Negociadores maya-chuj posan para una fotografía con miembros de la Comisión Departamental de Resolución de Conflictos, de PROPAZ (OEA) y de la MINUGUA.
Foto: John Pauly
 

Guatemala


HACIA LA PAZ Y LA RECONCILIACIÓN
John Pauly, oficial encargado de la Oficina de la MINUGUA, Huehuetenango

Una mañana de octubre, hermosa como siempre, con los distantes volcanes recortándose en medio de las nubes blancas de un cielo celeste, esperábamos ansiosos a los negociadores. La reunión iba a empezar en pocos minutos y con nosotros esperaban algunos miembros de la Comisión Departamental de Resolución de Conflictos y representantes del programa PROPAZ de la Organización de los Estados Americanos (OEA). Los negociadores, todos hombres indígenas mayas-chuj, representaban a ambas partes de una disputa cuyo origen se remonta a varios decenios atrás. Habían dejado sus pueblos durante la noche para viajar, en su mayor parte a pie, hasta la capital de Huehuetenango.

Recientemente, los residentes de la zona rural de San Mateo Ixtatan, una comunidad maya-chuj en la frontera norte de Huehuetenango, habían amenazado con declararse independientes del centro urbano. En su opinión, el gobierno municipal no había logrado satisfacer sus necesidades, como la construcción de caminos o la ejecución de proyectos de abastecimiento de agua potable. Siete meses más tarde, una reunión de negociación, convocada por el gobernador departamental, había terminado en forma desastrosa. Los partidarios se habían enfrentado con palos, piedras y rifles. Los representantes de la ciudad habían atacado al líder campesino, un comandante guerrillero desmovilizado y lo habían acusado de una serie de "delitos".

Mientras esperábamos, recordábamos el odio y la intolerancia que habían caracterizado la primera reunión, legados del conflicto armado interno de ese país. A principios del decenio de 1980, la campaña gubernamental contra los insurgentes había roto el tejido social de las comunidades tradicionales mayas, como San Mateo Ixtatan, enfrentando a vecinos, e incluso a familias, entre sí. Todavía se sentían los efectos de esta división.

Al pensar en nuestros buenos oficios durante los últimos años del conflicto, me sentía alentado por los recuerdos de las campañas electorales de 1999 cuando, junto a la oficina del supervisor electoral local, habíamos negociado con éxito un "pacto entre caballeros" por el cual los tres partidos políticos de la municipalidad habían quedado obligados a condenar públicamente el uso de la violencia y las campañas negativas, contribuyendo así a que las elecciones transcurrieran pacíficamente.

Esperaba que el trabajo que habíamos hecho durante varios meses diera frutos ese día. Los miembros de la Comisión, todos representantes regionales de instituciones gubernamentales, se habían reunido en muchas oportunidades con los líderes rurales y urbanos, acompañados por personal de nuestra oficina y del programa PROPAZ de la OEA. A lo largo de este proceso, la hostilidad e incluso las amenazas que recibimos fueron disminuyendo lentamente hasta que se llegó a la aceptación del papel de mediación de la Comisión. Más tarde, en seminarios orientados a fomentar la transformación de los conflictos, tratamos de sensibilizar a los líderes acerca de la importancia de la tolerancia, el reconocimiento de las causas profundas de los conflictos y la determinación de intereses comunes en las negociaciones.

Mientras pensaba en esto, me di cuenta de que llegaban los dos grupos de representantes. Entraron en la sala de reuniones y se sentaron en mesas opuestas, separados por tan sólo diez metros de distancia pero años de desconfianza mutua y violencia. En sus rostros se leía que sabían que por fin estaban sentados para comenzar a dar fin al conflicto.

Nuestra preocupación de que hubiera problemas se desvaneció y vimos, con alivio, que ambas partes se saludaban entre sí. Los negociadores, incluyendo el ex-líder guerrillero, intercambiaron sonrisas y bromas, en gran contraste con los insultos, las amenazas y los ataques físicos que habían intercambiado tan sólo unos meses antes.

Se lograron sin problema los objetivos establecidos para el día, incluida la aceptación mutua de los representantes, y se acordó condenar la violencia y respetar las opiniones de los demás durante la negociación. Se fijó la fecha de la próxima reunión, se tomó una foto del grupo y los negociadores se marcharon a sus casas.

Cuando caía el sol sobre las montañas de Cuchumatan, evaluamos los acontecimientos del día. A pesar de nuestra satisfacción, recordamos la importancia de las cuestiones que serían objeto de las negociaciones: la cesación de las hostilidades, el respeto mutuo, la participación de las comunidades rurales en la planificación del desarrollo municipal, el establecimiento de un registro civil auxiliar y, tal vez lo más importante, la generación de una visión compartida de la municipalidad.

Recordamos que la resolución de este conflicto, al igual que el proceso de paz guatemalteco, es una tarea a largo plazo que requiere la transformación de las relaciones de los ciudadanos entre sí, así como las de esos mismos ciudadanos con el Estado. En este proceso, los vecinos aprenden a tolerarse los unos a los otros, la sociedad civil organizada se desarrolla para influir en las actividades del Estado y el Estado deja de ser el opresor del pueblo para convertirse en el defensor de sus intereses. Esta transformación permitirá que los guatemaltecos (entre ellos los residentes mayas-chuj de San Mateo Ixtatan), logren una visión positiva de su república, en la que son los forjadores de una paz duradera.

La apertura de las negociaciones en Huehuetenango representó un paso importante hacia el proceso de paz y reconciliación en San Mateo Ixtatan. Como dijo un anciano: "Somos hermanos y tenemos los mismos orígenes. Si queremos paz, debemos aprender a convivir y resolver nuestros problemas sin utilizar la violencia."


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