Mensaje del Secretario General referente a los objetivos de desarrollo del Milenio,
con motivo del acto que se celebrará en la Catedral de San Pablo

Londres, 6 de julio de 2005

Buenas noches. Les doy las gracias a todos por asistir a este acto.

Permítanme decirles, como Secretario General de las Naciones Unidas y como africano, que estar en Londres en estos momentos es una experiencia muy emotiva. Ver que el Gobierno y los ciudadanos, la sociedad civil y el mundo empresarial, los medios de comunicación y los que han trabajado en la iniciativa "Haz de la pobreza historia antigua" están colaborando con la campaña del Milenio y con las Naciones Unidas, todos en defensa de una causa común, es algo que no sucede a menudo durante la vida.

Este verano, han demostrado ser una verdadera ciudad olímpica en más de un sentido.

Si en tales momentos uno se siente dichoso, estar en San Pablo esta noche es sentirse en la gloria. Con ayuda del St. Paul's Institute nos hemos reunido ante de Dios, bajo un mismo techo y bajo el estandarte de la franja blanca contra la pobreza. Si esto no es un mensaje suficientemente claro para que lo entiendan las autoridades superiores, no sé que es.

Quiero agradecer especialmente la presencia de mi amigo Gordon Brown. Gordon, tú y el Primer Ministro Blair sois dos de los grandes dirigentes mundiales de nuestra época porque habéis incluido con firmeza el tema del desarrollo en el programa del mundo desarrollado. Sois una fuente de innovaciones e ideas para encontrar la manera de avanzar en cuestiones que van desde el alivio de la deuda hasta un aumento real de la asistencia para el desarrollo.

Todos ustedes están aquí porque, como yo, saben que es un momento decisivo para los objetivos de desarrollo del Milenio y para los pobres del mundo. Saben que la situación de los próximos 10 años dependerá de decisiones que deben adoptarse en los próximos días y meses.

¿Por qué los objetivos de desarrollo del Milenio difieren de otras audaces promesas incumplidas en los últimos 50 años? Hay cuatro razones para ello.

En primer lugar, los países ricos han aceptado por vez primera que también son responsables de apoyar los esfuerzos de los países pobres prestándoles más asistencia y de mayor calidad, cancelando su deuda y promoviendo un comercio más justo.

Y los países en desarrollo han aceptado la responsabilidad que les corresponde de mejorar la gobernanza y utilizar mejor sus recursos.

En segundo lugar, los objetivos se orientan hacia las personas, tienen plazos y son mensurables.

Una queja tradicional sobre la asistencia para el desarrollo es que los recursos suelen malgastarse debido a la corrupción y la mala gestión, y que no hay manera de hacer un seguimiento de los progresos y garantizar la rendición de cuentas necesarias. Ahora tenemos una serie de indicadores claros y mensurables, centrados en las necesidades básicas de los seres humanos. Tenemos puntos de referencia claros para determinar los progresos -o la falta de progresos- tanto globalmente como en los distintos países. Tenemos un conjunto de objetivos sencillos pero poderosos que todos los hombres y las mujeres, desde Londres hasta Luanda y Lucknow, pueden apoyar y comprender.

En tercer lugar, los objetivos de desarrollo del Milenio cuentan con un apoyo político sin precedentes.

Los ocho objetivos emanan de la Declaración del Milenio, que hicieron suya todos los Estados Miembros de las Naciones Unidas hace cinco años. Unos objetivos concretos de ese tipo nunca habían recibido el apoyo oficial tanto de los países ricos como de los países pobres. Nunca antes las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y los principales integrantes del sistema internacional habían apoyado el mismo conjunto de objetivos para el desarrollo y habían estado dispuestos a asumir la responsabilidad de lograrlos.

En cuarto lugar -y más importante- los objetivos de desarrollo del Milenio pueden lograrse.

Será ciertamente difícil, pero también es técnicamente posible. No son sólo una quimera.

Pongamos por ejemplo el primer objetivo, el de reducir la pobreza extrema a la mitad. En los últimos 15 años se ha producido una reducción de la pobreza enorme y sin precedentes, sobre todo en Asia. El número de personas que viven en la pobreza absoluta en ese continente se ha reducido en más de 250 millones desde 1990.

Incluso en África, un continente en que los progresos han sido más lentos, las tasas de crecimiento de varios países son suficientes para lograr varios de los objetivos para el 2015, si ello va unido a una reforma social y de la gobernanza y a la asignación de los recursos necesarios a la salud y la educación.

Sin embargo, la situación es, por decir poco, desigual. Los más pobres siguen empobreciéndose en el África subsahariana. En general, África está muy lejos de lograr la mayoría de los objetivos; prosigue la inseguridad alimentaria, las tasas de mortalidad materna e infantil son inquietantemente elevadas, aumenta el número de personas que viven en tugurios y en general aumenta la pobreza extrema.

