El Secretario General
Declaración ante la décima Cumbre de la Organización de la Conferencia Islámica
( Nueva York, 21 de septiembre de 2003)

[Leída por el Sr. Lakhdar Brahimi, Representante Especial del Secretario General para el Afganistán]

Kuala Lumpur, Malasia, 16 de octubre de 2003

Su Alteza Real el Jeque Hamad,
El Primer Ministro, Sr. Mahathir,
Majestades,
Excelencias,

Desgraciadamente, graves problemas en una región que es de interés capital para todos ustedes, me impiden asistir en persona a esta importante Cumbre. Lo la-mento muchísimo, y no sólo porque esperaba con impaciencia visitar Malasia, país que ha conseguido un progreso económico y social tan notable y en el que diferentes etnias, culturas y religiones conviven en paz.

El mundo islámico es desde luego un mosaico, no un bloque monolítico. Se extiende de Indonesia a Marruecos, y de Europa central al sur de África. Llega hasta Europa occidental, América y Australia. Se compone de hombres y mujeres a menudo divididos por la raza, la cultura o la lengua, pero unidos por el poderoso vínculo del Islam.

Hace más de mil años el Islam se expandió de la tierra del profeta Mahoma a grandes territorios de Europa, África y Asia. Los intelectuales islámicos lograron una serie de hitos deslumbrantes en los campos de la teología, la filosofía, la histo-ria, la literatura, la arquitectura, el arte, la astronomía, las matemáticas, la medicina y otras ciencias.

Este rico acervo histórico demuestra que nada hay de natural o inevitable en la triste situación en que se encuentra hoy una proporción tan grande del mundo islámico.

Los pueblos musulmanes son capaces de cosas mucho más grandes, y lo saben.

Yo no soy musulmán pero, como todos ustedes, soy un hijo de Abraham. Yo creo en el mismo Dios todopoderoso en que ustedes creen, y le rindo culto como us-tedes. Me interesa profundamente el destino del pueblo musulmán. Y voy a hablar-les con gran respeto, pero directamente y desde el corazón, como hago con otros, entre ellos mis hermanos africanos.

Excelencias, nuestro deber de dirigentes es dar la cara a la realidad. Y la reali-dad es —y lo digo con la más profunda humildad y tristeza— que en este mundo en rápida mutación la mayoría de las sociedades islámicas han quedado muy a la zaga.

La mayoría de mis amigos musulmanes —es más, la mayoría de ustedes— se me quejan de que los sistemas estatales del mundo islámico son débiles, como lo es su influencia en la configuración de los acontecimientos mundiales, para mejorarlos.

Muchos musulmanes se quejan también de que, con demasiada frecuencia, no pueden contribuir como deberían a imprimir un rumbo a sus países y de que a mu-chos de ellos, y en particular a las mujeres, se les niegan los derechos humanos fun-damentales, que no sólo están consagrados en la Carta de las Naciones Unidas sino que además se desprenden claramente del principio islámico de la igualdad de todos los seres humanos ante Dios.

Los dogmas extremistas ganan terreno, impidiendo el progreso de la Umma en su conjunto y amenazando la seguridad de las poblaciones de todo el mundo.

Estos males contemporáneos, junto con otros muchos factores —incluido el legado del colonialismo y el injusto sistema mundial de comercio— mantienen a las sociedades islámicas sumidas en el atraso.
El mundo islámico se ha visto traumatizado, sobre todo en los últimos años, por los sufrimientos de los musulmanes en muchos lugares.

Y en ningún lugar es más agudo ese sufrimiento que en Palestina, donde miles de personas han perdido la vida. Los musulmanes —y sus hermanos y hermanas cristianos también— sufren bajo una ocupación dura y prolongada, con frecuentes castigos colectivos, el uso de una fuerza militar desproporcionada, la destrucción de casas y cosechas, expropiaciones y clausuras injustas, asentamientos ilegales y la construcción de un muro en una tierra que no pertenece a los que lo construyen.

A nadie pueden sorprender los sentimientos de humillación, indignación y de-sesperación de estas poblaciones, sentimientos que son compartidos por musulma-nes de todos los lugares.

Sin embargo, los atentados suicidas con bombas, en los que centenares de civi-les israelíes han sido muertos indiscriminadamente, no son aceptables. Estos actos de terrorismo, que todos ustedes aborrecen y rechazan, desvirtúan y perjudican in-cluso a las causas más legítimas. Es necesario condenarlos, y ponerles fin.

Los actos de terrorismo no hacen más que retrasar el día en que los palestinos vivirán en paz en su propio Estado. De igual modo, cuando Israel ejecuta acciones ex-tremas e injustificadas, como su deplorable ataque reciente contra Siria, no hace más que retrasar el día en que los israelíes vivirán en condiciones de verdadera seguridad.

