Vicesecretaria General

Alocución ante la sesión celebrada por la Asamblea General para conmemorar
el sexagésimo aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial

Nueva York, 9 de mayo de 2005

Sr. Presidente,
Embajador Denisov,
Excelencias,
Señoras y señores,

Pocas cosas hay tan oportunas como que esta Asamblea conmemore, con la debida solemnidad, el fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Agradezco a la Federación de Rusia que haya tomado la iniciativa para que así sea.

Como nos recuerdan las palabras iniciales de la Carta, la Segunda Guerra Mundial infligió a la Humanidad sufrimientos indecibles. El flagelo de la guerra, tan constante en la historia, alcanzó niveles sin precedentes con el asesinato automatizado de millones de hombres, mujeres y niños, y con la propagación de la destrucción a la práctica totalidad del mundo. Nadie escapó a ese descenso al abismo.

Su conclusión, cuando por fin se produjo, desencadenó un torrente de sentimientos. El júbilo se entremezcló con el duelo. La alegría dio paso a una reflexión sobria. Algunos supervivientes interpretaron el hecho de escapar del miedo y la opresión como signo evidente de que había acontecido un milagro. Otros declararon que la propia fe había quedado desterrada para siempre.

La tarea de reconstruir vidas y familias, sociedades y ciudades, se acometió con energía ejemplar. Lo mismo puede decirse de la misión de reparar el tejido de las relaciones internacionales. Ante la proximidad del fin de la guerra, los delegados se reunieron en San Francisco para redactar la Carta fundacional de esta Organización.

Mientras realizaban su labor, una rápida sucesión de acontecimientos -la liberación de los campos de la muerte, el avance de los ejércitos aliados, la caída del régimen Nazi- trajo esperanzas renovadas a un mundo fatigado por años de conflicto. Al tiempo que se hundía el fascismo, surgían las Naciones Unidas. Una vez que se asentaron las cenizas y se desvaneció el polvo, entre los nuevos rasgos del paisaje destacaba una nueva organización diseñada para gestionar mejor los asuntos mundiales -y, ante todo, para contribuir a que nunca más volvieran a producirse catástrofes de esa naturaleza. El poeta ruso Leonid Leonov resumió el resultado de la Segunda Guerra Mundial con las siguientes palabras: "Hemos defendido no sólo nuestras vidas y nuestros bienes, sino el concepto mismo de ser humano."

Ése sigue siendo el reto más importante a que nos enfrentamos hoy -defender el concepto de humanidad. Al echar hoy la vista atrás- para honrar a los muertos y rendir homenaje a los héroes, soldados y ciudadanos que finalmente derrotaron a la tiranía -miremos también hacia adelante y reafirmemos nuestro empeño en el propósito de construir un mundo digno de la humanidad.

Ése es el mejor homenaje que podemos rendir a los millones de personas que perecieron en la Segunda Guerra Mundial. Nuestra labor nunca termina. Nos mantenemos invictos justamente porque nunca hemos cejado en nuestro empeño. Ésa es la labor de las Naciones Unidas, y el motivo por el que hoy estamos aquí. Asegurémonos de que todos seguimos siendo fieles a esa misión compartida.

Muchas gracias.