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La Oficina del Asesor Especial para la Prevención del Genocidio

Mensaje del señor Francis Deng, Asesor Especial del Secretario General de las Naciones Unidas sobre la Prevención del Genocidio en el sexagésimo Aniversario de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio

Prevención del genocidio, 60 años después

El 9 de diciembre de 1948, las Naciones Unidas aprobaron la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. El término “genocidio” fue acuñado por Rafael Lemkin. Se deriva de la palabra griega genos, que viene a significar origen familiar, ascendencia, pero también especie, tribu o raza, y del sufijo derivado del latín cide, matar. La intención de Lemkin era incluir en una sola palabra este tipo de homicidio y que se lo reconociese como un delito internacional. En su época, las masacres se consideraban aún como acciones de un Estado soberano en las que no debía interferir el derecho internacional. La Convención fue en gran medida resultado de la visión de Lemkin y de su trabajo.

La Convención sobre el genocidio tiene un enfoque muy específico: define el delito como una serie de actos determinados, incluido el asesinato, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. La Convención obliga a los Estados signatarios no sólo a castigar, sino también a prevenir el genocidio. Estipula que no sólo será castigado el genocidio, sino también la asociación para cometer genocidio, la instigación directa y pública a cometer genocidio y la tentativa de genocidio. También ofrece al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas una base para prevenir y suprimir el genocidio.

El castigo exige que exista una decisión jurídica pronunciada por un tribunal en cuanto a si se ha producido de hecho el genocidio. Los tribunales especiales establecidos para la ex Yugoslavia y Rwanda buscan de hecho enjuiciar a los perpetradores de genocidio. La Corte Penal Internacional, establecida en 1998, cuenta actualmente con la jurisdicción general para la represión de los responsables de genocidio originarios de los países que reconocen la autoridad de la Corte.

Por lo que se refiere a la prevención, los académicos han señalado repetidamente que el genocidio puede prevenirse y que existen signos de “alerta temprana”, los cuales, por ejemplo, incluyen los discursos de incitación al odio, combinados con la organización y el armamento de ciertos grupos. No obstante, muchos consideran que es imposible prevenir el genocidio: no sólo porque falte la información sobre los signos de un genocidio inminente, ni porque las Naciones Unidas u otros no estén al tanto de ellos, sino porque la comunidad internacional se ha mostrado reacia a admitir que pueda producirse el genocidio. Hacerlo puede complicar las relaciones diplomáticas y, lo que es más importante, crear expectativas de que la comunidad internacional, y en especial el Consejo de Seguridad, han de hacer algo contundente. Uno de los enormes desafíos que plantea la prevención del genocidio es precisamente que el término en sí tenga tanta carga —es fundamental utilizarlo desde el principio y firmemente cuando convenga, aunque también es importante no abusar de él por motivos políticos o de otro tipo.

La situación actual en la República Democrática del Congo es una de las muchas en el mundo que nos exige mantenernos constantemente alertas: el conflicto en la zona occidental del país tiene lugar en una región con historial de genocidio. Se están cometiendo atrocidades a diario a pesar de una presencia significativa de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas.

Entonces, como ciudadanos del mundo, ¿cómo podemos romper este círculo vicioso de violencia, negación, respuesta insuficiente, indignación pública ante la pasividad e impunidad?

Lo primero que podemos hacer es ser conscientes de que ciertos tipos de comportamiento, tales como los de presentar a determinados grupos étnicos, raciales o religiosos como indignos, indeseables, inferiores o peligrosos, equivalen a jugar con fuego, una clase de fuego que es muy difícil de apagar una vez encendido.

Lo segundo es estar más atentos a los tipos de comportamiento que fomentan las tensiones y desencadenan el genocidio, no sólo cuando nos afectan a nosotros mismos, sino a los demás (sea nuestro vecino o un país muy alejado) y exigir a los que detentan el poder que reaccionen rápidamente. Las matanzas genocidas en un sector se extienden rápidamente al siguiente, propagándose no sólo a países enteros sino a regiones completas. En el siglo XXI no podemos permitirnos ser complacientes.

Lo tercero es continuar brindando nuestro apoyo y nuestros hogares a las víctimas del genocidio. Si no conseguimos evitar cosas terribles hagamos al menos todo lo que esté en nuestras manos para salvar a cuantos más podamos. Los gobiernos tienen el deber de proteger a los refugiados que huyen del genocidio y de otras atrocidades de masas, pero la medida en que atiendan a estos deberes depende de la “opinión pública” es decir, de cada uno de nosotros.

También tenemos que apoyar a los que intentan invertir la tendencia en un país, a menudo con un gran costo personal. En ocasiones estamos tan ocupados en perseguir a los culpables que olvidamos apoyar las voces moderadas de un gobierno, o a los miembros de la sociedad civil que podrían hacer cambiar la situación, y que sin embargo a menudo se encuentran aislados y débiles.

Por último y sin ser exhaustivos, debemos exigir el fin de la impunidad. Debemos alentar a los gobiernos a aceptar la jurisdicción de la Corte Penal Internacional. Los gobiernos deben adherirse también a la Convención relativa al genocidio. Hasta ahora, sólo 151 Estados (de los 192 Estados Miembros de las Naciones Unidas) lo han hecho. No debe permitirse nunca que los culpables de genocidio duerman tranquilos.

Con demasiada frecuencia hablamos de genocidio mucho después de que se haya producido. Sin embargo, el genocidio no es en absoluto algo del pasado. Debemos aceptar las diferencias entre los distintos grupos étnicos, raciales y religiosos, cuando se agrandan —y velar por tratarlas constructivamente. Sesenta años después de la aprobación de la Convención sobre el genocidio, debemos permanecer vigilantes y estar preparados para detenerlo.