En la actualidad, sólo la Hoja de Ruta concebida por el Cuarteto ofrece pers-pectivas de libertad para los palestinos, o de seguridad para los israelíes. Es la única ruta que conduce a la meta de dos Estados, Israel y Palestina, viviendo el uno al la-do del otro en paz, dentro de fronteras seguras y reconocidas.

La Hoja de Ruta hace frente a enormes obstáculos. Necesita el apoyo de toda la comunidad internacional, incluidos aquellos de ustedes que tienen una influencia directa en la región. Si fracasa, me temo que la región se precipitará aún más en la violencia y en la miseria.

Abrigo temores similares de un fracaso de la transición en el Iraq.

La situación allí nos inquieta a todos. Pero, cualquiera que sea nuestra acti-tud frente a la guerra, nuestro interés común es que de ello salga un Iraq estable y democrático, en paz consigo mismo y con sus vecinos: y tenemos el deber común de ayudar al pueblo del Iraq a alcanzar este objetivo.

Funcionarios de las Naciones Unidas han dado sus vidas por esa causa. Y, a pesar de las amenazas constantes contra nuestro personal, tanto nacional como in-ternacional, un equipo básico de las Naciones Unidas permanece en el Iraq para ayudar a satisfacer las necesidades humanitarias más urgentes del pueblo iraquí.

Creo que los iraquíes necesitan un proceso político incluyente, que goce del apoyo más amplio posible, tanto en el país como en el exterior, de sus vecinos, del mundo árabe e islámico y de toda la comunidad internacional.

Un proceso de esta naturaleza ha logrado progresos en el Afganistán, aunque con muchos altibajos, después de largos años en los que la suerte del pueblo afgano apenas merecía atención.

Ahora que el Afganistán está en una fase de transición, la comunidad interna-cional, incluido el mundo islámico, debe seguir plenamente resuelta a apoyar el

Gobierno del Presidente Karzai. Hemos de empeñarnos para que el proceso de Bonn tenga éxito y el Afganistán se mantenga después en una situación estable.

Lo propio puede decirse de los procesos de transición en Bosnia y Kosovo, dos territorios en los que los musulmanes, y otras personas, han padecido terribles su-frimientos, pero donde fueron rescatados finalmente por la acción de la comunidad internacional, en la que los Estados occidentales desempeñaron un papel descollan-te. Este es uno de los muchos acontecimientos que demuestran que no existe un an-tagonismo inherente entre las sociedades islámicas y el Occidente.

También ha habido, y sigue habiendo, muchos ejemplos de enriquecimiento mutuo, o incluso de integración, entre comunidades islámicas y occidentales.

Yo espero que pronto veremos nuevos casos de reconciliación entre cristianos y musulmanes, por ejemplo, en el Sudán y quizás en Chipre, donde una solución ayudaría también a facilitar el acercamiento de Turquía a la Unión Europea.

Sin embargo, en demasiados lugares existe un sentimiento creciente de hostili-dad entre el Islam y el Occidente. Esto es inquietante, peligroso y erróneo.

Debemos aunar nuestros esfuerzos para hacer frente al extremismo que lamen-tablemente va a más, no sólo en el Islam sino en el seno de varias religiones.

La violencia no tiene cabida en ninguna de las grandes religiones del mundo.

Por consiguiente, todos los gobiernos deben fomentar el diálogo continuo entre las civilizaciones, un diálogo basado en la premisa de que la diversidad es un regalo inapreciable y no una amenaza, porque la diversidad expresa la sabiduría misma de Dios.

Sin embargo, el diálogo de por sí no es suficiente. Para lograr una compren-sión más profunda entre las sociedades musulmanas y el Occidente es necesaria también la acción.

Los principales gobiernos occidentales deben actuar de forma mucho más de-cidida para contribuir a remediar los justificados agravios de los musulmanes, en Palestina y en otros lugares.

Y sus protestas de respeto por la libertad de los seres humanos deben ir acom-pañadas de medidas para promover el desarrollo, incluido un sistema de comercio internacional libre y justo.

Pero también ustedes tienen un papel que desempeñar.

Los musulmanes están consternados por la aparente incapacidad de los Estados islámicos de hacer algo para resolver los problemas a los que me he referido.

Pero nosotros sabemos que sólo cuando los musulmanes gocen de sus derechos y libertades fundamentales, sólo cuando se comprenda que el Sagrado Corán enca-rece la educación para todos y cuando se aproveche el talento creativo de tantos mu-sulmanes, en particular las mujeres, para desarrollar las comunidades musulmanas, sólo entonces el mundo islámico podrá hacer valer su influencia en la configuración de los acontecimientos mundiales, para mejorarlos.

Excelencias, el camino de la reforma política, la educación y el desarrollo es el único que ofrece una esperanza real de un presente más próspero y un futuro glorioso.

Sólo ustedes pueden conducir a sus pueblos por ese camino. Y deben hacerlo. Como dice el Sagrado Corán, “Alá no cambiará la condición de un pueblo mientras éste no cambie lo que en sí tiene”. [11:13]

Muchas gracias.

Kofi A. Annan