El Secretario General
Discurso pronunciado en la Conferencia "La lucha contra el terrorismo en
pro de la humanidad: una conferencia sobre las raíces del mal"
( Nueva York, 22 de septiembre de 2003)

Excelentísimo Señor Primer Ministro,
Excelentísimo Señor Presidente,
Profesor Wiesel,
Excelentísimos Señores,
Amigos:


Permítanme felicitarlos a usted, Señor Primer Ministro, y a usted, Elie, por organizar esta conferencia única sobre un tema de fundamental importancia. El terrorismo ha amenazado por muchos años a los Estados Miembros de las Naciones Unidas, y la Organización se mantiene activa contra éste en muchos frentes. Recientemente, las propias Naciones Unidas fueron blanco de un ataque terrorista atroz y despiadado, en que murieron muchos colegas y amigos irreemplazables. Estoy profundamente apenado por su pérdida. Eran algunos de los mejores de los nuestros.

Si hemos de luchar contra el terrorismo con eficacia y evitar errores al hacerlo, necesitamos un mayor debate, y no menor, con respecto a posibles respuestas de política. Espero expresar esta mañana en mis breves palabras algunas ideas que puedan contribuir al debate.

El terrorismo es una amenaza mundial y nunca se lo puede justificar. Cualquiera sea el objetivo no puede dar a nadie el derecho de matar a civiles inocentes. Por el contrario, el uso del terrorismo para llevar adelante cualquier causa -incluso una digna- sólo puede envilecer esa causa y con ello perjudicarla.

Si bien el terrorismo es un mal con el que no se puede transar, al decidir nuestra respuesta debemos usar la cabeza y no el corazón. La ira que sentimos contra los ataques terroristas no debe privarnos de nuestra capacidad para razonar. Si hemos de derrotar al terrorismo, es nuestra obligación y, en efecto, redunda en nuestro interés, tratar de comprender este mortífero fenómeno y examinar detenidamente qué es lo que da resultado y qué no lo da al combatirlo.

Los expertos que se reunieron en Oslo en junio para contribuir con ideas al debate de hoy señalaron con razón que los terroristas a menudo eran agentes racionales e intencionales que elaboraban estrategias deliberadas para lograr objetivos políticos. No debemos pretender que todos los terroristas simplemente son dementes o que la decisión de recurrir al terrorismo no guarda relación con la situación política, social y económica en que se encuentran las personas. Sin embargo, también nos equivocamos si suponemos de igual modo que los terroristas son meros productos de su entorno. El fenómeno es más complejo.

También nos engañamos si creemos que la fuerza militar por sí sola puede derrotar al terrorismo. A veces quizás sea necesario utilizar la fuerza para contraatacar a grupos terroristas. Sin embargo, necesitamos hacer mucho más que eso si se ha de poner freno al terrorismo.

Los terroristas medran en la desesperación. Pueden conseguir reclutas o partidarios cuando no existen formas pacíficas y legítimas de remediar una injusticia, o parecen haberse agotado. Por este proceso, se sustrae el poder a las personas y se lo coloca en las manos de grupos pequeños y con fines poco claros.

Sin embargo, el hecho de que unos pocos hombres o mujeres malvados cometan asesinatos en su nombre no hace que una causa sea menos justa. Tampoco nos exime de la obligación de tratar agravios legítimos. Por el contrario, sólo se derrotará al terrorismo si nos empeñamos en resolver las controversias políticas y los conflictos de larga data de los que el terrorismo obtiene apoyo. Si no lo hacemos, nos hallaremos actuando como sargentos reclutadores para los mismos terroristas que tratamos de reprimir.

También debemos recordar que en la lucha contra el terrorismo las ideas importan. Debemos concebir una visión mundial poderosa y persuasiva que pueda contrarrestar las visiones vívidas, aunque extremas, de ciertos grupos terroristas. Debemos dejar en claro, en las palabras y en los hechos, no sólo que estamos luchando contra los terroristas, sino que también estamos tomando posición en favor de algo, en efecto luchando por ello -por la paz, por la resolución de los conflictos, por los derechos humanos y por el desarrollo.

Conforme a ello, debe haber algo más en el horizonte que simplemente ganar una guerra contra el terrorismo. Debe haber la promesa de un mundo mejor y más justo y un plan concreto para conseguirlo. Por esta razón, la visión de la Declaración del Milenio se ha vuelto más importante, y no menos, al igual que la necesidad de adoptar medidas para convertir sus promesas en realidad.

En la lucha contra el terrorismo nunca debemos rebajar nuestras normas al nivel de las suyas. Por consiguiente, los Estados deben velar por que, al combatir a los terroristas, respeten los límites que impone el derecho internacional humanitario al uso de la fuerza. El no hacerlo puede menoscabar nuestros valores compartidos.

Paradójicamente, los grupos terroristas realmente pueden lograr apoyo cuando, al responder a sus atropellos, los gobiernos se pasan de la raya y cometen ellos mismos atropellos -ya sea depuración étnica, el bombardeo indiscriminado de ciudades, la tortura de prisioneros, asesinatos con un objetivo concreto o la aceptación de muertes de civiles inocentes como "daño colateral". Estos actos no sólo son ilegales e injustificables. También los pueden explotar los terroristas para conseguir nuevos seguidores y dar lugar a ciclos de violencia en los que medran.

Por estas razones, y por muchas otras, creo que no debe haber compensaciones entre los derechos humanos y el terrorismo. Confirmar los derechos humanos no está en contradicción con la lucha contra el terrorismo; por el contrario, la visión moral de los derechos humanos -el profundo respeto a la dignidad de cada persona- figura entre nuestras armas más poderosas en su contra.

Transar respecto de la protección de los derechos humanos entregaría a los terroristas una victoria que no pueden lograr por sí solos. Por consiguiente, la promoción y la protección de los derechos humanos, al igual que la estricta observancia del derecho internacional humanitario, deberían figurar en el centro de las estrategias antiterroristas.

Para combatir el terrorismo, no sólo debemos luchar contra los terroristas. Tenemos que ganarnos los corazones y las mentes. Para lograrlo, debemos empeñarnos en resolver controversias políticas, concebir una visión de paz y desarrollo y esforzarse por hacerla realidad y fomentar los derechos humanos. Y sólo podemos lograr todo esto con eficacia si colaboramos mediante las instituciones multilaterales -en primer lugar, mediante las Naciones Unidas.

Si estas ideas nos orientan en la formulación de nuestra respuesta al terrorismo, nuestra postura moral en la lucha contra el terrorismo quedará asegurada. Y no entregaremos una victoria a los terroristas, sino un rechazo punzante, tanto de sus métodos como de su visión del mundo. Muchas gracias.