CONFERENCIA DEL SECRETARIO GENERAL DE LA ONU SOBRE ÉTICA MUNDIAL
EN LA UNIVERSIDAD DE TUBINGA
 
¿EXISTEN TODAVÍA VALORES UNIVERSALES?
 
Tubinga (Alemania), 12 de diciembre de 2003




Excelentísimos señores y señoras:

Señoras y señores:

Permítanme en primer lugar dar las gracias al Profesor Küng, no sólo por su amable presentación, sino también por haberme invitado a pronunciar esta conferencia. Me emocionó profundamente hace un año y medio en Berlín cuando me entregó una nota en en la que me pedía que lo hiciera, en cualquier momento, después del 19 de marzo de 2003, cuando él cumpliría 75 años, como regalo de cumpleaños

Como sabe, estimado Hans, no era mi intención hacerle esperar tanto su regalo. Contaba con estar aquí el 30 de abril, pero la presión de los acontecimientos mundiales me lo impidió. En todo caso, aquí estoy. A decir verdad no puedo considerar que esta conferencia sea un regalo que le hago. Es más bien usted el que me hace un gran honor pidiéndome que hable en su terreno de un tema, la ética mundial, sobre el cual usted es una de las mayores autoridades de nuestro tiempo.

Realmente me doy cuenta de que el título que elegí para mi conferencia puede parecerle un poco presuntuoso. Cuando alguien ha escrito tanto y con tanto poder de convicción sobre los valores universales como lo ha hecho usted, parece bastante impertinente de mi parte irrumpir en la Global Ethics Foundation y preguntar si en realidad todavía existen tales valores.

Permítanme ahorrarles el suspense y decirles de una vez que pienso que sí. Los valores de la paz, la libertad, el progreso social, la igualdad de derechos y la dignidad humana consagrados en la Carta de las Naciones Unidas y en la Declaración Universal de Derechos Humanos no son menos válidos hoy que cuando los representantes de muchos países y culturas redactaron esos documentos hace medio siglo.

Y esos valores no se manifestaban en aquel momento más en la concreta conducta humana que lo que se manifiestan hoy en día. Esos grandes documentos expresaban una visión optimista, no una descripción de la realidad. No olvidemos que entre los Estados que los redactaron y firmaron estaban la Unión Soviética en pleno terror estalinista y varias Potencias coloniales recalcitrantes.

Los valores de nuestros fundadores están lejos de haberse plasmado plenamente en la práctica. Pero están mucho más ampliamente aceptados hoy que hace unos decenios. La Declaración Universal, en particular, ha sido aceptada en los sistemas jurídicos de todo el mundo y se ha convertido en un punto de referencia para quienes quieren ver respetados los derechos humanos en todos los países. El mundo está mejor y las Naciones Unidas han contribuido considerablemente a ello.

Sin embargo, los valores universales son más necesarios que nunca en esta era de globalización

Toda sociedad necesita la cohesión que proporcionan los valores comunes, de manera que los miembros sepan qué esperar unos de otros y tengan principios compartidos para resolver sus diferencias sin recurrir a la fuerza.

Esta consideración vale para las comunidades locales y para las comunidades nacionales. Ahora que la globalización ha acortado las distancias y que experimentamos casi instantáneamente el efecto de cosas que la gente dice o hace en el otro extremo del mundo, también sentimos la necesidad de vivir como una comunidad mundial. Y sólo podremos hacerlo si tenemos valores mundiales que nos unan.

Los acontecimientos recientes han demostrado que no podemos dar por seguros nuestros valores mundiales. Percibo en todo el mundo una considerable inquietud ante la posibilidad de que el entramado de las relaciones internacionales se esté desbaratando y que la propia globalización esté en peligro.

La globalización ha creado muchas oportunidades, pero también muchas presiones y dislocaciones. Hay una reacción en su contra, precisamente porque no la hemos manejado de acuerdo con los valores universales en que afirmamos creer.

