Una madre llora de alegría en su reencuentro con su hijo excombatiente.
Foto: Ahmad S. Kabba

Sierra Leona

EL REENCUENTRO
Masimba Tafirenyika, oficial de información pública de la UNAMSIL

Luego de que el personal de operaciones aéreas de la UNAMSIL cumpliera con las formalidades habituales, abordamos a toda prisa el helicóptero de las Naciones Unidas. Destino final: Kabala, un pueblo en el extremo norte de Sierra Leona, cerca de la frontera con Guinea, con escalas en el aeropuerto de Lungi y en Port Loko.

Simpático y tranquilo, el piloto ucraniano nos dio una rápida bienvenida. Nos ajustamos los cinturones de seguridad, nos colocamos los tapones para los oídos y despegamos. El ruido del helicóptero entorpecía la conversación. Algunos empezamos a leer los memoranda diarios de las Naciones Unidas, otros comenzaron a esbozar algunas notas con miras al trabajo que debían hacer, mientras que otros reclinaron sus asientos y disfrutaron del vuelo.

Llenos de esperanza y con gran ansiedad, viajábamos para recoger a 76 niños excombatientes, de edades comprendidas entre los 6 y 17 años. Más tarde, la UNAMSIL los trasladaría por avión a Kabala, donde se reunirían con sus familias.

En mayo de 2000, cuando los rebeldes atacaron Lunsar y Makeni, los niños fueron desmovilizados y trasladados a centros de atención provisionales en Lungi y Port Loko. Quince meses más tarde, una vez terminado el desarme en el norte del distrito de Koinadugu, el organismo de protección de menores, Caritas-Makeni, comenzó a buscar a las familias de los niños. Algunos de ellos no habían visto a sus padres en años, otros ni siquiera los recordaban.

En el helicóptero viajaba la Sra. Bituin Gonzales, asesora de protección de menores de la UNAMSIL (la primera en trabajar en una misión de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz), junto con dos fotógrafos, funcionarios de Caritas-Makeni y varios funcionarios de mantenimiento de la paz de la UNAMSIL.

Tras tan sólo 10 minutos de vuelo desde Freetown, llegamos a Lungi. Allí, 36 niños excombatientes abordaron con sus pertenencias otro helicóptero, un enorme MI-26. En Port Loko, se les sumaron 40 niños más, antes de que nos dirigiéramos todos a Kabala.

Lo que nos esperaba en Kabala era algo que sólo unos pocos de nosotros se esperaba. Sabíamos que el reencuentro iba a ser emotivo, pero ninguno de nosotros estaba preparado para tanta emoción.

Luego de descender de los helicópteros, acompañamos a los niños al salón administrativo. La gente del pueblo estaba esperándonos; en media hora se corrió la voz de que los niños habían llegado. La gente corría hacia el salón y aguardaba de pie afuera, en una espera angustiosa. En la muchedumbre estaban las familias de los niños, algunas personas que habían venido a darles la bienvenida y simples curiosos que deseaban ver lo que estaba pasando. Uno por uno, los niños fueron llevados fuera del salón para identificarlos.

Lo que sucedió después es difícil de describir. Cuando una madre reconocía a su hijo, salía de entre la muchedumbre, con los brazos extendidos, sobrecogida por la emoción y abrazaba llorando a su hijo. Por todas partes había lágrimas de alegría. Mezclada con la excitación, se percibía la tristeza que dejaban las cicatrices de la separación y la infancia perdida. Con un nudo en la garganta, muchos de nosotros resistimos las ganas de echarnos a llorar. Hasta la Sra. Gonzales, nuestra asesora de protección de menores, que tiene una larga experiencia con niños, convino en que era la "reunión más emotiva" que hubiera visto jamás.

Algunas madres realizaron rituales tradicionales alegóricos al regreso del hijo pródigo bíblico. Una mujer lavó los pies de su hijo en una pequeña cubeta y bebió el agua. Otra trajo ropas nuevas y en pocos minutos, su pequeño estaba vestido con una camisa azul nueva pero demasiado grande, ya que obviamente había calculado mal cuánto había crecido su hijo. Algunos de los niños, claramente intimidados por las cámaras, no pudieron reconocer de inmediato a los padres. Otros parecían algo confundidos. Algunos músicos locales tocaban tambores y ejecutaban música tradicional; a ellos también los embargaba la alegría.

Sentimos tristeza por los niños cuyas familias no pudieron encontrarlos el primer día y confiábamos en que la espera fuera corta hasta que se reunieran ellos también con sus seres queridos. El reencuentro continuó durante algunos días más, para que los padres que vivían en condados distantes de Kabala tuvieran tiempo de viajar para reconocer a sus hijos. Para la gente de Kabala y del norte del distrito de Koinadugu, el desarme y esta reunión marcaron el comienzo de una nueva vida.

Cuando abordamos nuestro vuelo de regreso a Freetown, todos sentimos una sensación reconfortante por haber cumplido con nuestra misión y por el pequeño pero importante papel desempeñado por la UNAMSIL en el reencuentro de las familias. Permanecen indelebles en nuestra memoria la alegría y los fuertes lazos de amor materno y paterno, así como el dolor sufrido por esas familias a causa de la guerra. Este recuerdo es una fiel imagen de nuestras experiencias como trabajadores de las operaciones de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz.

 

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