienes los necesitan.

Será necesaria una mejor planificación a fin de que los recursos sean utilizados en la forma más eficaz posible. En relación con esto, deberíamos recurrir a los principios conocidos como los "Tres unos", de acuerdo a los cuales cada país receptor tiene una estrategia convenida de acción sobre el VIH/SIDA; una autoridad nacional de coordinación en lo que respecta al SIDA; y un sistema convenido de seguimiento y evaluación a nivel nacional. Se necesitarán más y mejores dirigentes, que hagan oír su voz en todos los niveles y en todas las esferas -desde las medidas para erradicar el estigma y la discriminación, hasta la necesidad de fortalecer los sistemas y la infraestructura de sanidad pública.

Se necesitará una inversión real en el empoderamiento de las mujeres y las niñas. Actualmente las mujeres representan aproximadamente la mitad de todas las personas que viven con el VIH en todo el mundo, pero son además nuestros más valientes y creativos paladines de la lucha contra la epidemia.

Señoras y señores:

Como ustedes saben, en septiembre se reunirán los dirigentes mundiales aquí en las Naciones Unidas para evaluar los progresos alcanzados en la aplicación de la Declaración del Milenio, y para trazar el camino futuro.

En muchos sentidos, la tarea este año será mucho más ardua que en 2000, cuando se aprobó la Declaración. En lugar de fijar metas, esta vez los dirigentes deberán decidir cómo alcanzarlas. Deberán establecer un plan para lograr los objetivos de desarrollo del Milenio.

En esa misión, los resultados que obtengamos en la lucha contra el SIDA son fundamentales. Detener la propagación de la enfermedad no es sólo un objetivo de desarrollo del Milenio en sí, sino un requisito previo para alcanzar la mayoría de los demás objetivos.

Esa es la razón por la que la lucha contra el SIDA tal vez sea el mayor reto de nuestra época y de nuestra generación. Sólo si respondemos a ese reto podremos tener éxito en nuestros demás intentos por crear un mundo humanitario, saludable y equitativo. Procuremos estar a la altura de la tarea.

Muchas gracias.