En la Declaración Universal, proclamamos que "toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios".

Hace apenas tres años, en la Declaración del Milenio, todos los Estados reafirmaron que ciertos valores fundamentales como la libertad, la igualdad, la solidaridad, la tolerancia, el respeto de la naturaleza y la responsabilidad común, eran "esenciales para las relaciones internacionales en el siglo XXI" y adoptaron objetivos prácticos y alcanzables (los objetivos de desarrollo del Milenio) para aliviar la tragedia de la extrema pobreza y hacer realidad para todos derechos como la educación, la atención básica de la salud y el agua potable.

Muchos millones de personas en todo el mundo están todavía lejos de disfrutar de estos derechos en la práctica. La situación podría cambiar si los gobiernos de los países ricos y los países pobres cumplieran lo que han prometido. Sin embargo, tres años después de la Declaración del Milenio, las cuestiones de la guerra y la paz dominan nuestra atención y corremos el peligro de olvidar nuestro solemne compromiso de hacer realidad los derechos humanos básicos y satisfacer las necesidades humanas.

La globalización nos ha aproximado en el sentido de que lo que hace cada uno nos afecta a todos, pero no en el sentido de que todos compartimos las cargas y los beneficios. Por el contrario, hemos dejado que nos separe aún más, aumentando las disparidades de riqueza y poder tanto dentro de las sociedades como entre ellas.

Esto es una burla de la noción de valores mundiales. No es sorprendente que, como reacción, estos valores sean atacados, precisamente cuando más los necesitamos.

Trátese de la paz y la seguridad, del comercio y los mercados, o de las actitudes sociales y culturales, parecemos estar en peligro de caer en una era de desconfianza mutua, temor y proteccionismo, una era en que cada uno se vuelve sobre sí mismo, en lugar de mirar hacia afuera para interactuar con los demás y aprender de ellos.

Decepcionados con la globalización, muchos se han refugiado en interpretaciones más estrechas de la comunidad, lo cual crea sistemas de valores en conflicto, que a su vez inducen a la gente a excluir a algunos de sus congéneres del ámbito de su compasión y solidaridad porque no comparten las mismas creencias religiosas o políticas o el mismo patrimonio cultural o incluso el mismo color de piel.

Ya hemos visto las consecuencias desastrosas que pueden tener estos sistemas de valores particularistas: depuración étnica, genocidio, terrorismo y la propagación del miedo, el odio y la discriminación.

De manera que es hora de reafirmar nuestros valores universales.

Debemos condenar enérgicamente el nihilismo a sangre fría de atentados como el perpetrado contra los Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. Pero no debemos permitir que estos hechos provoquen un choque de civilizaciones en que millones de seres humanos de carne y hueso resulten víctimas de una batalla entre dos abstracciones -"Islam" y "Occidente"- como si los valores islámicos y occidentales fueran incompatibles.

No lo son, como millones de musulmanes practicantes que viven aquí en Alemania y en otras parte de Occidente serán los primeros en decirles. Sin embargo, muchos de estos musulmanes se ven ahora objeto de sospecha, acoso y discriminación, mientras que en partes del mundo islámico cualquiera que tenga relación con Occidente o los valores occidentales está expuesto a la hostilidad e incluso a la violencia.

Ante este desafío, sólo podemos reafirmar los valores universales si estamos dispuestos a pensar rigurosamente qué significan y cómo podemos ponerlos en práctica.

Lo cual quiere decir también que debemos aclarar que es lo que no son. Y algo que debe quedar en claro es que la validez universal de los valores no depende de que se obedezcan o se apliquen universalmente. Los códigos éticos son siempre la expresión de un ideal y una aspiración, una vara para juzgar los quebrantos morales más que una receta para asegurar que nunca ocurran.

