Carta del Secretario General dirigida a los Jefes de Estado y de Gobierno del "Grupo de los Ocho"

Junio de 2005

Excelentísimos Señores:

Este año, la cumbre anual se celebra en un momento especialmente oportuno: justo dos meses antes de la Cumbre Mundial de 2005, en la cual líderes de los 191 Estados Miembros de las Naciones Unidas tendrán la oportunidad, y la responsabilidad, de tomar grandes decisiones que afectarán el bienestar, la seguridad y la dignidad de todos los seres humanos.

Todos conocen bien la Declaración del Milenio, que ustedes o sus predecesores, junto con los demás líderes del mundo, aprobaron en la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas hace cinco años. En ese momento, los líderes políticos transmitieron a los pueblos del mundo una imagen esperanzada del nuevo siglo, con mayor seguridad, prosperidad y libertad que en el pasado.

En cinco años, la imagen de desarrollo plasmada en la Declaración ha cobrado una seductora nitidez. Gracias a las cumbres de Monterrey y de Johannesburgo celebradas en 2002, y a la meticulosa labor de los académicos en el Proyecto del Milenio, sabemos a grandes rasgos lo que hace falta para alcanzar los objetivos de desarrollo del Milenio en 2015. Si tenemos la voluntad política, podremos reducir a la mitad la pobreza extrema y el hambre y el número de personas sin agua potable; podremos lograr la enseñanza primaria universal y eliminar la disparidad entre los géneros en todos los niveles de la enseñanza; podremos reducir la mortalidad infantil en dos tercios y la mortalidad materna en las tres cuartas partes; podremos invertir las tendencias del VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades y evitar el agotamiento de nuestros recursos ambientales.

Sabemos lo que se requiere de cada uno de los países en desarrollo: una estrategia nacional, que incluya una mejor gobernanza, una guerra implacable contra la corrupción y políticas para estimular el sector privado, generar empleos y maximizar los recursos nacionales.

También sabemos lo que se requiere de los países donantes como los que ustedes representan: un aumento de la asistencia para el desarrollo, un alivio de la deuda mayor en alcance y profundidad, y empeño para concluir la Ronda de Doha con un acuerdo que dé a los países en desarrollo la verdadera posibilidad de competir en un mercado mundial equitativo.

Algunas decisiones ya anunciadas en las últimas semanas han hecho renacer la esperanza de que el mundo desarrollado tienda realmente la mano a los países más pobres para que puedan compartir las oportunidades que brinda la globalización. Los exhorto a que aprovechen esta cumbre para colmar esas esperanzas.

Considero especialmente encomiable que hayan decidido centrar su debate en las necesidades especiales de África y espero que den a las inversiones de ese continente en recursos humanos, infraestructura, sistemas de salud, capacidad para gobernar y, sobre todo, producción de alimentos, el impulso que tanto necesitan. Las inversiones de bajo costo y efecto rápido, como los mosquiteros para luchar contra el paludismo, los comedores escolares abastecidos de alimentos producidos localmente y la eliminación del cobro de derechos de matrícula en la escuela primaria y de tarifas en los servicios de salud, podrían producir grandes beneficios de desarrollo y acelerar la consecución de los objetivos de desarrollo del Milenio. Entretanto, el G-8 podría -y debería- tomar la iniciativa de movilizar la asistencia internacional en favor de las víctimas de las crisis humanitarias "olvidadas y abandonadas" de África.

Celebro asimismo su decisión de asignar prioridad en esta cumbre al cambio climático, uno de los mayores retos del siglo para la conservación del medio ambiente y el logro del desarrollo. Espero que inicien el proceso de preparación de un marco internacional para estabilizar las concentraciones de gas de efecto invernadero después de 2012, con una mayor participación de todos los grandes emisores de los países desarrollados y los países en desarrollo, y en conjunción con una investigación más intensa de las tecnologías necesarias para reducir las emisiones y mitigar sus efectos nocivos.

Pero la prosperidad no es posible en un mundo de caos y conflicto. Los acontecimientos que tuvieron lugar después de la Declaración del Milenio han hecho parecer más plausible e inminente la amenaza de ese mundo de lo que parecía cinco años atrás. Se necesita más que nunca una estrategia mundial para vencer al terrorismo y contener la difusión de armas letales -nucleares, biológicas y químicas- pero también las armas pequeñas, que se cobran tantas vidas, sobre todo en los países en desarrollo. También se necesita más que nunca un entendimiento común de las reglas que rigen el uso de la fuerza por los Estados y un esfuerzo colectivo para lograr una paz duradera y una gobernanza efectiva en los países devastados por el conflicto civil o que viven bajo su amenaza.

Y ni la prosperidad ni la seguridad tendrán ningún sentido -o serán a la larga sostenibles- a menos que todos y cada uno de los seres humanos del mundo gocen de ellas. Es necesario proteger la dignidad y la libertad humanas de la violencia y la opresión arbitraria y de las limitaciones inherentes a la pobreza extrema, que impide opciones de vida verdaderas y se mofa de los derechos civiles y políticos. Ninguna medida de seguridad, ningún programa de desarrollo tendrá éxito a menos que se base en el respeto de la dignidad humana.

La tentación de restringir los derechos humanos en interés de la seguridad o el desarrollo es contraproducente y debe resistirse. La protección de las poblaciones civiles contra el genocidio, los crímenes de guerra, la limpieza étnica y los crímenes de lesa humanidad es una de las obligaciones más sagradas de todo Estado soberano. Y cuando los Estados no pueden o no quieren cumplir ese deber, la comunidad internacional, representada por las Naciones Unidas, tiene la responsabilidad compartida de intervenir.

Por último, las propias Naciones Unidas deben fortalecerse y equiparse para llevar a cabo más efectivamente los mandatos que le asignan sus Miembros, ya sea en el ámbito del desarrollo, de la paz y la seguridad o de los derechos humanos, la democracia y el imperio de la ley. En particular, creo que es fundamental reemplazar la actual Comisión de Derechos Humanos por un órgano nuevo, más creíble y competente, como el Consejo de Derechos Humanos.

A principios de este año, en mi informe "Un concepto más amplio de libertad", propuse a los Estados Miembros un programa de decisiones concretas en todas estas esferas. El Presidente de la Asamblea General ha perfeccionado ese programa y lo ha expuesto en un proyecto de documento, basado en intensas consultas con todos los Estados Miembros. En este documento se indica muy claramente cómo podría traducirse en acciones efectivas el deseo de los pueblos de todo el mundo de encontrar soluciones comunes para sus problemas comunes, cuando sus líderes se reúnan en septiembre. Todo lo que se necesita ahora es liderazgo para la acción. Sus países se encuentran sin duda alguna entre aquéllos de los cuales el mundo espera ese liderazgo. Les pido encarecidamente que respondan a ese reto.

Excelentísimas Señoras, Excelentísimos Señores, aprovecho la oportunidad para transmitirles las seguridades de mi más alta consideración.

Kofi A. Annan.