Y casi 700 millones de personas de Asia todavía viven con menos de 1 dólar al día -casi dos tercios de los más pobres del mundo. Se estima que 1.000 millones de personas -uno de cada cinco habitantes del mundo en desarrollo- viven todavía por debajo del umbral de la extrema pobreza.

Entre los propios objetivos, los resultados también son desiguales. Se ha hecho mucho para reducir la hambruna, mejorar el acceso al agua potable y enviar los niños a la escuela primaria.

Sin embargo, en todos los países en desarrollo, las madres continúan falleciendo innecesariamente al dar a luz. El VIH/SIDA, la tuberculosis y el paludismo continúan propagándose y cobrándose vidas. La igualdad entre los sexos no es más que un sueño para las mujeres de muchos países. Los daños al medio ambiente amenazan cada vez más el suministro de alimentos y agua de la población, así como sus medios de vida y sus hogares.

Amigos:

¿Cómo podemos cruzarnos de brazos sabiendo lo que está sucediendo? No podemos conectar el piloto automático, ni hacer juegos de magia con el mercado, ni hacer que suba la marea de la economía mundial para que salgan a flote todos los barcos. Si persisten las tendencias actuales, para el año 2015 algunos de los países más pobres no podrán alcanzar muchos, o tal vez ninguno, de los objetivos. Considerando lo mucho que hemos avanzado, tal fracaso significaría que, trágicamente, habremos desaprovechado esta oportunidad.

Por esa razón, es preciso que en 2005 el octavo objetivo, la idea de crear una alianza mundial entre los países ricos y pobres, se convierta en realidad. Permítanme recordar las disposiciones de esa declaración histórica.

Corresponde a cada país en desarrollo la responsabilidad primordial de su propio desarrollo. Ello entraña fortalecer la buena gobernanza y luchar contra la corrupción, adoptar políticas y hacer inversiones que fortalezcan la economía, y aumentar la disponibilidad de recursos efectivos para financiar la lucha contra la pobreza.

Si los países en desarrollo lo hacen así, los países desarrollados, por su parte, deben prestarles todo el apoyo que necesitan. Ese apoyo consiste en ofrecer más asistencia para el desarrollo y mejorar la calidad de esa asistencia, lograr que el sistema de comercio apoye verdaderamente el desarrollo y ampliar e intensificar el alivio de la deuda.

Recordemos que dos terceras partes de los pobres del mundo viven en las zonas rurales y dependen de la agricultura, por lo que hay que poner fin a los subsidios agrícolas en los países ricos para poder ofrecer a los agricultores del mundo en desarrollo condiciones comerciales más justas. Asimismo, es necesario eliminar las barreras comerciales y no comerciales que entorpecen la consecución de los objetivos de desarrollo del Milenio.

Los países en desarrollo no se han limitado a sentarse a esperar. Las iniciativas que han emprendido, como la de la Nueva Alianza para el Desarrollo de África, demuestran que muchos de ellos están llevando adelante reformas sociales, políticas y económicas. Esas reformas se sustentan en el compromiso real de lograr la reducción de la pobreza, la democracia, los derechos humanos y el buen gobierno. Y se sustentan también en campañas cívicas que, como la iniciativa "Haz de la pobreza historia antigua" llevada a cabo aquí en el Reino Unido, hacen rendir cuentas a los gobiernos.

La Unión Europea ha dado un magnífico ejemplo con su decisión de aumentar considerablemente la asistencia oficial para el desarrollo durante el próximo decenio. Celebro especialmente el hecho de que la Unión Europea haya acordado un calendario para alcanzar, a más tardar en 2015, la meta convenida de dedicar un 0,7% de sus ingresos a la asistencia. El cumplimiento de ese calendario es decisivo para alcanzar los objetivos de desarrollo del Milenio.

También hemos observado avances alentadores en el alivio de la deuda, con la decisión adoptada el mes pasado por los Ministros de Finanzas del Grupo de los Ocho. Durante demasiado tiempo, algunos de los países más pobres del mundo se habían visto obligados a anular las vidas de sus habitantes para hacer frente a su deuda. Ahora, la deuda se cancelará.

Una vez más, permítanme rendir homenaje al Reino Unido por su liderazgo, en particular por haber tomado la audaz decisión de desvincular la ayuda y presionar para que todos los donantes proporcionen una asistencia oficial para el desarrollo más eficaz.

Amigos:

Hace 50 años, mi niñez transcurría en Ghana en una época en que cobraba auge la lucha por la independencia. Fui testigo del éxito de ese empeño y de la transición pacífica y vi cómo mis compatriotas tomaban las riendas de su propio destino. Crecí sintiendo que el cambio era posible. Hoy vuelvo a sentir lo mismo.