Por lo tanto, nunca debería condenarse a una religión o sistema ético por los fallos morales de algunos de sus adherentes. Si, por ejemplo, yo como cristiano no quiero que juzguen a mi religión por las acciones de los cruzados o la Inquisición, debo cuidarme de juzgar la fe de cualquier otro por las acciones que unos pocos terroristas puedan cometer en su nombre.

Asimismo, nuestros valores universales nos exigen que reconozcamos las características humanas, buenas y malas, que compartimos con todos nuestros congéneres, y que respetemos la dignidad humana y la sensibilidad de la gente de otras comunidades de la misma manera que esperamos que ellos respeten las nuestras.

Así, pues, debemos estar siempre dispuestos a dejar que los demás definan su propia identidad y no debemos insistir en clasificarlos según nuestros propios criterios, aunque sea con las mejores intenciones. Si creemos sinceramente en los derechos individuales, debemos reconocer que el sentido de identidad de una persona casi siempre va unido al sentido de pertenecer a uno o más grupos -a veces grupos concéntricos, a veces grupos que se entrecruzan.

Por lo tanto, los derechos de una persona incluyen el derecho a identificarse y a manifestar su solidaridad con otros que comparten uno u otro aspecto de su propia identidad.

Y esa idea a su vez debe gravitar en la forma en que definimos las obligaciones de la ciudadanía en nuestras comunidades nacionales. No debemos obligar a la gente a que se disocie de la suerte de quienes practican su religión, pertenecen a su grupo étnico o son ciudadanos de otros Estados.

Los musulmanes, por ejemplo, no deben ser vituperados o perseguidos porque se identifican con los palestinos o los iraquíes o los chechenos, independientemente de lo que se opine de las reivindicaciones nacionales de esos pueblos, los agravios de que se consideran víctimas o los métodos usados en su nombre. E independientemente de la pasión con que algunos de nosotros podamos juzgar las acciones del Estado de Israel, debemos siempre respetar el derecho de los judíos de Israel a vivir en seguridad dentro de las fronteras de su propio Estado y el derecho de los judíos de todo el mundo a venerar ese Estado como expresión de su identidad nacional y su supervivencia.

Pero si está mal condenar a determinada fe o conjunto de valores por las acciones o declaraciones de algunos de sus adherentes, también está mal abandonar la idea de que ciertos valores son universales simplemente porque algunos no parecen aceptarlos. Es más, sostendría que precisamente la existencia de estas aberraciones nos obliga a afirmar y defender los valores comunes. Necesitamos poder decir que algunas acciones y creencias no sólo son contrarias a nuestra propia moralidad particular, sino que deben ser rechazadas por la humanidad entera.

Naturalmente, el hecho de que haya estos valores comunes no resuelve todos los problemas ni elimina la posibilidad de que distintas sociedades los resuelvan de distinta manera.

Podemos adherirnos todos sinceramente a la no violencia y el respeto por la vida y sin embargo estar en desacuerdo sobre la legitimidad de castigar con la pena de muerte a quienes efectivamente han matado o de recurrir a la violencia para defender a los inocentes cuando se usa la violencia contra ellos.

Podemos adherirnos todos sinceramente al principio de solidaridad con nuestros congéneres y de un orden económico justo y no estar de acuerdo sobre qué políticas serán las más eficaces para establecer ese orden.

Podemos profesar todos honestamente la tolerancia y la sinceridad y sin embargo no estar de acuerdo en el grado de tolerancia que merecen los Estados o sistemas que consideramos intolerantes o insinceros.

Y podemos adherirnos todos sinceramente a los principios de la igualdad de derechos y las relaciones de igualdad entre hombres y mujeres y disentir respecto de la medida en que los papeles sociales de hombres y mujeres deben ser diferentes o respecto de la responsabilidad de la sociedad de hacer respetar la santidad de los lazos matrimoniales.

En todos estos temas seguirá habiendo diferencias durante mucho tiempo entre las sociedades y dentro de ellas. La función de los valores universales no es eliminar todas esas diferencias sino ayudarnos a manejarlas con respeto mutuo y sin recurrir a la destrucción mutua.