Aún tenemos tiempo para alcanzar los objetivos, en todo el mundo y en la mayoría de los países, si no en todos, pero sólo si logramos romper con la rutina.

El éxito no se logrará de la noche a la mañana, sino que requerirá trabajar de manera continua durante todo el decenio, desde ahora hasta que termine el plazo. Se necesita tiempo para formar a maestros, enfermeros e ingenieros; lleva tiempo construir carreteras, escuelas y hospitales, así como fomentar empresas grandes y pequeñas que puedan generar los empleos e ingresos necesarios. Por consiguiente, hay que poner manos a la obra desde ahora.

También debemos aumentar la asistencia para el desarrollo a nivel mundial en más del doble durante los próximos años, pues sólo así se podrá contribuir al logro de los objetivos.

En este verano hemos entrado en la etapa más decisiva del proceso de 2005, el momento en que los gobiernos deberán decidir cómo van a actuar en el futuro: esta semana en Gleneagles; en septiembre, en la reunión en la cumbre que se celebrará en Nueva York, y que se prevé sea la reunión de dirigentes mundiales más grande de la historia; y en diciembre, durante las negociaciones comerciales que tendrán lugar en Hong Kong, ocasión en que el mundo procurará cumplir lo convenido en el Programa de Doha para el Desarrollo.

Por esa razón, la movilización de masas a la que asistimos reviste tanta importancia: todos ustedes reunidos aquí esta noche, los conciertos de Live 8 organizados en numerosas ciudades y los actos que la coalición Llamamiento mundial para la acción contra la pobreza está celebrando en muchas otras partes del mundo.

Ayer regresé de la Cumbre de la Unión Africana celebrada en Libia y puedo decirles que también en África existe un auténtico movimiento popular de apoyo a los objetivos de desarrollo del Milenio.

Ese movimiento tiene su contrapartida en el compromiso asumido por diversos gobiernos africanos que están decididos a cumplir la parte que les corresponde en la alianza del Milenio.

Es evidente que los objetivos de desarrollo del Milenio han galvanizado iniciativas sin precedentes. Hoy día ya contamos con un plan de acción para lograrlos, gracias a que en los últimos años mucho se ha reflexionado sobre ellos, como lo demuestra la labor realizada por la Comisión Económica para África, las Naciones Unidas y otras diversas entidades.

También se observan indicios alentadores de que se está generando voluntad política, que es el ingrediente fundamental.

Esto se pondrá a prueba en los próximos días y semanas.

En gran medida, la tarea que se nos plantea este año será aún más difícil que la que nos fijamos hace cinco años, cuando se aprobaron los objetivos de desarrollo del Milenio. Esta vez, en lugar de limitarse a fijar metas, los dirigentes deberán decidir medidas concretas para alcanzarlas y deberán acordar un plan para lograr los objetivos.

El programa de la reunión en la cumbre que se celebrará en Nueva York es aún más amplio. Se basa en el entendimiento de que el desarrollo, la seguridad y los derechos humanos no son solamente fines en sí mismos, sino que se refuerzan recíprocamente y son interdependientes. En el mundo interconectado en que vivimos, la familia humana no podrá disfrutar del desarrollo si no hay seguridad, no disfrutará de la seguridad sin desarrollo y no disfrutará de ninguna de las dos cosas si no se respetan los derechos humanos. Para tomar decisiones sobre la base de ese entendimiento, también debemos revitalizar las propias Naciones Unidas.

Las cuestiones que están sobre la mesa tienen una importancia vital para todos los seres humanos del planeta. Si la reunión en la cumbre prevista para septiembre adopta decisiones que contribuyan a fortalecer nuestra seguridad colectiva; si hacemos progresos reales en la lucha contra la pobreza, las enfermedades y el analfabetismo; si el mundo ofrece los medios de lograr todos los objetivos de desarrollo del Milenio; si los gobiernos reconocen la importancia fundamental de los derechos humanos y reforman las Naciones Unidas para asegurar que esté en condiciones de cumplir las tareas que tiene por delante, entonces todo el mundo se beneficiará.

Señoras y señores:

Estamos ante una oportunidad extraordinaria, de las que se presentan sólo una vez en cada generación, la oportunidad de propiciar un cambio histórico y fundamental. Pero ello dependerá de la voluntad de los gobiernos y del compromiso de grupos y personas como ustedes.

Así que, desde hoy y hasta septiembre, sigan levantando la voz, para que su mensaje se escuche alto y claro y llegue a todas partes. Y más adelante, sigan levantando la voz para exigir a los gobiernos que cumplan sus promesas y para ayudar a plasmar esas promesas en medidas prácticas.

No permitamos que la historia diga de nuestra época que éramos ricos en medios, pero pobres de voluntad. Que diga de nosotros que teníamos mucha capacidad de amar, como escribiera Wordsworth, y que fuimos los que logramos hacer de la pobreza historia antigua.

Muchas gracias.