La tolerancia y el diálogo son esenciales porque sin ellos no hay un intercambio pacífico de ideas y no hay modo de llegar a soluciones pactadas que permitan a las diferentes sociedades evolucionar cada una a su manera.

Las sociedades que se consideran modernas deben reconocer que la modernidad no genera automáticamente la tolerancia. Incluso los liberales y demócratas sinceros a veces pueden ser notablemente intolerantes con otras opiniones. Hay que estar siempre en guardia contra ese tipo de tentación.

Por su parte, las sociedades que valoran mucho la tradición deben reconocer que las tradiciones sobreviven mejor no cuando son rígidas e inmutables sino cuando están vivas y abiertas a nuevas ideas, procedentes de adentro o de afuera.

También puede ser cierto que, a la larga, determinados mecanismos institucionales, como las elecciones pluripartidistas o la separación de poderes entre el legislativo, el ejecutivo y el judicial, garanticen mejor la tolerancia y el diálogo dentro de una sociedad.

Pero estos mecanismos son un medio para lograr un fin y no el fin en sí mismos. Ninguna sociedad debe considerar que, porque los encontró útiles, tiene el derecho o la obligación absolutos de imponérselos a otros. Se debe reconocer a cada sociedad un margen, no para distorsionar o socavar los valores humanos, sino para expresarlos en la forma que mejor refleje sus propias tradiciones y cultura.

Los valores no existen para servir a los filósofos o a los teólogos sino para ayudar a la gente a vivir su vida y organizar sus sociedades. Por lo tanto, en el plano internacional, necesitamos mecanismos de cooperación suficientemente fuertes para insistir en los valores universales y suficientemente flexibles para ayudar a la gente a realizarlos de una manera que pueda aplicarse efectivamente a sus circunstancias particulares.

Finalmente la historia nos juzgará no por lo que decimos sino por lo que hacemos. Los que predican en voz más alta ciertos valores, como la libertad, el Estado de derecho y la igualdad ante la ley, tienen la obligación especial de atenerse a ellos en su propia vida y en sus propias sociedades y de aplicarlos a quienes consideran sus enemigos tanto como a sus amigos.

No hace ninguna falta tolerar a los que comparten nuestra opinión, o se comportan como nos gusta. En realidad es en los momentos de ira cuando más necesitamos aplicar los principios de humildad y respeto mutuo que proclamamos.

Tampoco debemos darnos por satisfechos con el estado de cosas reinante. La situación del mundo no lo permite.

En nuestro caso, en las Naciones Unidas, a veces estamos tentados de proclamar nuestra evidente utilidad e importancia para el mundo y culpar a los Estados Miembros por no aprovechar mejor una institución tan valiosa. Pero eso no basta.

Debemos hacer todo lo que podamos para mejorar las Naciones Unidas, es decir para hacerlas más útiles a los pueblos del mundo en cuyo nombre fueron fundadas y más ejemplares en la aplicación de los valores universales que todos sus Miembros declaran aceptar.

Ello significa que tenemos que ser más eficaces en muchos aspectos de nuestra labor, y especialmente en lo que hacemos para promover y proteger los derechos humanos.

Los derechos humanos y los valores universales son casi sinónimos, mientras entendamos que los derechos no existen en un vacío. Los derechos suponen un correspondiente conjunto de obligaciones que sólo tienen sentido cuando existe la capacidad de cumplirlas. Deber implica poder.

¿Entonces, qué contesto a la pregunta provocadora que utilizo como título? ¿Existen todavía valores universales? Sí existen, pero no debemos darlos por seguros.

Exigen una detenida reflexión.

Hay que defenderlos.

Hay que reforzarlos.

Y tenemos que dar prueba de nuestra voluntad de atenernos a los valores que proclamamos, en nuestra vida privada, en nuestras sociedades nacionales y locales y en todo el mundo.

Muchas gracias.